La terrible mirada que hace Byung Chul Han al tema del tiempo pasa por la volatilidad y el carácter moldeable de esta condición. En otros acercamientos he dicho que el gran tema de este autor es la crisis de la modernidad y cómo esta se licúa hasta tornarse en algo diferente, sin forma, cuya mera definición se nos escapa. En realidad, no existe una reflexión sobre esa crisis sin que se contemple el tiempo como motor esencial. La única variable que no podemos ver en materia física, pero se hace evidente es precisamente el tiempo. Su presencia, si bien sutil, rige la materialidad del resto de las magnitudes de cualquier fenómeno. Todo pudiera ser abordado desde el tiempo. La sustancialidad del mundo le debe su mutación. De hecho, ¿qué es el cambio sino la sumatoria de muchos instantes en un periodo determinado? Todo análisis lleva implícito el tiempo, nos debemos a su dictadura y somos licuados por sus mandatos.

Lo que el filósofo coreano nos está proponiendo desde ensayos como El aroma del tiempo es que abordemos la modernidad desde su desaparición a manos de la velocidad y de la tarea imposible de detenerlo todo. Ello genera una fatiga que deshace al ser, lo coloca en la inmaterialidad o en la frontera de la desustanciación. Todo muta tan rápido que perdemos de vista su forma, apenas vemos el cambio, la irremediable aceleración. Es como una sombra alargada, producto de la propia velocidad. Recordemos algo tan curioso en la Física como el Efecto Doppler: el sonido de algo que se aleja o que se acerca varía por el cambio en la frecuencia de onda. Nuestra posición espacial nos hace partícipe de un movimiento que ocurre en el tiempo y del cual tenemos la huella de la deformación a través de las ondas sonoras. Algo así vemos en el transcurrir de la modernidad. Cuando ya captamos su forma, ha mutado hacia otra forma. El ejemplo clásico es el uso propio de las redes sociales, en especial de Instagram, que ofrecen un servicio de reels que nos atrapa durante minutos. No vemos nada en realidad, solo el mismo pasar de los videos. Al cabo, todo eso apenas queda como una huella en nuestra mente, la del propio tiempo transcurrido. La imagen en movimiento se ha deformado tanto que desaparece, es como una pasta sin molde delante de nosotros. ¿Hemos consumido? Sin dudas sí, pero, ¿qué hemos consumido exactamente?

“La terrible mirada que hace Byung Chul Han al tema del tiempo pasa por la volatilidad y el carácter moldeable de esta condición”.

La huella de esta deformación de la conciencia, perseguida por las reflexiones de Byung Chul Han en su obra, ha desvelado a otros creadores. Hay una pieza en especial sobre el paso del tiempo que lo muestra en su acción más descarnada. Hablo de Saturno devorando a su hijo de Francisco de Goya. Aquí tenemos que separar la metáfora contextual, que a menudo se ha vinculado con el cuadro, de la esencia universal que para nosotros posee. Se dijo que ese Saturno (Cronos para los griegos) era el dios del tiempo y que se comía a sus hijos para evitar que lo destronaran. Ello encerraba un vector de sentido que en aquellos años apuntó hacia Fernando VII, cuya monarquía defendieron muchos nacionalistas liberales e ilustrados contra el mandato de Napoleón. Sin embargo, una vez restablecidos los Borbones, el absolutismo devoró literalmente a sus partidarios e instauró un régimen conservador y cerrado a la antigua. Goya, que ya estaba viejo y había visto prácticamente de todo en la España de su momento, seguramente halló en el mito la forma más expedita para expresar cómo la modernidad contradictoria, dictatorial, incluso enemiga de la razón que decía ostentar, se comía a sus constructores. Ese acto de canibalismo, no obstante, a la luz del presente, expresa otra sensación más terrible. Si el final de los hijos de Cronos en la época de Fernando VII restaurado fue el fin de los fueros liberales; en nuestra época es la incapacidad de nosotros para relacionarnos sanamente con Cronos. No en balde, Freud ve en este mito una expresión antigua del nexo conflictivo de los hijos con los padres.

