De las criaturas que dan título a estas notas nunca se habrá dicho lo bastante. Vale comenzar apuntando que, así como se distingue entre error y horror, debería distinguirse entre erratas y horratas. Pero pospongamos por ahora el neologismo (¿lo será?): llámense como se llamen, por lo general ellas causan horror, aunque también, a veces, risa. De lo que es una errata dan pálida idea los diccionarios, incluido el de la Real Academia Española: “(Del pl[ural]. lat[ín]. errãta, cosas erradas) f[emenino]. Equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito”.
A esa definición, sin embargo, le corresponde el acierto de no sumarse a la tendencia general de reducir el malhadado reino de las erratas únicamente a los textos impresos. Tal tendencia obedece quizás a que el término errata ha sido acuñado o acaparado por la jerga editorial o imprentera, pues, como norma, las erratas devienen más conspicuas, aunque no necesariamente más dañinas, cuanto mayor sea la cantidad de ejemplares del escrito maleado por ellas.
“No demoremos en dejarlo claramente expresado: el deber de un texto no es querer decir, sino decir”.
De hecho, pueden estar en el original del texto, y sobrevivir en su impresión, porque las hay difícilmente detectables. Basta, por ejemplo, que en cualquier momento se deslice una falta “con sentido” —como un cambio de cima por sima, de rayar por rallar, de modesto por molesto, o de cizalla por cizaña en contextos donde aparentemente resulte correcto cualquiera de los dos vocablos de esas parejas—, y la página llegará al público diciendo lo que no tiene que decir.
No demoremos en dejarlo claramente expresado: el deber de un texto no es querer decir, sino decir. Y que el original enviado a la imprenta lo haya copiado el autor no ofrece garantía de perfección: por muy sabio y cuidadoso que sea, también el autor se equivoca, e ignora, y, a menudo, más que leer lo que está en el papel, lee lo que está en su mente. Es algo común entre los seres humanos, sin descontar correctores e impresores, aunque se afanen en librarse de la trampa.
Tampoco los medios de escritura garantizan por sí solos infalibilidad. Cada uno de ellos tiene sus propias fallas potenciales. Las tienen desde los más rudimentarios —la pluma de ganso fue una invención en el camino— hasta las máquinas. Por cierto, para diferenciar lo hecho con una “vieja” máquina de escribir y lo hecho con una computadora se habla, respectivamente, de mecanografiar y digitalizar; pero con frecuencia lo antiguo, más que desaparecer, se transforma, y por ese camino pervive.

El papiro se las arregla para asomar en el modo más habitual de lectura en la pantalla de una computadora, donde el texto no parece que se hojea, sino que se desenrolla verticalmente. Y no olvidemos que las hoy menospreciadas máquinas de escribir, que tan útiles han sido y pueden seguir siendo —las mecánicas sirven hasta en medio de apagones—, también se llamaron dactilográficas, término sustituible por digitalográficas. (¡La subvalorada etimología!)
Aunque las presentes líneas no insistan en ello, si a las dactilográficas les eran inherentes ciertas erratas —como una letra omitida por insuficiencia en la presión que sobre la tecla correspondiente debe hacer el dedo, elemento anatómico de donde vienen el prefijo dáctilo y el vocablo digital—, a las computadoras les son inherentes las suyas: con determinados programas operacionales, basta un cambio de línea —un enter, según la conquistadora anglicación— para que la siguiente empiece con mayúscula, aunque esta no proceda, y si quien opera la máquina no la detecta y rectifica, la impertinencia sale airosa y alumbrona: por lo menos, sale al aire y a la luz.
No hablemos de lo fácil que, sobre todo en ciertas familias tipográficas, resulta confundir l con I y con 1, o n con m; ni de las caprichosas dimensiones que a menudo adoptan los espacios entre vocablos. Y hay probabilidades de error compartidas por las dactilográficas y las computadoras, debido a una causa tan elemental como poderosa: para facilitar su uso, en el que la costumbre desempeña un papel protagónico, el teclado de las segundas mantiene esencialmente la misma distribución del alfabeto establecida para el teclado de las primeras (como también lo mantuvo el linotipo: tema para otra historia similar). A propósito, ¿decidieron los fabricantes de las primeras que también en ellas la derecha gozara de mayor ocio, o “simplemente” la distribución se calculó para el idioma inglés? Por una causa o por otra, me parece que, al menos cuando se escribe en español, la mano izquierda trabaja largamente más.
“(…) las computadoras eliminan un error que por su nombre genera asociaciones deliciosas, pero tiene un sabor horrendo: el pastel o empastelamiento, alteración del orden de las líneas”.
