Eliseo Diego, cuyo conocimiento y amistad fue para mí tan significativo como su poesía, es una evocación que siempre me acompaña. El texto que ahora reproduzco, con motivo de recién cumplirse treinta años de su fallecimiento en tierras mexicanas, lo publiqué por primera vez en este sitio en vísperas del centenario de su natalicio, aunque como le gustaba repetir al sabichoso poeta con su proverbial sentido del humor, ese discernimiento de fechas provenga y reconozcamos como veraz, de personas que nos merecen cierta confianza, es decir, nuestros padres.

La presente versión tiene algunos pequeños arreglos, y su lectura me hace retroceder a aquella suave primavera habanera en que hace tres décadas, junto a tantos que lo quisimos y admiramos, lo acompañamos a su última morada, en el Olimpo de la cultura cubana. Su poesía es sin dudas, uno de los puntos más altos de nuestra literatura —y me atrevo a decir de la latinoamericana—, en todos los tiempos. Admiración que le profesaron sus iguales, como Nicolás Guillén, Octavio Paz o Roberto Fernández Retamar.

Olmeca —el último poema que escribió—, fue encontrado en su escritorio la mañana de su muerte. Publicado póstumamente en México por la UNAM en una edición facsimilar, La Gaceta de Cuba lo reprodujo semanas después para los lectores cubanos. Sus últimos dos versos son premonitorios y a la vez una noble provocación a ese tiempo desafiante que se dilató en su poesía: “Es cierto que estoy muerto y que ustedes me miran y están vivos. /Pero yo estoy muerto de risa”.

Manuscrito de Olmeca, poema encontrado la mañana de su muerte. Imagen: Tomada de Internet

Un calígrafo llamado Eliseo Diego [1]

A Fefé, ángel tutelar de su herencia

Eliseo Diego, con su caligrafía limpia y entrañable /escribió para mi alma, en Güines, /hace veinticinco años /sobre la alegría de la amistad, /“de su compañía en estas páginas /y en las otras de la vida” / (…) ¿Qué demonios hacíamos mi alma, Eliseo, y /estas pobres páginas en las calles de Güines, hace /un cuarto de siglo?[2]

En más de una ocasión mi buen amigo de tantos años Enriquito Saínz ha recordado la anécdota[3] de cómo una mañana acompañábamos a Eliseo en su paseo habitual alrededor de la manzana donde vivía —que en parte fue y es nuestro barrio—, y este nos hizo detener frente a una verja, señaló una escalerita y nos llamó la atención regodeándose con el descubrimiento —ya de su propiedad— de que la misma no iba a ninguna parte. Era el gozo afable de explorar lo cotidiano, en su afán de “nombrar las cosas”, lo cual lo ejercía como una aventura traviesa, tal vez por eso su libro favorito fuera La isla del tesoro, y el humor de su hijo Rapi lo dibujara como un pirata. Ese sitio, 19 entre H y G, forma parte de mi hoja de ruta casi diaria, y en cada ocasión que veo los cinco escalones que rompen contra la pared me sorprendo sonriendo mientras evoco al amigo como en un poema que le dediqué, “al buen Eliseo, y al maldito Diego”.

“La letra menuda de Eliseo da fe de su conciencia y entrega al oficio de la escritura (…), como demostración de su vocación machadiana por la belleza”.

Esta es una de las varias anécdotas y pasajes que pudiera compartir a tenor de mi conocimiento y admiración por el hoy centenario del autor, pero prefiero detenerme en la relacionada con el ejercicio de su caligrafía, por aquello de que los peritos en grafología pueden hacer un examen del perfil de la personalidad del escribiente a partir de los rasgos de su letra. “Revisaba mucho todo lo que escribía, ya fueran poemas, conferencias, cuentos, traducciones. Conservo muchos de sus manuscritos, con sus tachaduras y cambios de palabras. Era muy meticuloso con todo lo que hacía. Aprendió a escribir a maquinita y él mismo mecanografiaba sus libros: si encontraba un error, botaba la página y comenzaba de nuevo. Forraba sus libros preferidos; quedaban perfectos, les ponía un membrete con los datos de título y autor, a mano o mecanografiado”.[4]

Ya fuera en el borrador de sus poemas y prosas, los apuntes para intervenciones públicas o sus generosas dedicatorias, la letra menuda de Eliseo da fe de su conciencia y entrega al oficio de la escritura y del saber poner una palabra después de otra, como demostración de su vocación machadiana por la belleza en el detalle mínimo, por aquello que de forma entrañable expresara su hija sobre cómo él, cuando como “orfebre de la palabra (…) comenzaba a escribir a mano, con su plumita, que era sagrada”, y al decir en la voz del poeta nos convidaba a entrar en “el olor de la noche como un recuerdo” y rescatar desde allí los sitios posibles o imposibles de la imaginación y la nostalgia.

