“A mí no me importa la posición. Yo dejaría lo que tengo por el mando de cualquier fuerza que vaya a vanguardia”-

Henry Reeve

Ante Henry Reeve estamos en presencia de uno de los combatientes más singulares y admirados de la Guerra Grande. Su vida, plena de momentos de extremo peligro y su invariable amor a la independencia de Cuba le merecieron el reconocimiento de sus compañeros de armas y superiores.

Casi tan pronto como llegó a Cuba, en la expedición del vapor Perrit comandada por Thomas Jordan, de nacionalidad norteamericana, estuvo a punto de perder la vida. De aquellas primeras jornadas escribió el historiador Vidal Morales:

El 16 de mayo de 1869, en Mayarí, tuvo Jordan un encuentro con el coronel Mozo Viejo, derrotándole con grandes pérdidas. Poco después, al internarse en la Isla, dio el combate del Canalito (el 20 de junio) en el cual su ordenanza, el jovencito Henry Reeve, se batió con tanto denuedo, que Jordan entusiasmado exclamó: Den un rifle a ese muchacho, que es más valiente que Julio César.

En aquel propio mes de mayo, durante el asalto al campamento español La Cuaba, en Holguín, perdió el general Jordan a varios de sus hombres, tomados prisioneros. Entre ellos estaba Reeve; sin miramientos los españoles ordenaron la ejecución de los cautivos. Cuatro balazos recibió Reeve, mas ninguno fatal, por lo que pudo confundirse entre los cadáveres y vagar herido hasta encontrar a las tropas del brigadier Luis Figueredo, a cuyo abrigo se recuperó.

“Ante Henry Reeve estamos en presencia de uno de los combatientes más singulares y admirados de la Guerra Grande”.

De nuevo junto a Jordan, participó en el ataque a Las Tunas. Y a la renuncia de este jefe pasó a las tropas de caballería del mayor general Federico Cavada (el conocido General Candela); poco después combatió bajo el mando directo del general William O’Ryan, de nacionalidad canadiense, con quien permaneció hasta que dicho jefe fuera enviado en misión al exterior. Entonces entró a las órdenes del mayor general Ignacio Agramonte, al mando de las fuerzas camagüeyanas. Ya capitán, era El Inglesito para buena parte de la tropa, aunque siempre sería Enrique El Americano para El Mayor.

El 8 de octubre de 1871 tomó parte Reeve en uno de los episodios más espectaculares de todo el proceso independentista: el rescate del brigadier Julio Sanguily, tomado prisionero por los españoles. Allí estuvo, a la vanguardia de cuatro rifleros y dentro del grupo de los 35 valientes que ejecutaron la acción, cuyo éxito revitalizó la moral combativa de los mambises.

El 17 de diciembre de 1872 Agramonte hacía partícipe al presidente Carlos Manuel de Céspedes de las opiniones que siguen:

No extrañe el Gobierno que se sucedan casi sin interrupción las propuestas de este digno jefe para coronel y para brigadier. Necesito un segundo en Camagüey y desgraciadamente, entre los muchos jefes superiores que hay en el Departamento bajo mi mando, no encuentro uno que reúna las aptitudes indispensables que concurren en este jefe para secundarme. El comandante Reeve, con sus relevantes cualidades, se hace acreedor a toda mi confianza y creo mi deber prevenir al Gobierno de la República favorablemente hacia este joven extranjero.

Y es que, como escribió José Martí años después, “Agramonte miraba con especial estimación a H. Reeve”.

Presente también estuvo en la jornada triste de Jimaguayú el 11 de mayo de 1873, y a la caída de Agramonte, junto a Julio Sanguily asumió interinamente la conducción de los camagüeyanos hasta la llegada de Máximo Gómez, quien en su Diario de Campaña recoge las impresiones de su arribo a la jefatura del Departamento:

El seis (de julio de 1873), continúo hasta La Aurora, cuartel de caballería, donde fui recibido atentamente por este Cuerpo. Su jefe es el teniente coronel Enrique Reeve, muy digno de ocupar puesto más elevado; su valor a toda prueba, su infatigable constancia en el servicio de la causa le hacen un cumplido militar, que le adueñan de justa consideración y simpatías de sus superiores y subalternos. No hago otra cosa más que justicia al mérito. Tampoco hago mención de otras cualidades que posee.

“…como escribió José Martí años después, ‘Agramonte miraba con especial estimación a H. Reeve’”.

Después de la muerte de Agramonte le llegó a Reeve el nombramiento de coronel. El 28 de septiembre de 1873 fue herido de suma gravedad y en el parte de guerra correspondiente a esta fecha Gómez escribe: “Se debe hacer especial mención del coronel Henry Reeve, que se lanzó a caballo sobre la boca de un cañón”. A partir de aquella hombrada le quedó inutilizada para siempre la pierna derecha, por lo que en adelante llevará un aditamento metálico y además requerirá de un correaje especial para mantenerse firme sobre la cabalgadura.

Todavía convaleciente recibió la nueva del ascenso a general de brigada, y cuando Gómez pasó a Las Villas decidió dejarlo al frente del Camagüey. No obstante, el deseo de Reeve era seguir hacia el centro del país y una vez aceptado su propósito marchó para esa zona en noviembre de 1875. Lo hizo como jefe de la II División de Cienfuegos y Occidente. Sus operaciones, en el sur, tenían un objetivo: extender la guerra hacia Matanzas. El Inglesito llegaría hasta Santo Domingo, en la entonces jurisdicción de Colón.

En circunstancias difíciles para la Revolución, él es inmune al desaliento. Perseguido continuamente, quema ingenios y cañaverales y no cesa de hostigar al enemigo.

A inicios de agosto de 1876 regresó a la zona de la Ciénaga de Zapata, pero poco antes había sido herido levemente en una acción sostenida en las márgenes del Río Hanábana.

Avisado de la presencia de tropas españolas, en la mañana del 4 de agosto marchó con rumbo a la sabana de Yaguaramas. Lo acompañaban apenas 100 insurrectos, pues pensaba toparse con una guerrilla, pero tuvo en cambio que enfrentar a toda una columna. En situación comprometida para los suyos, ordenó retirada que él mismo cubrió con 15 hombres.

“En circunstancias difíciles para la Revolución, él es inmune al desaliento…”

Fue entonces que recibió dos heridas de bala: una en el pecho y otra en la ingle. Ante la inminencia de caer prisionero, muerto ya su caballo e imposibilitado de andar por sí mismo, llevó el revólver a su sien y disparó.

Trayectoria épica de tal magnitud —que hemos tratado de resumir y aun así resulta impresionante— la desarrolló Henry Reeve en siete años y tres meses de servicios en las huestes libertadoras, con participación en alrededor de 400 acciones de guerra y herido en diez de ellas. Vivió 26 años.

Había nacido en Brooklyn Nueva York, el 4 de abril de 1850 y antes de embarcar para Cuba sirvió como tambor en las filas del Ejército del Norte durante los tiempos postreros de la Guerra de Secesión en Estados Unidos.

La muerte de Reeve fue extraordinariamente sentida en el campo insurrecto. En la declaración emitida por el gobierno, firmada por Ramón Roa como secretario de Relaciones Exteriores de la República en Armas, se le cita como “digno discípulo de Ignacio Agramonte”.

¡Honor y gloria eterna a su memoria!