Alta la noche, ardiente de luceros,/ arrastraba su cola transparente/ por todos los caminos carreteros.// «¡Federico!», gritaron de repente.

Nicolás Guillén (Angustia cuarta Federico)

A principios de los años 70 visité por primera vez al original poeta e interlocutor que fue José Zacarías Tallet en su casa de entonces, en San Lázaro, casi esquina a Aramburu, muy cerca de donde hoy vivo. Me acompañaban el escritor y musicógrafo Helio Orovio, quien era nuestro cicerone en la condición de su amigo-compilador de su excelente Órbita, selección representativa de vida y obra de Tallet; y quien fuera un buen compañero de años, el poeta colombiano Armando Orozco Tovar. Ambos hace ya tiempo fallecidos.

Pepe Tallet, con su sempiterno bigote de mosquetero y quien cifraba entonces en los ochenta, era un conversador natural, entusiasta e imaginativo. Esa noche nos cautivó con un sinfín de anécdotas de su larga y rica trayectoria, desclasificando el archivo prodigioso de su memoria, que no guardaba secretos. Al saber de la nacionalidad de Armando se recreó en los recuerdos de los días habaneros de su compatriota Porfirio Barba Jacob, y la historia que más disfrutamos fue la del último encuentro habanero del autor de Rosas negras con Federico García Lorca. Coincide la leyenda urbana de la época de que Barba Jacob resumiría con sus amigos cubanos aquellas horas compartidas con el andaluz, en vísperas de la partida de este, con las siguientes palabras, muy en su estilo mitómano y provocador: “y esa noche Federico me entregó toda su alma”.

“Al celebrarse en el verano de 1961 la constitución de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Guillén, en su condición de su primer presidente, convirtió su discurso fundacional en un homenaje al amigo asesinado el 18 de agosto de 1936”.

Ese pasaje —“del gran poeta del Romancero había quedado en el aire una sal fina que sazonó su picante anecdotario antillano” [1]—, sería solo uno de los diversos y ricos testimonios de aquella luminosa estancia de Lorca en la isla, que tuvo como antecedente natural su espontáneo interés por la cultura caribeña y el haber conocido con anterioridad en España a otros cubanos, como el pintor Wifredo Lam. Entre sus afectos asociados a su condición comprometida del mestizaje andaluz —“huella de árabe fino”—, encontramos su vocación por “todo lo que tiene sonidos negros (porque) tiene duende”, en esa voluntad declarada en su asimilación del sincretismo criollo, conocimiento al que contribuyen amigos imprescindibles que le acompañarían por siempre, como la narradora y etnóloga Lydia Cabrera, a la que consagra un poema antológico por antonomasia en su obra que es “La casada infiel”, incluido en Romancero gitano (1924-1927), y cuya dedicatoria reza: “A Lydia Cabrera y a su negrita”; o la relación que cultivó con su querido Juan Marinello, quien fuera para él además de exégeta sagaz de su obra, un guía en el conocimiento integral de Cuba, su cultura y sociedad.

Capítulo aparte es su lazo con los hermanos Loynaz y las frecuentadas tertulias en su hogar vedadense. En Flor, según testimonio de su hermana Dulce María, encontraría a su alma gemela. Como tributo permanente de ese vínculo entrañable entre el granadino y aquella estirpe intelectual de prosapia mambisa, en la última casa de la autora de Jardín —convertida hoy en un centro cultural que lleva su nombre—, la sala de conferencias está bautizada como Federico García Lorca, y en su entrada nos recibe un busto del que se sintiera en sus intensos días habaneros como parte integral de esa familia.

Guillén, primer presidente de la Uneac, dedicó un sentido homenaje a su amigo García Lorca, asesinado por los fascistas españoles el 18 de agosto de 1936. Foto: Tomada de Adelante

