La historia del Arte sobrevive gracias a un entramado de géneros, tipologías, nomenclaturas y clasificaciones que nos llegan desde siglos atrás en libros, anuarios, folletos y enciclopedias hermosamente ilustradas, a los que se añadieron luego textos especializados que continúan publicándose, aunque ya cada vez menos dada la incertidumbre y los sobresaltos que ocasiona día tras día el arte contemporáneo entre expertos y públicos diversos en cualquier latitud del mundo (a los que añadiría hoy la incansable y temeraria inteligencia artificial). En realidad no es para menos si estamos atentos a exhibiciones individuales, bienales, salones, ferias, diferente a lo que sucede en prestigiosas casas de subastas empeñadas en reclamar la ortodoxia y magnificencia de lo que siempre se ha considerado Arte.

Después del fenómeno ismos en la primera mitad del siglo XX, y el humor de Marcel Duchamp para analizar y observar la creación desde perspectivas inéditas, hoy es casi imposible ubicar propuestas artísticas y trayectorias en alguna esfera del pensamiento crítico. No tenemos los suficientes instrumentos teóricos ni tiempo ni sensibilidades suficientemente entrenadas para enfrentar ciertos aspectos del infinito territorio estético que emerge y se desarrolla en culturas y sociedades del mundo.

¿Cómo valorar, pues, las obras de Jesús Lara Sotelo cuando recurre a tantos elementos constitutivos del orden y el desorden creador desde sus orígenes en la penumbra silenciosa de cuevas milenarias hasta el cubo blanco de galerías y museos de arte moderno y contemporáneo? ¿Retablos a estas alturas del siglo XXI? ¿Esculturas? ¿Apropiaciones de tendencias y corrientes apenas existentes? ¿Pigmentos, pan de oro, madera tallada y patinada, incisiones, ensamblajes, a estas alturas del partido? ¿Atrevido el artista, o no?

¿Cómo valorar, pues, las obras de Jesús Lara Sotelo cuando recurre a tantos elementos constitutivos del orden y el desorden creador desde sus orígenes en la penumbra silenciosa de cuevas milenarias hasta el cubo blanco de galerías y museos de arte moderno y contemporáneo?

“De todo como en botica”, se decía tiempos atrás para reconocer la amalgama surgida de aglomeraciones espirituales y un uso evidente de objetos materiales disímiles. Así, y más, se compone el conjunto de obras que Lara Sotelo expone en uno de los legitimados templos de la cultura local y universal: la biblioteca, considerada, como se sabe, por Jorge Luis Borges, el mismísimo universo. ¿Qué mejor espacio que este donde se hospedan en papel, fichas fílmicas y digitales, casi todos los saberes y conocimientos producidos por el hombre?

Pero si difícil es comprender el significado de ciertas obras suyas, lo es más descubrir tantos mecanismos psicológicos y sociales que emplea este artista para construir un repertorio de lenguajes y formas diferentes a partir del cúmulo de informaciones adquiridas a lo largo de su educación. Sin regla alguna, sin una fija, sin una transparente procedencia contextual, cada obra remite a imprecisos esoterismos y formulaciones que le llegan desde lo más profundo de su pensamiento estético, no solo visualmente sino también sonoro. Porque sus dotes se nutren de la música en esas composiciones suyas tal vez enmarcadas en épocas colindantes con la polifonía, el contrapunto y fugas barrocas europeas e hispanoamericanas de los siglos XVI y XVII, bajo el enigmático e inquietante título El cielo tiene sótanos (por cierto, como dato más que curioso, ya ha producido 15 álbumes).

¿Cuántos siglos de cultura habitan en su mente y sensibilidad cuando al mismo tiempo la abstracción, el cubismo y el surrealismo lo sorprenden en su experiencia creadora? ¿Y qué decir de esas reminiscencias del constructivismo ruso y de ecos primigenios de la Bauhaus, casi todos conviviendo a partir de aquella época de esplendor artístico que fueron los primeros 30 años del siglo XX?

