Perdidos en el tiempo
La teoría del fluir de la historia como una espiral ascendente se ha hecho obsoleta. Recordemos que su planteamiento consiste en que las distintas formaciones trazan una secuencia de anillos que se superponen repitiendo cada uno el recorrido de los anteriores, pero siempre con nueva amplitud. Cuando las similitudes son múltiples, gracias a los nuevos matices, se le añade el prefijo “neo”.
Durante un tiempo esa terminología funcionó a la perfección para que las ciencias sociales organizaran sus líneas de análisis histórico: el término “neocolonia” ―muy útil a las filosofías emancipadoras― tiene notables semejanzas y diferencias con el de “colonia”, al que sustituyó con legitimidad semántica para dar paso al de “república”, con el aditivo de que la mayoría de ellas ganaron rápidamente el apellido de “neocolonial”: cero metrópoli, bandera, himno, Constitución, Gobierno y Ejército propios, pero la misma sujeción, por lo general económica (y por tanto política), a una nueva potencia.
“(…) como le escuché decir recientemente al filósofo argentino Néstor Koan, lo que practican los tigres de Israel con Gaza y los del movimiento MAGA y sus adláteres con aliados y opositores, es fascismo puro y duro (…)”.
En los días que corren, el prefijo neo también ha perdido valor identificativo para estos procesos. Miremos solo el resurgir del fascismo: nada lo diferencia de la vieja teoría del pueblo elegido para dominar el mundo: desprecio racial, ningún prurito ante el genocidio, validez de una condición subhumana atribuida a los considerados pueblos inferiores, megalomanía y crueldad al amparo de los poderíos militar y económico.
No creo que al fascismo resucitado de la actualidad le acomode la etiqueta de neofascismo. No veo casi ninguna diferencia entre los fundamentos esenciales del fascismo de hace más de ochenta años con el que comúnmente llaman neofascismo, pues como le escuché decir recientemente al filósofo argentino Néstor Koan, lo que practican los tigres de Israel con Gaza y los del movimiento MAGA y sus adláteres con aliados y opositores, es fascismo puro y duro: la geofagia que impulsa a los primeros a despojar al pueblo palestino de sus enclaves, aun a costa del linchamiento, así como la del que se proclama con autoridad para adjudicarse territorios soberanos como Groenlandia y Canadá, es prácticamente un calco de la guerra iniciada por Hitler para anexarse toda Europa y, sobre todo, pulverizar la Unión Soviética. El comunismo, demonio resucitado y combatido con más saña que lo que lo fue en los años de la guerra fría, simboliza el mal absoluto.

La quiebra de la diplomacia, del multilateralismo, de las normas de convivencia universal, unido todo a la rapiña en pos de los cada vez más preciados recursos (por agotamiento) del planeta son rasgos distintivos de aquellos muchachones y los halcones de las nuevas cruzadas. Las bajas civiles de las guerras imperiales, clasificadas ―tal si fueran objetos― como daños colaterales, el irrespeto por el derecho internacional, la construcción, con nuevas y más poderosas herramientas, de falsas verdades a partir de mentiras repetidas y silenciamiento de las verdades verdaderas les sirven a los agresores, pues la coincidencia en los fines borra las pequeñas diferencias en los medios usados para su obtención.
Quieren perdernos en el tiempo, borrar siglos de democracia, gestas libertarias, desarrollo de las ideas y retrotraernos a la convivencia cavernaria del poderoso deshumanizando al resto de los ciudadanos, que somos mayoría. Los caminos de la renca democracia representativa dejaron de ser funcionales para que los pueblos revindiquen sus derechos; el dinero corrompió las urnas, lo mismo financiando campañas que desconociendo resultados adversos.
La tesis guevarista de la lucha armada, si bien en determinado momento perdió valor de uso, sí ha venido a confirmar que solo aquellos países que llamamos socialistas y alcanzaron el poder a través de las armas, mantienen la esperanza de un mundo mejor posible, unos con más éxito que otros, pero todos con la posibilidad de la justicia social viva. El socialismo alcanzado por vía de elecciones resulta precario y vulnerable a las embestidas de una ultraderecha de arsenales mediáticos fortalecidos por insuficiencias de esa izquierda para superar las descomunales asimetrías heredadas del colonialismo y su sucedáneo neocolonial. Duelen los ejemplos de varios países de Nuestra América donde esa experiencia no ha alcanzado permanencia y plenitud funcional.
“Los caminos de la renca democracia representativa dejaron de ser funcionales para que los pueblos revindiquen sus derechos; el dinero corrompió las urnas (…)”.
La estrategia de la mente tomada por mensajes que generan, con lenguaje persuasivo y a la vez autoritario, voceros capaces de enfocar, únicamente y de manera sesgada, lo que valida sus éxitos junto a los fracasos de quienes los adversan, traza una atractiva ruta de regreso a pasados supuestamente gloriosos para concluir con el resultado de miles y millones de personas perdidas en un tiempo que nunca fue de gloria para los más. Ahí está una de las posibles respuestas de por qué esos pueblos han llegado a elegir gobernantes de la calaña de Javier Milei, Jair Bolsonaro, Abelardo de la Espriella, Daniel Novoa, Keiko Fujimori, Rodrigo Paz y otros que van, abiertamente, contra sus intereses de clase.
Cuba vive con plena conciencia su presente de angustias y carencias, pero no anda perdida tras un ayer de abusos y desigualdades perfectamente registrados por la historia. Perseguimos un mañana totalmente distinto y pleno. Por él se trabaja con inteligencia y convicción. Alcanzarlo es posible.