Lo ya dicho sobre los medios de escritura vale para los de impresión: ninguno asegura por sí mismo la calidad que únicamente pueden conseguir, con un serio empeño y preparación adecuada, las personas que realicen el trabajo. Ahora bien, las computadoras y el sistema de impresión al que ellas se asocian orgánicamente —la llamada indirecta u offset: otra vez la anglicación, que jinetea en hombros del dólar y de la tecnología que se expresa en la lengua aludida— pueden ser valiosos aliados en la lucha contra las erratas.
De entrada, las computadoras eliminan un error que por su nombre genera asociaciones deliciosas, pero tiene un sabor horrendo: el pastel o empastelamiento, alteración del orden de las líneas. Con la computadora eso no ocurre, pero no está descartado el empastelamiento de páginas enteras si el emplane se hace sin el cuidado suficiente para que cada una de ellas ocupe el lugar que le pertenece. Y, mientras el empastelamiento de líneas parece desterrado gracias a la computadora y a la impresión indirecta, muy lejos del destierro está la pérdida de líneas (y de otros segmentos).
No es raro que eso ocurra durante los reajustes de emplane, de modo similar a como se salen de su sitio —del texto— líneas de linotipo y letras de caja. Con todo, la impresión indirecta ofrece una ventaja básica: salvo que sea borrado por un accidente operacional o un defecto de la computadora, y que no haya archivo de seguridad, el texto se copia una sola vez, y sobre esa versión —a menudo la misma copia entregada por el autor— se lleva a cabo todo el trabajo editorial, corrección incluida.
Obviamente, no sucede así —estuve a punto de decir que no sucedía— en la impresión directa, donde la matriz, plomígrafo que puede tener gran tamaño, golpea directamente sobre cada uno de los ejemplares reproducidos. En ese sistema, que hace pensar con respeto en quienes lo mantuvieron o todavía lo mantienen vivo, dando, como en buena parte de Cuba, una gran ayuda, todo es mucho más laborioso. Para empezar, mientras no se había inventado la dactilográfica los originales llegaban manuscritos a la imprenta, y no todas las caligrafías —lo admite el dueño de una endiablada— son igualmente potables. Sobre todo, en esos manuscritos, tanto como en las copias mecanografiadas que vinieron luego, con frecuencia los cambios y las rectificaciones de apreciable envergadura obligan a rehacer grandes partes del original, o el original completo.

Pero, aunque el original llegue a la etapa de impresión escrito en computadora, una vez que arranca el proceso de composición para la imprenta se desencadena en las sucesivas pruebas un laboreo de reescritura más complejo aún que el del manuscrito. Hay que vérselas con las letras de caja y, sobre todo, con el candente linotipo, donde, para mantener la alineación de los márgenes —justificación, en la jerga del oficio—, cada cambio, aunque sea pequeñísimo, obliga a rehacer no menos de una línea, y a menudo varias.
Basta que lo rehecho sea una sola línea para que esté latente o se consume el riesgo de erratas mayores. Así, por ejemplo, corregir cabesa para que se lea —“como Dios manda”— cabeza, puede provocar que poco antes o después el elogio a la pura madre del dueño de esa testa, o a la de otra persona, quede convertido en un insulto que justificaría no menos que ira contra los responsables del error.
En la medida en que el teclado de la computadora perpetúa el de su abuela o madre añosa, de cualquiera de esas máquinas —y aun de un aporte combinado de ambas— pueden emanar ciertas metamorfosis. Es el caso de la mutación por la cual, en un trabajo sobre erotismo y pintura publicado hace pocos años en un mensuario cubano, una respetable profesora y crítica de artes plásticas apareció como profesora y erótica apreciada por numerosas promociones de alumnos y alumnas, sin que el texto precisara si era así por igual en ambas vertientes: enseñanza y erotismo. Este último es una condición o facultad humana que, dentro de lo normal —¿quién establece los límites?—, no resta mérito, sino que presumiblemente los da. Hasta cabe conjeturar que carecer de ella es una limitación que, lejos de resultar apetecible, merma las apetencias, empobrece la vida.
No obstante, dadas la envergadura del cambio y la poca probabilidad de que el autor quisiera malquistarse con la valiosa profesional afectada, es pertinente conjeturar que la citada errata no es tan atribuible a él como a otras personas para quienes el texto resultara menos cercano, y de inmediato se piensa en los editores e impresores del semanario. Quien haya pasado una considerable parte de su vida ante máquinas y computadoras, no tendrá que esforzarse mucho para imaginar el proceso que remató en semejante mutación.
“Abundan pruebas de que las erratas son una plaga feroz, aunque reserven margen para las sorpresas hilarantes. (…) Para combatirlas no parece haber insecticidas o antivirus digitales ni antibióticos de índole alguna totalmente eficaces, ni divinidad o genio que los cree”.
