Bladimir, la amistad y una novela generacional
El cuerpo al revés, novela breve de Arturo Arango,[1] y cuyo título se debe a un verso del recordado Bladimir Zamora Céspedes —piedra angular de este libro, y quien estaba tan orgulloso de ese linaje de las llanuras del Cauto—, encierra desde su provocador enunciado una y varias lecturas en un texto que fluye con naturalidad en su secuencia discursiva, coloquial sin dejar de ser sugerente, con complicidades paralelas y puentes hacia nuevas hornadas de lectores y a todos quienes pretendan explicarse el presente que sobrellevamos por el pasado que recuerdan o que no conocieron, pasado idealizado por muchos y satanizado por otros, pero que en estas páginas se reivindica desde la búsqueda batalladora de la verdad con sus luces y sombras en el imaginario de la sociedad.
Lo que ahora escribo, para no dejar margen a las posibles suspicacias, para mí resulta un acto de criterio comprometido, desde la dedicatoria hasta la nota de agradecimiento. Obra rematada en su conjunto por el homenaje auténtico al amigo que lo fue “desde que lo conoció, en septiembre de 1971”, y hace diez años fallecido; y al entramado que contextualiza nuestra generación, con anécdotas, vivencias, lugares comunes que, rumbo a las seis décadas compartidas, trazan la hoja de ruta de lo que fuimos, quisimos y pudimos, o amargamente no pudimos ser, con secuela de alegrías, dramas, epifanías y desencantos. Una sensibilidad que en las circunstancias que se manifiestan provoca que los fantasmas de ayer nos acompañen en las fluctuaciones de hoy. Crecimos y nos educamos creyendo tener todas las respuestas para cada pregunta, pero en lo aquí escrito se avizora que el futuro nos esperaba con múltiples interrogantes, algunas realmente demoledoras.
Encontramos la hoja de ruta de nuestra generación en ecos lejanos como los testimonios de la lucha insurreccional de los años 57 y 58 —“creció escuchando noticias de vecinos que se habían unido a los alzados, de cadáveres que aparecían baleados (…) rumores que daban por seguro el triunfo de los rebeldes”—; o no tan lejanos en su momento: la alfabetización; las becas; las escuelas al campo y en el campo; movilizaciones y efemérides; la dinámica revolucionaria desde la inocencia de una épica idealizada y genuinamente comprometida, a pesar de arbitrariedades, contradicciones, prejuicios y los primeros amores y los primeros fracasos, suma de una experiencia existencial de lo que Marx llamara “el laboratorio de la vida”.
“Crecimos y nos educamos creyendo tener todas las respuestas para cada pregunta, pero en lo aquí escrito se avizora que el futuro nos esperaba con múltiples interrogantes, algunas realmente demoledoras”.
Nos topamos ante todo con una novela que pasa por las alternativas de la amistad. Valoración que me lleva a citar en extenso la nota de contracubierta, que oportunamente registra apuntes desde los que se puede coincidir o discrepar con el editor: “Los últimos treinta años del siglo XX en Cuba siguen siendo una de las etapas más definidoras del devenir nacional (…) sin embargo, su huella en las generaciones que transcurrían por esos años no ha tenido” la merecida atención en “contraste con los transcursos actuales [lo que] hace de esta breve historia una profunda disección de lo que en estos tiempos pueden parecer leyendas y sin embargo marcaron para siempre a quienes querían construir un futuro distinto”. Entramado del núcleo de una historia que se resiste a un receptor pasivo.
Pero pese al desafío de sus ambiciosas propuestas, estas páginas no tienen el propósito de ser —al decir borgiano— un libro “exactamente infinito”. Por el contrario, en un puñado de páginas se asocia el tránsito de los vasos comunicantes entre realidad y ficción. Laberintos del contexto social cubano a través del día a día de sus protagonistas, jóvenes que asumen o padecen los caprichos del espectro pendular de las circunstancias, por ajenas que aparenten ser.
En el ejercicio de construir y deconstruir que es la escritura, los misterios, las interrogantes o develamientos de este texto, son despejados en las primeras aproximaciones a cada uno de sus actores. Gustavo, Rubén, Sonia, Pascual, Tejada, Botero —con mayor o menor relevancia en la trama— integran una galería de personajes propios de cualquier época, pero que en particular representan a esa generación de los que éramos niños o párvulos en 1959, el año más largo de nuestro siglo XX. Y lo hace desde el ser consecuente con, al decir de uno de sus actores, las alternativas de “la condición humana (donde) existía un componente del que no podría escapar, cuyo origen le costaría años y dolores comprender”. Porque más allá de la retórica al uso —aunque Gustavo sentencia convencido, “la verdad nunca es retórica”—, se reconoce en los protagonistas un auténtico nivel de pertenencia, incluso en sus debilidades, temores e inconsecuencias o en aquellos en que se solapa la ley de la sobrevivencia y el doble discurso del oportunismo.

