Ante todo, mi agradecimiento al Consejo Universitario, a la rectora Dra. Miriam Nicado y al admirado vicerrector José Antonio Baujín. Queridos colegas, amigos:

Me honro en recibir una distinción que me pone de pronto junto a muchos que anduvieron antes que yo por el camino de la investigación y de las letras. La aquiescencia mía a este honor me compromete a continuar explorando la fronda etnográfica de la Isla, aunque ello me obligue a poner a un lado el peso de los años, pero nunca el de la poesía, que es ingrávido y exultante.

Lo recibo, además, con la humildad de un aprendiz que ha recorrido la brecha que abrieron otros muchos con su obra y su conducta.

“Mi única verdadera obsesión, nacida quizás en la adolescencia, ha sido Cuba”. Foto: Internet

Pienso, en primer lugar, en el pionero de la antropología social en Cuba, el que nos mostró tal y como somos desde una óptica cóncava para acercarnos a la más profunda esencia de la cubanía. Todos ustedes saben que estoy pensando en Don Fernando Ortiz, quien en 1955 recibió su Honoris Causa en esta misma aula, tan venerada por los cubanos.

No hay un camino hacia la literatura; hay que nacer en ella. Luego el tiempo, como arcilla moldeable, la va erigiendo hasta convertirla en un doble que nos acompaña en la vida. Como he dicho siempre, no he sido un escritor puro, soy mezcla de halcón y jicotea. Y esta metáfora quizás amerite una explicación: el halcón ve desde arriba y a veces en la distancia se ve más cerca, mientras que la jicotea desde abajo recoge el humus terrenal.

“La cubanidad es condición del alma, y el alma va más allá de la conciencia y de los preceptos, sale de la entraña de la patria”.

He compartido mis desvaríos literarios con la investigación de la historia social de mi país, porque ellas se entrelazan indisolublemente en una alquimia prodigiosa de ficción y ciencia. Así, de la mano de ambas, he ido hurgando en las entrañas de la vida cubana hasta descubrir que mi única verdadera obsesión, nacida quizás en la adolescencia, ha sido Cuba. En cada línea que escribo trato siempre de desentrañar ese enigma que me abruma, y aún con mis 82 años sigo intentando encontrar una respuesta a tan compulsiva obsesión. Tanto la poesía como la antropología social me han acercado a los límites de mi búsqueda sin haber hallado aún una respuesta cabal. Si no hablo hoy de mi obra literaria es porque creo más interesante exponer las inquietudes que me asaltaron en los inicios de mi vocación de escritor. Prefiero, pues, ir a la fuente de mis tribulaciones como cubano, a la índole de mi obsesión. Estoy convencido de que para nuestros próceres Cuba era más que una porción de tierra, más que un país: era una persona. En 1891, en Tampa, José Martí, en discurso febril, dijo refiriéndose a Cuba: “Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra, ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es tan bella, que si la pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza. Se dice cubano y una dulzura de suave hermandad se esparce por nuestras entrañas”. Y en la década del 30, en La Habana, el poeta andaluz Juan Ramón Jiménez expresó ahíto: “¡Qué exquisito bocado esta isla, y qué peligroso!”.

“Se dice cubano y una dulzura de suave hermandad se esparce por nuestras entrañas”.

La cubanidad es condición del alma, y el alma va más allá de la conciencia y de los preceptos, sale de la entraña de la patria. Y la patria, como afirmó también Don Fernando, es la cultura. Es a ella a quien nos debemos. Pero para aprehenderla hay que andar por senderos escabrosos, zafarnos los grilletes de la convención y los prejuicios, e ir a los rincones donde ella tiene su cuna y nos envuelve con el vaho húmedo de la tierra. Es ahí donde la poesía tiende su mano, donde hallamos la savia que fortifica la conciencia, la que nos da la brújula, la que irradia el fuego.

“No hay corona de laurel que pueda compararse con una corona de esparto tejida por manos humildes”.  Foto: Tomada del sitio web de la Universidad de La Habana

