La literatura infantil, en su vertiente poética, atesora un reciente y buen hallazgo. Se trata del Cuaderno de los asombros, de la escritora, poeta y editora Sheyla Valladares. Con bellísimas ilustraciones de Iris Fundora y publicado por Ediciones Quisicuaba, la autora suma otro libro en un rubro antes cultivado. Entre otros títulos de cuentos y poesía para adultos, también incursionó en la literatura infantil con sus títulos Estimado señor Miedo y Lo que se me olvida.
Ahora regala una nueva gema, de brillos exquisitos. La capacidad de asombrarse, ese aliento feliz y sano y hasta sabio, esa suerte de llama coloreada que se enciende en el alma con los descubrimientos, resulta ser el pilar fundamental donde el volumen descansa. Este detalle amplía de pronto las posibilidades de los destinatarios de este cuaderno.
El adulto que lea esos poemas, pues supongo que cada padre lea lo que luego leerán sus hijos o se los haga llegar en voz propia, tendrá también motivos de regocijo. Porque si todavía recuerda cuando fue niño (salve Saint-Exupéry), o intenta seguir siéndolo en la alegría, o justo en la virtud de asombrarse, estas páginas serán buen alimento. No sobra decir, además, que cada poema es a la vez una pequeña narración, un cuento minúsculo donde lo ocurrido antes y después del texto también abre puertas a la imaginación.
“El adulto que lea esos poemas (…) tendrá también motivos de regocijo”.
Para el público infantil, será un regalo. Este cuaderno poético se aleja de todo lo aparatoso, de lo banal, y como en susurros, como relatando magias, revela mundos. Los ojos de la niñez, donde todavía los golpes de la vida no han ahuyentado el hambre feliz de hallar maravillas en todas partes, tendrán en estos poemas una fiesta. Porque el brillo tranquilo de cada verso transporta a revelar secretos que casi siempre están al alcance de la mano.
La poesía de Sheyla Valladares pone sus miras en los espacios mínimos, en esa realidad tremenda, estremecedora, escondida, en la que habitualmente nadie repara. Ahí está entonces la voz lírica que salva del silencio un quieto estanque, que sabe el nombre de los vientos y las risas de una casa cuando sus ventanas la dejan ver el mundo, que acompaña y celebra la caída de las hojas o la caricia del aire que trae a la vida a las cosas. Los versos de la autora nos enseñan a mirar, con los ojos del corazón (otra vez Saint-Exupéry), ese árbol, ese parque, esa nube que vemos a diario, sin ver.
“La poesía de Sheyla Valladares pone sus miras en los espacios mínimos, en esa realidad tremenda, estremecedora, escondida, en la que habitualmente nadie repara”.
Uno de los encantos de la poesía, y este escriba que la intenta puede dar fe de ello, es justo lograr descorrer los velos sobre lo oculto. Pero no aquello lóbrego que se esconde por misterios o por sombras, ni lo recóndito tras maldades y tinieblas. Es traer al centro de la escena los lugares, personajes y sucesos donde la poesía anida, donde resulta fácil encontrar sus frutos. Es iluminar, dibujar, sacar a flote la fantasía de cada realidad. Pero eso sucede tan solo si sabemos buscarla, respirarla, tocarla con el sentir y el alma. Justo un sorbo de esos sentires, en fresco y nítido cauce, ofrecen estas estrofas.
Así que, como esos caracoles de cafetera y sombrilla que vagan tranquilos por la tarde de uno de los poemas, aquí se invita a un hermoso paseo. El Cuaderno de los asombros es, por igual, la agitación de la lluvia y los íntimos detalles que solo descubrimos detrás de la puerta, o en los recuerdos, o en las canciones. Así que se vale buscarlos, inventarlos o dejarse sorprender por ellos. Dentro de estas páginas hay un remanso. Para aspirar los soles del inicio del día, para jugar a acariciar o, simplemente, hacer una pausa y curarnos de esas manchas y grises, que nada saben de los arcoíris.