“El cuadro es una metáfora liberal, que contradictoriamente critica el régimen liberal”.

El cuadro es una metáfora liberal, que contradictoriamente critica el régimen liberal. Es una obra hecha entre 1820 y 1823 que inicialmente formó parte de la decoración de los muros de la Quinta del Sordo, la casa que adquirió Goya en 1819, por lo cual se trataba de una imagen que él vería a diario y que fue concebida para permanecer como parte del entramado del artista. Al parecer, la reflexión en torno al tiempo para un hombre que ya había vivido era algo obsesivo, un tema que a la par también se le escapaba y que intentó representar de forma monstruosa. De ideas ilustradas alguna vez, como muchos hombres de la época, Goya vio los horrores de la guerra, las invasiones, el desorden social y político y la decadencia de su país. Todo eso con una velocidad que le impidió valorar, medir cada uno de los procesos. El torbellino de la historia simplemente se percibe aquí como una inmensa agonía (Cronos) que muerde el cuerpo de uno de sus tantos hijos y lo descabeza. También el hecho de que se comience comiendo precisamente esa parte del cuerpo y no otra es simbólico: el pensamiento es lo primero que muere cuando transcurre la modernidad. La razón perece a manos de quienes supuestamente deben defenderla y todo se torna consumo desbocado. Vemos en esta porción central de la obra, hacia la cual confluye el esquema compositivo, una cabeza y una boca enormes del dios/monstruo, con los ojos abiertos y deformados, el cabello hecho unas greñas y un gesto de inexpresividad inhumana. El hijo, en cambio, carece de agencia, al ser descabezado, pero también aparece de una forma impersonal, como una cosa que se destruye y desecha. En este instante comprendemos que además del paso feroz de la modernidad estamos ante la deshumanización de dicho proceso.

“Para Byung Chul Han la modernidad (…) fue mostrando a partir de determinados autores su verdadera arista”.

Para Byung Chul Han la modernidad, que se inició con la promesa de la idea del progreso, fue mostrando a partir de determinados autores su verdadera arista. En Nietzsche vemos que el relato se impone a la verdad y la domina. Las interpretaciones y la voluntad de poder son acercamientos a una razón descarnada que se quitó todo el ropaje humanista de las revoluciones burguesas y que ahora muestra su esencia. Para entender la crítica de Nietzsche a la metafísica y el pensamiento occidental hay que ver los resultados en la práctica de la razón moderna: las guerras mecanizadas, los regímenes totalitarios, el uso de la velocidad para trasladar la muerte como dominio, el arrasamiento de la poesía por la lógica instrumental. Casi la misma metáfora de Goya, pero llevada al pensamiento más duro y cuestionador. El humanismo de Nietzsche es, por tanto, no una mueca burguesa de arrepentimiento del ser, sino una afirmación desde lo auténtico de la verdadera naturaleza vitalista. He ahí su revisión del tema de la moral y de su implementación como ideología de masas. Para este filósofo sencillamente el pensamiento auténtico era ese que se separaba de la necesidad de justificar su crítica al mundo tal y como existe, sino que apuesta por el restablecimiento de valores antiguos y premodernos que conllevan una dosis de fortaleza adicional. De ahí su visión del superhombre y el rescate de Zaratustra como figura anterior a Jesucristo. El ser es, no importa si lo queremos enmarcar, frenar, colocarle riendas. La manera en que queda expresado este humanismo recurre a Dionisos como contrapartida de Cronos. Dionisos es pulsión de vida, Cronos pulsión de muerte. En el primero está la libertad de acción y el descubrimiento, en el segundo el desmembramiento y la parálisis. Nietzsche es uno de los grandes críticos de la razón burguesa en la modernidad, cuyas ideas irían a parar a las propuestas de Heidegger en Ser y tiempo.

