En el mapa sentimental de la cultura cubana, la trova ocupa una coordenada única. No lo hace en las multitudes eufóricas; su territorio es la intimidad de una sala mal iluminada, el rumor de una cuerda que vibra contra la madera, la palabra dicha en voz baja pero con el peso de una confesión. La trova ha sido, durante décadas, la conciencia melódica de la isla, ese espacio donde el desamor, la protesta y la esperanza se dan la mano sin estridencias. Por eso, cuando un cantautor como Leonardo García anuncia un disco titulado Ni un paso más!, la oreja atenta no solo espera canciones sino también una declaración de principios.

El álbum, que ha merecido una nominación en la categoría Trova para los premios Cubadisco 2026, llegó a la luz mientras su creador recorría varias ciudades del viejo continente. Desde aquella gira europea, García explicó a sus oyentes que se trataba de una compilación reciente, trabajada fundamentalmente con la guitarra, y que venía gestándose durante aproximadamente diez años. No es un disco apresurado ni producto de una coyuntura comercial, sino más bien un posadero de esos que se toman su tiempo para cuajar.

“Habría que decir, primero, que Leonardo García no cree en las fronteras estrictas del género. En sus propias palabras, los límites y clasificaciones en estas canciones ‘no están claras’”.

El concepto central que guía el fonograma es, en apariencia, sencillo: la necesidad de compartir un puñado de canciones acumuladas con el tiempo. Pero esa aparente modestia esconde una ambición más honda. García las pensó como una “sucesión diversa” que encadena una escucha lo más completa posible. Para lograrlo, combinó ritmos distintos, tonalidades cambiantes y temas de conversación que van del amor a la existencia, del desencuentro a la resistencia callada. El resultado son doce piezas que llevan por título: “Ni un paso más!”, “Amor de septiembre”, “Por el amor”, “El jugador”, “Los círculos del agua”, “El azul del arroyo”, “Casa”, “Clarísima Santa”, “Si no tienes”, “Noche buena”, “Como si no quisiera” y “De lo que nunca fui”.

¿Y cómo suena todo esto? Habría que decir, primero, que Leonardo García no cree en las fronteras estrictas del género. En sus propias palabras, los límites y clasificaciones en estas canciones “no están claras”. El bolero asoma con elegancia, perfectamente reconocible, pero luego aparecen ritmos afrocubanos, aires ternarios, fragmentos de canción y elementos del son. Todo ello utilizado desde la guitarra y, lo más importante, al servicio del mensaje que se quiso reflejar en cada momento. El artista huye de los caminos trillados. No le interesa repetir fórmulas; prefiere que cada tema encuentre su propia respiración.

La producción musical corrió enteramente a su cargo, y esa autosuficiencia no es casual. Las capturas de sonido fueron realizadas por el ingeniero Yenkys Rodríguez en Producciones Vandor, estudio ubicado en Santa Clara. Pero lo fascinante viene después: García editó en casa, puso las segundas guitarras, y se permitió una percusión nada convencional. ¿Instrumentos? Su propio cuerpo. También pomos plásticos, peines, objetos cotidianos que de pronto adquieren categoría musical. Esa vocación artesanal conecta directamente con su disco anterior, Cara o cruz, donde las percusiones ya partían de sonidos de la madera y las cuerdas del instrumento, complementados con elementos poco tradicionales que le sugerían algo interesante. En Ni un paso más!, esa línea se profundiza.

Como reconoce el propio autor, la frase que da nombre al disco remite inevitablemente a otros peligros que están abordados a lo largo del fonograma. Foto: Tomada de Cubahora

El nombre del álbum merece una pausa. “Ni un paso más!” es, ante todo, el título de una canción de amor incluida en el repertorio. Sin embargo, como reconoce el propio autor, la frase remite inevitablemente a otros peligros que están abordados a lo largo del fonograma. Hay en ese enunciado una firmeza, un límite que se traza, una negativa a avanzar hacia territorios no deseados. En tiempos de urgencias y sobresaltos, decir “ni un paso más!” puede ser un acto de amor, sí, pero también de resistencia íntima. El disco, así definido, se convierte en un mapa de advertencias y ternuras.

