Alguien que se confunde con la muchedumbre
Imagen: Cortesía de la Editorial
Leyendo Poemas del hombre común[1] de Domingo Alfonso, escrito en 1964, recuerdo la idea de Wallace Stevens donde refiere que una de las funciones del poeta en cualquier época es descubrir mediante su propio pensamiento y sentimiento qué es lo que a su juicio es la poesía en esa época. Normalmente, lo que descubra lo revelará en su propia poesía como si fuese la poesía misma. Lo más frecuente es que ejerza esta función sin darse cuenta, de manera que las revelaciones de su poesía, si bien definen lo que a él le parece que es la poesía, son revelaciones de la poesía, no revelaciones de definiciones de la poesía. [2] En tal sentido el reflejo de la común existencia, el sutil humanismo de contemplar el drama de la vida aún en sus seres más comunes o aparentemente triviales o intrascendentes, se convierte en ganancias auténticas de la poesía de este momento [3]:
“Poemas del hombre común”
Soy el hombre común,
en determinadas horas, como millones,
subo y bajo ascensores,
después almuerzo como todos,
hablo con estudiantes
(no llevo cruz a cuestas),
a diario paso junto a muchas personas,
gente aburrida, gente que canta,
hombres laboriosos, burócratas que duermen,
junto a ellos pasa mi pequeña figura;
el soldador sufre, la mecanógrafa se inclina,
yo canto simplemente las cosas que siente
el hombre común.
(p. 49)
Este poema debió ser el que cerrara el poemario, que abre refiriendo la fijación social de la procedencia y lugar del poeta: es también un hombre común, uno entre tantos, que viene de otra prosapia diferente a los poetas que han sido. El poeta es alguien que se confunde con la muchedumbre:
“¿Poeta soy?”
¿Una pequeña parte
de aquella luz perdida?
¿Un trozo de la llama que ya fueron
Petrarca y Maiacovsky,
Juan Ramón y Verlaine?
¿Dylan Tomas?
¿Una gota terrible de la sangre de Dios?
Yo soy obrero metalúrgico,
o el callado burócrata de las tardes de mayo;
Alguien que toma un ómnibus de prisa.
No soy poeta.
(p. 7)
“(…) una de las funciones del poeta en cualquier época es descubrir mediante su propio pensamiento y sentimiento qué es lo que a su juicio es la poesía en esa época”.
El poeta es parte del paisaje cotidiano y común, el hombre es algo común del paisaje. En tal sentido, los poemas reparan en la significación, en la trascendencia de la común existencia al tiempo que en lo efímero de lo trascendente. Véase el poema “Gente como yo” (p. 23). En el carácter efímero y transitorio de la existencia:
“Pasamos”
Pasamos
por el paisaje
¿quién lo recuerda?
La prisa eterna
de los deberes oficiales
nos cubren el alma,
con la corteza gris
del obcecado funcionario.
Con mis deberes
yo marcho de un sitio a otro
siempre de prisa.
Somos el hombre que galopa
entre nubes de polvo
cruzamos por la vida
sin conocerla casi.
(p. 58)
“Poemas para nadie”
A veces, conmigo,
hablando tristemente
comprendo que mi oficio
es árido y sin vida…
viejos volúmenes
yacerán en el polvo,
mientras pequeños,
sensibles lectores
recorrerán sus páginas
en túneles estrechos
Poemas para nadie,
son estos…
(p. 50)
O esa común y rara teluricidad que nos transita:
“Sangre de tierra”
Sangre de tierra
circula por mis venas,
yo piso este polvo de sangre
que alguna vez seré.
Lo escupo,
lo insulto como a un hombre,
lo orino finalmente.
(p. 13)
En tal sentido ya se observan poemas que son recuentos de vida, fin y transcurso, de transcurso, fin y recurrencia, y obsesión con el tema de la muerte, el callado y constante oficio de la muerte, que luego se afianzará más en su obra. Véanse los poemas “Afuera, la cruz del sur” (p. 31), “Ululan los aires” (p. 42) y “Vagan los astros” (p. 55). Porque es trascendente y hermosa la común existencia, y digna de ser objeto poético como se refleja en el poema “Yo vine a este mundo” (p. 41). Y el reflejo cotidiano puede mostrar lo relativo del dolor en relación directa e inversamente proporcional a la pobreza (“Amargo trabajo vivir” (p. 43)).

