A mi padre… y a Tony Guiteras

Mi padre me refirió la historia hace ya muchos años. Últimos años de la década del 60. Voy a contar ahora esa historia. Como narrador, como escritor de cuentos, muchas veces he tenido la intención de ―así, inefable, brumosa, como la recuerdo― tomarla y hacerla materia de cuento. Uno en homenaje a mi padre. A las tantas veces que me refiriera el hecho. Yo niño, yo que lo miro, lo escucho embelesado; él que narra, ambos sobre el viejo sofá, los ojos grises y acuosos de mi padre, el cabello también gris, gris y cano, los ruidos de mi madre llegando desde la cocina, mi madre que prepara café. El olor del café. Todo eso me llega rotundo y sagrado ahora mismo. Lo sagrado que llega desde la remembranza, lo numinoso, palabra de Jung, vaya a saber los entresijos por los que Carl Gustav Jung se mete en esta historia. Historia que es también homenaje a la personalidad excepcional que involucra. Mi padre fue ser común: maravilloso por su bondad infinita; inolvidable por ser mi padre. Solo eso. Han transcurrido muchos años desde aquella noche, la de la historia. Conozco los entresijos de la época a la que alude, sé de la vida, hechos, anécdotas y horas postreras ―heroicas― del ser que la narración paterna me pusiera delante. Ignoro si la historia, la narrada por mi padre aquella noche, resulte apócrifa, si en calidad de educación histórico-patriótica la narrara y creara para el hijo, mixturándose él mismo en ella, dejando libre la pura y maleable ficción para ―de la mano pura, palpable y real de un padre― adentrar al hijo en la historia mil veces pura, real y palpable de la patria. Infundir emoción, raíz, savia. Hacerme sentir la historia, tocarla. Desde el latir hacerme latir. Desde lo sacro infundir lo sacro.

“Ignoro si la historia, la narrada por mi padre aquella noche, resulte apócrifa, si (…) la narrara y creara para el hijo, mixturándose él mismo en ella, (…) para ―de la mano pura, palpable y real de un padre― adentrar al hijo en la historia mil veces pura, real y palpable de la patria”.

Mi padre nació en la ciudad de Colón, Matanzas, en 1915. Fue hijo del coronel del Ejército Libertador Rafael Águila y Guiardiniú y de Leocadia Racines, sencilla joven de aquella localidad. Aquella familia, muy numerosa, la de mi padre, en algún momento fue muy cercana a la familia que dejara Diego Vicente Tejera. Entre sus hijos ―Pupy, Nany y Nicolín, desconozco sus nombres, así les llamaba mi padre― creció mi viejo. Ya adolescente tenía ideas muy revoltosas en la cabeza. Quizá desde aquella familia, la de Diego, le llegaran ciertos libros. No puedo saberlo. Marx. Bakunin. Herzen. Fourier. Mi padre los conocía bien. En 1934, con apenas 19 años, se unió a la recién fundada Joven Cuba. Por alguna gaveta guardo hoy un pliego que así lo certifica. Gris, ajado, roto aquí y allá, algo que hoy sería tomado como un carné. Para ese entonces ―el entonces aludido por la historia, la de aquella noche― vivía mi padre en la ciudad de Matanzas, en la calle Medio, No. 110. De niño visité aquella casa. Espaciosa. Puntal alto. Columnas de color desvaído, nacarado, un pasillo que anchuroso se adentraba en la parte trasera. Por ello ―mi padre no lo dijo, y si lo dijo desde los brumosos vericuetos del tiempo hoy se me desdibuja― presumo que la historia hubo de tener lugar en aquella ciudad: Matanzas. Tanto si ella, la historia, resulta cierta o no, ficción o realidad deben ubicarse en un tiempo y en un lugar, el cronotopo, Bajtin dixit. Eso precisamente me tomo la libertad de hacer. ¿El tiempo?: seguramente los años 1934/ 1935 del siglo XX. La ciudad: Matanzas. Los personajes: mi padre, un tío suyo que le doblara en edad, y él, digámoslo ya, Antonio Guiteras Holmes, a quien mi padre ―lo recuerdo bien, lo recuerdo como si ahora mismo resultara posible ovillar el tiempo y regresar a aquella noche, ah, el viejo sofá, el olor a café, las míticas e inolvidables manos de mi padre― llamara sencillamente Tony. Tony Guiteras.

