A 195 años de un suceso histórico totalmente olvidado: José Domingo Blinó, el héroe desconocido
Tan súbita resultó la ascensión a la popularidad de José Domingo Blinó, primer aeronauta cubano, que para la mayoría de quienes se encargan de registrar los pormenores de una vida, pasó de largo sin dar tiempo a que se tomaran algunas notas que, con el correr de los años, permitieran intentar un esbozo de biografía del personaje.
Vivía La Habana el furor de los primeros vuelos en globos aerostáticos. Los moradores de la ciudad repetían con admiración los nombres de aquellos héroes del aire, todos extranjeros y devenidos populares, como Eugene Robertson, el primero en elevarse en Cuba, en 1828, y Adolphe Theodore, francés, quien lo emuló después.
Mas no tardó en aparecer el primer cubano, José Domingo Blinó, “nacido en La Habana, para más señas particulares, jorobado o corcovado”, según Francisco Calcagno, y con oficio de hojalatero y taller en la calle de Teniente Rey.
Blinó era un desconocido, pero no un desconocedor de los globos aerostáticos. Seguía con entusiasmo las evoluciones de cuantos aeronautas se detenían en La Habana, amén de ser asiduo concurrente a sus demostraciones. Del propio Blinó partió la solicitud de permiso para una ascensión, que fue aprobada por las autoridades y anunciada para el 30 de mayo de 1831.

El Diario de la Habana reseñaba la inolvidable jornada en estos apuntes:
“A las seis y cuarto y con admirable majestad salió el globo de la Plaza de Toros [del Campo de Marte], a pesar de lo cargado de la atmósfera. Hizo destacar muy particularmente que se había despedido de los moradores de la tierra gritando desde lo alto: ¡Viva Fernando VII!, haciendo tremolar su estandarte…”.
Poco tardó el globo en perderse de vista y menos demoró en caer la tarde… sin que se tuvieran noticias del intrépido navegante, quien vino a aterrizar alrededor de las 8 y 30 de la noche en un potrero de Quiebra Hacha, provincia de Pinar del Río, de lo cual supieron los vecinos de la capital solo al día siguiente, pues aquella noche se acostaron con la incertidumbre de ignorar qué se había hecho de José Domingo Blinó.
Para el aeronauta que tan cerca estuvo de las nubes, llovieron los poemas, los homenajes, los festejos, que no eran injustificados, pues se trataba del primer navegante cubano del espacio. Hasta una corrida de toros se efectuó en beneficio de Blinó, la cual ciertamente le dejó tangibles beneficios en metálico, dedicados a la reparación de su maltrecho globo, asegurándose que el mismísimo capitán general de la Isla estuvo entre los contribuyentes.

Meses después, una segunda ascensión, esta vez en Matanzas, intentó Blinó, aunque con mucho menos éxito que la primera. De todos modos, los vecinos la pasaron bien con un espectáculo que constituía la máxima distracción imaginable, disparaba las emociones de la concurrencia, subía la adrenalina y daba tema para comentar por varios días.
En 1835 emprendió Blinó un viaje a Nueva York con el fin de ampliar conocimientos sobre su oficio de hojalatero y documentarse acerca de los adelantos en cuanto a los globos. Pero en el viaje de regreso enfermó y murió, por lo que sus restos fueron lanzados al mar, espacio infinito en que han hallado sepultura innumerables pioneros de la navegación marítima y aérea.
A diferencia de Matías Pérez, Blinó nunca se precipitó con su globo en el mar, aunque sí tuvo, al igual que el portugués don Matías Pérez, sepultura en el océano. Si con el primero se tejió una leyenda que llega a nuestros días, sobre el segundo se ha cernido el polvo de una injusta desmemoria.
No seamos injustos ni demasiado exigentes. Nuestro compatriota fue un pionero, un héroe, aunque ahora nos resulte un desconocido. No pue’ ser, como diría “Cheo Malanga”, mejor dicho, Enrique Arredondo, este último ─al menos─ bien querido y recordado.

