“Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, esa frase que atraviesa como un relámpago el ensayo martiano “Nuestra América” (1891), ese mandato dual de vocación universal y raigambre nacional, esa frase de pertenencia esclarecida sin chovinismos excluyentes, ¿será acaso atendible en estos tiempos de aldeas globalizadas, de hipercomunicación? ¿Podremos mirar hacia la futuridad sin sumergirnos en las arenas de la historia? ¿Será posible aquilatar los desafíos de nuestra cultura y nuestra sociedad toda, en su interacción inevitable con los quebraderos y fulgores de allende, sin escarbar profundamente en los quebraderos y fulgores de aquende? Son solo algunas ideas, algunas interrogantes.

“¿Podremos mirar hacia la futuridad sin sumergirnos en las arenas de la historia?”

Insularidad y universalidad

Cuba es un trino o un grito para todo cubano nacido en este pedazo emergido del planeta, o para aquel, que por diversas circunstancias ha decidido echar su suerte con ella. Nos punza, nos desvela, nos levanta. Los poetas ―en esa síntesis gloriosa que es la poesía― son quienes mejor han atrapado esa inefable sensación. Dulce María Loynaz hablaba de su Isla, de su benjamina, en estos términos: “La tengo como un pájaro exquisito que nunca toco sin un miedo oscuro de quebrarle las alas”.

Ernesto Víctor Matute, el olvidado bardo guantanamero, lo dijo así en su “Elogio de un poeta a su isla antillana”: “Ni la abandono, ni la insulto, ni la vendo. /Traigo mi Isla debajo del brazo /y a nadie se la entrego. /¡Quién ha visto que un hombre con orgullo /quiera vender su cocodrilo verde!”.

El maldito Virgilio, Virgilio Piñera, levantó su Isla, la auscultó como pocos:  “Un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios: /un velorio, un guateque, una mano, un crimen, /revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua, /haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones, /un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono, /sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes / (…) aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales, /siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla, /el peso de una isla en el amor de un pueblo”.

¿Y cómo vive, cómo piensa, cómo baila hoy ese pájaro exquisito, ese cocodrilo verde que a nadie se entrega, envuelto en esa circunstancia (maldita/bendita) del agua por todas partes y en el amor de un pueblo? La cultura cubana ―es decir, esa heredad de saberes y quehaceres, fundidos y refundados― se debate hoy en muchos frentes y se rehace en varios planos.

Cuba es esa que crea a contrapelo de cualquier circunstancia, y a esa condición no podemos escatimarle el tributo. Es la del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y el Ballet Nacional de Cuba, al mismo tiempo es la de la tejedora del barrio y la de los carnavales santiagueros. Es la de las vacunas Abdala o Soberana y la del arroz con frijoles; la de una sala de conciertos y también ―lamentablemente― la de los baches inmemoriales de muchas de sus arterias.

“El peso de una isla en el amor de un pueblo”. Imagen: “Mi cruz”, obra de Kamil Bullaudy

Es la Cuba física, con sus 1600 cayos e islas. La Cuba indomable, con esa marca identitaria de la perpetua invención y la insobornable vis cómica de la que hablara Mañach en su ensayo “Indagación del choteo”. La Cuba martiana que sabe que quien siembre escuelas recogerá hombres; y la Cuba solidaria, humanitaria, que envió una brigada médica a la Lombardía asaetada por el virus, que recibió al crucero británico MS Braemar ―afectado por casos de Covid-19― después de su viacrucis por el Caribe.

Cuba es, sobre todo, su gente estoica que echa pie en tierra. Cuba es su gente sometida al infinito, feroz e inhumano bloqueo del vecino del Norte, así como al burocratismo que vampiriza al país, a la simulación buscadora de favores, al secretismo y a otras excrecencias made in Cuba que vuelven agónica la vida cotidiana y, por supuesto, dificultan la creación artística.

No podemos olvidar las advertencias de un filósofo de la talla de Joel James en su libro Vergüenza contra dinero: “¿En cuáles honduras de (…) nuestro tejido social, de nuestro inconsciente colectivo, se agazapan, como inadvertidamente durante prolongadas etapas para luego saltar alevosamente, la corrupción, el atropello, la autoridad envanecida, el nepotismo, el amiguismo, el beneficio personal a ultranza y sus congéneres cercanos e inevitables: el divisionismo, el intervencionismo y el anexionismo?”.

Cuba es ―necesariamente hoy, también ahora― un espacio virtual. En él confluyen voces coincidentes y discordantes, cubanos de aquí, de allá, de acullá. Con toda razón la profesora Daynet Castañeda (Universidad de Oriente) ha dicho que “las prácticas culturales de cubanos de todas partes han convertido la cultura cubana en una cultura transnacional, y las redes, en un lugar de encuentro”.