En la expresión simbólica de ese pasado referencial, queda el retrato memorioso en la evocación del condiscípulo que llega con su cabeza azafranada, la voz ronca, inconfundible, “con el tratamiento de ‘usted’ que Gustavo empleaba sin excepciones, hasta con los niños, y que hacía más entrañable la comunicación”, en la semicadencia y referentes del habla del oriental que nunca le abandonó: “—Es de fruta bomba, que le refresca el estómago.—Papaya –rectificó él… Estás en Oriente y aquí decimos papaya. Allá ustedes los habaneros y ese falso pudor (…) Ella les tenía preparado jugo de mamey. —De zapote”, siempre aclaraba pertinente el hijo de Migdalia”. O el pasaje de La Gaveta —como bautizamos festivamente al cuartico en la casa de vecindad centrohabanera—, por donde desfilaron compañeros, colegas y visitantes ilustres, claves que rinden homenaje al intelectual fallecido en plena madurez. Y donde invariablemente campeaba la música criolla con “la Invencible”, como llamaron a la grabadora. “—Barbarito Diez me da paz –le había dicho Gustavo en su cuarto del solar en la calle San José (…) escuchaban al Trío Matamoros, a María Teresa Vera, a Arcaño y sus Maravillas, a Blanca Rosa Gil, a Rolando Laserie”. Lo que me confronta evocar otro recuerdo entrañable, cuando Bladimir hizo una sorpresiva visita a mi casa de Línea y N, con una botella de ron peleón que ultimamos “íntegra”, como él diría, y agregaría “hay que beber y ser revolucionario”, y después continuó rumbo a lo que era el motivo de su escala, la cercana funeraria de Calzada y K, para asistir al velatorio de Siro Rodríguez, voz segunda y maracas del inmortal Trío Matamoros. Era el 29 de marzo de 1981.
Es también un componente importante en lo que leemos el paisaje que marca vida y agonía: “—Escuche —y con el dedo señaló el monte y el cielo. Podían identificarse el chirriar de una chicharra, el croar de una rana, aleteos cercanos. —Lechuzas y murciélagos –dijo Gustavo—. Aquí la noche es noche”. Y que sirve en otros momentos para sugerirnos los descubrimientos y soledades, los breves y sencillos episodios de una primera “educación sentimental” en el campo profundo, veredas del niño que fue. De allí vendrían los primeros desafíos, como cuando “siendo un adolescente, verificó en carne propia que ‘el ser humano es infinito’”. Años después, en otro momento de la narración, se esboza ese doloroso ejercicio de “auto represión” propio de las circunstancias y avatares que le tocaron, cuando sus más cercanos dudaban, como si fuera una manera de protegerlo: “Pascual había pronunciado una palabra que, referida al amigo común, jamás había sido dicha entre ellos, y aún Rubén se resistía a ponerla en sus labios. Años después, recordando ese instante, uno de los dos lo calificó como ‘el efecto emelen’. —Como en ‘La muerte morada’”. El cuerpo al revés es también el corolario del estigma que se refleja frente al espejo de una sociedad dolorosamente prejuiciosa.
“Es evidente que mi lectura de estas poco más de cien páginas ha provocado numerosos recuerdos y evoca hitos de la historia que compartimos”.
Están presentes en estas páginas los “retratos de familia” que no podían faltar, como cuando “Sonia se ocupaba de tomar las fotos con una vieja cámara de Federico, el padre de Rubén”. Conservo, que ahora recuerde, tres fotos donde aparezco con Bladimir y Arturo. Una debe ser de 1973 en el pequeño teatro de Calzada y 8, durante una charla del gran poeta Gonzalo Rojas. Otra en la segunda mitad de los 70, en los encuentros del taller literario Roque Dalton en el Parque de los Cabezones, donde se reconocen a varios de los contertulios afines. Y la tercera en octubre de 1988 en la embajada nicaragüense, donde junto a nosotros tres aparecen el admirado Fayad Jamis y su compañera Margarita Alonso (“el maestro y Margarita”, nuestra broma de entonces); el comandante sandinista Tomás Borge, Reina María Rodríguez, Víctor Rodríguez Núñez y Eduardito, el hijo de ambos. Bladi, con un gesto típico de él, mira sonriente y expectante a la cámara, Arturo extrañamente circunspecto, y yo con la expresión de quien tiene unos tragos de más. Es evidente que mi lectura de estas poco más de cien páginas ha provocado numerosos recuerdos y evoca hitos de la historia que compartimos.
Arturo Arango no ha podido escapar en diferentes pasajes al compromiso que ha tenido durante más de treinta años con el cine. De ahí una serie de fotogramas que adivinamos, y que concluya las últimas líneas con el desplazamiento de una cámara imaginaria, en el paneo del plano que se aleja, convirtiéndonos en partícipes del agónico desenlace: “La camilla fugándose pasillo adentro, un cuerpo inerme acostado en ella (…) el sonido de las ruedas sobre las baldosas…”.
En esta concisa narración, séptima novela del autor y representativa de nuestro devenir como otras suyas —El libro de la realidad, Muerte de nadie o los cuentos de La Habana elegante—, celebramos una narrativa herética, como su protagonista principal, polémica y rebelde aún en la calma de sus reposos y límites, y que hoy nos desafía, cuando la memoria, más que ampararnos contra la incertidumbre, nos lleva, por aquello de que somos lo que leemos, a confrontar el presente en una experiencia intelectual que nos acompaña de principio a fin.
Notas:
[1] Arturo Arango. El cuerpo al revés (Ediciones Loynaz, Pinar del Río, 2025).