Antonio Guiteras Holmes. Foto: Tomada del periódico Granma

Sobrino, dime una cosa, ¿te gustaría conocer a Tony Guiteras? Así me lo narró aquella noche el viejo. Así empezó la historia. Su historia. El que sí, por supuesto: ¿a Tony Guiteras?, ¿cómo no querer conocer a Tony Guiteras?, darle la mano, hacer lo que me pida, tío, me muero por hacer algo. El tío sonríe: es peligroso, advierte. El otro se pone serio: yo soy un hombre, no tengo miedo. Puede aparecer la policía. Enemigos. Tony tiene enemigos peligrosos. Todo eso dice el tío. Lo mira mientras se arregla la corbata, lo mira de hito en hito. Mi padre repite que es un hombre, pregunta, hosco, si hay dudas de eso. El tío, benévolo, vuelve a sonreír. No, dice, dudas… no tengo, eres hijo de manigua. Ahora ríen ambos, el tío se adereza el bigote, se cala el sombrero, toma el chaleco, lo mira: vamos, ¿no? ¿Adónde?, inquiere el joven. ¿Cómo adónde?, ah, cará, ¿tú no querías conocer a Tony Guiteras?

El tío paterno era una figura importante. Reconocido abogado, aureola de prestigio, hombre probo, cabal, muy cercano a La Joven Cuba en Matanzas. Se le había confiado un maletín. Una valija que debía entregar personalmente a Guiteras. El contenido era secreto. Recuerdo mi pregunta aquella noche: papaíto, y… ¿qué había en el maletín? Nunca lo supe, fue la respuesta. Y después: “hay cosas, mijo, que no se preguntan”. Mi padre tomó el sombrero. ¿Tienes tu revólver? ¿Qué revólver? El tío dejó otra vez libre la sonrisa: vamos, sobrino, no me subestimes, sé que tienes un revólver, un 38 S&W, cañón corto. Se miraron. Yo llevo el mío, el tío se palpó el costado izquierdo: nunca se sabe. Salieron. Caminaron hasta el parque. Así dijo aquella noche mi padre: el parque. No aludió nombre o lugar. Fue solo el parque. Ignoro si se tratara del parque central de Matanzas, el mismo en el que años antes declamara Bonifacio Byrne, en aquel momento Plaza de la Independencia, hoy Parque de La Libertad. Esperaron en un Café, del otro lado de la calle. Seguramente consumieron algunas tazas. Mi padre no podía vivir sin café. ¿Qué esperamos? La hora, sobrino, la hora exacta, y que no haya moros en estas costas. Miraban a un lado y a otro. Todo parecía normal. Una tarde como cualquier otra. Viejos que leían periódicos. Parejas cuyo affaire se reducía a dar vueltas y más vueltas al parque, galantes ellos; muy bellas ―como siempre― ellas. Allá varios niños limpiabotas. A un lado, Pachaká, un asiduo y muy famoso loco de barrio. Vamos, dijo al fin el tío, son las seis. Cruzaron la calle. El parque. Un bar. Mesas afuera. Un toldo por encima. Mesas dentro. Varias. Un barman. Varios parroquianos. Allá, al extremo, sitio que estratégicamente domina todo el local, especialmente la calle, la entrada, está sentado un hombre. Redonda la mesa. Sobre la mesa un vaso. Leche. Eso contiene el vaso. El hombre está solo. Sobre la mesa, muy cerca del vaso, un chaleco. También un sombrero. El hombre viste traje claro, color crema. Color hueso. Camisa clara. La cabeza ligeramente inclinada adelante, los ojos muy cercanos, algo raro en ellos, se diría que estrabismo. Muy ligero, no siempre, por momentos. La mirada serena. Como si el peso del mundo no importara. Como si todo ese peso pudiera llevarlo él, él solo, a la espalda. Buenas tardes, Tony. El hombre del traje crema extiende la mano, se pone de pie: buenas tardes, Doctor. Manos que se estrechan. Mi padre que lo mira, emocionado. Usted disculpe, he traído