“Katmandú: Geometría de los umbrales” (2025). Madera pintada y patinada, fibras vegetales,
tela y ensamblaje sobre estructura de madera de cuatro puertas. 245 x 130 cm

Los críticos debemos “hacer de tripas corazón” ―siguiendo la interminable y sabia línea del refranero popular― para acercarnos a él y sus obras. Más que una escuela en sí mismo, como apostilló Antón Arrufat un día, Lara Sotelo son todas las escuelas juntas y revueltas… y a ellas se abraza en franca familiaridad y convivencia, como puede observarse en una fotografía personal para no sentir dudas al respecto.

Su uso del color se contiene en formas geométricas y relieves adheridos, sin derrames inocentes o intencionados, lo cual refuerza su idea de actuar con cautela ante quienes notan una posible admiración por la historia del arte universal y cubano.

En los títulos de cada obra esparce también su determinación a continuar la senda de la literatura abierta en poemarios publicados y en aforismos que un día verán la luz por su carga ingeniosa y filosófica. Resulta así, por tanto, una tetralogía creativa: artes visuales, música, poesía y breves reflexiones verbales (desde Lao Tsé, Confucio, Séneca… hasta Gracián, Jodorowski). Más que una multidisciplinariedad estoy hablando de una multiculturalidad proveniente de variadas fuentes de saberes que Lara Sotelo integra en un corpus sensible, idealista, surreal, concreto y matérico a la vez.

Sus obras pesan, pues aparecen cargadas de herencias y tradiciones de siglos y de una delicada absorción espiritual de experiencias de otros países, las cuales suma sin descanso en esa carrera inusual por convertirlas en obras plásticas, literarias, musicales. Su estirpe renacentista (más que barroca) provoca en él destellos de pluralidad poco comunes en el arte cubano contemporáneo.

“Tres lunas para una habitación” (2025). Madera patinada y pintada, incisiones geométricas, acrílico sobre madera. 130 × 245 cm

Los títulos de sus obras de la tan dicha raigambre, dichas ascendencias filtradas por el tiempo. Así las expresa en “Katmandú”, “Lo que no se quedó en el cuerpo”, “Alfabeto fósil”, “Anatomía del borde”, “Arqueología de una luna imposible”, “El Dios horizontal”, “Tres lunas para una habitación”, “Diente de león”, “Geometría de la piel perdida”, entre otros, que repasando con atención advertiríamos quizás una profunda y lejana conexión con modulaciones poéticas de escritores cubanos, entre ellos José Lezama Lima. No le otorga apasionadamente al título esa importancia que la posmodernidad hizo, y hace, en la obra de artistas emergentes, donde, por lo general, resultan a ratos más atractivos que sus obras aunque resulten ideales para seducir a inquietos críticos y curadores, a directores de museos y coleccionistas entretenidos. La historia del arte ha reconocido con simplicidad la obra, claro está, antes que el título, pero no está de más la sencillez incuestionable de “La Victoria de Samotracia”, “La Venus de Milo”, “La última cena”, “El entierro del Conde de Orgaz”, “La maja desnuda”, “Los comedores de patatas”, “Noche estrellada”, “Guardia nocturna”, “Guernica”, “La Jungla”, “El gran vidrio”, “El rapto de las mulatas”, “Gitana tropical”, etcétera, para saber de inmediato su autoría en cualquier idioma y contexto.

Como suerte de investidura, extraña y misteriosa, se torna el título de la exposición: Axiomática Lara, quizás anunciadora de caminos inéditos y de resonancias metafísicas, contrastable con la certeza de cualquier axioma tradicional. Pero nada hay de principio incuestionable ni verdades evidentes. Ninguna de sus obras tiene que ser aceptada en su totalidad o parcialidad ni constituirse en consumación visual, única, inalterable. Pienso que todas apelan a demostrarnos una operatoria artística abierta a especulaciones y a cierta polisemia apoyada en su experiencia vital… y la nuestra.