En este afán de reflejar al hombre cotidiano emergen también varios retratos introspectivos que luego se harán frecuentes en su obra:
“Yo mismo”
Yo mismo
me persigo…
corro implacablemente,
en pos del ser divino
que algunos instantes
-inexistentes casi-
soy…
(p. 51)
Retratos personales conformados con los sueños y su imposibilidad. Véanse los poemas “Ese tal vez soy yo” (p. 28), “Pregunta “(p. 24) y “Adolfo” (p. 14). Uno de los mejores poemas de este cuaderno es “La joven madre” donde, de parecer que la protagonista es la joven madre pasa a centrarse en el hijo: el ser nuevo y la incertidumbre que despierta en la mente de sus progenitores, ser “poderoso y reciente” al que alimentamos de una esencia que perdemos sin cesar o ya para siempre: Un vaciamiento amoroso para ser llenado sin piedad, llenado de un cuerpo sin piedad, donde , como ya hemos dicho, es curioso darse cuenta que la protagonista del poema no es la madre, sino el hijo que viene con su fuerza arrolladora que todo lo trastoca, aun cuando adivinemos en él alguna huella de nuestra propia sangre. El poeta es capaz de ver esta semilla hecha hombre, con todos los defectos que la condición humana presupone:
“La joven madre”
La joven madre
que cruza de pronto la estancia
muy débilmente iluminada,
lleva en sus brazos al enemigo.
Es una carga de corazones nuevos,
un ser poderoso y reciente
que surge sin cesar de nuestra sangre,
se instala en palacios que fueron nuestros,
y alienta sus raíces de las personas antiguas.
Él se va formando sin cesar
de cierta esencia que disminuye de nosotros para siempre.
(p. 15)

O el poema “Tu corazón, una flor” donde el poeta, recordando a Martí, alcanza el instante raro de la emoción noble, y la poesía irrumpe con el momento en que intuyes que has hallado una certeza que atesora lo bello, lograda gracias a la plasticidad, donde el arco de lo visual a lo auditivo construye la magia del poema:
“Tu corazón, una flor”
Tu corazón, una flor
se abre en la noche pestilente.
Por sobre el ruido de autobuses y taxis
escucho tu corazón.
(p. 22)
Otros poemas exhiben la personificación de un atributo de la naturaleza, la naturaleza en su poder haciendo un llamado de atención al hombre, a los pecados del hombre sobre la tierra. Léase el poema “El río” (p. 8).
Con este libro y otros del período “el coloquialismo iba desplazando el neorromanticismo incluso en la capacidad de expresión lírica de las nuevas circunstancias.” [4] Es acertado entonces concordar con Víctor Fowler que de estos poetas de la Generación del cincuenta “ninguno siguió el camino, tan llevado hasta extremos inquietantes por los poetas norteamericanos de este siglo, que inicia en la banalidad y termina en la banalidad, que descubre el desgaste, la cercanía de la destrucción, donde la mayoría de los poetas proclamaban la existencia de una plenitud —aún por lograr en nuestros días—, debe haber sonado bastante discordante esta poesía severa y seca” [5] de Domingo Alfonso. El reflejo raigal de la existencia humana se convierte desde este libro en un tema definidor de la poesía de Domingo Alfonso, que es a un tiempo “heraldo de la filosofía” [6] como una “crítica de la vida”. [7]
Notas:
[1] Domingo Alfonso. Poemas del hombre común, Ediciones Unión, La Habana, 1964.
[2] Wallace Stevens. El ángel necesario. Ensayos sobre la realidad y la imaginación. A. Machado Libros, Madrid, 2008, p. 9.
[3] Por eso Guillermo Rodríguez Rivera afirmará: “Creo que Poemas del hombre común es el más importante libro de poesía cubana publicado en 1964.” Periódico El Mundo, Abril 6, La Habana, 1965.
[4] Virgilio López Lemus. “La lírica. La poesía de los años cincuenta”. Historia de la Literatura Cubana, T. III, Instituto de Literatura y Lingüística, Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, La Habana, 2008, p. 102.
[5] Víctor Fowler. La Gaceta de Cuba, octubre, La Habana, 1988.
[6] Novalis
[7] Mathew Arnold.