Otro hito de aquellos encuentros que tanto agradeció y significaron una influencia bienhechora y recíproca para él y sus interlocutores cubanos, fue el inicio de su relación personal con Nicolás Guillén. Al celebrarse en el verano de 1961 la constitución de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Guillén, en su condición de su primer presidente, convirtió su discurso fundacional en un homenaje al amigo asesinado el 18 de agosto de 1936. Justo el 22 de agosto, a veinticinco años de que el lirio se tornó sangre, la sangre tornóse muerte, Nicolás pronuncia su alegato donde enaltece al poeta como símbolo del martirologio de las ideas progresistas y de la cultura como expresión de la dignidad humana. Recuerda en esas palabras que de los tres grandes poetas víctimas de la Guerra Civil Española —y a los que “por una gracia especial, me fue dado el honor de conocerlos” [2]—, Antonio Machado, Miguel Hernández y Lorca, este último sería el único “que muere violentamente”. Aunque sin dudas, para ser justos, al soportar uno, ya enfermo, un exilio precipitado y hostil; y el otro la precariedad implacable de la cárcel franquista, donde sus sufrimientos se agravarían, don Antonio y Miguel padecerían por igual “muertes violentas”.

De ellos sería el granadino el único que visitara a Cuba —donde estuvo poco más de tres meses, desde el 7 de marzo hasta el 12 de junio de 1930—, y a tenor de ese viaje así recuerda Nicolás el encuentro afectivo entre ambos: “A García Lorca lo conocí en La Habana (…) Me lo presentó José Antonio Fernández de Castro, aquel animador de la cultura cubana que supo descubrir en muchos jóvenes de su tiempo grávidas zonas de talento creador, que otros no pudieron o no quisieron ver. Aquel día —renuncio a la fecha exacta—, anduvimos juntos desde la mañana y juntos almorzamos en una casa de la calle Ánimas. Ya saben ustedes como algunos detalles nimios permanecen agarrados al recuerdo, mientras otros más importantes desaparecen de nuestra mente, borrados por los años. Así nunca he olvidado que antes de sentarnos a la mesa, la dueña de la casa nos sirvió ron; ron del llamado ‘carta de oro’. Lorca tomó el pequeño vaso y durante mucho tiempo se mantuvo sin apurarlo. Su goce consistía en poner el cristal a la altura de los ojos y mirar a través de la dorada bebida. ‘Esto se llama —decía— ver la vida color de ron…’. Y se burló con mucha gracia y talento del viejo Campoamor” [3].

De acuerdo con Dulce María Loynaz, Lorca encontró en su hermana Flor a su alma gemela. Foto: Tomada de Internet

El autor de Poeta en Nueva York había llegado a La Habana para impartir conferencias invitado por el sabio polígrafo Fernando Ortiz, quien era a la sazón presidente de la Institución Hispano Cubana de Cultura. De don Fernando sería tres décadas después una carta a Nicolás, fechada el 14 de agosto de 1961, donde se disculpa por no poder asistir al congreso constitutivo de la Uneac por motivos de salud, “mi senectud ha acumulado sobre mí una serie de inesperadas…” [4], enfermedades y dolencias que pasa a enumerar. Y en otro momento menciona el tributo al andaluz y reitera sus disculpas al no poder corresponder a la invitación: “en el próximo aniversario del día en que fue muerto aquel grandioso poeta Federico García Lorca, que en Cuba me hizo la honra de dedicarme la belleza de un son (…) Con un abrazo de vieja, ‘muy vieja’, estima para usted, con mi gratitud para el Comité Gestor, rogándoles se sirvan aceptar mis excusas” [5].

El profesor y ensayista Guillermo Rodríguez Rivera, quien abordara en varias ocasiones el estrecho vínculo del poeta camagüeyano con las “muchas maneras de ser español”, así puntualiza esas influencias recíprocas: “Guillén había conocido a García Lorca en La Habana, apenas días después de aquel 20 de abril de 1930, cuando se publican sus Motivos de son. Lorca los había admirado y, a mi modo de ver, la poesía de Nicolás fue el impulso decisivo para que el andaluz concluyera su Poema de cante jondo, que había comenzado a escribir en 1921, pero que no edita sino en 1931, al año siguiente de su estancia cubana. El descubrimiento de la poesía del son, hace a Federico conectar con un neopopularismo desarrollado a partir de una cultura popular viva, análoga a lo que era el flamenco para España” [6].