La estrecha, contagiosa vecindad entre la o y la i en el teclado, de una parte, y, de la otra, un dedazo inoportuno habrán bastado para que crítica se convirtiera en crótica, y el parecido entre la c y la e sumaría su influjo a una operación donde la omnipresencia textual y vital de Eros se encargaría del resto. De ahí que, tratándose de máquinas de escribir —viejas o novísimas—, entre dedismo y deísmo haya tanta similitud: el dedo es todo un dios; al menos, el ejecutor de designios divinos, o diabólicos.
Abundan pruebas de que las erratas son una plaga feroz, aunque reserven margen para las sorpresas hilarantes. Son atroces hasta las más modositas, esas que no tienen fuerza para emprenderla contra lo que parezca vivo y trascendental, sino contra lo menos relevante y activo, la ceniza, a la que, aun así, acaban convirtiendo en cenisa: en nada. Para combatirlas no parece haber insecticidas o antivirus digitales ni antibióticos de índole alguna totalmente eficaces, ni divinidad o genio que los cree. Vienen a resultar algo así como un síndrome de inmunodeficiencia ante la cual, adquirida o congénita, obra del descuido o de la imperfección humana, nunca se está completamente preservado.
Ellas son el anti, mientras que el texto, por muy atenta o avispadamente que se le cree y se le cuide, no pasa de ser el biótico vulnerable, amenazado y agredido, a veces letalmente infectado. Ocurre así, independientemente de que sea verdad o infundio que, después del desvelo de sus autores respectivos —cada uno por su lado revisando pruebas, y exigiendo máxima vigilancia a linotipistas, cajistas y correctores—, se logró una edición de La realidad y el deseo que en la cubierta proclamaba ser de Luis Cerruda, y, en lo tocante al otro autor aludido, Alfonso Reyes, un libro que en su colofón se ufanaba de no tener erritas (o errotas). Nada, que quien escribió el colofón asoció naturalmente errata con error y, al teclear —si en verdad le salió errotas—, el dedo se le fue a la o, no a la i.
Esas noticias o leyendas corren con tal fortuna que ya resulta difícil, por ejemplo, comprobar si es verdad, o simplemente un chiste de mal gusto, que en un texto de gran seriedad, y en el cual parece que autor y editores quisieron mantener el mayor recato expresivo, a un héroe con quien no se ha de andar bromeando se le atribuyó tener —¿oficiando qué?— un sacerdote en la ingle, no un sarcocele… allí donde es posible, y donde tener un sacerdote puede ser más difícil aún de explicar: después de todo, el recato fue beneficioso.

Las pícaras erratas han alcanzado lo que no se le concede a la atildada corrección: la ubicuidad. Consiguen estar incluso en Dios, que alguna vez se ha escrito, en español, con tilde en la o (al nombre del autor de estas líneas le endilgan a menudo en la i una tilde que parece un cocotazo: de lo que no puede ni quejarse, porque otro tanto se le hace al sabio don Fernando Ortiz en su apellido, y al Arcipreste de Hita en su Ruiz).
Aparte de lo que procede añadir sobre teléfonos “inteligentes” que —tal vez para vengarse de la ausencia de esos signos en lengua china— vienen de fábrica con maravillas del tipo de monosílabos acentuados contra toda norma del español, la acentuación gráfica es tal vez una de las áreas donde más se hace sentir en el idioma la tenacidad atávica, por lo cual aquella deviene aliada especial de las erratas. A quien durante años acentuó instruido o hinduismo en la última i —lo que procedería hacer si se tratara de instroído o hindoísmo, palabras en las cuales, si existieran, sería necesario marcar con la tilde el hiato que se produce entre la o y la i— puede llevarle tiempo asumir plenamente, e incluso quedarse sin conseguirlo, la norma en virtud de la cual no debe acentuar palabras como esas.
Por muchas razones —da igual que en estas no se incluya especialmente la razón—, tiene trazas de axioma el dicho de que puede haber erratas sin texto, pero difícilmente haya un texto sin erratas. Ya se apuntó que algunas dan pie para la risa, y aun puede venir un despiste o una falta creativa y justiciera, de autor, copista o corrector, para hacernos afirmar que las hay que también dan boca para la carcajada.
Tal sería el caso de aquella errata —¿un puyazo del cronista, o de alguno de los encargados de la edición del periódico?— sobre la cual dio testimonio ante cámaras cinematográficas Alejo Carpentier en un magnífico monólogo donde rememoró con particular intensidad, y deliciosamente, La Habana de su juventud. Una ilustre dama atendió con exquisitez a los numerosos visitantes a quienes había recibido la noche anterior en su mansión, y entre todos ellos prodigó con alcurnia su aristocrático celo; pero en este último vocablo, según Carpentier, la e terminó trocada por u.
