La vida que no se vive es la que dejamos pasar sin perseguir nuestros sueños. O la que nos obligan a vivir en función de los intereses de otros. Esto último es lo más común porque los que escriben el guion son los dueños del teatro, de toda la parafernalia técnica, del alma de los artistas y de lo que nuestra inteligencia y esfuerzo producen. Y hay cada día menos escenarios alternativos.
Lo peor es que muchas veces quienes viven esa vida prestada por los objetos que adquieren, acaban convencidos, panglosianamente, de que es la mejor de las vidas posibles. La cultura, correctora de asimetrías por naturaleza, nos sitúa frente a otras perspectivas donde la plenitud se deriva de realizaciones más íntimas. En ese espacio trabajamos los revolucionarios, que no por establecer esa prioridad negamos las horas felices que propicia el confort.
“La división de la sociedad en clases logró estructurar compartimentos donde unos pocos (…) nutren su espíritu tras satisfacer todas las necesidades a la par que mantienen en la precariedad ansiosa por lograr el mínimo confort a la gran mayoría de la especie”.
Unamuno lo dijo “La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura”, pero ya antes Martí había relacionado ambos conceptos. Solo desde las realizaciones que el espíritu concreta en cada uno de nosotros, los objetos pasan de ser amos a servidores: su disfrute discurre sin usurparle territorios a la conciencia para permitir que germinen las mal llamadas utopías y las convicciones.
No sé cómo algunas personas formadas en los más estrictos patrones científicos y humanistas se dejan contaminar por el fetichismo cada día más sofisticado que las industrias del ocio y el glamour lanzan constantemente a la atmósfera social. Sus pautas de ligereza acaban apropiándose del sentido de la vida por encima de las conquistas alcanzadas a costa de nutrir el ser con las grandezas que aporta la sabiduría. La alienación es un proceso creciente desde que el hombre sobrepasó los límites de lo necesario para vivir y emprendió su carrera en pos de lo suntuario.
“Todas las guerras y revoluciones que hemos conocido tienen su origen en la posesión de las riquezas: unos por atesorarlas, otros por distribuirlas más justamente. En ese último sustrato nos hallamos los que luchamos por el socialismo”.
La división de la sociedad en clases logró estructurar compartimentos donde unos pocos, con la mayor acumulación de confort que se haya conocido, nutren su espíritu tras satisfacer todas las necesidades a la par que mantienen en la precariedad ansiosa por lograr el mínimo confort a la gran mayoría de la especie. Todas las guerras y revoluciones que hemos conocido tienen su origen en la posesión de las riquezas: unos por atesorarlas, otros por distribuirlas más justamente. En ese último sustrato nos hallamos los que luchamos por el socialismo.
En el propio origen del dilema se localiza el núcleo de su destrucción. El creciente abismo entre los que lo tienen todo y los que carecen de lo más mínimo hace insostenible la prevalencia del estatus, que solo con programas extremadamente violentos pueden apuntalar. El resurgimiento del fascismo en la filosofía imperial nos avisa que andamos ya por esos márgenes.
Entre los mejores aliados de esos poderes destructivos se encuentran los medios informativos, otrora de libre opinión y hoy defensores, con mentiras y medias verdades, de los principios que legitiman las diferencias por razón de la posesión de riquezas. No podía ser de otra forma, pues son en su mayoría propiedad de esos mismos poderosos. Otro tanto, incluso incrementado, ocurre con las redes sociales, que han demostrado cómo hasta la democracia representativa derivó también en mercancía.
“La vida que no vivimos es también la que se esfuma en la ostentación de quienes nos roban cada día la cordura y lo esencial para que esta suceda”.
No hay principio humanista que los grandes capitales no hayan secuestrado, reformulado, reevaluado y puesto al servicio de sus intereses. Poseen el termómetro y la balanza: los principios adquieren el valor que ellos les reasignan. Un buen ejemplo es cómo el concepto de justicia social es tratado como si fuera una doctrina demodé, cuando todos sabemos que es la única base real para que la humanidad sobreviva a los consumos irracionales y la degradación del planeta.
La vida que no vivimos es también la que se esfuma en la ostentación de quienes nos roban cada día la cordura y lo esencial para que esta suceda. La esquizofrenia guerrerista, aunque ocurra lejos en el mapa, forma parte también de esa vida que a los cubanos nos roban con el bloqueo a todo lo que nos pudiera salvar. Todos los seres humanos somos una sola vida. La muerte violenta de cada persona es la muerte de todos.
Sabemos que hay una vida digna aún posible. Por ella no dejaremos de luchar, hasta que suceda, más allá de la nuestra quizás. No vamos a cancelar la grandeza humana contenida en los adelantos científico-tecnológicos porque confiamos en que, gracias a ellos precisamente, unidos al desarrollo de una conciencia más altruista, podremos superar lo turbio de estos días.