Miguel de Unamuno quedó impresionado con la poesía de Guillén, a quien trató como “compañero de ensueños”. Foto: Tomada de Internet

De ese conocimiento entre ambos también queda el puntual testimonio de Miguel de Unamuno en la misiva que le envía al cubano en el verano de 1932: “Hace ya tiempo, señor mío y compañero, desde que recibí y leí —apenas recibido— su Sóngoro cosongo, que me propuse escribirle. Después lo he vuelto a leer —se lo he leído a amigos míos— y he oído hablar de usted a García Lorca. No he de ponderarle la profunda impresión que me produjo su libro, sobre todo «Rumba», «Velorio de Papá Montero» y los “Motivos de son”. Me penetraron como a poeta y como a lingüista. La lengua es poesía. Y más que vengo siguiendo el sentido del ritmo, de la música verbal, de los negros y mulatos (…) Le tiende su mano como a compañero de ensueños, Miguel de Unamuno” [7].

Guillén, en aquel memorable discurso de agosto de 1961, concluye reivindicando la trascendencia universal del amigo, al recordar cómo “(…) la figura de García Lorca desborda su alta condición lírica para convertirse en un símbolo de lo que es la barbarie, la estupidez fascista (…) lo matan no porque ignoraran que era él, sino precisamente por ser él…” [8]. Y concluye con esta línea luminosa: “fino andaluz de sueño, gitano principal, junto a nosotros esta noche, García Lorca sonríe, seguro de su esperanza” [9].

A solo unos meses del asesinato de Lorca, Guillén escribiría en México, en mayo de 1937 —en vísperas de su viaje a la península para asistir como invitado al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura—, su memorable España, poema en cuatro angustias y una esperanza [10]. En el mismo incluye su visceral homenaje al martirologio que tanto lo conmovió, “Angustia cuarta Federico”. Su lectura nos sigue conmoviendo, como me ocurrió al oírlo recientemente, una vez más, en la estremecida voz del actor Jorge Cao. El poema que comienza «Toco a la puerta de un romance…», nos emociona en la cadencia de un lenguaje poético avasallador, potente, un ritmo soberbio, angustioso, trágico y desgarrador. Allí encontramos versos rotundamente lorquianos como estos: La casa oscura, vacía:/ negro musgo en las paredes:/ brocal de pozo sin cubo, / jardín de lagartos verdes (…) Soñaba Federico en nardo y cera,/ y aceituna y clavel y luna fría./ Federico, Granada y Primavera./ En afilada soledad dormía,/ al pie de sus ambiguos limoneros,/ echado musical junto a la vía.// Alta la noche, ardiente de luceros,/ arrastraba su cola transparente/ por todos los caminos carreteros.//

“A solo unos meses del asesinato de Lorca, Guillén escribiría en México, en mayo de 1937 (…) su memorable España, poema en cuatro angustias y una esperanza. En el mismo incluye su visceral homenaje al martirologio que tanto lo conmovió, ‘Angustia cuarta Federico’. Su lectura nos sigue conmoviendo (…)”.

Al concluir el poeta su compromiso con la Hispano Cubana de Cultura y el ciclo de conferencias acordado, ciclo que tuvo gran repercusión en la sociedad ilustrada de entonces, no se marchó de La Habana, y de manera legítima se integró lo mismo a su bohemia letrada que a sus sectores más populares, conociendo la ciudad que tanto se le prodigó. En esas rutas de disfrute y conocimiento, “le gustaba irse en las noches a las ‘fritas’, a los cafetines de Marianao, donde ya estaba el Chori, y allí se hizo amigo de treseros y bongoseros” [11]. Continuaría después visitando en su recorrido, deslumbrado por cada descubrimiento, lugares imprescindibles en la geografía cubana como Santiago y Matanzas, entre otros, donde las experiencias y emociones se multiplicarían.

