La decisión de que la Feria Internacional del Libro de este año 2026 se le dedique a una de nuestras más importantes escritoras cubanas: Marilyn Bobes, me parece un gran acierto, un acto justo, un merecido reconocimiento. Periodista de profesión, poeta, cuentista, novelista, antologadora y abridora de caminos, quien ha obtenido el Premio Casa de las Américas en dos ocasiones, Marilyn es ya entre nosotros, un referente ineludible.

Debo decir que la conocí personalmente en 1985, hace más de cuarenta años, y no precisamente gracias a la literatura, sino porque el azar quiso que en aquel entonces yo fuera la médica de su madre, la inolvidable Velia León, a quien Marilyn le dedicara un hermosísimo poemario que publicó Ediciones Vigía. Nos hicimos amigas de inmediato, y aunque estas primeras confesiones sean de índole personal, y por consecuencia, de poco valor, explican el hecho de que yo sienta no solo admiración y respeto hacia su obra, sino un inmenso cariño, y también varias deudas.

Cuando ella y Mirta Yáñez hicieron la imprescindible recopilación de narraciones Estatuas de sal, no solo rescataron las voces de mujeres famosas consideradas clásicas en la literatura cubana, sino también de algunas confinadas al olvido, como Esther Díaz Llanillo, y las voces de quienes recién comenzábamos a abrirnos paso en nuestro corpus literario. Así, gracias a Marilyn y a Mirta varias de nosotras, entonces jóvenes, fuimos visibilizadas. No siempre se tiene la oportunidad de agradecer, y ahora lo hago.

“(…) Marilyn es, sin proponérselo, una maestra en el complicado arte de construir personajes femeninos”. Imagen: Tomada de la BNCJM

He leído sus narraciones a lo largo de muchos años, no solo por nuestra vieja amistad, sino porque Marilyn es, sin proponérselo, una maestra en el complicado arte de construir personajes femeninos. La Iluminada Peña de Alguien tiene que llorar y la Jacqueline de Fiebre de invierno, perfectamente delineadas, son ejemplos de la habilidad de la autora para generar figuras femeninas en términos psicológicos, humanos y narrativos. Antes de replicar un texto que alude a libros suyos en particular, debo añadir que la única antología que se ha hecho en Cuba sobre la violencia de género, Sombras nada más, fue idea suya.

Aunque yo fui la encargada de llevarla a efecto, la idea original, como consta en los créditos del libro que reúne treinta y seis narraciones, es de Marilyn Bobes (otro motivo para mostrarle gratitud). En aras de no ocupar demasiado espacio, y permitir que otros admiradores se refieran a la obra de esta gran escritora, traigo una constancia de cuánto respeto y valoro a la homenajeada. Es un texto que alude al momento en que se publicó Mujer Perjura, que ahora reitero.

Este libro de Marilyn Bobes parecería el verdadero desnudo de su alma si no fuera porque nos resistimos a creerle, en virtud de seguir admirándola como hasta ahora. No porque nos resulten inverosímiles sus narraciones siempre delineadas con rigor, sino porque ella misma, desde sus páginas, nos pide que sus historias permanezcan en el limbo que existe entre lo real y la imaginación. Mujer perjura (Ediciones Unión, 2009) es mucho más que el título de la canción de Miguel Companioni. Es un anuncio, una lápida que antecede al argumento de esta cuenti-novela armada con maestría e ingeniosidad. Es una declaración a priori que Marilyn, experimentada y talentosísima escritora nuestra, hace con toda intención. El dilema ¿creerle o no creerle? carece de importancia, dada nuestra intención de no insultar ni al arte ni a la verdad, como pedía Nabokov. Disfrutamos esta lectura sin detenernos en los rasgos autobiográficos que pueda o no poseer. Integrado por nueve narraciones que se hilvanan entre sí, Mujer perjura funciona como una novela fragmentada, aunque pueda ser escindida para ir de a poco adentrándonos en las peripecias emocionales de la protagonista, la ya conocida Iluminada Peña de libros anteriores, como Alguien tiene que llorar.

“(…) Mujer perjura funciona como una novela fragmentada, aunque pueda ser escindida para ir de a poco adentrándonos en las peripecias emocionales de la protagonista (…). Imagen: Tomada de Cubarte