Toda errata es indeseable, solo que resultan menos malignas las consecuencias de aquellas que no tuercen el sentido de la frase y, en vez de eso, dan la posibilidad de que la imaginación y la sabiduría del lector o la lectora detecten el sentido verdadero. En “Pedro se mudó de apartameto», nadie pasará demasiado trabajo para sentir la n de apartamento; probablemente incluso la mayoría lea apartamento, como es de suponer que ocurrió a quienes escribieron, compusieron y corrigieron hasta su impresión un texto así.
“Toda errata es indeseable, solo que resultan menos malignas las consecuencias de aquellas que no tuercen el sentido de la frase (…)”.
Eso es algo que ocurre con frecuencia y de modo natural, según sea el grado de familiaridad o preferencia que en el “disco duro” encefálico se les haya concedido a determinadas palabras que funcionan en el contexto semántico y tipográfico de cada quien. (Por eso no utilizo como ejemplo la oración “Pedro cambió de caa”, pues cabría sentir que el vacío en caa pudiera llenarlo la s, la j, la l, la r, la z, o la v, que tan diversos significados darían a la oración —espumoso y paladeable uno de ellos, carnal y hasta más tentador otro: el que remitiría a las sucesoras de la cava Florinda—; pero no faltará quien piense más en la c: cada cual con lo suyo, ¿no?.)
Hay erratas capaces de alcanzar implicaciones que para qué hablar. Tal sería, si realmente hubiera ocurrido, la muy comentada que en una edición de la imprenta habanera La Verónica, del poeta malagueño Manuel Altolaguirre, hizo que Emilio Ballagas apareciera confesando que sufría no un “fuego atroz”, sino un “fuego atrás que me devora”. Para el editor Altolaguirre constituiría, cuando menos, otra mancha en su curriculum, término que en este contexto escribo en latín no precisamente por pedantería clasicista, sino para evitar otras complicaciones: como la que vendría de la forma española inadecuadamente partida al final de una línea, algo similar a lo que ocurre, digamos, con el sustantivo artículo y el gentilicio europeo.
La prudencia y las concesiones a la maledicencia han convertido en norma extragramatical impedir particiones tales, que, si no obedecen a intención picaresca o malsana, pueden considerarse erráticas, aunque precisamente en el gentilicio citado la he visto plasmada en un humeante volumen de Alfaguara.
Volviendo al incidente de La Verónica, téngase en cuenta que, para Ballagas, las consecuencias podían ser más relevantes que para su colega y editor, aunque el primero no la considerase un alfilerazo lanzado intencionalmente contra él, ni siquiera un efecto más o menos ingenuo del subconsciente de alguno de los participantes en la edición, sino un error involuntario.

Según lo llegado hasta hoy, Ballagas —quien por su obra y su bonhomía merece recuerdo y aprecio mucho mayores que los que hoy de modo general parece dispensársele— sufría reclamado a la vez por sus preferencias sexuales y por su sincero modo de entender y abrazar el catolicismo. En consecuencia, podía sentirse directa o indirectamente acusado por aquella errata, máxime en la Cuba y en el mundo de su tiempo, sobre todo si entonces él ciertamente se hallaba cerca de “un ángel de alas turbias”.
En todo caso, la integridad del texto es uno de los mayores y más legítimos derechos de autor. Esa razón estaría probablemente entre las que el filólogo español Gonzalo Santonja valoró para dedicar todo un capítulo (disfrutable, por cierto) de su libro Un poeta español en Cuba: Manuel Altolaguirre. Sueños y realidades del primer impresor del exilio (Barcelona, 1996) al presunto incidente. No se detiene a considerar la enojosa situación del autor de Sabor eterno, pero procura reivindicar a su compatriota de la fama de impresor errático que se le ha echado encima, con menoscabo de lo mucho que la poesía cubana le debe a su labor editorial.
Altolaguirre la llevó a cabo “siempre con una escasez de medios que inevitablemente habría disuadido […] a la inmensa mayoría de sus colegas de profesión”. Tan justo desagravio incluye el esfuerzo —sospecho que inútil— por probar, con auxilio documental y de testigos, que aquella errata no es más que un “cuento” o “cuentecillo” inventado por no se sabe quién, pero —según Santonja— salido “al público y universal mentidero de la mano de [Pablo] Neruda”.
