Este viernes 3 de febrero, quedó inaugurada en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, la exposición Como estatuas de sal, del pintor Ernesto Rancaño (1968-2022). A un año de su desaparición física (24-2-2022), la exposición curada por la especialista Delia María López, es un merecido homenaje a quien fue —y es— uno de nuestros artistas plásticos representativos del cambio de código que obró en la sensibilidad de vanguardia de estas dos primeras décadas del siglo, en particular, la relacionada con el tema martiano. De ahí que, con “La izada”(1997), dé comienzo la muestra de treinta y tres obras, la cual abarca un período de más de veinte años de la vida artística del pintor. Con la citada pintura, Rancaño no solo se hizo merecedor de un lugar en el ámbito artístico nacional de fines del pasado siglo, sino que nos legó la tríada constituida por José Martí, Ernesto Che Guevara y la bandera de la estrella solitaria hecha mujer: verdadera trinidad de la renovada fe en una sociedad más justa.[1]

“Quien interpretó y representó a Martí como lo hizo Rancaño durante más de dos décadas, no podía sustraerse de avanzar en su arte sin aportarle ese humanismo a ultranza, sustentado en el amor y la esperanza, pero también en las inquietudes e iniquidades más comunes de la condición humana”.

Independientemente de la interpretación que cada receptor establezca entre la propuesta expositiva y el título bajo el cual se presenta, en tanto referente bíblico del pasaje relacionado con la mujer de Lot, la misma deviene una vuelta al camino que el pintor se creó con intención deliberada durante el proceso de develamiento de sus propias razones de vida y las de su época. Reflexivo, observador, aunque de pocas palabras ante una realidad cada vez más avasallante de la justa belleza, Rancaño optó por plasmarla en cada obra suya con refinamiento extremo, rayano en lo poético-filosófico. En tal empeño se demostró a sí mismo y a sus contemporáneos, en particular, a los descreídos de siempre, que su tiempo —el tuyo y el mío— no solo tenía razones para expresarse desde un ideal esteticista comparable al del mejor arte de siempre, sino la imperiosa necesidad de hacerlo desde la espirituosa voluntad de las esencias.

“Reflexivo, observador, aunque de pocas palabras ante una realidad cada vez más avasallante de la justa belleza, Rancaño optó por plasmarla en cada obra suya con refinamiento extremo, rayano en lo poético-filosófico”.

Quien interpretó y representó a Martí como lo hizo Rancaño durante más de dos décadas, no podía sustraerse de avanzar en su arte sin aportarle ese humanismo a ultranza, sustentado en el amor y la esperanza, pero también en las inquietudes e iniquidades más comunes de la condición humana. En plena madurez creativa, trasladó sus convicciones estéticas hacia un género del arte de prestigiosa y larga data: el desnudo femenino; pero, al igual que la Venus de Velázquez, dándonos la espalda, no por anacrónicos prejuicios morales, sino para reincidir en su ascenso por una escala de vértebras hacia esa bóveda del cuerpo, donde tienen su nido los más puros deseos…, y también los más oscuros. O esas alas como de pergamino, soporte de escrituras esquivas y antiguas, cuya longitud extrema acoge como propios los proyectos irrealizables de adolescentes lampiños; rostros que hizo con su propio rostro. Y más allá de las alas, los astros, los misteriosos astros: la ingravidez de la gravedad —a la que tanto gusta exponerse en sus pinturas de personajes—, para que un buen día… Perdón, para que, en una noche mágica, al contemplar la infinitud del Universo, lleguemos a comprender que solo en el desvelo de nuestros mayores sueños tenemos la posibilidad de alcanzar sus fronteras. Todo en su pintura es exaltación de distancias, credos apostados en el tiempo. Martiano como era, ¡qué mejor resumen para la presente exposición que esa idea poética de nuestro Hombre Mayor: “¡Esto es luz, y del Sol no se sale!”

Gracias, Rancaño, por permitirme pintar contigo estas palabras. En buena hora has vuelto, para quedarte por siempre entre nosotros.


Notas:

[1] “La Izada” hizo su presentación en la exposición En el pan de los hidalgos, inaugurada en la Galería del Monte, del Hotel Ambos Mundos, en La Habana Vieja, en 1997. Y alcanzó su definitivo reconocimiento en el ámbito artístico nacional, en la XIIBienal de La Habana, cuandorepresentó a Rancaño en la exposición colectiva Pintura posmedieval cubana, inaugurada en el Convento de San Francisco de Asís, en noviembre de 2000. En la actualidad, forma parte de la colección del Memorial “José Martí”, en la Plaza de la Revolución de La Habana.