Entre los trabajos del amor y la necesidad de la utopía se organizan las miras de Agua en canasta, [1] libro que acaba de publicar la laboriosa Ediciones Matanzas, y, sobre todo, con la certeza de que la poesía se encuentra en todo, porque “la poesía, si acaso, tiene sentido para todo. Con el significado sin poesía, la vida tendría poco presente. Escribir poemas no basta si no conservan la vida que se ha ido”. [2] De ello puede dar testimonio por ejemplo en este libro un pájaro que siempre estuvo allí, donde nadie lo buscaba. [3]

Remitidos al título del libro hemos sabido que “llevar agua en canasta” no significa necesariamente que alguien está haciendo cosas inútiles.

Más bien sugiere esta metáfora que alguien está llevando una carga o responsabilidad que puede ser difícil de manejar, o que requiere esfuerzo adicional. Implica la necesidad de ser cauteloso, y no tomar más responsabilidades de las posibles, algo muy arduo de realizar o asumir en este mundo contemporáneo tan agravado de conflictos, tan necesitado de determinaciones morales. Ese peso, esa carga difícil de manejar entra en tela de juicio, en encajes de cuestionamiento en este libro. Y su antídoto siempre es el amor, porque el amor es una especie de trabajo, un trabajo que nos lleva toda nuestra atención, toda nuestra responsabilidad, vigilia, desprendimiento y regocijo incluídos:

“‘Escribir poemas no basta si no conservan la vida que se ha ido’. De ello puede dar testimonio por ejemplo en este libro un pájaro que siempre estuvo allí, donde nadie lo buscaba”.

“Trabajos de amor, ¿perdidos?”

En casa prodigábamos cuidados al pan con la misma obsesión del minero que protege los puntos brillantes adheridos a la tierra, a la posible veta- niña de sus ojos. Lo acariciábamos con suavidad, como el chofer bruñe las llantas del auto y limpia los espejos frotando, frotando, frotando…Guardábamos el tesoro en la nevera, con la responsabilidad de los controladores aéreos que vigilan el espacio para evitar colisiones fatales.

Toda la familia comía bocados pequeños. Los hijos guardaban pan para sus padres el pedazo rezagado y estos, a su vez, lo dejaban para los suyos ya envejecidos, quienes lo defendían a capa y espada para que los nietos lo engulleran al regreso de la escuela.

El ciclo se repetía una y otra vez. El último vestigio quedaba oculto, como niño cuando acaba el juego y los amigos se marchan sigue escondido y sonriendo con la esperanza de no ser descubierto, sin saber que en verdad los otros hace rato que se fueron y lo dejaron completamente solo. Esa última fracción de pan cambiaba de color con la misma fiereza con que era respetada por cada miembro de la familia que con humildad, estoicismo o culpa la cedía a su semejante.

La porción mínima terminaba siendo un emplasto ácido. Verde primero, repulsivo después. Pero eso no importaba. En casa seguíamos prodigando cuidados al pan. Hay gestos de amor así, casi imposibles de digerir, y sin embargo…

pp. 15-16

La metáfora del título, “Llevar agua en canasta” no implica inutilidad, sino una carga difícil de manejar en un mundo agravado por conflictos. El antídoto que propone Laura Ruiz es el amor.

Se cultiva la solidaridad familiar a modo de ritual porque es un pan que es solidaridad y que es amor. El bien a los males parece radicar en desplegar los oficios del amor. Y cuando no ocurre así solo se puede hace una invocación al amor:

“Estadísticas”

Si la niña se hubiera puesto el vestidito azul y no el rojo. Si no hubiera jugado a colorearse labios y mejillas. Si no hubiera ido a ver la televisión a casa del vecino [tan serio / tan de fiar] porque en la suya no había o estaba rota [ya nadie se acuerda]. Si todos no se hubieran confiado, con lo hermosa que es la confianza…

Porque mira que es linda y colorida la confianza [dice este y la otra y el de más allá].