Volvamos al Efecto Doppler. Cuando la modernidad se acerca —quizás viene a galope con las tropas de Napoleón— su sonido es agudo, percibimos la potencia de sus ideas, el arrasamiento liberal de ese sistema con todo lo viejo. Cuando se aleja, se comienza a deformar y la dejamos de sentir como antes: ahora es una pasta deforme que se va alargando y cuya huella sonora se vive desde una trágica permanencia. En el primer momento, Goya aún no ha pintado Saturno devorando a su hijo, ni Nietzsche existe para darnos un acercamiento lúcido de las consecuencias de esa muerte de la ilusión del progreso. En el segundo momento han transcurrido dos guerras mundiales, se instauró una tercera guerra fría, el mundo se deformó hacia una realidad líquida y finalmente en la existencia digital del mercado. En este punto es donde encontramos a Byung Chul Han con sus reflexiones en torno al tiempo. La mala noticia es que en la representación de Goya somos ese hijo descabezado. Sin embargo, pensamos. El dolor de persistir en nuestra naturaleza crítica en un instante acrítico de la historia se percibe de una manera aguda. Esa es la angustia.

“Somos hijos del progreso, pero a la vez sus víctimas”.

Freud lo relaciona a la vinculación padre/hijo y cómo esto —a la vez que una misma sustancia— implica una fractura. Toda la humanidad desciende de la idea perpetua del progreso, sin embargo eso no quiere decir que el proceso civilizatorio haya sido un remanso. La civilización es también barbarie, ambos polos se superponen y conforman una misma dialéctica del movimiento de lo real. Somos hijos del progreso, pero a la vez sus víctimas. Esa relación paternal implica que la sustancia rompe consigo misma a través de la propia procreación y que el movimiento de lo real, que opera mediante tesis, antítesis y síntesis, debe negar cada una de las instancias de sus partes para proseguir con el avance. Sin embargo, en la crítica a la idea el progreso de Nietzsche hay una visión que arroja dudas sobre la claridad de ese movimiento inexorable hacia el absoluto y la autoidentificación del ser. Quizás el autoconocimiento no es otra cosa que el conformismo de la humanidad con una idea formal de progreso que no representa un verdadero conocimiento del humanismo de nuestra esencia. Ahí es donde la velocidad de la propia historia nos ha deformado, negándonos la posibilidad de un autoconocimiento real. En lugar de esto, lo que vemos es un reflejo deforme, la huella del sujeto en movimiento que apenas se percibe como una sombra sonora alargada tipo Efecto Doppler. ¿Es esto conocer? El consumo que las redes sociales nos ofrecen consiste en el espejismo de la información, de la verdad y del pensamiento, pero en realidad lo que poseen es velocidad, movimiento formal y su consecuencia en nosotros es la angustia. Un sentimiento que —contradictoriamente— genera mayor hambre de consumo y mayor velocidad, dejando detrás la contemplación y la escucha. Lo que para Freud es una fractura que expresa la rebelión del hijo contra el padre, para los críticos del progreso como el propio Goya se trata de una reflexión sobre el tiempo y cómo esta magnitud rige las deformaciones propias de la modernidad. Sin dudas, dejar de lado las implicaciones prácticas o las asunciones desde el pensamiento que ello supone no sería prudente, si se quiere tener una imagen real y una noción del peso de la angustia.

Lo que Byung Chul Han pone en solfa con su obra — en casi todos sus ensayos de hecho— es la necesidad de que esta modernidad nuestra, la líquida, la que se ve impactada por los relatos volátiles de las redes sociales y que se rige por el consumo; se detenga un momento, aspire el aroma del tiempo y sea capaz de ejercer la contemplación. Quiero decir, mientras que la crítica marxista a la idea del progreso burguesa se basa en la superación del ejercicio de poder formal y en elevar las contradicciones hacia un análisis materialista, para Byung Chul Han existe una crítica aún más contundente en los pensadores que sopesaron la irracionalidad del progreso: Nietzsche, Heidegger, Schopenhauer. Develar que el progreso es una ideología y no una idea inamovible no nos deja desarmados, sino que nos permite mirar hacia el abismo tal y como lo dijo el Loco de Turín. La reflexión nietzscheana de la existencia se fundamenta en mirar directamente la historia sin ideas morales que la maquillen, eso no significa ser complacientes con la idea de la banalidad del mal. El debate no va acerca de una teleología de una visión moral del mundo, sino del mundo en sí mismo y de la necesidad de que el humano lo contemple para poderlo entender. La velocidad nos aplana hasta el punto de que desde nuestra posición solo podemos observar las sombras del universo y conformarnos con los reels, que no ofrecen otra cosa que movimiento sin concepto, cinemática vacía en la cual carecemos de espíritu crítico.

