Nevada: apretar el corsé del drama

Roger Fariñas Montano
4/9/2018

En medio de las celebraciones escénicas de Sancti Spíritus este verano, se realizó la presentación de publicaciones de la Casa Editorial Tablas-Alarcos, a cargo de Omar Valiño, en el Teatro Principal de la ciudad. Fueron puestos en circulación el número 3-4/2017 de la revista Tablas, y el 6 del boletín de crítica El comején. Asimismo tuvo lugar, en dicho recinto, la muestra en work in progress del más reciente proyecto de Cabotín Teatro, Nevada, en presencia de su autor: Abel González Melo, al que me referiré en los párrafos siguientes.

Nevada, puesta de Cabotín Teatro. Fotos: Ángel Luis Montagne
 

La trilogía Fugas de invierno (2004-2009), de González Melo, que incluye los textos teatrales Chamaco, Nevada y Talco, es parte de un macroproyecto que el autor concibe como una dodecalogía urbana: 12 obras, divididas en cuatro trilogías, cada una de una estación del año, que planeó escribir a lo largo de tres lustros. Fugas de invierno habla de manera implacable sobre la marginalidad en determinados paisajes de La Habana actual. El dramaturgo encara tres historias muy bien conectadas, que discuten sobre espacios poco perceptibles ante la conservadora imagen que nos hemos inventado de Cuba y sus enormes ambiciones. Nos propone la otra cara de la moneda: arrasada por las miserias económicas donde sobreviven día a día personas accidentadas por la violencia, la corrupción y la desmoralización.

Bajo estas inquietantes temáticas, Cabotín da a luz Nevada, una de las piezas esenciales de esta trilogía, con puesta en escena de Laudel de Jesús. La obra es un grito desgarrado, una cita con el dolor, con personajes y escenarios ligados a una marginalidad violenta y forzada al desplazamiento material y psicológico. Es una apuesta por discusiones urgentes de la actualidad, una radiografía de la familia y su constante desestructuración, junto a su eterna ansiedad de resistencia. En ella la periferia a la que González Melo predestina a sus personajes no resulta necesariamente geográfica, más bien se trata de un borde moral y circunstancial en crisis. Una franja entre lo delirante —parejas cruzadas, relaciones amor-odio, tensiones y mentiras vulnerables, anhelos cortados— y lo trágico, capaz de llevar a una joven de 17 años a prostituirse y a matar a su novio con una pistola.

La emigración accede a otra escala dentro de los límites de Nevada, donde los personajes, marcados en extremo por la inestabilidad, entran en contradicción con sus expectativas vitales, sus condiciones económicas y un decadente encaje con el medio. Su desapego de la sociedad los impulsa al delito y los trabajos ilegales, como el consumo de drogas y el mercado sexual. Cuestionamientos inherentes a los jóvenes, quienes a veces, buscando la salida, encuentran en el éxodo ese punto de fuga a sus problemas.

El director de la puesta en escena, consciente de que esta es una fábula posible de la contemporaneidad, es hábil al conectar con la intención del autor a la hora de hilar una realidad que está viva, muta y se transforma demasiado deprisa. Ambos poseen la capacidad de explicarse el teatro más como una creación poética de esa realidad que como un documental. Tal y como el propio autor ha confesado, elige hablar de “gente insatisfecha porque en la realización no encuentro el drama, lo encuentro en la desfachatez y la intemperie. Hablo del pan con un cuchillo adentro que hace daño justo cuando es mordido”.

Laudel de Jesús resuelve traer perspicazmente este texto a la poética de Cabotín y hablar de esas personas desconsoladas, que se aíslan a sí mismas en el vicio, y que resucitan de las ruinas de la depresión continuamente, se escudan en las noches de ese pedazo de La Habana, en el hedor a sexo, en las drogas, siempre jugando al filo de la navaja y coqueteando con la muerte.

González Melo y De Jesús desconfiguran la cartografía real que dispone las partes originarias de la urbe y la (re)componen a su antojo. Hacen coincidir a estos personajes —todos con biografías muy particulares— y los funden en una serie de situaciones posibles donde exponen sin escrúpulos los apetitos más instintivos y los pensamientos más perversos. Seres afligidos que no conocen más que estos escenarios circunstanciales, se cuidan lo mejor que pueden, siempre mirando por encima del hombro y al acecho brutal de sus presas.

Nevada, como las otras dos obras que conforman la trilogía, invita a una revisión de personajes que merodean por la ciudad en busca de un modo de supervivencia, en escenarios vitales desde donde comercian viviendas, mujeres y hombres como producto sexual, incluso, la vida. La obra desmitifica esa imagen de La Habana segura e inmaculada por una más apática y trasnochada.

Tuve la oportunidad de acompañar de cerca el proceso de montaje y fui testigo de la evolución del elenco —Alejandro García, Yudith Gallo, Anna García, Alexander Cruz y Liobis García— en el trabajo de dilucidación y en el revelar los puntos psíquicos y externos de sus personajes. Laudel, quien fue beneficiado por la fortaleza del elenco, y la certera concepción de escenografía y de vestuario a cargo de José A. Rodríguez, ha creado una dramaturgia para la escena que es efectiva para reorientar la mirada del espectador en una trama que, paradójicamente, se enmarca en La Habana, pero puede suceder en cualquier otro sitio de la Isla. La idea central es retocar, desde la escena, la imagen de la urbe capitalina y desmitificarla sobre estos espacios marginales poco contemplados, y en los que fluctúan y acontecen los sucesos de esta historia. El director, enfocado en desandar por nuevos caminos de búsquedas de lenguajes y de la verdad del actor, no se limita a enmarcar esta ficción en los escenarios prescritos en el texto, ni hablar de personajes que coexisten en los mencionados espacios habaneros, sino que aspira de manera simbólica a transcribir y recontextualizar el espectáculo para que pueda dialogar desde cualquier otra capital.

Finalmente, Nevada no muestra al hombre como creación triunfal, sino más bien como un ser egoísta y perverso; sin embargo, es una obra llena de ilusión. En la austeridad de su escritura, habla del amor, por extraño que parezca, pero confinado a una permanente intemperie: vis a vis con estos diálogos llenos de soledad, con el hombre y sus biografías inconformes, con sus propios instintos de supervivencia.

Nevada, puesta de Cabotín Teatro

 

obra Nevada
 Nevada, puesta de Cabotín Teatro
 
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