Si el olfato de la familia no hubiera sido el de un animal viejo lleno de cicatrices al que no han limpiado el excremento en días. Si a esa hora la mujer del vecino, la madre de la niña, y otro montón de gente no estuvieran entretenidos cocinando, fumando en la esquina, haciendo apuestas prohibidas o vendiendo algo a contrabando, ¿los hechos habrían sido diferentes? ¿Nos hubiéramos dado cuenta de algo?

p. 19

El amor hubiera evitado el abuso sexual contado con ironía como un universo probable en medio de la desidia humana. Pero el amor lleva sus sacrificios, así lo prueba el poema “La palabra estómago”, pp. 35-36, testimonio de una hazaña cotidiana bajo las maneras de un delito.

Como concreción de un amor desgarrado se erige el texto pórtico o prólogo del libro, que también llega a ser un poema:

El desgarramiento del exilio materno: El poema “Converse All Star” se erige como un prólogo desgarrador donde la madre nombra (para no nombrar) a la hija emigrante, transformando objetos cotidianos en herencia y ausencia.

“Converse all star”

Para no anotar ni decir ni pensar “mi hija, la emigrante”, escribo este libro sobre otros asuntos y contabilizo su herencia: unas camisetas, mucha música, un grupo de esos que llaman películas de autor, tres tablas colmadas de libros extraordinarios y unos zapatos como los que en 1908, Mills Converse lanzó al mundo desde su fábrica de San Francisco y que me convierten en una extraña versión de Chuck Taylor.

Para no anotar ni decir ni pensar “mi hija, la emigrante”, me calzo los converse y parezco una madre más joven, una que no renquea ni conversa de noche con la radio ni le porfía cuando este se atreve a darle malas noticias.

Para no anotar ni decir ni pensar “mi hija, la emigrante”, cierro los ojos cada noche y cuento: un, dos, tres, pasito inglés… pero siempre me queda la duda de si el pasito era solo inglés o si la estampida podía ser, también, en otros idiomas.

Cuando la duda me distrae y aún no me vence el sueño empiezo nuevamente a detallar: unas camisetas, mucha música, tras tablas colmadas de libros extraordinarios, eso que llaman películas de autor, los zapatos de Chuck Taylor, y una casita pequeña pero luminosa en una calle que, dependiendo de qué lado de la historia se esté, a veces tiene nombre de negro (Aponte) y a veces el de su verdugo blanco (Someruelos).

pp. 9-10

Allí se nos cuenta de la capacidad y la cualidad de las madres vulneradas, donde lo familiar llega a ser ajeno, y lo ajeno familiar, donde aunque cuente lo efímero, lo cotidiano, lo que desgarra ─lo que hizo tu mundo─ seguirá viviendo dentro de ti, y es inevitable decirlo, anotarlo, pensarlo: detallarlo. Son fortalezas y firmezas del mundo de los restos, y reflexiones y juicios montados sobre el desgarramiento, donde el desgarramiento también es lejanía y camino incierto a pesar de que los sueños son como fuerzas reales, y que se busca un sentido a ese dolor. Consúltese el poema “Duelos”, pp. 26-27. El exilio es sinónimo de desgarramiento para quien lo experimenta y para quien lo padece a manera de ausencia. Se levantan añoranzas que dibujan el arco doloroso entre quien se es y quien se fue. Porque como indica un exergo de una de las secciones del libro, la familia es también historia, desmembramiento, tránsito y superación del destino. [4]

Leemos aquí poemas en prosa que algunas veces son más viñetas que poemas, en su condición de paisajes descriptivos que capturan un momento en el tiempo, como sugieren “Arábigo”, pp. 22-23, e “Igual”, pp. 42-43, donde se emplea maneras diversas de echar mano a lo analógico para describir el mundo que le quita el sueño, y el lenguaje de la fantasía para darle cuerpo a sus poemas viñetas en los que hay abundantes alusiones librescas o propias del libro de la Cultura. Hay un enjuiciamiento que conforma su cuerpo con la fantasía. Ante la carencia, ver bien se convierte en conciencia crítica de yerros y faltas humanas, donde la evidencia física se convierte en objeto espiritual juzgado a manera de conducta. Véase el poema “Primeras señales”, pp. 17-18. A veces se imita el tono de las leyendas o los cuentos infantiles.

La utopía como pájaro escondido: “Lección de Ornitología” narra el redescubrimiento del takahe para hablar de aquello que siempre estuvo allí donde nadie lo buscaba: la esperanza, la poesía, la posibilidad de un renacimiento colectivo.

