A la altura de este 2026 de guerras y muertes inducidas, soñar pudiera parecer (como siempre ha parecido) cosa de personas extraviadas en la irrealidad. Claro, valdría la pena entonces considerar como seres de alma carnívora que devoran su propia esencia en el pragmatismo vulgar asociado a la exaltación del consumo, a quienes solo ven y reconocen lo que pasa frente a sus narices.

El soñador que lucha por sus sueños no está exento de sentido práctico, solo que lo visualiza y persigue en una latitud diferente a la rala inmediatez. Los revolucionarios usamos con toda legitimidad el concepto de futuro (de bordes inaprensibles) en el intento por instalarlo como estatus de idílica convivencia y armonía entre todos los seres y tendencias políticas del universo. No obstante, su desgaste semántico —saga de una retórica política plana y falaz— hace que algunos lo destierren de su arsenal lingüístico y lo relacionen solo con la utopía. A quienes practican esa “objetividad” se les podría remitir a esta frase acuñada por Carl Jung: “El que mira fuera sueña, el que mira adentro se despierta”.

El Che constituye el ejemplo más emblemático en el ejército de soñadores que nos ha regalado el panteón humanista. Imagen: Tomada de Internet

La Humanidad tendrá su futuro soñado. O solo vacío. Y ese día tiene que ser, por obligación, distinto de este hoy que apunta, con sus más crudas armas de globalización imperial, a la desigualdad creciente, la exclusión, la destrucción de todo lo que constituye historia y legado. Cuando Aristóteles afirmó que “la esperanza es un sueño despierto”, acuñaba para lo onírico el pase hacia la trascendencia; lo hizo portador del ADN de una apoteosis posible en lo venidero.

El constructo de un nuevo pacto social enfermizo al que llamaron “fin de la historia”, alejado de las pautas de igualdad y justicia social que el socialismo propuso como norma para la convivencia, alimenta el egoísmo desmesurado. Su impronta nos aleja, cada día más, de los paradigmas que las propias formaciones sociales precedentes al socialismo enunciaron y establecieron como reglas para convertir en posibles los futuros soñados a todo costo. El soñador es un inconforme. El sueño define una irreverencia del espíritu, opuesto al culto ciego al confort que constantemente trata de atarnos a lo fáctico.

“En Cuba, no solo no desistimos de concretar los programas altruistas de la Revolución, sino que gracias a esa persistencia, con la purificación de sus procederes y reasunción de sus pautas fundacionales, se hicieron más perfectos, coloridos y dignos del sacrificio”.

Las más sólidas obras fueron, en su momento, sueños. Hasta que ganaron corporeidad, no siempre material, pues las más sutiles se reconocen en la intimidad humana. Y en esa savia definen su territorio de germinación. La persistencia en la condición de soñadores —lo sabemos— es hoy un proceso náufrago en las corrientes turbulentas de una materialidad cebada en lo externo y la banalización del espíritu.

Soñadores somos hoy todos los seres humanos que batallamos por ese mundo mejor posible que, hace solo unas décadas, era poco menos que un puerto en lontananza. De alguna manera, lo que fuera realidad (digamos los éxitos de la izquierda mundial) devino augurio de fracasos cuando, desde adentro, el socialismo europeo se autodestruyó, con la Unión Soviética incluida. Pero los más severos golpes que aún hoy recibe ese proyecto de convivencia armónica llegan desde un enemigo que se autoasigna el control del planeta a expensas de su poderío militar y de una supuesta eficiencia económica, desmentida en la práctica por los éxitos productivos y simbólicos del socialismo pos-socialismo real (valga el retruécano), bien sea en Asia, en África o en nuestra América.

En nuestro país los sueños no se desinflaron nunca, al extremo de que cada día marca con más fuerza su ebullición intrínseca. El tufo peyorativo que han tratado de arrimarle a la condición de soñadores no es más que una maniobra comunicacional para desarticular semánticamente al sujeto que apueste por un provenir de solidaridad, paz y justicia social.

“(…) los más severos golpes que aún hoy recibe ese proyecto de convivencia armónica llegan desde un enemigo que se autoasigna el control del planeta a expensas de su poderío militar…”. Imagen: Tomada de Arestudio en Instagram

Los avances de la derecha extremista y grosera hicieron que nuestros sueños renueven su convocatoria (no temamos llamarle romántica) por lo sublime realizable. En Cuba, no solo no desistimos de concretar los programas altruistas de la Revolución, sino que gracias a esa persistencia, con la purificación de sus procederes y reasunción de sus pautas fundacionales, se hicieron más perfectos, coloridos y dignos del sacrificio. El poeta Khalil Gibrán escribió una sentencia con la que coincidimos: “Confía en los sueños, porque en ellos se esconde la puerta a la eternidad”.

Nuestro Fayad Jamís divulgó un texto suyo que de alguna manera trascendió como manual de persistencia en los arranques soñadores: “Con tantos palos que te dio la vida / y aún sigues dándole a la vida sueños; / eres un loco que jamás se cansa / de abrir ventanas y sembrar luceros”. El ejército de soñadores que nos ha regalado el panteón humanista ha sido inspiración de tantos luchadores que luego también ganaron magnitud simbólica; el más emblemático ejemplo es del Che, quien, mientras libraba su más osada campaña, aseguró sentir bajo sus rodillas “el costillar de Rocinante”. Comportarse de manera quijotesca, actitud reivindicadora, es hoy por hoy, uno de los mayores elogios humanos, pues simboliza la entrega altruista a todas las reivindicaciones visibles o expectantes. Así andamos; así soñamos: “toda la leña al fuego”.

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