Indagando sobre el origen de tal especie, Santonja expresa: “La pregunta habría que trasladársela a quienes hasta el momento han avalado la historieta al transmitirla. Neruda, que la fijó por escrito, eludiendo las precisiones la dejó en el aire; y por ejemplo [Ángel] Augier, persuadido tanto de su certeza como de su localización en Sabor eterno, se quedó perplejo cuando repasamos juntos su contenido. Y así sucesivamente con unos y otros. ¿Entonces?”.
Entonces, cabe responder, si no apareció en una hipotética primera tirada de ese poemario que acabaría destruida en su totalidad —probablemente hundida en la Bahía de La Habana, se ha dicho, presumiblemente desde el propio mentidero, local o universal—, o en otras páginas, podrá ser falsa la afirmación, obra quizás de esa forma de la homofobia que son los chistes sobre/contra homosexuales. Pero amenaza tener “sabor eterno”: probar su falsedad no asegura que desaparezca de la mitología asociada al chisme, y también a un determinado gracejo, como el que envuelve a cierta anécdota que se tiene como protagonizada por Armando Calderón en el espacio televisual donde él, con sus mil voces, revitalizaba montones de películas silentes.
“En ocasiones las erratas surgen de lo que quien escribe, copia o corrige tiene o no tiene en su magín. El desconocimiento puede hacer suponer que vocablos como desrumbar y antiático no existen y, en consecuencia, deben sustituirse de inmediato por derrumbar y antipático (…)”.
De acuerdo con esa anécdota, Calderón, quien tendría en mente una exclamación próspera en el país, cometió una impertinencia involuntaria. No una cualquiera, sino algo así como una grave errata oral, inadecuada en particular para quienes —aunque lo disfrutaban personas de todas las edades— se pensaba que eran los destinatarios principales del programa: niños y niñas.
Sin embargo, las cosas que hoy tan inocente público dice, suelen superar el Diccionario de obscenidades (si no existe, vendría bien crearlo: personas con mucho título universitario no intuyen el significado original de interjecciones ya tan inofensivas como ¡ño!, o tan ruralmente sanas como ¡caray!, porque tampoco lo perciben en las respectivas palabras básicas así abreviadas; y la ignorancia no es precisamente una virtud).
El propio Calderón, entrevistado ante las cámaras, poco antes de morir desmintió rotundamente la anécdota. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, y no voy a mediar en el asunto, pero he oído a varias personas validar la anécdota. Afirman que ellas, “con estos ojos y estos oídos que se va a tragar la tierra”, estaban siguiendo la narración calderoniana cuando una proeza beisbolera de su predilecto (casi ex-simio) Barrilete, le desbordó el entusiasmo al artista y lo movió a decir la célebre y cubanísima exclamación.
Como ahora escribo para una revista universitaria —académica, piénsese lo que se quiera pensar de esa palabra—, acudo mejor a una transcripción no destinada a la actualidad, cuando todavía se leen y se oyen hasta “buenas palabras”. Previendo la posibilidad de lecturas demasiado adustas, me ciño a una pudorosa versión elíptica: “¡Esto es de p…, queridos amiguitos!”.
Nada impedirá —¡menos mal!— seguir dando por cierto el eufórico desliz que se atribuye a Calderón, y hasta útil resulta que la creencia permanezca en pie, para poder echarle mano y, en circunstancias en que no le esté permitido a uno despacharse verbalmente, pero que merezcan el señalamiento, poder decir sin ser tenido como un tipo inoportuno: “¡Esto es (o está) de queridos amiguitos!”, o, sencillamente, “¡Como diría Calderón!”.
¡Ah!, no se debe confundir a ese genio cubano con el español De la Barca, aquel grande que acuñó “la vida es sueño”; ni a este dramaturgo y poeta con el que aseguran que dijo que “la vida es una barca” y se nombraba Calderón de la…; es mejor que no sigamos por tan errática senda. Después de todo, no es raro que los genios acaben coincidiendo en aciertos fundamentales.
“Al menos en Cuba, pero quizás también en otros ámbitos del idioma, corregir tiene una compleja polisemia: incluyendo una acepción propiciada por el hecho de que ese verbo se ha tomado como forma discreta de nombrar la acción fisiológica nombrada asimismo dar del cuerpo, o sea, librarlo de lo que le sobra o es ya detrito, como las erratas son al texto”.
En ocasiones las erratas surgen de lo que quien escribe, copia o corrige tiene o no tiene en su magín. El desconocimiento puede hacer suponer que vocablos como desrumbar y antiático no existen y, en consecuencia, deben sustituirse de inmediato por derrumbar y antipático. Por si las moscas, es decir, por si las erratas, cuando uso o detecto palabras que corren semejante riesgo en algún texto destinado a un proceso editorial que se confía a otras manos —mejor: a otros ojos—, hago al margen la advertencia para alertar contra presuntas rectificaciones.