Decíamos al principio que en este libro se ama y venera a la utopía como una necesidad, en la que advertimos la presencia a veces imperceptible pero tenaz de la poesía, como en esta viñeta:

“Lección de Ornitología”

En 1950, en una de las islas de Nueva Zelanda, ocurrió el redescubrimiento de un pájaro que se pensó extinguido por más de cincuenta años. El takahe había obsesionado a los naturalistas que un siglo antes le habían visto sobrevolar la isla.

Cuando los europeos llegaron al lugar solo encontraron restos fósiles. Doctores y expedicionarios, estudiantes y curiosos persiguieron durante años al exótico animal. No lo sabían, pero el takahe siempre estuvo allí, donde nadie lo buscaba.

Cuando finalmente lo encontraron, la región fue declarada gran reserva, alejada de turistas, viajeros y científicos. Para intentar una pequeña colonia le aparearon en cautiverio. Extrañas gallinas le fueron asignadas como madres adoptivas. Lo intentaron todo ─o casi todo─ hasta que por fin les fue concedido ver, una y otra vez, al ave desvanecida.

El takahe de estas, nuestras islas, sigue oculto, lejos de trotamundos, exploradores y doctores. Nativos, turistas, políticos, científicos seguimos buscándolo sin confirmar si nuestras madres podrían amparar al pájaro desaparecido. Sin garantizar que aprenderíamos a incubarlo, pluma sobre pluma, del alba al anochecer, hasta ver cómo fortalece su vuelo el ave eclipsada. Pero, sobre todo, sin saber a ciencia cierta si en verdad estamos listos para celebrar el merecido renacimiento que, desde hace tanto tiempo, a gritos o entre susurros, seguimos reclamando.

pp. 55-56

El agua como filosofía y elemento total: En “Los elementos”, el agua se convierte en un caleidoscopio de la isla: alivio, tragedia, circunstancia y cosmovisión. La utopía, imprescindible, fluye en cada molécula del poemario.

Ascienden como evidencias o testimonios de la vida del cubano en el tiempo textos donde se trata de la entrega épica de nuestros padres al comienzo de la Revolución (“Arábigo”), de los variados períodos de estrechez económica (“La palabra estómago”), de la época de la pandemia de la Covid-19 (“Historia común” e “Igual”) y sobre la labor de los médicos internacionalistas cubanos (“Los milagros” y “Labores”), echando mano a la fantasía y al absurdo. “La capacidad de relacionar fragmentos lejanos de la experiencia acepta la fragmentariedad del lenguaje y de la existencia, y al tiempo que subvierte, construye con sus retazos un poderoso palimpsesto sobre la supervivencia en la vida y en el arte”. [5]

Uno de los poemas más ambiciosos y mejor logrado del libro, y que guarda una relación directa con su título, es “Los elementos”, pp. 45-46. Mosaico, caleidoscopio con la constante, arrolladora, inevitable y salvadora presencia del agua, con sus alivios y tragedias, conformado de voces, frases repetidas, indicaciones y recetas. El agua, que es el componente mayoritario de todos los organismos vivos y de la superficie terrestre. Allí aparece la isla despidiendo por el agua, la circunstancia del agua, en vez de por todas partes, en el todo. La circunstancia del agua, y el agua entrando en circunstancia. Se describe y conforma a través de un elemento vital los padeceres y conflictos del hombre contemporáneo en un ensanchamiento y compenetración analógicos. Se muestra a través del agua una filosofía, una filosofía de nuestra vida, en la que los objetos, los sueños, los lugares fueron y llegan a ser las ideas y las visiones que teníamos de ellos hasta que nos damos cuenta, lo que puede convertirse en una especie de adoración del pensamiento, del carácter cosmovisivo y auténtico de una mente en un universo donde es imprescindible la utopía.


Notas:

[1] Laura Ruiz. Agua en canasta. Ediciones Matanzas, Matanzas, 2025.

[2] Luis Zukofsky.

[3] Véase “Lección de Ornitología”. Laura Ruiz. Ob. cit, p. 55.

[4] “Uno viene de una familia como de una tierra lejana”. Tierra madre. Paul Theroux, p. 13.

[5] Olivia de Miguel. Prólogo a Pangolines, unicornios y otros poemas, de Marianne Moore, Barcelona, 2003, p. 16.