Autor de una prolífica obra en varios géneros, con títulos imprescindibles en el corpus literario cubano, Miguel Barnet es sobre todo un poeta. Aunque lógicamente las notas biográficas mencionen primero títulos fundacionales de la llamada novela-testimonio por los que ha logrado amplio reconocimiento internacional y la mirada de la academia, como Biografía de un cimarrón, Canción de Rachel, Gallego y La vida real, lo cierto es que desde que publicó La piedra fina y el pavorreal en 1963 —libro del que Roberto Fernández Retamar elogió su “cubanía rutilante”— se han sucedido poemarios como La sagrada familia, Carta de noche, Viendo mi vida pasar, Con pies de gato, Poemas chinos, Actas de final, Itinerario inconcluso, Salvado del círculo de fuego, Reloj de arena, Una botella al mar y En el humo inasible de los idos en los que da forma al universo temático que ha explorado en varias décadas de creación lírica.

La poesía es centro gravitacional de la escritura de Barnet, la que sostiene el lenguaje y las formas de otros textos suyos. Él mismo ha asegurado varias veces que todos sus libros son poéticos:

No solo porque soy poeta y mi aproximación a la realidad es poética, sino porque he querido rescatar la poesía que hay en la sociedad y que se encuentra en Rachel, en Gallego, en Cimarrón. He querido rescatar esas voces, ese timbre. En cierto modo, sería la poesía de la historia.

En esa poesía de la historia, el poeta —voz portadora de una manera diferente o singular de mirarse en el espejo de los días y, al mismo tiempo, voz plural y abierta a otras— es protagonista y descubridor de su realidad. Aporta, en sus versos, el tono conversacional que le permite ahondar en lo cotidiano, en las pequeñas y para muchos, intrascendentes cosas. El poeta encuentra poesía en los procesos y en las convulsiones sociales, es cierto, pero le interesan las formas y matices en que su identidad, su yo poético, sus miedos y anhelos, sus dudas y pasiones, sus amores y desamores, sus desvelos y empeños, se añaden al decursar de esa historia cuyas voces rescata, al sedimento de la identidad que ha reflejado su propia obra literaria.

“En esa poesía de la historia, el poeta —voz portadora de una manera diferente o singular de mirarse en el espejo de los días y, al mismo tiempo, voz plural y abierta a otras— es protagonista y descubridor de su realidad”.

Ahora se suma a la anterior relación incompleta de poemarios de Miguel Barnet un nuevo libro bajo su firma: Fe de erratas y otros poemas de amor y desamor, publicado por Ediciones Matanzas en 2025, con selección de Lázaro Castillo y una cuidadosa edición de Alfredo Zaldívar.

Partiendo del poema “Fe de erratas”, con el que inicia el libro (…donde dice extraño amor aquel / debe decir naufragio / en letras grandes), Castillo —quien también reunió los incluidos en Consejos para no acatar (Ediciones La Luz, 2021), varios de los cuales se encuentran en estas páginas— agrupa textos que, como el propio título nos adelanta, portan la esencia de la lírica amatoria. Amar y ser amado siempre ha sido, desde los cimientos de la literatura, uno de los ejes cardinales de la poesía, como también lo han sido las pasiones rotas, anhelantes e imposibles. Amor y desamor sostienen el tono íntimo, desinhibido, de estos versos de Miguel Barnet.

El poeta —que ha amado y se ha dejado amar apasionadamente— sabe que el amor puede ser también una experiencia riesgosa, un terreno fértil para las contradicciones y aun así germina: …cómo es posible que si nos amamos / y todo es aridez / estos versos que escribo / echen raíces (“Contradicción”). Sus versos no evaden el erotismo: el cuerpo es más inefable que la eternidad y la única posibilidad / de palpar el espíritu / nuestra única certidumbre de salvación (“El cuerpo”). Tampoco un romanticismo sutil y deudor de lo mejor de esta tradición: Feroz, bebo de tu desnudez hasta que mis labios / Se sequen o se olviden / Ojalá que una flecha te atraviese el corazón / Para rehacerte a mi imagen, para resucitarte / No culpo a la noche de tu aparición / Sino a sus duendes (“Con pies de gato”). O en “Memorándum VII” cuando escribe: Ya sé que el ladrillo / no es la casa / Que el árbol no es el bosque / Que la golondrina / no hace verano / Que el poema / no es toda la poesía / Que tú no eres el amor / Pero de qué me sirve / tanta sabiduría / si la casa, el bosque, / el verano, la poesía y el amor / están ahí solo porque yo te amo.

“Barnet disfruta (…) con las pequeñas y sencillas cosas. En ellas encuentra sedimentos que dan cuerpo a la escritura y le permiten interrogar al tiempo (…)”.

Mientras que en “Véspero” leemos, desde la nostalgia que provoca el paso del tiempo y la no concreción de la felicidad: Te quise más que al mar / más que al cielo / más que a mí mismo / ¡cómo te quise! En el día parecías un colibrí / de rama en rama / En la noche te convertías / en una frágil estrella caída en mi pecho / Sin ser un buscador de oro / te hallé en el cráter del mundo / Y volé contigo como Véspero / hacia las altas nubes / Perdí mi brújula / cuando reí que había llegado a la otra orilla / Pero no te culpo / La felicidad casi nunca encuentra su destino.

En varios de estos poemas, como en “Consejos para no acatar”, Barnet se desplaza al entorno doméstico. Ancla poemas en lo hogareño, en los espacios cerrados y al mismo tiempo, abiertos: la casa y sus habitaciones, los objetos de la cotidianidad, que separan un mundo seguro de otro citadino del que también se maravilla el poeta (un mundo similar al del desenfreno sesentero de “Flower power”). Barnet disfruta —como Emily Dikinson en el cerco fecundo de su Amherst natal— con las pequeñas y sencillas cosas. En ellas encuentra sedimentos que dan cuerpo a la escritura y le permiten interrogar al tiempo, repensar las coordenadas sentimentales e incluso preguntar al poeta griego Konstantinos Kavafis cómo sobrevivir a la mordedura del deseo.

Desde la cubierta, con diseño de Johann E. Trujillo, las manos de la creación que dejó Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina —el dedo divino que otorga el hálito de vida al primer hombre— nos invitan a este encuentro para leer o releer los versos del autor de La fuente viva y Akeké y la jutía. Todo puede ser una fe de errata, pero hay que arriesgarse y amar; incluso enamorarse del propio amor si fuera necesario es algo comprensible. Solo así, entre riesgos y pasiones, amores y desamores, se vive. Del olvido —nos dice Miguel Barnet— es todo lo demás.