Eliseo Diego en su estudio de la Calle E, en La Habana, 1970. Imagen: Tomada de La Jiribilla

Un paradigma de lo antes comentado es un ejemplar de su libro Divertimentos (Colección Cocuyo, Ediciones Unión 1975) —que un colega me hizo llegar gracias a la magia revolucionaria del internet—, donde en la primera página se descubre ese mismo trazo claro y efusivo en la dedicatoria que le hiciera a su admirado maestro y amigo Lezama Lima, líneas que seguro registraban el testimonio de uno de sus más caros afectos. Palabras de puño y letra que incluyen, raro en alguien como él tan escrupuloso con su caligrafía, casi impoluta, una corrección y añadido pues está tachada la palabra “dedicarlo” y sustituida en la parte superior de la misma por “dedicárselo”: “A José Lezama Lima, príncipe entre los lectores de este pequeño libro, alegrándome de que mi joven corazón de antaño pueda aún dedicárselo, a través de la maltrecha mano de hoy, con mi invariable gratitud y cariño, su amigo Eliseo Diego, La Habana, 30 de abril de 1975”.

El número de julio de 1990 de La Gaceta de Cuba contuvo un dosier de homenaje a Eliseo Diego por sus 70, con algunos de sus textos inéditos y valoraciones de amigos y estudiosos como Cintio Vitier. En esa época el diseñador de la revista era un artista de probada trayectoria, que le hiciera merecedor de los Premios Nacionales de Diseño y Artes Plásticas, José Gómez Fresquet, más conocido como Frémez, alguien a quien —por la amistad que compartimos y el personaje que fue— le debo en otro momento su crónica. Frémez, por demás hombre ilustrado, eligió para el fondo de la cubierta un tramado con la letra representativa de Eliseo, logrando a mi entender una atractiva imagen gracias a los rasgos estilizados del poeta.

“Para el tema de la literatura para niños, las más de las veces no lo suficientemente bien estudiado, hablamos con Eliseo —un expositor de privilegio”.

Hace unos años Fefé Diego, su albacea consagrada, me hizo un regalo que mucho aprecié y guardo con celo, un original que consistía en una tarjeta con la caligrafía inconfundible de Eliseo —prefería como ya es sabido bosquejar sus conferencias de forma manuscrita—, cartulina que en perfecto estado encontró mientras ordenaba la papelería de su padre, y ahora la reproduzco tal cual, antes de desarrollar algo de la historia que le concierne:

“Charla Consejo Provincial de Cultura (Norberto Codina) 14 de enero de 1976

I. Introducción: Dificultad del tema. Mis “cualificaciones”

Sus dos aspectos fundamentales:

1. Niños

2. Importancia del Arte (en este caso, Literatura)

a) Literatura infantil. Literatura [tachado de] para y de los niños

II. Breve examen del niño: no es estático (estatua) sino dinámico [subrayado]: es un proceso.

Etapas: Rítmica: 4-6 años

                Imaginativa: 6-8 años

                Heroica: 8-11 años

                Romántica: 12 o 12 y más

De acuerdo con esa diversidad de [tachado intereses] características ¿qué leer? a) Relación entre las características y sus intereses.

III. Breve panorama de lo que ha sido y es la literatura para niños.

Lazar Laguin. El viejo Djin Jottabich

Yuri Olésha. Los tres gordinflones”.

Fin de la tarjeta. En el trienio 74-76 me desempeñé como director de Literatura de la delegación provincial del Consejo Nacional de Cultura (CNC). Siendo entonces muy joven fue un triple salto que di desde la imprenta donde laboraba —la 03/05 “Evelio Rodríguez Curbelo”, la antigua Carteles—, como ayudante de máquina, a esa responsabilidad tan afín a mis incipientes trasiegos literarios, y todo gracias a los buenos oficios y la amistad de Osvaldo Fundora. En algún momento organizamos seminarios mensuales con los asesores literarios de la antigua provincia de La Habana —recordemos que esto fue antes de la división político-administrativa—, y a ella invitamos como ponentes a reconocidos especialistas. Para el tema de la literatura para niños, tan llevado y traído pero las más de las veces no lo suficientemente bien estudiado, hablamos con Eliseo —un expositor de privilegio— y este, generosamente, aceptó.