Al menos en Cuba, pero quizás también en otros ámbitos del idioma, corregir tiene una compleja polisemia: incluyendo una acepción propiciada por el hecho de que ese verbo se ha tomado como forma discreta de nombrar la acción fisiológica nombrada asimismo dar del cuerpo, o sea, librarlo de lo que le sobra o es ya detrito, como las erratas son al texto. Pero este a veces resulta víctima de intentos de rectificación que no consiguen sino introducirle nuevas equivocaciones: lo “corrigen”. ¡Ni hablar de los correctores automáticos, y dizque inteligentes, de computadoras y teléfonos!
Lo que se tiene en mente, cualquiera que sea el grado de conciencia con que se le tenga, puede conducir a disparates. Y, como a menudo es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, doy testimonio sobre algunas erratas de las cuales soy total o parcialmente culpable.
Al editar para Casa de las Américas una colaboración del historiador cubano Gustavo Placer Cervera, una vez escribí correctamente su nombre y otra lo sustituí por Rigoberto. El redactor de la revista me llamó la atención, y entonces me percaté de que no solamente había cometido (yo) el dislate, sino tampoco estaba seguro, en ese momento, de cuál era el nombre verdadero, aunque se trataba de un historiador conocido, y amigo. Tuve que ir al original de su colaboración, y a otros textos suyos, para salir de la duda y comprobar que era (es) Gustavo; pero, cuando intenté rectificar, de modo mecánico hice lo contrario, y la colaboración apareció atribuida a Rigoberto Placer Cervera.

De todo eso me di cuenta, como es habitual que suceda en tales casos, cuando ya la revista estaba impresa, y tardé todavía más en sospechar cuál podía ser la explicación del estropicio: en mi etapa de trabajador en una microbrigada de constructores, y luego en el vecindario del edificio construido, mi subconsciente registró el nombre de un compañero a quien, con frecuencia y casi siempre con alborozo —léase gritería—, sus amigos más allegados llamaban por su nombre, Rigoberto, y su primer apellido, que es, pero en plural (Placeres), el mismo de la víctima de mi errata.
Otra vez en que —como de costumbre, que no he perdido— hacía varias cosas al mismo tiempo, me tocó, entre ellas, traducir y revisar para la propia revista estupendas páginas de Keith Ellis, quien en ellas citó obras de Eduardo Galeano, y reseñar apretadamente unos cuantos libros. Uno de ellos, Historia del futuro que nos pertenece, quedó convertido en Historias del fuego que nos pertenece. Luego me expliqué el motivo: como la bibliografía de Galeano es numerosa, y marcha en indetenible crecimiento, uno de sus títulos, Memoria del fuego, le prendió no candela sino candelas, en mi subconsciente, al título del volumen reseñado.
Y en cierta ocasión Ambrosio Fornet envió, no recuerdo si por correo electrónico o en disquete, un texto que debía incluirse con prisa en la entrega que estaba a punto de salir para la imprenta. Quienes lo leímos en su tipografía de origen, creímos ver la Z del apellido de Juan Clemente Zenea; pero, ya impresa la revista con otra tipografía, nos saltó contra los ojos, tan dañino como una cabilla jorobada para formar la marca del Zorro, el 2 que en la copia con que se trabajó editorialmente había usurpado el lugar de aquella letra.
Quizás ninguna otra errata en cuya construcción he participado tenga más valor creativo que la introducida, en otro número de Casa de las Américas, en un poema de Félix Contreras. Él nos hizo llegar el texto mecanografiado, con el título todo en mayúsculas —o en altas, para ser fiel al lenguaje de los impresores y editores—: “POMPEYO ESCALA PAREJO EN LA LÓGICA DEL TANGO”. De esa eventualidad tipográfica se derivó un fruto que confirma hasta qué punto un editor debe aspirar a dominar la mayor cantidad posible de información y, como regla de oro, desconfiar de la corrección de los textos que edita (como el escritor de los que escribe).
“(…) si la buena vista de editor resulta beneficiosa para el trabajo, tenerla no solamente es motivo de disfrute, sino que se le padece”.
Al copiarse, diseñarse y emplanarse el poema, el título quedó convertido, y así se mandó para la imprenta, en “Pompeyo escala parejo en la lógica del tango”. Todos lo apreciamos no solamente como un título impecable, sino como un acierto metafórico a la cabeza de aquel texto, dedicado a un amante de la música: en especial, a un tangófilo o tangómano (adorador del tango, aclaro, porque el campo semántico de esas palabras se ha ensanchado rebasando el patriarcal masculino en su raíz). Pero resulta que escala y parejo no eran el verbo y el modificador que suponíamos: eran, ni más ni menos, los apellidos de Pompeyo Escala Parejo.
