George Soros, de Ángel de la Muerte a gato del caos

Mauricio Escuela
9/12/2020

“El verdadero periodismo es intencional: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar
algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible”.
Kapuściński

 

Hemos estado mucho tiempo dentro de la lógica de la Guerra Fría, en los barrotes de un entendimiento dicotómico de ellos/nosotros, que nos impidió ver que la élite mundial es una sola, si bien contradictoria y compleja. Sin embargo, ¿cómo entender que, a la altura del siglo XXI, se estén redefiniendo las lógicas de lo que es progresista, de manera que existe una tendencia a justificar, desde una supuesta izquierda, procedimientos inhumanos, ingenierías sociales que criminalizan a colectivos enteros, leyes que se aprueban con la finalidad de recortar libertades y conquistas históricas?

Ya se sabía desde los tiempos de las revoluciones burguesas: en Inglaterra los levellers (niveladores) eran incómodos a los roundheads (seguidores de Cromwell), en Francia Graco Babeuf y su conspiración de los iguales fueron masacrados y, lo que fuera un movimiento reivindicativo, terminó primero en el régimen napoleónico y luego en el Primer Imperio de raigambre francamente reaccionaria y antipopular. Siempre hubo una falsa izquierda que nos aleló, que usaba la ética liberal más pura, pero la traicionaba luego en función del laissez-faire o sea el mal llamado librecambismo. Goya lo reflejó muy bien: Saturno, la revolución, devora a sus propios hijos.

En ese análisis debemos situar lo que hoy pasa con George Soros y la Open Society. Este multimillonario se presenta como la bandera de un traspaso civilizatorio mesiánico, milenarista, en el cual sobrevendría un nuevo orden que él llama “sociedad abierta”, según los preceptos de su profesor de filosofía en Londres Karl Popper. Las tesis de Soros, esbozadas en el ensayo de su autoría La amenaza del capitalismo en The Atlantic Monthly de febrero de 1997 apuntan hacia la disolución de dos elementos que a él, y a la élite que representa, ya no le convienen: el laissez faire (competencia empresarial) y los principios intangibles del liberalismo clásico garantizados por el Estado de Derecho, en forma de las identidades nacionales constituidas en poderes soberanos.

El multimillonario George Soros se presenta como la bandera de un traspaso civilizatorio mesiánico, milenarista, en el cual sobrevendría un nuevo orden que él llama “sociedad abierta”. Fotos: Internet
 

De tal manera, en una operación ideológica de falsa bandera, Soros se levanta como líder de una “tercera vía” progresista y “anti capital” donde prime la opinión de cada quien, el particularismo, lo multiétnico y las causas fragmentarias y a la vez una planificación globalista que, según él, coordine mecanismos de solidaridad colectivos, grupales, interdependientes pues, a su juicio, el mito de la mano invisible de Adam Smith no sirve para corregir las inequidades del sistema de la libre competencia.

Tenemos que ser agudos en desmontar estas falacias de Soros: lo que él desea es paralizar el mercado y su crecimiento en las pocas manos en que ya se halla, de manera que ningún otro poder (dígase China o el proyecto euroasiático de la Ruta de la Seda, por ejemplo) amenace a la élite propietaria y corporativa anglosajona occidental, con lo cual se preservará el monopolio de los mismos clanes sobre mercados y recursos. Lo segundo, la disolución del liberalismo político del Estado Nación, tiene que ver con el logro de lo primero, ya que sin un poder totalitario global que dicte lo que está bien o mal, lo que es moral o no en el sentido práctico, no se podrá crear una policía del pensamiento y la acción y por ende atajar el potro salvaje y galopante de la competencia que, al ritmo que va, destruiría a las fortunas familiares de hoy, si bien no al sistema como estructura consolidada que pasará de unas manos a otras. Para ello, hay que avasallar a los pueblos, los países y los gobiernos mediante mecanismos de ingeniería que tiendan a hundirlos en la ingobernabilidad, el divisionismo, el vacío identitario.

Haciendo una genealogía de George Soros, veremos que su doble moral no solo carece de límites, sino que los preceptos teóricos y empíricos sobre los que basa su “tercera vía” no se sostienen, ya que parten de suposiciones ideológicas y falsas premisas.
 

Haciendo una genealogía de este personaje, veremos que su doble moral no solo carece de límites, sino que los preceptos teóricos y empíricos sobre los que basa su “tercera vía” no se sostienen, ya que parten de suposiciones ideológicas y falsas premisas. La inspiración para su proyecto, según aclara, proviene de que “(…) habiendo padecido la persecución nazi y la opresión comunista, llegué a la conclusión que lo que era más conveniente para mí era una sociedad abierta (…)”. De tal manera Soros miente, se contradice, ya que, según quedó establecido en una entrevista a finales del siglo pasado en el programa 20 minutos de la televisión norteamericana, lejos de ser perseguido por Hitler, el origen de la fortuna de este magnate fue precisamente el nazismo. Reproduzcamos un fragmento transcrito del material:

Periodista: “Usted es un judío húngaro que escapó del Holocausto haciéndose pasar por cristiano”.