Muchos años después, Guillén diría refiriéndose a la influencia de Lorca en él y en otros poetas latinoamericanos: “Nadie como él (salvo Rubén Darío), ejerció tan pronunciada influencia en los jóvenes poetas americanos. Beatos los que pudieron vencerla, transformándola en voz propia, a lo largo de un abnegado y dramático esfuerzo de asimilación, semejante al que se impuso el propio Lorca, con Góngora y Lope, con Machado y con Juan Ramón” [12]. Cuando entabla su duradera amistad con Rafael Alberti, reconoce enseguida en el gaditano la simpatía que celebró en Lorca, “a fuer de buen andaluz”, como le escribe a José Antonio Fernández de Castro [13]. Asociación que sería recurrente en otros momentos en el cubano al referirse a Federico: “nos quedaron también su gracia gitana, tan parecida a la criolla, y el recuerdo de una personalidad angélica…” [14]. También estaría presente en su correspondencia con los Alberti. María Teresa y Rafael le escriben en 1961 desde Buenos Aires: “Querido Nicolás: Creo que salimos para Europa en agosto, después del homenaje a Federico. ¡25 años de su muerte! Regalamos un ‘jardinillo F. G. Lorca’ a la municipalidad de B. A. que consiste en una biblioteca pública colocada en un jardín y en una forma abstracta en una base que puede servir de tribuna para leer poemas, rodeada de bancos, etc. En la biblioteca, poesía de Federico y sus amigos. ¿Por qué no se hace algo en Cuba? (…) Hasta pronto, querido presidente de los escritores, un beso de Aitana y la firmeza en el cariño de los Alberti” [15]. Quiero pensar que este intercambio epistolar podría ser una de las motivaciones para la iniciativa de su posterior homenaje lorquiano en el discurso que pronunciara solo unas semanas después, en el estío caribeño de aquel año.

Cuentan que a Lorca le gustaba irse en las noches a la playa de Marianao, donde conoció al percusionista cubano Chori (Silvano Shueg) y se hizo amigo de muchos músicos. Foto: Tomada de Cuba Museo

Lo que representó para el hijo del pequeño pueblo de Fuente Vaqueros la tierra que definió como “cintura caliente y gota de madera”, se ilustra en lo que le escribiera a sus padres, cita que por recurrida no deja de ser de obligada memoria: “Esta isla es un paraíso. Cuba. Si me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba”. 

Tal vez en parte resuma lo hasta aquí dicho sobre esos vasos comunicantes, la reflexión que comparte la profesora española Carmen Alemany, autoridad en las vivencias personales y literarias de este fascinante capítulo lorquiano: “Un día Lorca oyó (…) una sentencia memorable; todo lo que tiene sonidos negros, tiene duende (…) Cuando Lorca logró su estribillo Iré a Santiago, estaba lleno de esa teoría (…) Ahí Lorca intuyó que el prodigio de nuestro sol es, trágicamente, tener sonidos negros, como el caer de una cascada sombría detrás de las paredes donde se lanzan al asalto los cornetines del bailongo” [16]. Algo que su amigo Nicolás Guillén, de la mano del duende y los sonidos negros, había reconocido en su momento: “Cuba imprimió en aquel espíritu una profunda marca, que él devolvió en auténtica comprensión” [17].


Notas:

[1] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. (Selección Denia García Ronda. Prólogo Guillermo Rodríguez Rivera. Ediciones Sensemayá, Fundación Nicolás Guillén, La Habana, Cuba, 2017), p. 111.

[2] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit., p. 103.

[3] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit., p.104.

[4] Alexander Pérez Heredia. Epistolario de Nicolás Guillén (Editorial Letras Cubanas, 2002), p. 239.

[5] Alexander Pérez Heredia. Epistolario de Nicolás Guillén. Ob. Cit.

[6] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit. p. 8.

[7] Alexander Pérez Heredia. Epistolario de Nicolás Guillén. Ob. Cit., p. 78.

[8] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit., p. 105.

[9] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit., p.105.

[10] Se publicaría de inmediato en la Editorial México Nuevo, y una segunda edición española se imprimió en Valencia, en la Tipografía Moderna, con fecha de agosto de ese año, al cuidado de Manuel Altolaguirre.

[11] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit. p. 104.

[12] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit. p. 105.

[13] Alexander Pérez Heredia. Epistolario de Nicolás Guillén. Ob. Cit. p. 92.

[14] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit. p. 111.

[15] Alexander Pérez Heredia. Epistolario de Nicolás Guillén. Ob. Cit. pp. 235-236.

[16] Carmen Alemany Bay. “Federico García Lorca en Cuba: Vivencias personales y literarias. Su huella” (sitio digital Cubaliteraria, 5 de junio de 2024)

[17] Nicolás Guillén. España. Poemas y crónicas sobre una guerra antifascista. Ob. Cit. p. 104.