Qué lector no conoce el poema “Sonatina”, del gran Rubén Darío, con aquella princesa que muere de tristeza en un palacio en espera de su príncipe azul:
¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
Pobre princesa. Y pobres de nosotros. El estrecho de Ormuz ya no es el lugar exótico, contentivo de perlas y con un sonoro consonante, apto para rimar con luz; ahora lo “acosa el carapálida”, a quien le duele no ser el dueño de sus tesoros, que no son, precisamente, perlas.
En ese estrecho se define hoy una de las que pudiera resultar disputa trascendente para la humanidad: su cualidad de pasillo por donde transita cerca del 20 % del petróleo mundial hace de él una herramienta eficaz para que los persas le pongan freno a esos “potros de bárbaros Atilas” y “a los heraldos negros que les manda la muerte”.
“El Apocalipsis viaja de lo parabólico al espanto real”.
Rubén Darío, como sabemos, es uno de los iniciadores y figura cimera del modernismo literario, pero la referencia poética a ese accidente marítimo, hasta fecha reciente también era, para quienes nos liamos en las sutilezas de la creación, un giro elegante al apropiarnos de los relumbres metafóricos que alcanzó —mucho con ese poema— el gran nicaragüense. Hoy, desde los reportes diarios donde se refleja como clave para equilibrar la balanza de una guerra totalmente asimétrica, cobra magnitud antipoética y catastrófica: nos catapulta a otros ámbitos simbólicos. El Apocalipsis viaja de lo parabólico al espanto real.
Ese sitio, en verdad estratégico para equilibrar la geopolítica mundial, hoy es usado con eficacia por el agredido Irán como arma estratégica para resistir la embestida imperial. Siempre ha sido un sitio en disputa. Actualmente Irán y Omán comparten su soberanía, pero antes estuvieron los portugueses, entre 1507 y 1622, en alianza con los ingleses, y más tarde los españoles controlaron su soberanía gracias a la Unión Ibérica de 1580, cuando el rey Felipe II, incorporó el Reino de Portugal al resto de la Monarquía Hispánica. Ahora mismo los gringos dieran lo que no tienen por hacerse con su dominio.
El cierre del estrecho de Ormuz por los iraníes pone sobre el tapete bélico un elemento inesperado. Hasta ahora solo se medía el poder de un contendiente por su potencia de fuego y movilización de efectivos; pero la jugada iraní inaugura frentes, como el de la destrucción de bases del enemigo en su entorno territorial, obligados por la imposibilidad de alcanzar con sus misiles (¿de momento?) la geografía donde reside el emperador; o el del daño donde más les duele: sus intereses económicos. Con el cierre del paso las pérdidas son cuantiosas; y si a ello le sumamos la capacidad y disposición combativa de los persas, no es desacertado calcular un fracaso de los agresores, logro clausurado desde la estampida en Vietnam.
“En mi sábana blanca / vertieron hollín / han echado basura / en mi verde jardín”, así sueña Silvio Rodríguez con el paisaje después de una batalla imaginaria. Pongamos a suspirar entonces a la princesa de Darío en el Castillo de piedras rojas (fuerte de los portugueses) enclavado en la pequeña isla en medio del estrecho. O frente a la playa, de aguas enrojecidas también, no solo por el hierro que arrastran las lluvias, sino también por la sangre de las víctimas:
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
“Que lo sepan los agresores: los iraníes no son pan comido. Las bombas del agresor pueden matar a sus líderes políticos y religiosos, pero siempre habrá otra mano dispuesta a tomar el arma que cayó junto al cuerpo del compañero”.
La agresión estadounidense-israelí al valiente Irán no solo clasifica como un acto genocida sino también como una profanación de su aura lírica, un mal para nada menor. La guerra todo lo daña. Ya nunca más, cuando nos enfrentemos con esa joya de la poesía en lengua castellana, “Sonatina”, visualizaremos al estrecho de Ormuz, en el Golfo Pérsico, como el sitio de donde le llegará a la melancólica princesa un señor orgulloso cargado de perlas.
Que lo sepan los agresores: los iraníes no son pan comido. Las bombas del agresor pueden matar a sus líderes políticos y religiosos, pero siempre habrá otra mano dispuesta a tomar el arma que cayó junto al cuerpo del compañero. Que lo sepan ellos, tan dados a la captura y el secuestro, si los guerreros persas capturan “al culpable de tanto desastre, lo va lamentar.

