El aire en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba en la noche del 25 de enero se sentía diferente; se respiraba jazz y pasión. Llega el primer mes del año y el telón subió para dar paso al Festival Internacional Jazz Plaza. La edición 41 no comenzaría con el estruendo habitual de una superestrella consagrada, sino con el susurro elocuente de un futuro en formación. “Hoy será un concierto para que brillen los no famosos”, había anunciado el maestro Frank Fernández semanas antes, y con esas palabras, el pianista y Premio Nacional de Música, a sus 81 años, habló de una función y definió una filosofía.

Desde el primer instante, se percibió que aquel no era un escenario; pasó a ser un altar consagrado a la transmisión. El título Frank Fernández: Maestro de Juventudes dejaba de ser un lema para convertirse en una experiencia tangible. Allí, el virtuosismo no se midió por la fama, más bien en la precisión aprendida, en el gesto aún tímido pero certero, en la mirada de un joven buscando, entre las sombras, la aprobación de su guía, en la satisfacción del público, y la conexión genuina que logra el jazz. El maestro, con su presencia serena, era el eje invisible alrededor del cual giraba este universo sonoro en ciernes.

“El concierto consagró un principio. Documentó que la música viva no solo se toca, se siembra”.

Fue un torrente diverso y conmovedor de talento en estado puro. Desde Camagüey, Las Tunas, Granma y Holguín llegaron orquestas de cuerdas que traían en sus arcos la disciplina de provincias. La Jazz Band del Conservatorio “Amadeo Roldán” desplegó un swing académico pero ferviente. El Conjunto de Guitarras Nova Corda tejía texturas íntimas. Y luego, la esencia misma de la tradición cubana tomó cuerpo: la décima campesina, cultivada con “maravillosa capacidad improvisatoria” por los niños del proyecto de Mayabeque, y la rumba, con la fuerza telúrica de un cuadro abakuá y la columbia bailada con asombrosa naturalidad por una niña, nieta del legendario Diosdado Ramos de los Muñequitos de Matanzas.

Cada intervención fue una lección de amor al oficio. Andy Quincoses, el joven de 16 años que estudió solo hasta abrirse las puertas del conservatorio, enfrentó con calma solemne la complejidad de Bach antes de lanzarse a una improvisación jazzística que desmintió su edad.

“El programa, un tejido de Chucho Valdés, Gershwin, Piazzolla y más, devino currículum sonoro, un abanico de desafíos superados”.

Las hermanas López-Gavilán, hijas de músicos, y los hermanos Abreu, portaban el legado familiar como bandera, porque la música cubana tiene mucho de herencia, de aprender y aprehender(se), y en medio de eso, buscar un sello propio. Luego, una novel soprano dotó de frescura al “Ruiseñor” de Lecuona. El programa, un tejido de Chucho Valdés, Gershwin, Piazzolla y más, devino currículum sonoro, un abanico de desafíos superados.

Y en el centro, observando, acompañando, Frank Fernández. Él, que había declarado venir “a ofrecer la música” frente a toda dificultad, veía materializarse su convicción. No dirigía cada nota, pero su espíritu pedagógico lo impregnaba todo. Se sentía la sombra de su entrega de décadas en cada estudiante concentrado, en cada profesor invitado que guiaba con mirada atenta desde el foso.

“Al piano, Frank Fernández, con la destreza que no ha abdicado a los años, se insertó como el eslabón primordial”. Foto: Tomada de ACN

El clímax llegó con el gran final colectivo. Una energía contenida estalló cuando la Jazz Band del “Amadeo Roldán”, dirigida por Jorge Sergio Ramírez, se fundió con las orquestas de cuerdas venidas de toda la geografía nacional. Y entonces, el maestro se unió a sus jóvenes. Al piano, Frank Fernández, con la destreza que no ha abdicado a los años, se insertó como el eslabón primordial.

Cuando calló el último acorde, el aplauso no fue solo para lo escuchado, sino para lo significado. El concierto consagró un principio. Documentó que la música viva no solo se toca, se siembra. Y en ese fértil terreno, Frank Fernández, el Maestro de Juventudes, había ofrecido, una vez más, la más valiosa de sus lecciones: la de ceder el escenario, para que el porvenir, con sus propias manos, construya sobre el cimiento de la tradición su propia casa.