Soros: “Cierto”.

P: “Por lo que entiendo, su patrón juró que era usted un cristiano creyente”.

S: “Sí”.

P: “Usted confiscó propiedades de los judíos”.

S: “Así fue”.

P: “¿Fue difícil hacerlo?”

S: “No, para nada”.

P: “¿Ningún sentimiento de culpa?”

S: “No. De hecho fue algo gracioso, porque es lo mismo que pasa con los mercados. Si no hubiera estado allí, yo no me hubiera llevado nada. Pero cualquier otro se lo hubiera quedado de otro modo. No importa si yo estaba allí o no aunque fuese como testigo, las propiedades estaban siendo sustraídas”.

Entonces el origen de su visión de “sociedad abierta” no está en ser perseguido por los nazis, pues lejos de ello, Soros mismo fue un nazi. Por otro lado, su salida hacia Londres en 1948, tras la caída del régimen colaboracionista con Hitler, no se debió a que “el comunismo lo acosara”, sino a que las autoridades soviéticas estaban tras la pista de todo aquel que hubiese tomado parte en el exterminio de más de 6 millones de hebreos y otras etnias y grupos en los campos de concentración y Soros puso pies en polvorosa, dada su evidente culpabilidad. Pero vayamos más a fondo en la madeja que entraña este asunto y que compete hoy a la totalidad del planeta.

El origen de la visión de “sociedad abierta” no está en ser perseguido por los nazis, pues lejos de ello, Soros mismo fue un nazi.
 

El diálogo presentado es revelador de por qué a Soros y la cúpula les interesa eliminar la libre competencia, pues son el robo, el despojo y la guerra los verdaderos orígenes de la acumulación de capital. El Estado globalista vendría a normalizar policialmente tales procedimientos, aboliendo la porción ideológica y weberiana que ya no conviene ni es funcional a la élite dentro de la ética. Lo que se están asegurando, con este supuesto progresismo “tercera vía” es simple: eliminar la competencia, mantener el monopolio sobre el despojo de planeta, estar presentes, como lo estuvo Soros en los campos de concentración, para ser ellos, la élite, los eternos beneficiados.

Por supuesto que la base del sistema no fue nunca ninguna mano invisible de Adam Smith, eso lo tiene claro la cúpula, por ello implementan ingenierías políticas hacia el interior de las sociedades, para que el péndulo de la renta sobre la propiedad planetaria se mantenga en las mismas manos, evitando que los tradicionales monopolios decaigan.

En su artículo de febrero de 1997, Soros declara descaradamente cómo se lanzó a la conquista de esos Estados Naciones que él llamaba “sociedades cerradas”. ¿Una operación a gran escala de lo que ya hizo con sus hermanos judíos? Su Fundación Open Society financió, impulsó y dirigió, en las mismas palabras del magnate, el Movimiento por el Capítulo 77 en Checoslovaquia en 1980; Hungría en 1984, con la creación de una sociedad civil artificial; China en 1986, manejando a los estudiantes hacia una revuelta en la Plaza de Tiananmen, en 1989; la URSS, a partir de 1987 estableciendo vínculos con la nomenclatura burocrática y los movimientos separatistas; Polonia, a través del Sindicato Solidaridad al que entrenó y financió. Todo ello lo consignó en febrero de 1997 en ese artículo, de su puño y letra, en el cual aseguró que su trabajo incluía una red de fundaciones en más de 25 países, que operan por el derribo de gobiernos.

En su artículo Soros reconoce su objetivo con aquel trabajo de zapa en Europa del Este: “El colapso del comunismo echó las bases para el establecimiento de la sociedad abierta mundial (…)”. El fallo, a su juicio, estuvo en que los gobiernos occidentales no aprovecharon el momento, renunciando ellos mismos al liberalismo del laissez faire e integrándose a un Estado Global único, sino que se lanzaron a la competitividad de mercados y recursos en los territorios de la URSS y sus países de la esfera soviética. Ello, en términos de expansión del viejo sistema, le dio un reavivamiento a la economía clásica del capitalismo, que ahora, luego de la crisis inmobiliaria del 2008, vuelve a requerir de una nueva ingeniería social y política planetaria, para mantener las fortunas en las manos de sus actuales propietarios: el fin del capitalismo liberal clásico mediante la implantación de un monopolio mundial obligatorio y de carácter extractivo, una dictadura globalista incontestable que requiere no solo la muerte de las identidades culturales nacionalistas sino la reducción poblacional, en tanto la contracción de la naturaleza expansiva del sistema y la cuarta revolución tecnológica no requieren de mano de obra abundante, ni tienen cómo alimentar a millones en medio de este reparto desigual.

En su artículo de febrero de 1997, Soros declara descaradamente cómo se lanzó a la conquista de esos Estados Naciones que él llamaba “sociedades cerradas”.
 

