Hay pobres que se creen ricos apenas ascienden un escaño en la solvencia económica. Muchos de ellos lo primero que hacen es tomar distancia del grupo humano del que provienen. Miran por sobre el hombro, reniegan de las costumbres, los credos, los paisajes entrañables, los sueños de equidad. Valdría la pena un estudio antropológico sobre la capacidad de mutación psicológica asociada a los bolsillos.
Una parte apreciable de este estrato se corporiza en los llamados “nuevos ricos”. Se dan en todos los sistemas sociales, incluido el nuestro. Con preocupación y no poco desconcierto los vemos aflorar en nuestro entorno ―cada vez con más fuerza― tras la liberalización de un altísimo por ciento de las actividades económicas. Solo que el origen los traiciona, pues su oralidad remeda lastimosamente la del mercader. Una buena parte no debe su prosperidad a competencias profesionales ni a ganancias culturales sino a coyunturas que pusieron en sus manos un capital fortuito gracias al cual pudieron sacar la nariz un poco por encima de la línea de flotación.
“(…) El nuevo rico, cuyo antecedente más cercano es la pobreza (a veces la miseria), tiene muchas papeletas para generar una descendencia descomprometida con los proyectos sociales (…)”.
Existen varios clones de nuevos ricos en Cuba: está el que fomentó su capital en el extranjero (o con fondos llegados de allá) y trae en su cabeza un modelo de prosperidad mimético y reproductivo de prácticas de consumo y costumbres de aquel otro mundo; hasta el concepto de propaganda comercial que activan los pone en evidencia por el consabido mal gusto e imitación de fórmulas y parafernalias rechinantes. La plusvalía es su dios.
Tenemos también al profesional que migró de su actividad especializada hacia oficios elementales, mayoritariamente gastronómicos, a veces de industria ligera, en ocasiones agrícolas o de servicios pedestres y acaban ganando cantidades que rebasan con creces al más alto salario que hubieran podido pagarles por el ejercicio de sus profesiones. Cuando solo son empleados no se comportan con la altanería del nuevo rico; la cultura hace lo suyo. Si son dueños, otro gallo canta.
No deseo pormenorizar, pero no me permito omitir a quienes han fomentado sus arcas de una manera no tan noble, donde hasta el lavado de dinero, o la corrupción, podrían estar presentes. El nuevo rico, cuyo antecedente más cercano es la pobreza (a veces la miseria), tiene muchas papeletas para generar una descendencia descomprometida con los proyectos sociales. En número no despreciable estos vástagos acusan una falta de empatía pregonada a viva voz, se manifiestan presuntuosos, soberbios, ostentadores y ―lo peor― se suman a un discurso devaluador de los ideales de justicia social por los cuales luchamos la mayoría enfrentando adversidades y privaciones crudísimas. Asustan al futuro, desacreditan al que sueña porque trabaja con pautas altruistas tras una plenitud de igualdad y justicia.

El nuevo rico cubano en una medida atendible se considera por encima de la ley y goza de una relativa impunidad, aunque no toda la culpa es suya, pues se ampara en un fenómeno de naturaleza creciente en nuestro país: la proliferación de leyes y regulaciones que no cuentan con una estructura eficiente capaz de garantizar su cumplimiento. Lo frecuente y sistemático de las violaciones contrasta amargamente con la ineficaz intervención supervisora y sus correspondientes medidas correctivas.
Entre los más dolorosos ejemplos de este asunto están los relacionados con el comercio electrónico, cuya trabajosa operatividad involucra al nuevo rico mipymero, que se niega a recibirles transferencias a trabajadores o jubilados retribuidos de manera virtual, o simplemente las desvía hacia su cuenta personal con el claro propósito de evadir obligaciones tributarias. Se suma a esta cadena maléfica el banco (junto con Etecsa), que no logra un funcionamiento eficiente de las plataformas de pago, además de operar con muy poco efectivo.
“(…) sabemos de ejemplos de ofertas altruistas de empresarios y actores económicos con las cuales benefician a cierta cantidad de personas en situación de vulnerabilidad alimentaria y de otras naturalezas. Hacen honor al principio martiano de compartir suerte con los pobres. Merecen el abrazo y el reconocimiento”.
El que tiene mucho y el que no tiene nada o, que lo poco que tiene vive preso en un teléfono celular, marcan con fuertes y elementales trazos una división clasista nunca deseada por ningún dirigente ni ciudadano común de este justiciero país. Si la empatía que hemos cultivado como nación internacionalista fuera practicada consecuentemente, hacia adentro, por quienes tienen una posición ventajosa no enfrentaríamos de manera tan trágica la vuelta al egoísmo individualista que gana terreno cada día en nuestra dinámica social.
Somos un pueblo que ostentamos con orgullo el principio de que nuestra solidaridad no se basa en obsequiar lo que nos sobra sino en compartir lo, casi siempre poco, que tenemos. Pese a lo dicho párrafos atrás, sabemos de ejemplos de ofertas altruistas de empresarios y actores económicos con las cuales benefician a cierta cantidad de personas en situación de vulnerabilidad alimentaria y de otras naturalezas. Hacen honor al principio martiano de compartir suerte con los pobres. Merecen el abrazo y el reconocimiento.
En su libro Canciones para soldados y sones para turistas nuestro poeta nacional borra con mano sabia, y apelando al origen común, diferencias entre el soldado de aquellos días y el ciudadano de a pie. Su estrofa final, traída a nuestra actualidad pese a la diferencia en los contextos, pudiera funcionar como nuevo llamado a la hermandad que con amor y sacrificio hemos cultivado: Ya nos veremos yo y tú, juntos en la misma calle, hombro con hombro, tú y yo. [1]
Referencia
[1] Nicolás Guillén: “No sé por qué piensa tú”, Cantos para soldados y sones para turistas, en Nicolás Guillén, Obra poética 1920-1958 Tomo I, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972, p. 176.

