Hermano, aunque sabíamos que no te sentías muy bien, la partida para el viaje a la inmortalidad siempre sorprende dolorosamente.

Me enteré de lo acontecido en La Cabaña junto con la gente que íbamos a recibir la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez, distinción que otorga las FAR a un grupo de intelectuales, periodistas, músicos y miembros de las FAR. Sin embargo, esa dolorosa coincidencia la pude convertir en la certeza de que tu inolvidable y auténtica cubanidad estaba impregnada, precisamente, en el filo del machete que hoy nos han entregado.

Por lo tanto, mucho más que recordar la profunda hermandad que compartimos durante tantos años, aprovecho la ocasión para reiterarte una vez más que los rasgos inherentes a tu pintura, si se identifican con nuestra nacionalidad, es porque sencillamente iban contigo como parte de tu epidermis.

Si bien los críticos más exigentes fueron capaces de reconocer el origen de semejantes trazos al vincularlos con la herencia de esa cultura que tanto nos enorgullece como cubanos, la gente de pueblo quizás no podía expresar lo mismo en complicados términos académicos, pero sí lo presentían y por eso, te hicieron de ellos para siempre.

“…los rasgos inherentes a tu pintura, si se identifican con nuestra nacionalidad, es porque sencillamente iban contigo como parte de tu epidermis”. Obra: Sin título / Tomada de Arte Informado

Por muchos grandes premios que hayas recibido en Japón, Europa o hasta en los propios Estados Unidos, la gente común de la calle te sentimos como uno más de nosotros y no nos preguntábamos el porqué de esa acrisolada excelencia en tu obra. Es que no esperábamos menos de ti.

No sé, pero a estas alturas todavía no me parece verdad que te hayas ido. Quizás ese sentimiento se deba al derroche de una simpatía que se ha quedado muy arraigada entre los que bien te queremos, pues estoy seguro de que en cualquier momento escucharemos tu cubanísima risa, rebosante de esa contagiosa felicidad con la que siempre viviste.

Entonces Choco, permíteme despedirme con este conocido pensamiento del Apóstol, pero que resume de la mejor forma posible, el modo en que ya te recordamos: “Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; ¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!”

Un fortísimo abrazo,

Guille Vilar

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