Buenavista Social Club: La historia interminable que siempre debió ser (Viaje a la semilla I)
Ha ya treinta años Juan de Marcos González reunió en un estudio habanero a un grupo de músicos, la mayoría de los cuales gozaba de esa rara relación que involucra estar jubilado y dejar de ser conocido, y que es una vía unidireccional cuyo fin siempre es un obituario y la referencia a un pasado que muchas generaciones desconocen o del que solo han escuchado en base a leyendas no siempre creíbles.
Casi todos los músicos convocados fueron parte de la leyenda de la música cubana que se tejió en la primera mitad del pasado siglo; en este caso de ese siglo XX que estaba ya de retirada. Algunos de ellos habían formado parte de un proyecto discográfico que se consideró en su momento todo un acontecimiento: Las estrellas de Areito.
Juan de Marcos, en más de una oportunidad, había hecho pública su admiración y respeto por muchos de ellos. Incluso en el repertorio del Septeto Sierra Maestra, agrupación que dirigía desde mediados de los años setenta, había referencias constantes a ellos o a su papel en la música cubana. Cada uno representaba un escalón de eso que consideramos música tradicional cubana. Una música que para muchos estaba pasada de moda, pero no era así.
Veamos algunos hechos.

Durante años el dúo Los Compadres fue una importante institución en la defensa del son, la guaracha y el bolero. Muchos conocimos a esta formación integrada por los hermanos Lorenzo y Reinaldo Hierrezuelo. Hubo una generación que descubrió a Compay Segundo como integrante de ese dúo en el mismo momento que se comenzó a difundir su tema “Chan chan”. Y no era para menos: Compay se retiró profesionalmente como tabaquero y su tema más famoso lo escribió en los años ochenta siendo integrante del cuarteto Patria, mientras residió en Santiago de Cuba.
Los Compadres fueron por años embajadores del son cubano en casi todas las latitudes, mas llegado los años noventa ya estaban inactivos.
Desde fines de los años setenta el Septeto Sierra Maestra definió su repertorio principal con temas compuestos por Ignacio Piñeiro, Miguel Matamoros y Arsenio Rodríguez. Los patriarcas del son. Esto ocurre en un momento determinado de la historia musical cubana en que las miradas de parte de los músicos estaban enfocadas en la “innovación” o en la asimilación de las vanguardias musicales de ese momento. Momento en que también el movimiento salsa estaba en su auge.

En el gusto de los cubanos de estos años setenta se incluía la música de orquestas como la de Enrique Jorrín, que tenía como pianista titular a Rubén González; la de la orquesta Aragón con Rafael Lay como director y figuras como Richard Egües en la flauta y Felo Bacallao y Pepe Olmos como cantantes; también se bailaba con Las Estrellas Cubanas. Más o menos cercanos en el gusto popular estaban diversos conjuntos como Los Bocucos con Ibrahím Ferrer cantando, el de Chapottín con Miguelito Cuní, el de Roberto Faz y Rumbavana. Y aún se podía disfrutar de las presentaciones de Tito Gómez, primero con la orquesta Riverside y después como parte de la Jorrín, siempre cantando “Vereda Tropical” o “Estiro bastidores”.
Y es con esa misma orquesta Jorrín que la cantante Farah María repite en cada presentación un tema de Rodríguez Fifé que será icónico a comienzos de los años noventa en el mundo de “los bares para turistas que han de surgir en esos años”: “Kikiribú mandinga”.
Un fenómeno interesante de estos años previos al Buenavista Social Club (BSC) es el hecho de que uno de los pocos éxitos que se radiaban de Ibrahim Ferrer eran las guarachas son “Candela”, compuesta por Faustino Oramas y “El cuarto de Tula”, de Sergio Siaba.
En los años setenta y parte de los ochenta tanto Pío Leyva (El montunero de Cuba), como Manuel Licea (Puntillita) eran invitados recurrentes en algunos programas de la televisión, en especial Palmas y Cañas, y la emisora Radio Progreso, que en lo fundamental a través de su programa Alegrías de sobremesa y en particular por medio del locutor Eduardo Rosillo, recordaba los éxitos de estos cantantes.

Aunque pueda ser paradójico, en La Habana muy poco se sabía de Eliades Ochoa y del Cuarteto Patria, que tenían como base fundamental de su trabajo la Casa de la Trova de la ciudad de Santiago de Cuba, ubicada en la calle Heredia a pocos metros del parque Céspedes.
Solo Omara Portuondo gozaba del privilegio de estar siempre presente en el mundo musical a lo largo del país, bien fuera acompañada del grupo Irakere en presentaciones en el cabaré Venecia de Santa Clara, o en Tropicana y muy particularmente en el Pico Blanco junto a los miembros del movimiento del filin.
Solo faltaba la llegada de los años noventa y con ellos una redistribución del gusto y el consumo musical de los cubanos; y junto a esta redistribución musical habría de ocurrir una redistribución de espacios y de relaciones sociales y económicas… con sus vencedores (a priori) y sus vencidos a largo y corto plazo…
Solo que nadie imaginó que cierta zona de la música cubana, llamada con justeza “tradicional”, estaba a la espera de una nueva oportunidad… la tradición nunca estuvo condenada a cien años de soledad.