“La reflexión nietzscheana de la existencia se fundamenta en mirar directamente la historia sin ideas morales que la maquillen, eso no significa ser complacientes con la idea de la banalidad del mal”.

La gaya ciencia consiste en ese entendimiento, no se trata de una conformidad con el mundo, sino en romper el mundo a martillazos. A veces es necesario que se ejerza sobre el movimiento formal cierta dosis de violencia para poderlo desentrañar. La despersonalización del cuadro de Goya nos advierte que solo mirando en el interior de la cabeza inexistente del hijo de Saturno podremos hallar un sentido de ese progreso perdido. Así, la gran protagonista de la obra: la idea del progreso, se muestra ausente en esa propuesta estética de Goya. Y todo vacío implica angustia, la misma que sentía el pintor cuando —tras la restauración— no vio que se respetara el orden constitucional liberal, ni los fueros de los ciudadanos, ni las nociones modernas del poder. Sin embargo, el cambio de época se había dado y, aunque con un costo humano, el país y el mundo ya no eran los mismos. La idea pagó su costo, el hijo descabezado, pero ahí, en ese gesto de rebelión y de violencia, estaba lo que nos propuso Nietzsche: mirar la versión descarnada de lo real, ver el poder en su esencia dentro de la historia y por ende el transcurrir del tiempo siempre en su papel más terrible.

Solo el ser humano puede pensar y lo hace porque muere. La finitud nos impone un límite y ello conduce a la reflexión sobre el límite. La sombra que nos enmarca también es una irradiación de luz que permite mirar más adentro. Hay que recordar que Goya era el maestro de los claroscuros y que precisamente esta obra pertenece a sus llamadas Pinturas Negras. El rejuego entre la luz y el abismo era una elección consciente de un autor que estaba al tanto de la época: a medio camino entre el progreso y el antiguo régimen. Pero no hay que verlo todo en términos de macrohistoria, los pequeños gestos hablan y es grato observar que en Goya, como voz indiscutible de una era de transición, persiste el impulso para comprender lo que se le escapa. Quizás por eso colocó esa pieza tan cerca, de manera que la pudiera verla a diario. La misma obra, como ironía de la propia modernidad, fue trasladada a lienzo a partir de 1874 por encargo de un banquero francés para ser vendida en la Exposición Universal de París de 1878. El cambio de soporte implica una desustanciación en el proceso que expresa también el movimiento de lo real. La venta —que no se llegó a efectuar— en un evento de gran alcance dentro del mercado, evidencia el peso del consumo como un valor de la propia época en curso. De esa manera, la vida de Saturno devorando a su hijo nos deja entrever que además de tratarse de una aproximación conceptual, fue también un objeto de los cambios de percepción del arte y del propio aplanamiento ejercido por la velocidad. Goya reflexiona sobre la vida mirando la muerte de un hijo a manos de su padre. La obra extiende esa reflexión y se convierte en una metáfora mayor que expresa la crisis de la idea del progreso y la conflictividad del tiempo.

Si nos colocamos sobre las tesis de Byung Chul Han, la escena representada por el cuadro —irreal, monstruosa, llena de violencia— puede trasmitirnos una verdad mayor: cuando contemplamos la modernidad es eso lo que vemos: muerte. Quizás por eso preferimos el movimiento amable, la sombra o la forma que se alarga hasta tornarse irreconocible. El abismo nos aterra. Una vez más, filosofar implica que lo hagamos a martillazos como lo pidió Nietzsche y el primer ídolo que debe caer es nuestro propio conformismo con la realidad. Para Byung Chul Han la contemplación nos aparta por un momento del aplanamiento de la velocidad y detiene el daño que como Cronos nos hace el tiempo devorando nuestro pensamiento crítico, sin embargo, mirar hacia el abismo requiere fortaleza, requiere ser otra cosa más que humanos.