Es que un impulso experimental lo corroe, al delatar así esa naturaleza humana asistida por investigaciones que no terminan en una revelación formal sino en vías sin destino definido, fijo. Se lanza hacia lo desconocido, por un lado, y a lo supuesto por otro ya que conoce el suelo que pisa: es el territorio de lo innombrable, ese jardín borgiano de senderos que se bifurcan pues tanta experimentación conlleva, si es asumida con inteligencia, a lo inefable, lo inédito, a cambio de una total libertad imaginativa.

¿A qué responde esa actitud suya cercana a los surrealistas de principios del siglo XX? A un afán conjetural, inasible, librepensador, sin preocupaciones mercantiles que impidan el sueño reparador cada noche. Lara Sotelo no sufre los altibajos y ansiedades del mercado del arte. Ha sabido construir su propio espacio ajeno a otras trayectorias desesperadas por abrirse paso en ese mundo donde el dinero nos emplaza día a día a encontrar y viajar por sus rutas y andares creyéndonos seguros y felices. Prefiere la soledad del corredor de fondo, la libertad de construir un territorio independiente, autónomo, inesperado y hasta anonadado por sus extrañas dimensiones.

“¿Cómo explicar tantas obras diferentes, realizadas por este creador de poco hablar que deja en nosotros un libre albedrío de signos, significados e interpretaciones?”, reflexiona Herrera Ysla en las palabras de inauguración de la muestra de Lara Sotelo.

Obras de 2008 y recientes pueblan esta exposición en un escenario arquitectónico, ya consagrado por tantos creadores importantes, con una historia singular en la geografía del arte cubano a pesar de las tantas opacidades y sombras que nos rodean, la poca luz que irradia hoy nuestro paisaje urbano, individual y comunitario.

En medio de todo, arriba y abajo, de lado, de frente y luchando contra adversidades a simple vista, Lara Sotelo amasa unos metros de tela, los cubre de acrílicos y óleos, los empasta para impedir que salgan por sus bordes y no parezcan pinturas sino objetos; o clava maderas que adormece con bisagras a la manera medieval y luego los llama retablos donde pueda esconder, si es necesario, sus ideas de cualquier mal de ojo público. Nos los abre como si no pasara nada, mostrando solo una parte de ellos para encender así nuestra imaginación y no creamos que todo lo sabemos del arte y de la vida. Retablos en el año 2026, díganme ustedes.

¿Cómo explicar tantas obras diferentes, realizadas por este creador de poco hablar que deja en nosotros un libre albedrío de signos, significados e interpretaciones? Me hace recordar esas noches de concierto de orquestas sinfónicas y filarmónicas en tantos sitios del planeta, interpretando obras de Mozart, Lizst, Mussorgsky, Mahler, Satie, Stravinsky, Bernstein, para satisfacer la rica pluralidad de sonidos e imágenes en unos y otros auditorios.

Lara Sotelo, ahora, hace distinciones formales en dos y tres dimensiones, por supuesto, pero en el fondo de esos “sótanos” del Cielo que él habita, (y por los que muchos, quizás, debiéramos transitar, se integran para ofrecernos un discurso orquestado desde las profundidades del alma y el espíritu de quien es depositario de sensibilidades que sobrevuelan libremente el espacio histórico, geográfico e intelectual al que estamos sometidos.

“Su estirpe renacentista (más que barroca) provoca en él destellos de pluralidad poco comunes en el arte cubano contemporáneo”.

Bordeando los campos de la abstracción y de una figuración asaz geométrica, remonta sin importarle los ruidos del día y el silencio implacable de noches lejanas que persigue sin descanso, a sabiendas que no llegará a sitio alguno sino a lo innombrable: esa fiesta que Lezama Lima sugirió en un hermoso poema.

Eso es este conjunto de obras, una fiesta emocional y matérica… porque él viene de todas partes y hacia todas partes va, parafraseando a José Martí en su diario vivir.