conmigo a mi sobrino, también de los nuestros, quería conocerlo a Ud. El hombre del traje color crema extiende la mano a mi padre: joven, un placer. El placer y el orgullo es todo mío, balbucea mi padre. Y también: estoy a sus órdenes. Por favor, siéntense. Muchas gracias. ¿Desean tomar algo? Mi tío agradece, también mi padre. Acá está lo que se le envía, dice el tío. El hombre del traje color crema toma el maletín: muchas gracias, Doctor, es Ud. muy amable. El maletín queda a un lado, ahí, en el suelo, semioculto detrás del mantel que cae desde los bordes de la mesa. Quiero decirle que lo sigo al fin del mundo, jurárselo, para lo que decida, dice emocionado y ardiente el que tres decenios más tarde sería mi padre, y concluye: un servidor, aquí me tiene. El hombre del traje color crema le palmea el hombro. Tranquilo…, por ahora, después… veremos, la justicia tarda, pero llega. Habla muy despacio. El barman no deja de limpiar el mostrador, se mueve, nervioso, sabe quién es el hombre, aquel que habla con esos dos al extremo. No se siente seguro con ese hombre allí. Un peligro tener a ese hombre sentado allí. Los tres hombres conversan. Mi padre no deja de mirarlo. El tío se apresta: Tony, debemos irnos. También yo, Doctor, acota el hombre del traje color crema. Bebe del vaso. Leche. Eso bebe. Con parsimonia. Entonces llega la pregunta. La pregunta de mi padre. La misma pregunta de aquella noche, la noche sobre el sofá, aquella pregunta fue el clímax, el punto más alto de la historia, la narrada sobre el viejo sofá, los ojos grises de mi padre, acuosos y grises, la voz lenta, pausada, la mano de mi padre olorosa a cigarro que se coloca una vez y otra sobre mi cabeza, casi rapada mi cabeza, eso y alrededor ―flotando, evanescente― el aroma del café, el mismo que en la cocina preparara mi madre. Eso y la interrogación: usted disculpe…, yo quiero preguntarle algo. Usted, dirá, joven. Usted… le ruego me disculpe, pero… me muero si no se lo pregunto, usted… ¿no tiene miedo? El hombre del traje color crema mira alrededor, un giro, un paneo lento de la cabeza, siempre algo inclinada hacia delante la cabeza, mira allá, en dirección al parque, mira y sonríe, se diría que con sorna sonríe, cierto gesto alude al chaleco, la prenda extendida sobre la mesa: ahí debajo, joven, tengo el Colt, el que venga… se muere, a mí no me cogen vivo. Mi padre mira el chaleco. Traga en seco. En seco porque la boca, sin saliva se ha quedado la boca. Los nervios. Es un hombre, pero los nervios. Después sonríe. Se palpa el bulto en el costado, el bulto del arma, la suya, un 38 S&W, cañón corto, y asiente, admirado. Todos se ponen en pie. Se estrechan las manos. Agradecido, Doctor. Para servirle, Tony, dice el tío, y se inclina, levemente, y se lleva la mano derecha al pecho, a la izquierda del pecho. Salen juntos. El barman se limpia el sudor de la frente, respira, aliviado. Se va, piensa, al fin se va. Otra vez el hombre del traje color crema agradece al tío. La despedida de rigor. Un saludo, Doctor, para su señora esposa. Suerte, dice el tío. El hombre del traje color crema sonríe: eso no existe, Doctor. Todos sonríen. Dos se marchan en una dirección; el hombre del traje crema ―maletín en mano― en otra. No ha dado tres pasos y mi padre gira el cuerpo, mira atrás: qué hombre, dice. Y lo ve doblar ―sereno y pausado― la esquina. Así recuerdo hoy a Tony Guiteras, me dirá mi padre casi 40 años después sobre el sofá, doblando aquella esquina.

