Leoncio Prado y el secuestro del vapor Moctezuma
Hace 150 años esta fue una de las acciones más audaces de la Guerra de los Diez Años: Leoncio Prado y el secuestro del vapor Moctezuma
La tarde del 7 de noviembre de 1876 depara un susto grande para los viajeros del vapor Moctezuma, de bandera española. Ese día, en Puerto Plata, Santo Domingo, han subido once nuevos pasajeros que se distribuyen a bordo según las órdenes de un oficial de la Marina peruana nombrado Leoncio Prado.
A la mesa ya están sentados el capitán Leonardo Cacho, la oficialidad y algunos pasajeros de buena posición. Doce comensales en total, de modo que Prado considera llegado el momento y junto a su compañero Domingo Vélez irrumpe en el comedor al tiempo que advierte: “Capitán Cacho, en nombre de la República de Cuba le hago a usted mi prisionero, y tomo posesión de este buque”.
A la sorpresa inicial sucede la reacción de varios de los apresados. Se combate cuerpo a cuerpo y se escuchan detonaciones, pero al final Prado y sus hombres asumen el control del navío. El joven marino ordena sustituir las planchas donde aparece el nombre del barco. En adelante se llamará Céspedes y surcará los mares, el primero en representación de Cuba Libre.
Redacta un manifiesto dirigido a la emigración cubana en uno de cuyos pasajes resume su patriótico credo: “Las repúblicas hermanas no olvidarán que una misma es nuestra sangre, que una es nuestra causa, el mismo nuestro hermoso porvenir”. 9 de noviembre de 1876.

La nave enrumba hacia Haití, desembarca a los pasajeros y prosigue la navegación.
El acto temerario de Leoncio Prado irrita y preocupa a las autoridades españolas. La presencia del Céspedes es un reto para ellas. Son varios los buques destacados para darle alcance y apresarlo. Ofrecen un buen botín para quien dé informaciones conducentes a la captura del barco corsario y de su capitán.
La lucha es muy desigual para prolongarse por largo tiempo. En la mañana del 4 de enero de 1877, previamente delatada la posición del Céspedes frente a las costas centroamericanas, Leoncio Prado decide su destino y el de sus hombres: ordena quemar el barco y en pequeños botes alcanzan la costa desconocida, donde habrán de vivir otra aventura, esta vez la de la supervivencia sin alimentos, en pugna con la naturaleza virgen y sin rumbo.
Antes del Moctezuma
Leoncio Prado Gutiérrez nació Huánuco, Perú, el 26 de agosto de 1853. Su padre fue Mariano Ignacio Prado, cuyo nombre sonará con fuerza en la política y en la historia peruana. Cuando Leoncio nació, a don Mariano —profesor, coronel y diputado— le faltaba aún mucho trecho por recorrer en su carrera pública.
Leoncio siguió la carrera militar. Con trece años recibió el bautismo de fuego en la captura del vapor Tumbes. Poco después, a principios de 1867, prosiguió los estudios en la Escuela Militar y Naval y un poco más avanzado aquel mismo año se incorporó a una expedición científica con la cual exploró las costas y selvas del país natal. Al cabo de algunos años, en 1872, marchó a los Estados Unidos becado por el gobierno peruano.
No es hasta mediados de 1875 —22 años tiene Leoncio— que comienza a citarse en relación con Cuba, cuando manifiesta el propósito de incorporarse a las fuerzas mambisas. Diversas tentativas emprende en tal sentido: se enrola junto a sus hermanos en una frustrada expedición; se dirige a la representación cubana en el exterior y le solicita la concesión de una patente de corso para llevar la guerra a los mares. Pero no recibe a cambio sino expresiones de indiferencia y dilaciones Y no es él figura desconocida: porta el grado de capitán de la Marina de su país, es el hijo del presidente de la República del Perú, goza de prestigio entre la emigración cubana, ¡y solo pide poder combatir!
Después del Moctezuma
Suscrito el Pacto del Zanjón, la emigración cubana radicada en Nueva York acordó la creación de un comité de cinco miembros encargados de mantener viva la gestión independentista. Uno de aquellos cinco fue Leoncio Prado. Cuando el general Calixto García arribó a esa ciudad, liberado tras años de cautiverio, asumió la presidencia del Comité Revolucionario Cubano y tuvo en Prado a su secretario.
Inmerso en los trabajos organizativos de una nueva gesta permaneció Leoncio hasta el momento de partir para su patria. En carta al General García le explica que “teniendo la alternativa de escoger entre quedarse en Nueva York conspirando y por consiguiente permanecer en una completa e indefinida inacción o ir al Perú a tomar parte activa en la guerra en defensa de mi patria, sin vacilar mucho me decido por lo segundo; por cuyo motivo suplico a usted que acepte mi renuncia con la convicción de que tan luego como haya terminado la guerra del Perú regresaré a prestar mis servicios a la cauda de Cuba con el mismo entusiasmo y fe que lo he hecho hasta hoy”.

Se incorporó pues a la guerra fratricida —la llamada “guerra del salitre”— entre los pueblos peruano y chileno. Pidió un puesto en la vanguardia y peleó con el valor que caracterizó todos sus actos. Herido y apresado por las tropas chilenas, se despidió de su padre en carta del 14 de julio de 1883: “Hoy a las ocho y media, debo ser fusilado por el delito de haber defendido a mi patria”.
Con serenidad de espanto pidió dirigir él mismo su ejecución: “Al primer golpe de esta cuchara en el platillo, preparen; al segundo me apuntan a la frente; al tercer golpe, disparen”.
Leoncio Prado nunca llegó a pisar suelo cubano, ese por cuya libertad mucho animó. Sus hermanos Grocio y Justo también se adhirieron a la causa independentista. Grocio Prado combatió en la Guerra de los Diez Años y fue de los hombres que acompañaron a Máximo Gómez al partir hacia el exilio después del convenio del Zanjón.