A la hora de elegir las canciones, Leonardo priorizó las obras originales. Las letras son suyas en su mayoría, aunque también incluyó varias musicalizaciones de poetas cubanos de distintas generaciones. Esa mezcla entre voz propia y palabra prestada le otorga al disco una densidad adicional. No es solo un cantautor que se mira el ombligo; es también un lector agradecido que decide rendir homenaje a sus predecesores y contemporáneos de la lírica insular.

Si hubiera que señalar una canción emblemática para entender el espíritu del conjunto, el artista se inclina por “De lo que nunca fui”. Lo hace por “las dudas y preguntas que nos propone”. Hay en ese tema una indagación sobre la identidad, sobre los espejismos del yo, sobre todo aquello que no llegamos a ser y que sin embargo nos acompaña como una sombra. Pero García es prudente y no absolutista. Sabe que hay varias canciones con distintos objetivos musicales y temáticos, y que cada quien escogerá sus preferencias según su propia geografía emocional.

Las grabaciones no partieron de la nada. Varios de estos temas ya eran reclamados por el público en conciertos anteriores. Esa demanda previa le permitió al músico llegar al estudio con cierta seguridad sobre lo que funcionaba en vivo. No obstante, el paso al formato fonográfico implicó repensar arreglos, añadir texturas y buscar ese equilibrio esquivo entre lo contemporáneo y lo tradicional.

“¿Cómo recomienda el propio músico disfrutar de este álbum? Su respuesta es casi poética: ‘se pone a cualquier hora del día y él luego les irá dictando los mejores horarios para futuros encuentros’”.

“Estoy contento con el resultado y de la nominación —declaró Leonardo a La Jiribilla—. Eso es ya un gran premio. Le dará mayor visibilidad”.

¿Cómo recomienda el propio músico disfrutar de este álbum? Su respuesta es casi poética: “se pone a cualquier hora del día y él luego les irá dictando los mejores horarios para futuros encuentros”. Hay en esa frase una renuncia al control, una confianza en que las canciones saben más que su autor sobre el momento preciso en que deben ser escuchadas. Quizá sea cierto. Quizá Ni un paso más! funcione mejor al amanecer, cuando las defensas bajan, o quizá en la madrugada, cuando el ruido del mundo se apaga. O tal vez en una tarde cualquiera, con auriculares y la mirada perdida en una ventana. El disco, como los amigos verdaderos, no exige condiciones y solo pide atención.

El diseño visual corrió a cargo de Andrés Castellanos, mientras que las notas discográficas fueron escritas por Ihoslandin Meneses, a quienes el músico agradece explícitamente. Esos detalles, a menudo olvidados en las reseñas rápidas, importan porque completan la experiencia estética. Un disco no es solo sonido: es también objeto (físico o digital), imagen, contexto. Y en este caso, cada elemento parece haber sido cuidado con la misma minuciosidad que una segunda guitarra o un peine convertido en percusión.

Al final, Ni un paso más! se inscribe en esa tradición trovadoresca que no necesita estridencias para conmover. Leonardo García ha trabajado arduamente desde el principio, como él mismo confiesa, y el resultado es lo mejor que pudo alcanzar en composición, arreglos y tratamiento de sonido. La nominación al Cubadisco 2026 en el apartado de Trova no es un capricho del azar, sino el reconocimiento a una propuesta que apuesta por la honestidad artesanal frente a los fuegos artificiales de la industria.

Así que ya se sabe: ponga este disco, siéntese, no espere grandilocuencias. Escuche cómo la madera ruge en sordina, cómo el cuerpo del músico se convierte en ritmo, cómo las palabras de poetas cubanos encuentran nuevas melodías. Y cuando llegue el estribillo de “Ni un paso más!”, deténgase un instante. Porque a veces, en la trova, el paso que no se da es el más importante de todos.