“… y recordaba ―una y otra vez― aquella noche, el viejo sofá, el aroma del café, los ojos grises y acuosos de mi padre, su mano olorosa a cigarro sobre mi cabeza, aquella noche y aquella pregunta, clímax inefable de la historia: ¿usted no tiene miedo?”.

Y, ¿qué pasó después, papaíto? 40 años después eso quiere saber el niño. Los niños adoran las historias largas, las historias que no acaben. Las historias que acaben bien. Un sofá viejo, raído, color rosa. El padre bebe café, la madre ha traído dos tazas, humean las tazas. El aroma ―dulzón y fuerte― lo invade todo. Después… dice el padre, otro sorbo a la taza antes de decir: después… mataron a Tony, allí, en El Morrillo, aquella casona a la que te llevé las vacaciones pasadas, aquella en la desembocadura del río, ¿te acuerdas? El río Canímal, dice el niño. Canímar, rectifica el padre, allí lo mataron porque, como me dijo aquella tarde… a él nadie lo cogía vivo.

Mi padre murió ―un infarto masivo de miocardio― en febrero de 1977. Por aquel entonces tenía yo 14 años, él no había cumplido aún 62. La historia, la que acá he contado, me la refirió varias veces. No me resulta posible asegurar responda estrictamente a la verdad. La narro como él me la narró un día. Quizá ellas, las brumas del tiempo, me obliguen a decorarla algo, a negar lo borroso que se anuda desde el binomio que conforman tiempo y olvido con la claridad que llega ―rotunda― desde ese otro binomio, bendito ―numinoso― que conforman memoria y recuerdo. Hace unos años leí la extraordinaria biografía de Paco Ignacio Taibo II sobre Tony Guiteras. Un hombre guapo, es el título. La leía y recordaba ―una y otra vez― aquella noche, el viejo sofá, el aroma del café, los ojos grises y acuosos de mi padre, su mano olorosa a cigarro sobre mi cabeza, aquella noche y aquella pregunta, clímax inefable de la historia: ¿usted no tiene miedo?

“En El Morrillo, allí lo mataron porque, como me dijo aquella tarde… a él nadie lo cogía vivo”.
Imagen: Internet

Precisamente aquella noche, aludiendo y defenestrando al miedo, concluyó la historia, esta, la personal, la familiar, la que de manera común y sencilla involucró a un hijo y a su padre. Hijo, tráeme, por favor, las chancletas. El hijo miró al cuarto, estaba lejos y oscuro el cuarto. Tengo miedo, se atreve a confesar el hijo. El padre lo mira: ¿miedo?, ah, cará, lo dice y entrega al hijo un revólver, uno real, uno de verdad, cacha nacarada, revisa el tambor, verifica esté vacío, no tenga balas. Coge, dice después al niño, ve con el revólver y tráeme las chancletas. El hijo quiere saber si es el mismo revólver. ¿El mismo? ¿Cuál? El mismo de aquella tarde, papaíto, la tarde en que le diste la mano a aquel hombre, a… Tony Guiteras. El padre sonríe: se parece…, es casi igual, pero, vamos, mijo, ve, y tráeme las chancletas, el nieto de un abuelo mambí no puede tener miedo. Arriba, mis chancletas.

El niño toma el revólver. Pesa, dice. El padre sonríe y lo conmina: vamos. El niño aprieta duro la empuñadura del revólver y se va al cuarto. Ya no le asusta el miedo. De una historia nos separan hoy 90 años. De la otra… más de 50.