Los que tienen más son menos y los que tienen menos somos más. Integramos una mayoría en busca de reivindicación en los dominios de la justicia social. No hay modo de conseguir esta si no es a través de políticas de Estado abarcadoras e inclusivas. Los más quieren seguir siendo minoría valorada por lo que poseen. La sociedad dividida en clases los cría y la ambición los junta. Y los divide.

Siempre me he sentido de la mayoría, aunque sé que no es homogénea. La vanidad también es pasaporte para quienes, aun siendo de la mayoría, quieren considerarse minoría. Muy duro hay que luchar para no caer frente a sus embrujos tras meritorias realizaciones profesionales. Si el que tiene más se considera de una condición superior como consecuencia de sus posesiones, el que acumula méritos a expensas de su talento, o su persistencia y empeño no es inmune a sentirse separado de la masa. Lo he visto. Lo he vivido. Forma parte de las duras luchas que contra uno mismo corresponde librar puertas adentro.

“El acceso general al conocimiento en la Cuba revolucionaria siempre se hizo sin ánimos de lucro; la única retribución esperada a toda costa fue la del engrandecimiento de la nación a expensas de los valores transmitidos(…)”.

Las políticas inclusivas que caracterizan al proceso revolucionario cubano le dieron vía libre al talento: la multiplicación de oportunidades a través de los numerosos espacios de realización reportaron cosecha profesional de amplia competitividad en diversos terrenos. No es que sea general, pero he podido observar cómo algunos de los beneficiarios de esas políticas acaban sintiéndose separados de la mayoría y de repente opinan que su alta calificación solamente es fruto de su talento y esfuerzo, con lo cual obvian las oportunidades que se les abrieron y no dudaron en aprovechar.

Insisto y lo lamento, no es que sea mayoritario, pero un porcentaje no despreciable de profesionales, artistas, atletas, técnicos (emigrados o no) se embeben en ese narcisismo y acaban reconociendo más a quienes se valen de sus habilidades (porque las retribuyen mejor) que a quienes lo apostaron todo para propiciar su virtuosismo.

El acceso general al conocimiento en la Cuba revolucionaria siempre se hizo sin ánimos de lucro; la única retribución esperada a toda costa fue la del engrandecimiento de la nación a expensas de los valores transmitidos con la esperanza de que, por generación espontánea, aportaran prosperidad material y espiritual al entorno.

“(…) un buen número también se deja contaminar la médula ideológica, a veces con cápsulas de contenido envenenado que los conduce a la impugnación furibunda de sus orígenes (…) La espiral del odio, una vez instalada en el corazón, lo autodevora y lo convierte en masa irracional”.

La guerra de cuarta generación que se le hace a Cuba, en su vertiente mediática, se vale de la falacia de que la Revolución forma profesionales para explotarlos (esclavizarlos han dicho) y enriquecer con su desempeño las arcas privadas de los dirigentes; por desgracia, como esa guerra viene acompañada del cerco económico, algunos de nuestros compatriotas calificados caen en la cuenta del bodeguero y el “tener” se impone sobre el “ser”. Inducidos por los mensajes falaces y cierta vanidad injertada, se producen deserciones y disensos sorpresivos.

Fuera legítimo semejante tránsito si tuviera solo el perfil pragmático, pero no siempre es así, pues un buen número también se deja contaminar la médula ideológica, a veces con cápsulas de contenido envenenado que los conduce a la impugnación furibunda de sus orígenes, y en el extremo, a ideas fascistoides. Las redes sociales y el consorcio mediático, con su sesgado sistema de prioridades, amplifican las diatribas. La espiral del odio, una vez instalada en el corazón, lo autodevora y lo convierte en masa irracional. El ciudadano ilustrado gratuitamente y con lo mejor que tuvo a mano el mecenas, se autorepresenta a sí mismo como un ser tocado por la gracia divina y la emprende a gritos contra quien puso a su alcance el único verdadero tesoro: las puertas abiertas a la sabiduría.

“(…) pese al desasosiego, recibo la terapia de ver a tantos jóvenes cubanos, formados en nuestros centros, entregar en alas del más elevado altruismo sus saberes y esfuerzos en el sostenimiento y mejoramiento de este país que se niega a renunciar a su soberanía y su proyecto de futuro”.

Soy casi tan viejo como la Revolución misma, y por ello sé cuántas inteligencias brillantes, en el largo periodo prerrevolucionario, debieron conformarse con el destino mediocre de un empleo menor por no poder pagarse una carrera. Entre mis mayores, nacidos en la década de 1920, tengo ejemplos. Pero casos similares también conocí después, en mis años jóvenes, mientras el Gobierno revolucionario trabajaba con esmero por corregir las heredadas asimetrías campo-ciudad y algunos de mis coetáneos, por falta de instituciones en sus zonas apartadas, permutaron proyectos de superación mayor por otros menos ambiciosos. Y también fui testigo de cómo algunos de ellos, tenaces, continuaron superándose acogidos a la creciente multiplicación de oportunidades, para convertirse en profesionales de notable ejecutoria, meta alcanzada a veces cerca de los cuarenta años, y hasta después.

Cada uno de estos amargos días por los que atravesamos, pese al desasosiego, recibo la terapia de ver a tantos jóvenes cubanos, formados en nuestros centros, entregar en alas del más elevado altruismo sus saberes y esfuerzos en el sostenimiento y mejoramiento de este país que se niega a renunciar a su soberanía y su proyecto de futuro. En las ciencias médicas, en las técnicas, en la esfera cultural, en los deportes, día por día nos trasfunden una energía que devuelve la confianza en una generación que, aunque menguada por la labor de zapa del voraz enemigo, sigue considerándose de la mayoría. Son “los imprescindibles” de que hablaba Bertolt Brecht, purificados por la sangre derramada y el esfuerzo de quienes les antecedieron y nunca vacilaron en entregarlo todo para gestar su realización.

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