Eliseo Diego recibiendo el Premio de Poesía Latinoamericana y del Caribe “Juan Rulfo”. Imagen: Tomada de Internet

La delegación provincial del CNC radicaba en la esquina de San Lázaro y San Nicolás, donde sesionábamos. Recuerdo que fui a recogerlo a su casa de entonces, en la calle E, en el único transporte del que pude disponer, el panelito de servicio de la administración, donde el poeta iba tambaleante en el precario asiento del copiloto, y yo detrás acuclillado en el piso del pequeño vehículo. Él hizo el trayecto de ida y vuelta de la manera más natural del mundo, conversando con el chofer, cuyo nombre lamentablemente ahora no recuerdo, pero sí que era una persona madura y muy atenta, y ambos sostuvieron todo el tiempo una animada charla. Retengo en la memoria que cuando ya en su casa nos separamos, se despidió del conductor como lo hacen viejos conocidos. Está de más decir que su conferencia encantó a los convocados al seminario en cuestión. 

Dejo para los pedagogos y los especialistas de la materia —pienso en mi amiga Alicia Abascal que reúne ambos requisitos— el esquema puntual que fuera el eje de su intervención. Pero sí quiero llamar la atención sobre los dos únicos ejemplos que apunta, aunque ya sobre la marcha en el encuentro nombrara muchos otros clásicos de la literatura cubana y universal. No es nada casual que citara a El viejo Djin Jottabich y Los tres gordinflones, que habían sido publicados en amplias y hermosas tiradas, y que con gran aceptación enlazó a varias promociones de niños cubanos. Hoy el viejo Jottabich sigue formando parte del imaginario de la infancia de mi generación.

Eliseo Diego, un dibujo de su hijo Rapi Diego. Imagen: Tomada de Internet

Para concluir quisiera darle la palabra de nuevo a Fefé sobre esa singular maestría de su padre de ir perfilando sus manuscritos con rasgos delicados, cuidadosos, pues ella nos brinda un certero resumen de esa vocación que le fue tan cercana. A la pregunta en una pormenorizada entrevista de que si “¿explicaba Eliseo por qué su letra cambiaba tanto a lo largo de los años?”, respondió: “No, y nunca le pregunté. Para papá el contenido de sus poemas era fundamental, pero, si se fijan en la forma del poema en la página, los espacios, también. Le gustaba ir escogiendo su letra, algo muy raro. Les he enseñado la de los trazos largos, él como que la dibujaba. Quizás era un problema de gusto gráfico, visual. Se demoraba cuando hacía una dedicatoria, dibujaba la letra. Su letra de jovencito no era fea, pero la fue mejorando en su afán por la perfección. Ya al final es una letra muy trabajada, casi estudiada”.[5]


Notas:

[1] Publicado en la revista digital La Jiribilla (29 de junio de 2020). Versión actualizada.

[2] Norberto Codina: “Cuaderno de travesía”, en Habiendo llegado al tiempo. Antología Homenaje a Eliseo Diego. Compilación y prólogo de Luis Rafael Hernández. Frente de Afirmación Hispanista, A. C., México, 2004, pp. 26-27.

[3] “Fui con Norberto Codina, amigo de ambos, a pedirle algunos poemas para publicar en La Gaceta de Cuba. Nos acogió como era su costumbre, con una espontánea sonrisa (…) después nos dijo: ‘Vamos a dar una vuelta…’ (…) Mientras andábamos, nos iba mostrando las maravillas de los alrededores, como las que nos entrega en sus libros: una escalera exterior que no conduce a ningún sitio; un portal vacío con hojas secas, en extraña soledad (…) Codina y yo añadíamos alguna frase, maravillados de las observaciones de Eliseo…”. (Enrique Saínz. “Eliseo y el don de la amistad”. La Gaceta de Cuba, mayo-junio, 1994, p. 34).

[4] Josefina de Diego. “Tres anécdotas sobre Eliseo Diego a treinta años de su muerte” (revista digital OnCuba, 1 de marzo de 2024).

[5] Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco: “Heredar a Eliseo Diego. Entrevista a Josefina de Diego”, en Revista Crítica, no. 145, septiembre-octubre 2011, Universidad Autónoma de Puebla, pp. 51-86.

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