En esa “cultura transnacional”, “en ese lugar de encuentro” (y de su envés, el desencuentro) Cuba se vive ahora mismo en una ciudad grande o un poblado minúsculo del archipiélago, o se recuerda, fabula y recorta desde la Florida, desde Latinoamérica o Europa, desde cualquier parte. Emigrados, cubanos en diferentes misiones, grupos de solidaridad o francos adversarios políticos, diplomáticos, artistas, deportistas, hijos de cubanos, turistas, estudiosos o supuestos especialistas, gente interesada en Cuba, etc. ejercen su opinión. Esa es la irrefutable realidad en la que nos insertamos, una marca de los tiempos. Desde algunos sitios vendrán abrazos, y desde otros, balazos.

“Las prácticas culturales de cubanos de todas partes han convertido la cultura cubana en una cultura transnacional”.

Hay que afinar el discernimiento para no confundir las fake news o el bodrio construido con el reporte noticioso argumentado. Un post emitido en foros, blogs o redes puede ser efectivamente de valía, e incluso ganar determinadas páginas referenciales; mas otras veces es solo un criterio marcado por el prisma personal, por el apremio, por determinado interés o cercanía. Hay que aprender a diferenciar los odios insalvables de las diferencias de enfoques, y a discrepar con altura de las ideas sin rebajar a las personas que las sostienen. Por supuesto, eso requiere de un entrenamiento cultural, tecnológico, humano y con canales de ida y vuelta.

La conversión del espacio virtual en una autopista para mostrar el arte y el pensamiento cubano ha sido un desafío inexcusable que ha marcado el último bienio, el tiempo desafiante del azote pandémico. Hubo que proponer, diseñar, hurgar. Fue perentorio redescubrirse. El Ministerio de Cultura, como uno de los rectores, ha articulado redes que han proyectado festivales ―una de nuestras fortalezas son esos espacios de confluencias ya existentes―, conciertos, acontecimientos y espacios teóricos con un impacto cada vez más creciente.

Eso, la articulaciónde esfuerzos en el campo virtual y más allá, ha de ser una de la condiciones sine que non de la Cuba contemporánea. Por fortuna, por impostergable decisión, ese ha sido el camino ―aún en franco desarrollo― escogido por otros proyectos culturales institucionales, comunitarios, personales.

La soberanía del espíritu

No podemos desgajar la cultura de la sociedad en su conjunto, ni reducirla a determinadas manifestaciones artísticas o figuras. No me cansaré de decirlo: la cultura no es un entretenimiento, sino un estremecimiento. La sociedad es la plataforma y el espacio natural de esta. No puede hablarse de proyección internacional de la cultura cubana si no se va (y se ve) al interior de Cuba, si el país no se detiene en los barrios, si no se imponen las jerarquías sobre las geografías.

La excesiva centralización y verticalidad de los medios cubanos de mayor proyección ha lastrado el conocimiento, el reconocimiento, del talento país. Hay que minar el pensamiento de centro-periferia que tanto criticamos en otros escenarios. Es ese otro de los retos ―muchas veces minimizado, innombrado, pero de largas consecuencias― a los que se enfrenta la cultura cubana.

“La cultura no es un entretenimiento, sino un estremecimiento”.

He criticado el diseño facilista y cómplice con que algunas instituciones (artísticas, deportivas, turísticas, etc.) y gobiernos locales creen resolver ―que palabreja― la recreación de un determinado poblado. La bocina es el símbolo, y la bebida, la perfecta mancuerna. También puede ser, como he visto, la de “adornar” con un reno y un muñeco de nieve inflable en medio de un sol abrasador.

He sido testigo de la marginalización de un proyecto, de la carnavalización de un pensamiento, de un oportunismo ramplón, de unas copias baratas, y lo peor, de una tenaz defensa de estas propuestas afincados en la inmediata recaudación, sin miras más profundas a la huella empobrecedora que deja, a la apetencia artificial que siembra. Ojalá el largo paréntesis de esta pandemia deje al menos esa ganancia, la de expandir propuestas otras.

Martí, y vuelvo a él, escribió en 1891 en el periódico mexicano El Partido Liberal: “Esa es la raíz, y esa es la sal de la Libertad: el municipio”. Tengo la impresión de que andamos redescubriendo el municipio como célula capital de la vida socioeconómica y, naturalmente, cultural del país. Soñamos un país mejor, no es un delito soñar en modo alguno, pero nos va mucho si dejamos de ver el país que efectivamente tenemos, el de ahora mismo, con sus angustias y sus esperanzas.

Nuestros creadores son también nuestros héroes. Ellos están ahí, o su legado. Hay que rescatarlos de muchos olvidos, hay que dignificar su entrega, hay que visibilizarlos, tanto a los maestros que llevan a Cuba a los grandes escenarios del mundo como a los maestros de la tradición, cuyas luces son aquellas que salen de sus pechos.

“Nuestros creadores son también nuestros héroes”.

La pasión tiene el mismo quilate. Tradición no ha sido nunca apegarse a las cenizas, sino soplar sobre la vitalidad. Por ahí pasa el alma de la nación, el orgullo de ser cubano, la soberanía del espíritu. Injértese, sí, injértese el mundo, déjese el pensamiento de Isla, pero sin descuidar jamás el tronco, la savia, la raíz. No por el mero hecho de la cercanía, sino porque llevan en sí nuestras entrañas. La cultura es respeto, es memoria. Es eso que nos salva.

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