Y ahora un poco de historia. En 1956, en esta casa de altos estudios irrumpieron las hordas de la tiranía. No puedo poner en mi boca el nombre del esbirro que allanó el Alma Máter con pistolas y ametralladoras e impidió a mi generación matricular en la Facultad de Ciencias Sociales de esta universidad. Su nombre se borró de mi memoria para siempre, como se borró también una época. Pero gracias a la iniciativa de mi maestro Argeliers León pude, sin embargo, integrar el equipo fundador del Instituto de Etnología y Folklore de la Academia de Ciencias en 1962, cuando se abrían nuevas perspectivas para la juventud con el triunfo de la Revolución; Revolución que nos adelantó el futuro, que rompió el dique de la enajenación para emanciparnos. Allí permanecí casi nueve años con la categoría de investigador científico —¡cosas de la Revolución!— y recibí seminarios sobre antropología social, metodología de la investigación y cultura popular tradicional. Tuve la oportunidad de beber en la fuente viva de las culturas originarias con maestros cubanos, mexicanos, norteamericanos, alemanes, checos, africanos… Esa fue mi universidad. Pero mi ambición rebasaba el círculo científico, era mayor, y frecuenté la Universidad de La Habana, donde también tuve el privilegio de asistir a clases magistrales de Alejo Carpentier, Mirta Aguirre y Roberto Fernández Retamar, entre otros. Llegué, incluso, a impartir un curso de etnografía cubana invitado por Mirta Aguirre en la Escuela de Letras. Mis más cercanos amigos estudiaban en dicha escuela, y con ellos llenaba el vacío de una omnívora curiosidad intelectual que aún poseo. Así que, de algún modo, esa fue también mi escuela. Luego, con el paso del tiempo, y al crear la Fundación Fernando Ortiz en 1995, mi cercanía a la universidad fue mayor. Tuve la oportunidad de aspirar a un doctorado en Ciencias Históricas, siguiendo los requisitos docentes para lograr mi añorado título de doctor. El azar concurrente, como diría José Lezama Lima, hizo que yo recibiera el título el mismo día que Eusebio Leal. ¡Qué reto y qué privilegio! Cuando subíamos él y yo por la histórica escalinata le dije al oído: “Yo leo mi texto y luego tú hablas, ¿te parece?”. “De ninguna manera —me replicó Eusebio—, tú eres el poeta, tú cierras”. Sentí terror, y perplejo, le pedí al rector, el doctor Juan Vela, que me diera la oportunidad de leer primero. Él entendió y me complació. ¡Cómo iba yo a cerrar un acto tan importante de mi vida si con la rica y elocuente oratoria de Eusebio nadie podía emular! Así fue, Eusebio, en su generosidad, accedió y evitó que yo después de sus palabras enmudeciera esa mañana. La vida siempre nos unió, y este título, que con sobrada razón él recibió antes que yo, vuelve a enlazar nuestros destinos. Vaya un guiño cómplice para él. Aquel día se consumó en un instante que se volvió eternidad. Otros títulos he recibido en Cuba y en el extranjero, pero este que hoy comparto con ustedes tiene un especial significado para mí. No hay corona de laurel que pueda compararse con una corona de esparto tejida por manos humildes.

“Soy testigo de que la cultura salva, lo he vivido en mi propia carne, lo he experimentado en lo más profundo de mi ser”.

La cultura es ubicua como el aire que respiramos, y ella, con su carga de espiritualidad, es el oxígeno vital que nos alimenta; reservorio y simiente de todos nuestros sueños. Es una puerta que se abre para no cerrarse nunca. Nos fortalece y nos da seguridad y aplomo, so pena de caer en banalidades y servidumbres. Ya lo dijo Fernando Ortiz, “la cultura no es un lujo ni un ornamento, sino una necesidad, una energía”. Y esa energía nos ha traído hasta aquí con el poderoso hálito que emana desde lo más profundo de nuestras raíces. A ella he dedicado lo mejor de mis años y no me arrepiento. Soy testigo de que la cultura salva, lo he vivido en mi propia carne, lo he experimentado en lo más profundo de mi ser. Ella me ayudó a soplar los polvos del camino, a achicar las piedras, a subir de mi caída, y heme aquí.

No pueden sospechar ustedes la lluvia de años juveniles que han caído sobre mi vida con este honor. De ahora en adelante seguiré navegando en las aguas de la Isla con más bríos que nunca. La mayor felicidad que conozco es el trabajo. El trabajo es creación y acicate, solo él da frutos, solo él ennoblece. Es milagroso el trabajo, escribió el Apóstol.

Ahora, para concluir, permítanme que les lea un pequeño poema que revela lo más auténtico de mí. Se titula “El poeta en la isla”.  

“El poeta en la isla”

Ni caimán oscuro,

ni caña vertical, mitológica,

ni Ochún nadando en las aguas doradas del sueño,

ni Santa Bárbara ardiendo en la noche del amor,

en la imborrable noche de los sexos,

ni la Giraldilla inmóvil

hacia el más remoto de los puntos cardinales,

ni la Avenida del Puerto empujando las aguas

hacia no se sabe dónde, sino el fondo retador,

la cavidad arenosa de la isla,

preguntando por mí,

buscando una respuesta mía.

La Habana, 16 de febrero del 2022.

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