Cháchara y el jazz cubano conversado entre amigos
“Es Cháchara entre nosotros conversación disparatada e intrascendente, pero la Cháchara que aquí nos ocupa —y que justo da título a este fonograma— por el contrario, es el diálogo fecundo del virtuoso trompetista Mayquel González con importantes exponentes de la escena musical cubana e internacional”.
Así abren las notas discográficas el viaje sonoro que propone el músico. Y no podrían haberlo hecho de mejor manera. Porque Cháchara, el nuevo álbum de Mayquel González bajo el sello GLEZ RECORDS, no tiene nada de charla vacía. Es, más bien, una conversación bien afinada entre la tradición cubana, el jazz con todas sus letras y una lista de colegas que convirtieron la grabación en una fiesta de amigos. El disco ya cuenta con tres nominaciones en los premios Cubadisco 2026: Jazz, Diseño de Sonido Ambiente Controlado y Documental Musical / Series.
El trompetista confiesa que este trabajo le costó varios años. No por pereza creativa, sino por una convicción muy clara: se opone a esa “maquinaria de la industria” que exige lanzar productos a cada rato. Prefirió pensar, repensar y tocar la música en vivo antes de meterla al estudio. “Ver cómo funcionaban”, dice. Llegó a cambiar el orden de las canciones en distintos conciertos para comprobar cuál generaba mejor efecto. Esa curaduría pausada, casi artesanal, dotó al álbum de una madurez que no se improvisa.

Quienes siguen la carrera de Mayquel encontrarán en este fonograma una continuación natural de “Tiempos de paz”. Él mismo lo define como una segunda parte, aunque con una exploración más profunda del ritmo y la forma en que emplea los géneros cubanos. El changüí, el bolero, la conga, el chachachá y mezclas imposibles de nombrar desfilan por las pistas sin estridencias, integrados al lenguaje jazzístico de un músico que no concibe la tradición como una vitrina, sino como un trampolín. “Tengo una fijación con el tema del ritmo”, admite. Y esa obsesión se vuelve audible en cada corte.
La selección final reunió composiciones propias, un estándar del jazz y dos guiños a la memoria cubana. Por primera vez grabó “My Funny Valentine”, uno de sus estándares preferidos. También incluyó una versión de “El manisero” convertida en changüí —que él considera de las más acertadas de todo el disco— y un homenaje a Sindo Garay con “La tarde”. Completan el cuadro un bolero, una conga y un chachachá, además de “Luces”, un tema que, según su criterio, encierra la idea general del proyecto por su mezcla de cubanía y una sonoridad ligeramente fuera de contexto.
El nombre del álbum surgió de una de las composiciones, pero enseguida Mayquel supo que funcionaba para el fonograma completo. Le gustó porque encerraba esa familiaridad que se alcanza cuando compartes la música con gente cercana. “Ha sido un producto como resultado de la amistad”, reconoce. Varios colegas con los que ha trabajado durante años, más algunos rostros nuevos, se sumaron a la conversación. Y esa atmósfera relajada, de descarga entre iguales, quedó atrapada en las cintas.
El disco está permeado por las influencias que cada músico aportó desde su propio bagaje: el jazz, la trova, la canción.
Lo contemporáneo aparece sin que nadie lo fuerce. No es un disco de vanguardia, aclara el trompetista. Sencillamente está permeado por las influencias que cada músico aportó desde su propio bagaje: el jazz, la trova, la canción. La producción musical corrió enteramente a su cargo, y también los arreglos de la mayoría de los temas. Para definir el orden final, ese siempre el momento más espinoso de cualquier creación, acudió al criterio de varios colegas. El resultado fluyó de manera espontánea y por mutuo acuerdo.
Cháchara se disfruta cuando se necesita. Sin horarios fijos, sin rituales impostados. Mayquel González no cree en el momento perfecto para escuchar música; cree en la necesidad. Y este disco, lleno de ritmos cubanos con carga fortísima, de trompeta virtuosa y de esa capacidad lúdica que le permite entrar y salir de temas conocidos para devolverlos como la primera vez, está listo para acompañar tanto una sobremesa entre amigos como una escucha atenta y solitaria. La parada queda alta. Esta “cháchara”, en efecto, dará mucho de qué hablar.