Resulta llamativo el mimetismo que logra Marilyn entre los personajes femeninos que ha creado, y que utiliza a su antojo según convenga a cada historia. Así, la Jacqueline de Fiebre deinvierno nos había dicho “yo necesito escribir y estoy cansada de autocensurarme”, como si fuera ella y no la mujer de hoy quien comienza a exorcizarse en las primeras páginas de este libro, tituladas “El principio y la senda”. Gracias a esta introducción, desde el inicio, como quien se cura en salud, sabemos a qué vamos a enfrentarnos: a una escritura despojada de prejuicios, salida del deseo irrefrenable de alguna mujer (¿Marilyn, Jacqueline, Iluminada?) por recuperar la confianza perdida luego de haber sido apaleada sin misericordia tanto física como emocionalmente. Esta especie de autoprólogo, así como el texto que cierra el libro a manera de epílogo (“Iluminada c est moi y je suis l outre”) constituyen verdaderos ejercicios de juegos, lugares donde el engaño se funde con una posible realidad que termina disfrazada de tal manera que es indistinguible de la ficción. La escritora juega con nosotros, nos vapulea a su antojo, nos coloca de cabeza y luego nos pide que no dejemos de creerle. Pero que tampoco lo hagamos de forma rotunda. En otras palabras, el juego no termina nunca. Porque no llegamos a descubrir jamás cuánto ha inventado ni en qué medida se ha desnudado el alma frente a su público. En los siete restantes capítulos o cuentos, Iluminada Peña evoluciona a saltos de transformaciones que recuerdan el modelaje de una figura que empezó en bruto y que luego es convertida si no en flamante escultura diamantina, al menos en una mujer mucho más segura, autorreafirmada y hasta cierto punto culta. Va adquiriendo, en la medida en que pasa el tiempo (quince años ya ¿quién lo hubiera dicho alguna vez?), y con él, los avatares de su vida, una sensibilidad creciente sin adornos falsos. Es la percepción del mundo a través de los sentidos lo que dicta sus juicios estéticos. Por más que los libros y los que dicen que saben me muestren algo genial, yo no lo acepto como bueno si no me entra por el corazón o por los ojos, nos dice sin ambages. Su visión de escenarios de Barcelona como la iglesia La Sagrada Familia, La Pedrera, las Ramblas y del parque Güel es genuinamente desenfadada, así como su deslumbramiento por el David de Miguel Ángel, a quien compara repetidas veces con la anatomía de su orillero amante habanero: El Bebo.  

Este personaje, conocido también de textos anteriores como el depredador símbolo sexual de Iluminada Peña, es matizado en este libro a través de caracteres que lo convierten en un ser palpable, violento pero encantador, rústico y vital, alegre, limitado, en resumen: libre de estigmas que lo hagan caricaturesco. No se trata del despliegue de insultos vengativos que una mujer maltratada puede proferir. Todo lo contrario: es la figura masculina mejor delineada del volumen, quien mejor es identificable por el logro de Marilyn en mostrarnos simultáneamente las dos caras de su moneda. Un pobre diablo ducho en artes amatorias, carente de modales, abusivo y despreciable, y sin embargo digno de conmiseración dada la infelicidad de su existencia. Tanto él (de Centrohabana) como Jacques Dupuis, (de Toulouse) son imprescindibles para la historia vital de la protagonista. Los viajes, la experiencia sexual, la soledad, el desencanto y por fin el regreso de Iluminada, dependen de estos dos hombres. El momento en que ambos aparecen y se esfuman de su vida, dejándole como en un bolero cicatrices imposibles de borrar, es señalado repetidamente en este libro.

A Marilyn Bobes debemos la única antología que se ha hecho en Cuba sobre la violencia de género: Sombras nada más fue idea suya. Imagen: Tomada de Ecured

No es casual que la imagen del abandono de El Bebo coincida con el primer encuentro con Jacques, ni que el momento crucial en que Iluminada cambia el rumbo de sus pasos sea señalado en tres de los capítulos de la novela. O lo que es igual: en tres de los cuentos. Era de noche, se vieron en El Malecón y el francés la invitó a cenar al restorán La Divina Pastora. Esta frase en apariencia banal, marca el giro del desarrollo de los acontecimientos posteriores. A partir de ese instante comienza una vertiginosa carrera que no cesa hasta que Iluminada Peña decide regresar quince años después pobre pero feliz. Pobre pero decente y tal parece que arrepentida, amén de ser ese el momento en que ella, acostumbrada a contemplar lo peor de la ciudad, se deja conquistar por la visión hermosísima, única, de La Habana vista desde el mar. La reiteración de la frase, ubicada en diferentes cuentos no solo confirma la importancia que tiene el suceso, sino que integra el hilo conductor que enlaza una microhistoria con la siguiente. Si El Bebo no se hubiera ausentado esa noche crucial, si Jacques no hubiera aparecido en el lugar preciso, si no hubieran ido juntos a La Divina Pastora, otra sería la historia y no tendríamos ahora la dicha de disfrutar de esta novela (o como quiera llamársele) que Marilyn Bobes, más luminosa que nunca , pone a nuestra consideración. Invito al público a adentrarse en estos caminos imaginarios de decepciones y glorias no sin antes prevenirles que no se dejen entrampar en el intento de descubrir quién es y quién no la auténtica protagonista. Créanme: eso no tiene importancia.

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