Patrimonio vivo y un Cubadisco 2026 en clave de Son
El 8 de mayo Cuba celebrará el Día del Son Cubano, una fecha que este año adquiere un eco especial: el Cubadisco 2026 está dedicado al género, y lo hace en un contexto histórico marcado por la inscripción de su Práctica en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco, acontecimiento ocurrido el 10 de diciembre pasado en Nueva Delhi, India.
Este reconocimiento internacional constituye un acto de justicia para una de las expresiones musicales más influyentes del Caribe y de América Latina, y reafirma la vitalidad de un género que, desde su nacimiento en el Oriente cubano, ha sido matriz rítmica y estética de buena parte de la música contemporánea.
Como reza el expediente presentado al efecto, el Son —Patrimonio Cultural de la Nación desde 2012— es mucho más que un género músico-danzario: es práctica social, ritual comunitario y vehículo de memoria. Su origen se ubica en la región oriental, entre Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa, donde confluyeron estructuras rítmicas africanas, giros melódicos hispanos y formas poético-narrativas propias de las comunidades rurales. Instrumentos como el tres, la marímbula y el bongó se volvieron voces inseparables de un modo de sentir que pronto se expandió más allá del ámbito campesino, con el changüí como expresión ancestral.
El Son es mucho más que un género músico-danzario: es práctica social, ritual comunitario y vehículo de memoria.
Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, el incipiente género comenzó a consolidarse como fenómeno sociocultural de grandes dimensiones: de los campos a las ciudades, de las fiestas familiares a los espacios públicos, y desde Santiago emprendió su viaje a La Habana.
Ya para 1920 había entrado en la capital y adoptó colores que iban teñidos inicialmente por los prejuicios raciales y las diferencias sociales, pero también por la fama que sus cultores conseguían en sociedades y liceos. Pioneros indiscutibles como el Sexteto Habanero, el Trío Matamoros, el Sexteto Boloña y el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro lo auparon hasta niveles alucinantes de popularidad, y temas como “Échale salsita” marcaron hitos definitivos en su modernización.
Su evolución continuó con figuras como Arsenio Rodríguez, quien introdujo la tumbadora y sofisticó los arreglos armónicos, definiendo una estética que luego heredaría la Salsa. Benny Moré, el “Bárbaro del Ritmo”, lo llevó a escenarios mayores al fusionarlo con la big band y dotarlo de un carisma interpretativo irrepetible. Las charangas y los conjuntos musicales lo incorporaron en sus repertorios, y la tradición del tres encontró en Papi Oviedo y Pancho Amat a virtuosos contemporáneos. Agrupaciones como el Septeto Santiaguero revitalizaron el estilo para nuevas generaciones, demostrando que el Son nunca se extinguió: cambió de piel, se adaptó y dialogó con su tiempo.
En este devenir, Adalberto Álvarez, el “Caballero del Son”, resultó decisivo para la defensa institucional del género. Su obra con Son 14 y su propia orquesta demostró que era un organismo vivo capaz de conectarse con las dinámicas contemporáneas del baile y con la sensibilidad popular. Más allá de sus éxitos musicales, impulsó el reconocimiento del 8 de mayo como Día del Son Cubano, en homenaje al natalicio de Miguel Matamoros y Miguelito Cuní. Su cruzada, artística y patrimonial, logró concretarse después de su fallecimiento y se convirtió en uno de los homenajes más sinceros a su legado.
El Son nunca se extinguió: cambió de piel, se adaptó y dialogó con su tiempo.
Luego, la inscripción en la lista de la Unesco coloca al género justo al lado de otras expresiones autóctonas como la Rumba, el Punto Cubano, la Tumba Francesa, las Parrandas del Centro de Cuba y el Bolero —y muy pronto el Danzón—. Con ello, se reconoce no solo su valor musical, sino también su dimensión social: el Son como práctica que se renueva en peñas, solares, festivales, romerías, descargas nocturnas y encuentros familiares. Es vehículo de memoria e identidad, y su consagración global confirma lo que Cuba y buena parte del mundo saben desde hace más de un siglo: que es una de las grandes aportaciones del Caribe al patrimonio cultural de la humanidad.
Creo que la mejor manera de celebrar este 8 de mayo el Día del Son Cubano es hacerlo desde la música misma: bailando, escuchando, compartiendo y reflexionando sobre su legado. En barrios y comunidades, en casas de cultura y escenarios, en las descargas nocturnas y en las ruedas de casino, el Son debe sonar como recordatorio de que la identidad también se baila.
Pero la celebración se extiende más allá de la fecha: el Simposio Cubadisco, del 19 al 21 de mayo en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba, será un espacio académico y artístico dedicado al Son, al aniversario 80 del natalicio de José “Pepe” Reyes Fortún, a los 55 años del Museo Nacional de la Música y a las cuatro décadas de la revista Clave.
El programa del Simposio, presencial y virtual, reunirá investigadores, músicos, comunicadores y profesionales de la industria musical para debatir en torno a cinco ejes temáticos; a saber: el género como expresión patrimonial y elemento distintivo en la identidad nacional cubana; su presencia en la industria musical y las estrategias de divulgación, comunicación y marketing; los concursos internacionales de música como espacios de validación de las competencias creativas; el posicionamiento de los músicos cubanos en escenarios internacionales y espacios académicos; y las nuevas narrativas, innovación y experimentación de la música cubana en el contexto actual.
El Son debe sonar como recordatorio de que la identidad también se baila.
Este encuentro académico complementa la celebración popular, pues permite pensar el Son no solo como práctica festiva, sino como objeto de estudio y como estrategia cultural.
Por eso, aplaudo que el Cubadisco 2026 sea escenario de esta reflexión y homenaje al género; poniendo de relieve la diversidad de estilos, la riqueza de las agrupaciones contemporáneas y la vigencia de una forma de ser y de sentir que sigue siendo latido profundo de la nación.
Celebremos en los barrios, en los escenarios, en las casas de cultura, en los ensayos de las agrupaciones y en los espacios donde el tres dialoga con la clave. Celebremos en la rueda de casino, en las descargas nocturnas, en las voces de los cantantes que siguen preguntando “de dónde son los cantantes”: son de la loma, y cantan en el mundo entero. El Día del Son Cubano, el Cubadisco 2026 y la declaratoria de la Unesco confluyen en un mismo encargo: no hablamos de algo pretérito, es actual y “cocinándose” todos los días; reminiscencia viva y patrimonio de los humanos todos.