Cuento estos hechos no precisamente, o no solo, por pasión autocrítica, sino porque las erratas son una epidemia contra la cual nadie está suficientemente armado, y ningún esfuerzo para combatirlas será excesivo. Espero que se me permita una confesión que pudiera parecer hija de la vanidad, y ciertamente es sincera, no como la actitud de algunas personas que hacen carrera de modestas y humildes, pero, si uno se les acerca y escarba someramente en ellas, pronto comprueba que, con tales humildes, los vanidosos salen sobrando, en cuanto a mantener viva la vanidad.
La confesión anunciada servirá para destacar la tenacidad de las erratas y el peso de esas a cuya existencia he dado mi aporte: no han faltado quienes me atribuyan buen ojo de editor. Eso no es cosa de juego: en primer lugar, porque, si para algo sirve tenerlo —o tenerlos, pues con los dos veo—, es para percatarse de lo poderosas que son las erratas y otras deficiencias asociadas a ellas. Y, si la buena vista de editor resulta beneficiosa para el trabajo, tenerla no solamente es motivo de disfrute, sino que se le padece.
“También existe el ojo antieditor: el de quienes en un texto publicado ven solamente las erratas; y si, puesto que estas se las arreglan para no ser enteramente invencibles, los editores tienen la honradez de ayudar al público lector proporcionándole, proporcionándonos, una fe de ellas (…)”.
Viene a ser algo comparable con la meticulosidad sonora a que aspiran los especialistas en audio: el mejor concierto del mundo les resulta insufrible si le descubren una mínima falla de grabación, que acaso nadie más perciba. Así le ocurre al editor con un texto que tenga alguna errata, alguna deficiencia de impresión, de encuadernación, de lo que sea. Y si, además de editor, es autor y el texto es suyo, ocurre una hecatombe.
También existe el ojo antieditor: el de quienes en un texto publicado ven solamente las erratas; y si, puesto que estas se las arreglan para no ser enteramente invencibles, los editores tienen la honradez de ayudar al público lector proporcionándole, proporcionándonos, una fe de ellas —de ellas, que tan mala fe tienen—, ese otro ojo únicamente se regodea en el puñadito de faltas, mientras que las decenas o los cientos de páginas irreprochables no les dirán gran cosa.
En fin de cuentas, aunque tal no sea la intención de un modo semejante de valorar, el ojo antieditor resulta útil porque contribuye a mantener viva la insatisfacción, la lucha contra las erratas. Con todo, ellas son como aquellos encargados de marchar detrás de los césares en las celebraciones de grandes triunfos para, entre ditirambos, introducir insultos y otros modos de recordarles —a los césares— que no eran ni divinos ni perfectos, ni, por tanto, infalibles.
Algunos colegas urbi et orbi me testimonian haber sufrido supervisores que concentran sus esfuerzos en probar, cuando el trabajo ya está en fase de terminación, que a todos los demás se les han escapado pifias, pues solo a ellos —a dichos supervisores, quienes así prueban que nadie los supera en laboriosidad y menos aún en eficacia— se les da la perfección. Sin embargo, a ellos se les escapan harto frecuentemente erratas que los “supervisados” detectan en otros peines. Pero hay supervisados que tienen mesura o piedad suficientes para no usar esa realidad como instrumento de riposta.

Conozco asimismo, por el contrario, el testimonio de alguien a quien le tocó ayudar en el adiestramiento de un colega que llegaría a tener altísima calificación en el trabajo editorial, pero que en los inicios de su desempeño, cosa explicable, no pocas veces resultaba víctima de las faltas: es decir, resultaban víctimas de ellas los textos que se le asignaban para trabajar.
Aquel alguien devenido “maestro” se tomaba el trabajo de ir señalándoselas y, en la medida de lo posible y de su propia experiencia —ya está dicho que ante las erratas nunca se tiene demasiada—, explicarle los modos de descubrirlas con destreza. Pero quien se formaba como especialista se le acercaba luego para hacerle preguntas como la siguiente: “¿Este corasón lo dejaste así por algún motivo estilístico, o debe ponerse con z?”. ¡Hay que tener corazón para soportar esas cosas!, pensaría entonces el “profesor”. Y humildad para reconocer la fortaleza de las erratas y lo inalcanzable de la perfección, podría añadir.
Pero la experiencia es, en toda labor, la experiencia. Y, como al inicio de estas cuartillas se reconoció al Diccionario de la Real Academia Española el acierto de situar las erratas no solo en el área de la imprenta, sino en el de los manuscritos, es justo no olvidar que no siempre las equivocaciones presentes en un texto son ajenas al autor, aunque los editores se las echen encima con fe de erratas o sin ella: editorialmente, no detectar una falta equivale casi siempre a cometerla.