Como en su época de colaboracionista nazi, Soros mata y roba. Su presentación como un progresista que financia movimientos sociales está muy en la línea del Memorándum NSSM 200 de Henry Kissinger, desclasificado por la CIA en 1989 y que habla de políticas eugenésicas y antinatalistas, necesarias para la pervivencia del sistema capitalista y de las élites tradicionales. Lejos de debatir si el aborto es un derecho, -no es este el asunto de nuestro análisis ahora-, en el memorándum se habla del apoyo irrestricto a esta causa, utilizando a los movimientos feministas como tropas de choque, así como a trasnacionales como Planned Parenthood, cuyos negocios con los cuerpos de los bebés y la venta de órganos son escándalos públicos investigados por el FBI. A su vez, se incluye el apoyo y financiamiento por parte del gran capital al Movimiento Queer que, si bien lucha por los derechos de personas con otras identidades y gustos sexuales, pudiera convertirse –si se vuelve hegemónico tal y como vemos en los medios (ya se habla del heteropatriarcado “impuesto” o sea, que se quiere desnaturalizar al sexo hombre-mujer)– en una forma de desestimular relaciones que procreen y por ende rebajar la tasa de natalidad.

Bajo estas ingenierías, muchos países, sobre todo europeos, ya están por debajo del 2.1 % de crecimiento, lo cual significa que sus culturas, sistemas políticos y soberanías desaparecerán en menos de 20 años. Todo un logro para lo que Soros considera “sociedad abierta”, o sea el camino hacia un nuevo orden, controlado, monopólico. Lo anterior podrá verificarse en el sitio Kontrainfo.com, un portal de periodismo de investigación argentino dedicado a George Soros y a los planes de la élite.

 A Soros no le importan las mujeres, ni los gays, ni las lesbianas, ni los colores, ni las minorías étnicas, sino cumplimentar un plan muy bien pensado desde arriba, en el cual se beneficia un pequeñísimo grupo.
 

De más está decir que aquellos países que sí reivindican los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBTI bajo políticas soberanas y a su propio ritmo, serán blancos de revueltas de colores y de presiones bajo chantaje. Ya en la Unión Europea, por ejemplo, Soros controla 2/3 del Europarlamento, lo cual quiere decir que le son fieles la izquierda y la derecha, y el mismo fenómeno está sucediendo en países latinoamericanos como Argentina, como bien se consigna en la página web de la Open Society, donde queda registrado el personal confiable de tipo 1, comprometido con los valores de la sociedad abierta (dinero de por medio).

A Soros no le importan las mujeres, ni los gays, ni las lesbianas, ni los colores, ni las minorías étnicas, sino cumplimentar un plan muy bien pensado desde arriba, en el cual se beneficia un pequeñísimo grupo. ¿Qué son las revueltas de colores?, el método rápido de cumplir sus metas, el caos inducido y para el cual hay tanques pensantes que escribieron obras incluso, como Gene Sharp. Y no solo se usarán las identidades de género, sino cualquier conflicto (juventudes, intelectuales, artistas, empresarios).

Para Soros, lo consigna así en este artículo de 1997, “el comunismo y el socialismo están completamente desacreditados”. Así que aquellos progresistas que tomen dinero de sus manos deberán estar conscientes de a qué intereses reales están sirviendo. No podrá haber una verdadera libertad, si no se lucha bajo las banderas de Marx, todo lo demás es perpetuación de la inequidad en el reparto de la riqueza, ya sea como la vemos hoy, ya en el orden eugenésico y antinatalista que promulga Kissinger y que financia la Open Society y compañía en su traspaso civilizatorio. Pero peor aún, más adelante, el propio magnate dice que el marxismo no puede ser considerado una ciencia y que solo transformando a la humanidad en un laboratorio, donde somos nosotros los conejillos de indias, se dará algún día con la solución y la felicidad. La ideología de Soros, si la vemos con detalle, es la misma que la del eugenésico doctor Josef Mengele, el Ángel de la Muerte, que hacía experimentos con humanos vivos en los campos de concentración nazis: la táctica del ensayo/error, sin empatía alguna por el otro.

El analista Alfredo Jalife, politólogo con varios volúmenes publicados sobre el globalismo y su agenda, declara que en realidad Soros es “el gato” de los Rothschild o, lo que es lo mismo, la banca mundial, una fortuna privada que asciende a la mitad de toda la riqueza planetaria de todo el siglo XX, unos 60 millones de millones de dólares mínimo. Con esto, ni siquiera la Open Society es el poder real, sino la cara visible de todo un conglomerado corporativo a la sombra, que trabaja mediante el uso de ingenierías sociales, revueltas y financiamientos, en pos de un nuevo orden mundial.

Este fenómeno, inabarcable en un solo acercamiento, incluye el trabajo de guerra cultural y hegemónica, la transformación intelectiva de los sentidos, el traspaso de una conciencia humana hacia una inexistente y bajo el control totalitario electrónico de la inteligencia artificial y de otras tecnologías convergentes. El control social es sobre todo acerca de las ideas. La figura sorosiana vendría siendo la nao capitana de una operación muchísimo más ambiciosa que, lejos de criticar el capitalismo, como dice el magnate, se propone un fundamentalismo del poder financiero mucho más allá del mundo que hoy conocemos. Dicho cambio está en marcha aceleradamente y conviene conocerlo.

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