Los depredadores de almas con sede en los predios imperiales tienen secuestradas a las leyes y, peor aún, a la lógica. Mostrar como culpables de sus desgracias y miserias a quienes las padecen carece por completo de sustento jurídico y lógico. Sus “razonamientos” acusan vitriólicamente a un pueblo que lucha por superar un bloqueo que lo priva de todo. El bombardeo mediático, con sus matrices de opinión, le concede a quien bloquea el absurdo derecho de acusar a los bloqueados por las carencias que ese bloqueo provoca. Para colmo, sustentan su política de asfixia en la proclamación de que estos son una amenaza para su seguridad.

Todo un pueblo en el mismo saco: los que viven dentro de sus fronteras y los que no. Los de adentro, además de culpables, somos víctimas. A muchos de los de fuera se les agradece la solidaridad; de otros nos duele e indigna ver su entreguismo deshumanizado. Resulta inconcebible que alguien, acomodado en la precaria seguridad que ofrece la lejanía y un discreto estándar de vida primermundista, pida el bombardeo y la destrucción de los sitios donde nació, donde residen muchos de sus familiares y amigos; donde se gestaron sus recuerdos y vivencias. La siembra del odio es fértil cuando la fertiliza el fantasma de la deportación.

“Resulta inconcebible que alguien, acomodado en la precaria seguridad que ofrece la lejanía y un discreto estándar de vida primermundista, pida el bombardeo y la destrucción de los sitios donde nació, donde residen muchos de sus familiares y amigos (…)”.

Las evidencias ya no funcionan. Negar que existe contra Cuba un bloqueo desde 1962, recrudecido por las constantes órdenes ejecutivas que sancionan a quien nos suministre petróleo o comercie con nosotros, o a los bancos que nos ofrezcan sus plataformas para operar, es la más ciega y perversa de las afirmaciones. Las evidencias de leyes aprobadas por el congreso imperial y las órdenes ejecutivas firmadas por un presidente que se comporta como un corsario, no les resultan convincentes a quienes apoyan esa narrativa demonizante esgrimida contra quienes somos víctimas —y dicen ellos que culpables— de esas atrocidades.

Hay que ser muy astigmático políticamente para culpar a quienes, aun con escaso éxito, tratan de conducirnos hacia la superación del cierre total que nos imponen. Bastaría solo comparar nuestro nivel de vida y eficiencia en el breve e incompleto período de distensión de la era Obama con las privaciones consecuencia de la escalada de agresiones que vivimos desde 2019. Quien lo haga despojado de prejuicios seguro mirará con mayor indulgencia a quienes llevan las riendas del país. De cualquier modo, el proyecto macro que es la Revolución no se ciñe a un gobierno (otra de las falacias con que logran confundir) porque su esencia humanista y solidaria sigue siendo, hasta ahora, la única alternativa para nuestras sociedades poscoloniales que, con la gestión y aprobación de la mayoría, se niegan a ser colonizadas nuevamente.

“Todo un pueblo en el mismo saco: los que viven dentro de sus fronteras y los que no. Los de adentro, además de culpables, somos víctimas”.

Lo peor no es que proclamen nuestras culpas desde sus poderosos aparatos de construir mentiras sino que algunos de nuestros compatriotas lo asuman y le aporten además el lenguaje de un odio viral extraído de lo más profundo del salvaje que habita en los dominios del resentimiento. No sé cómo alguien que, durante sus años en Cuba recibió los beneficios de una salud pública y una educación gratuitas y universales, cierre los ojos y embista con furia. No tiene sentido que personas que no padecieron hambre ni apagones durante un largo período, expresen en una plataforma pública, ante las amenazas de invasión inminente: “Les queda poco comunistas hijos de putas, son 67 años de miseria y de familias fracturadas por culpa de una familia en el poder, pero hoy se encendió el reloj que va a traer la libertad para todos”. La espada de Damocles de un formulario I-220-A, con peligro de deportación sobre muchas cabezas, ha desatado un activismo feroz, tal vez para ofrecerlo como moneda de cambio para su aceptación en “el paraíso”.

No siquiera el desparpajo brutal con que desde el imperio proclaman —con toda la “legalidad intramuros” que los ampara— sus intenciones de destruirnos y arrasarnos, frena a quienes niegan la existencia del bloqueo y atribuyen las miserias que vivimos a un “gobierno fallido”. Así de bien andamos con la lógica: las mentiras son verdades en el reino de las resucitadas doctrinas goebbelianas. 

“No somos culpables de nada, somos víctimas, y esa certeza es la que nos trasfunde fuerza y coraje para defender los sueños de un mundo y un país mejores, que siguen siendo posibles”.

Hacerle creer a un puñado de inmigrantes o exiliados que son una élite de abanderados de las doctrinas iluministas que guiaron a la humanidad de la revolución francesa a acá, no se diferencia mucho de la idea de raza superior que los fascistas lograron inocular en el espíritu del culto pueblo alemán. Tal falacia les dio carta blanca para cometer los crímenes que bien conocemos. Lo que ahora mismo hacen en Gaza e Irán, que antes hicieron en Libia, Irak, Panamá, Somalia y muchas otras naciones de una amplísima lista, no se diferencia mucho de lo que hicieron los iluminados hijos del III Reich con los judíos y los pueblos no arios. Algo así nos están avisando que harán con nosotros.

Sepan los que un día fueron nuestros amigos y hermanos –los de sangre y los de espíritu– que quienes decidimos quedarnos a vivir en Cuba con el objetivo de hacer del nuestro un país donde se concreten los más altos ideales humanos, no amenazamos a nadie; que solo deseamos la paz para construir, con el gobierno que decida el pueblo, la prosperidad que merecemos. No sigan celebrando nuestra destrucción, no nos presenten como culpables, recuperen el abrazo perdido en los sucios laberintos de la manipulación, acudan a la lógica, a la presunción de inocencia, piensen con serenidad y verdadera valentía. No somos culpables de nada, somos víctimas, y esa certeza es la que nos trasfunde fuerza y coraje para defender los sueños de un mundo y un país mejores, que siguen siendo posibles.

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