“Para muestra de errores asociados a la anfibología, o, mejor, a la significación traicionada, puede acudirse a un célebre novelista que escribió algo así como que cierto personaje estaba ‘sentado en un sillón con los muelles salidos’, lo que está lejos de aclarar si los muelles reventaban el forro de un maltrecho sillón o la piel del personaje”.
Eso no da a los autores patente de corso para escribir mal y dejarles el muerto de las pifias a los editores. Un autor es el primer responsable de recordar y cumplir esta regla de oro: más importante que querer decir es decir. Lo que se haya pensado, por ejemplo, al escribir “Juana es una mujer casada con cuatro hijos” no es suficiente para ignorar lo que de hecho sostiene esa oración: que Juana es simultáneamente cónyuge de cuatro hijos, a saber de quiénes o de qué (¿de la propia Juana?). Sin incurrir en moralina, me limito a apuntar que lo que tal vez quiso decirse con esa enunciación sería, rectamente dicho, lo siguiente: “Juana es una mujer casada y con cuatro hijos”. Esa mínima conjunción, y, tiene un valor enorme.
Para muestra de errores asociados a la anfibología, o, mejor, a la significación traicionada, puede acudirse a un célebre novelista que escribió algo así como que cierto personaje estaba “sentado en un sillón con los muelles salidos”, lo que está lejos de aclarar si los muelles reventaban el forro de un maltrecho sillón o la piel del personaje. No todo ha de reservarse a las inferencias del lector, máxime cuando, para la precisión debida en ese caso, bastaría con escribir que el personaje estaba “sentado en un sillón que tenía los muelles salidos”.
En relación con el valor de la experiencia, un redactor en fase de iniciación quedó maravillado de lo fácil y rápido que, en diálogo telefónico con el autor, se pudo hacer el trabajo de edición de un texto de los más relevantes escritores cubanos. Sin embargo, casi media hora costó convencer ese mismo día a un autor —tampoco doy aquí señas de identificación, ni siquiera genéricas, pues lo importante no es el santo o la santa, sino el milagro— que ya se hallaba en camino brillante, pero aún inicial.
No sé qué libros o voces del otro lado del cable ayudarían a hacerle entender que, si mantenía sin cambio la oración donde había puesto a un personaje a “lavar las sábanas con orine”, podía él (el autor) haber querido decir lo que quisiera, pero no había dicho que el personaje había lavado las sábanas que estaban meadas, sino que las había metido en una tina llena de orine y con esa excrecencia las había “lavado”.
En el dominio del idioma nadie ha de sentirse con la facultad de magister dixit. Cintio Vitier me contó un incidente que estuvo a punto de lesionar su amistad con José Lezama Lima, y el valor de la anécdota va mucho más allá de la broma. En tiempos en que dentro de la propia ciudad era habitual comunicarse por correo —no electrónico, sino eso: correo—, el autor de Muerte de Narciso le envió a Vitier una carta en que le hacía determinadas indicaciones editoriales y finalizaba diciéndole: “Recuerde que tengo un dominio casi absoluto del idioma”, a lo que sabiamente el destinatario respondió también por telegrama: “Me atengo al casi”. Parece que Lezama no se había expresado tan en broma como quizás creyó Vitier, y se disgustó de mal modo: montaría, con anticadencia de asmático y todo, en una enardecida cólera. Pero ser casi infalible en el dominio de la lengua no resulta poco.
El autor de estos apuntes considera llegado el momento de ponerles, si no el punto final, sí el de interrupción. No se le ocurre pensar que ha hecho un abordaje exhaustivo —ni siquiera notablemente abarcador— del tema: con las erratas hay sobrada tela que cortar; y menos aún le da por creer que ha propuesto recursos todopoderosos para erradicarlas. Le gustaría, eso sí, haber contribuido a dar una somera idea —o a refrescarla para quienes la tengan cumplidamente— de hasta dónde ellas pueden llegar.
Le agradaría especialmente que esa idea llegara a quienes disfrutan la lectura aunque no sean autores ni editores. Pero las erratas son capaces de agazaparse como sus parónimas las ratas y, como estas, se hacen notar por sus estragos cuando menos se espera que aparezcan. Por lo pronto aspira a que, con la invaluable ayuda de los editores, este humilde texto salga publicado, en cuanto a copia y tipografía concierne —otras insuficiencias van por directo a su expediente de autor—, sin ninguna fatla.
* Publicado en Islas, 45 (135):7-21, enero-marzo, 2003, y revisado por el autor para la presente edición.

