No sé cuántos de los 600 mil habaneros que fueron a la Plaza de la Revolución el primero de mayo de 2016, hace una década, habrán amado las melodías del hijo mayor de la poetisa Fina García Marruz y Cintio Vitier, Sergio, quien ese infausto día dejó de respirar apagando una voz conectora natural de mentes, manos y corazones. La gente marchaba lentamente hacia sus casas, sin sospechar que un accidente cerebrovascular había terminado con la vida de quien siempre compuso desde la cultura y la sensibilidad, con los poros despiertos y el corazón dispuesto a vivir la experiencia.

Ese primer día de mayo, pasó a la inmortalidad el guitarrista y compositor cuya obra se convirtió en una de las más sólidas arquitecturas conceptuales de la cultura cubana contemporánea; el primogénito crecido entre palabras y la música que supieron entrelazarse como formas de conocimiento.

Su formación con maestros como Elías Barreiro e Isaac Nicola en la guitarra, y con José Ardévol, Federico Smith y Leo Brouwer en la composición, le permitió dialogar con la tradición académica, pero pronto se abrió a la exploración de un universo sonoro que integraba la raíz afrocubana, la trova, el jazz y las corrientes contemporáneas de la música universal. Así creció, quien por demás podía presumir ser sobrino de Eliseo Diego y del gran jazzista Felipe Dulzaides.

Su paso por la Orquesta Cubana de Música Moderna y el Grupo de Experimentación Sonora del Icaic consolidó su estética, una síntesis de rigor técnico y libertad creativa junto a figuras como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

Todo ese caudal encontró orillas muy fértiles gracias a su paso por la Orquesta Cubana de Música Moderna y por el Grupo de Experimentación Sonora del Icaic; nóminas decisivas para consolidar una estética que conjugaba rigor técnico y libertad creativa; sí, junto a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

La hondura de su guitarra y la sensibilidad de sus composiciones, ayudaron a transformar un movimiento que transformó la canción y la música cubana de los años setenta; las más de cincuenta bandas sonoras que compuso para el cine —entre ellas El brigadista (Octavio Cortazar, 1977), Capablanca (Manuel Herrera, 1986), Roble de olor (Rigoberto López, 2004) y Caravana (Rogelio París, 1992)— revelan su capacidad de traducir la ciudad, la historia y la espiritualidad en música.

La amplitud de su obra para el séptimo arte merece un análisis detenido, partiendo del hecho de que Vitier supo entender que la música para la pantalla grande no era mero acompañamiento, sino un personaje más que dialogaba con la imagen.

En el largometraje dedicado al genio del ajedrez, por ejemplo, la tensión dramática se sostiene en la guitarra y en las texturas orquestales que evocan la estrategia del juego ciencia como metáfora de la vida; mientras en la obra dedicada a la épica de la alfabetización, la banda sonora realizada por Sergio se tradujo en un discurso que combinaba lo coral con lo íntimo, subrayando la dimensión humana de la historia; capacidad exquisita de contar con música, que lo convirtió en uno de los compositores más solicitados por cineastas cubanos, huella se extiende a documentales, cortos y producciones televisivas.

No por gusto la crítica especializada ha subrayado la singularidad de su estilo: un fraseo que combinaba la disciplina de la guitarra clásica con la densidad rítmica de lo afrocubano y la libertad el jazz; donde se advierte un creador que no se conforma con reproducir cánones, sino que los interroga y los transforma, ofreciendo una cartografía espiritual de la nación.

La música de Sergio Vitier es considerada un conector generacional, que viaja en el tiempo por medio de la visualización de series como En Silencio ha tenido que ser y también Julito el Pescador.

Sergio Vitier fue también una especie de conector generacional, ya que como docente y mentor transmitió a jóvenes guitarristas la idea de que el instrumento no es solo técnica, sino pensamiento y emoción; magisterio que se extendió a la composición para teatro y danza, ámbitos donde dejó huellas perdurables.

No podemos dejar fuera de la ecuación de cubanía y virtuosismo a su querido hermano José María, con quien legó proyectos como la banda sonora para las series de televisión En silencio ha tenido que ser y Julito el Pescador; así como memorables empeños que integraron la música de cámara con la raíz popular, confirmando la vocación familiar de convertir el arte en un acto de fe y conocimiento.

Reconocimientos como la Medalla Alejo Carpentier en 1999 y la Orden Félix Varela en 2004 fueron antesala del Premio Nacional de Música en 2014, que lo situaron en el panteón de los grandes creadores cubanos.

Diez años después de su partida, su presencia se multiplica en las grabaciones, en los estudios de musicología y en la memoria de quienes lo escucharon y juzgaron como defensor de la ética del arte; un ser convencido de que la música no solo podía ser, sino tenía que ser, desde el primer acorde, un acto de resistencia cultural y de trascendencia espiritual.

Eso fue: un guitarrista que más que reproducir la música de otros, se dedicó sobre todo a ponerle voz a las manos, a veces introspectivas, pero siempre esencial, haciendo resonar a un mismo tiempo la trova tradicional y las vibraciones de la modernidad. Lo comprobamos en el terreno discográfico donde dejó registros que son hoy referencia obligada; o sea, un viaje por la memoria de Cuba, una reverencia a la tradición desde una mirada actual, un manifiesto estético: la música cubana es un organismo vivo, capaz de renovarse sin perder su raíz

“Diez años después de su partida, su presencia se multiplica en las grabaciones, en los estudios de musicología y en la memoria de quienes lo escucharon y juzgaron como defensor de la ética del arte”.

Su relación con la poesía fue constante. No podía ser de otra manera en alguien que creció en la casa de Cintio y Fina. Quizás por eso, la musicalidad de la palabra se trasladó a su guitarra, y muchas de sus composiciones parecen poemas sonoros, donde cada nota es un verso, y cada silencio una pausa reflexiva; dimensión lírica, que, dicho sea de paso, lo distingue de otros guitarristas: la técnica nunca se impone sobre la emoción, y la emoción nunca se desborda sin control. Es un equilibrio que solo alcanzan los grandes artistas.

Sergio es estudiado ahora mismo en los conservatorios y universidades, se interpreta en conciertos y se escucha en grabaciones que siguen circulando entre melómanos; al tiempo que el gremio especializado lo reconoce como una figura clave en la evolución de la guitarra y de la composición moderna.

Hace solo unas semanas, durante la entrega del Premio Nacional de Música a Amaury Pérez Vidal, el frontal intelectual Abel Prieto Jiménez —a cargo del elogio— evocó aquel Con dos que se quieran dedicado al artista; una entrevista llena de pistas que dictan el sendero más urgente de la nación: la pasión por Cuba. Así respondía Sergio a su amigo: “La patria, como decía mi padre, es un misterio. No se puede definir la patria como decir, es tal cosa, es tal otra como tú defines una ecuación matemática; pero ese misterio me ha invadido, ha inundado toda mi vida”.

Pareciera que sus palabras —y claro, está, sus obras— se anticiparan a los debates actuales sobre identidad, globalización y autenticidad, en un mundo donde la homogeneización sonora amenaza con borrar las diferencias; lo cierto es que allí está para interpelarnos y recordarnos que el arte verdadero no se conforma con entretener, sino que busca transformar, iluminar y acompañar.