Una de las voces más constantes de la poesía cubana contemporánea es la de Caridad Atencio  (La Habana, 1963). Desde que en 1995 apareciera su libro  Los poemas desnudos [1] su creación ha sido de un constante fluir. Su poesía se caracteriza por un discurso ya desentendido de construcciones coloquiales, la enunciación cortada, a veces hosca, a veces reciamente experimental y una sensibilidad enclavada en lo personal (la familia, ella misma, su escritura), cualidades que adquieren diversidad dentro del concepto de la poesía reunida en estos rasgos que la identifican.

Hago la lectura de este nuevo poemario de Caridad Atencio con una tristeza que, inmensa, me embarga. Diferente de la que se instaló en mi lectura de Historia de un abrazo (2019) al descubrir cómo la realidad se deshace o renace en lo ordinario de una cotidianidad que uno conoce bien. Un escrutinio en lo profundo de la realidad que encarna en el verso como un puñal que desangra. La familia, la propia Atencio, la patria, ocupan, habitan, transitan estos versos de principio a fin y uno se queda con la incertidumbre: ¿hasta dónde realidad, hasta dónde ficción? No sé, a veces no puedo discernir los límites.

La familia ha sido siempre una presencia viva en la obra de Atencio. En sus poemarios son frecuentes tópicos comunes en la escritura de mujeres como la maternidad, el cuerpo, la relación con la escritura. En Mi padre no pensaba en la muerte, la familia retoma su protagonismo esencial que desde la perspectiva individual se asume como trayecto en relación con otras partes: Caridad y la familia (Caridad sujeto poético; se entiende, ¿no?), Caridad y la patria, Caridad versus Caridad…

“Hago la lectura de este nuevo poemario de Caridad Atencio con una tristeza que, inmensa, me embarga.(…)”.

Cada miembro familiar tiene su espacio de representación como detalle dentro de un descarnado retrato de la realidad y, dentro de éste, la figura del padre posee una dimensión colosal, contradictoria, visceral, presente ya en otros de sus poemarios. Ya decía Charo Guerra que:

Las atmósferas que, desde mi punto de vista, pedían seguir siendo contadas en El libro de los sentidos, creo que han continuado latiendo en su experiencia poética y acuden a Historia de un abrazo filtradas, gracias a ese perfil labrado a base de amarguras y fidelidades desgarradoras, por más exactas, truncas y contenidas que ellas puedan ser. [2]

“A mi padre no le gustaba que lo peinara. Decía: no me gusta que me toquen la cabeza” se argumenta en El libro de los sentidos; “Aunque/ no hubiera condiciones/ para sembrarla/ mi padre/ siempre estaba /guardando una semilla”, después en Historia de un abrazo; “Y yo vivía en lo tierno de la mirada de mi padre”, declara en El camino a casa.

Cada miembro de su familia cuenta con un espacio representativo a modo de homenaje

No es extraño que en Mi padre no creía en la muerte la figura paterna padre sea fundamental como retrato de cuerpo entero tras la imagen:  

Mi padre

no pensaba en la muerte.

El trabajo

era el centro de su vida.

Cuando estaba en edad,

era su rey.

Después encontró un asidero:

hacer jardines.

Nada importaba,

ni el dinero, ni el esfuerzo,

solo que subiera su labor

como una imagen perfecta

de lo que nace

y florece,

de lo que veíamos

desde lejos

y era nuestro,

y nos impresionaba.

La historia del padre que nos retrata el libro es la de cualquier cubano que en 1959 asistió al cambio de paradigma histórico, político y social al que miles de cubanos se unieron entonces de modo participativo. Es la historia de miles que asumieron el proyecto revolucionario con la epicidad de lo cotidiano, pero que aquí adquiere connotaciones especiales en tanto la belleza de la mirada está en el sujeto específico que retrata, en nada parecido a otros. La memoria aquí adquiere grandes dimensiones, pues el sujeto lírico, tan cercano a la creadora hace el recuento de la figura:

iba a nacer

y mi padre

estaba en la zafra.

Años después decía

que alguien

en el campamento

no lo dejó venir.

Cortaba más caña

que los jóvenes,

y le pusieron «Hierro»

No se trata de enaltecer la figura o el recuerdo del padre. Se trata de ser fiel a todo aquello que lo hace más humano y creíble: los olvidos de fechas señaladas, los abandonos, el autoritarismo; pero también la vocación de sostén de la familia, la ternura de ciertas conductas, su fe en los cambios que se iban produciendo en la sociedad cubana simbolizados en la bandera en la ventana los días de fechas históricas. La mirada sobre el sujeto poético no parece un reclamo, sino más bien una aceptada devoción.  

a veces no sabía

hasta dónde llegaba

su fragilidad

toda la vida

trabajando

para nosotros.

La imperfección no disminuye el amor.

Eres mi gran recuerdo

con el árbol limpiamente

relatado,

cuando miro

hacia atrás

Por momentos, el libro se me antoja un gran cuadro en el que cada uno de los poemas funciona como un detalle; el padre al centro o tal vez esquinado en superior, irradiando sobre los detalles: la madre, los hijos, la nieta. Padre y madre se contraponen en el conjunto, se vienen contraponiendo desde otros de los libros de Atencio.  A la dureza del padre se antepone la dulzura de la madre, figura que retrata cierta mujer cubana y universal para quien el matrimonio es una especie de carrera, la carrera, cuya meta es ganada con amor, humildad, comprensión, paciencia…:

Mi padre

a veces

olvidaba

las fechas memorables:

cumpleaños,

días de los Enamorados,

pero siempre

mi madre

le tenía

un regalo,

aunque fuera

un humilde flan

que hacía

o me encargaba.

La dulzura de la madre contrasta con la dureza del padre, cada uno horcón familiar. Pilares con los cuales la familia complementa y fortalece sus bases. Está en el sustrato más profundo del texto. Claro que todo poeta expresa sus vivencias, pero cada poeta lo expresa de manera distinta y ahí radica su distinción o calidad literaria, la forma en que cada cual se coloca dentro del conjunto de sus contemporáneos, la forma en que trascienden el contexto histórico literario que los circunda, eso que ha sido llamado canon.

“Con cambios más o menos visibles en los recursos que emplea, el proceso de enunciación del libro es concebido con todos los ingredientes que se involucran en cualquier escritura, incluso poética.(…)”.

Con cambios más o menos visibles en los recursos que emplea, el proceso de enunciación del libro es concebido con todos los ingredientes que se involucran en cualquier escritura, incluso poética: la descripción, la narración, cierto tono reflexivo que se intercala hábilmente con saltos que parecen no programados, discurso groseramente fragmentado en la disposición de las ideas, en donde la emoción eleva las pequeñas cosas de la vida cotidiana al campo de lo trascendental.

Poema-crónica, relato, o a ratos, autobiografía, Mi padre no creía en la muerte se adentra en lo íntimo del sujeto poético que aquí es visiblemente autorreferencial, personal e intransferible a otra experiencia de vida que no sea, estrictamente, la de la propia autora.


Notas:

[1] Ediciones Mucuglifo, Mérida, Venezuela (1995); Reina del Mar Editores, Cienfuegos, (1997); Editorial Letras Cubanas (2014).

[2] Palabras de presentación en el Sábado del libro, 26 de junio de 2011 y publicadas en La Letra del Escriba, La Habana, septiembre, nro. 99, 2011.