El caserón medio siglo después, la estigmatizada noveleta de Soler Puig
A ella los muertos se le encarnaron
hasta volverla loca; los muertos del
caserón, esos muertos que también
la cogieron conmigo.
Pude conocer a José Soler Puig (1916-1996) [1]. Sí, tuve el gusto de conversar con él en su casa del reparto Sueño, charla que suelo privilegiar entre otras muchas que he tenido la suerte de entablar con destacados intelectuales a lo largo de mi vida. Y siempre que lo hago, sobre todo al dirigirme a mis estudiantes, trato de eludir los calificativos de modesto, desenfadado, altruista…, por mucho que le sienten a Soler, pues en la caracterización de su personalidad quedarían reducidos a lugares comunes de elogio, ante la nada común impresión que me produjo.
Estaba yo en Santiago, animado por la sugerencia que me hiciera Aida Bahr de recibir allí un posgrado sobre la narración en segunda persona, que impartiría Ricardo Repilado (1916-2003), reconocido profesor por su excelencia e ingenioso proceder docente.
—Tú debes ser el pinareño que anda por Santiago, fue su saludo apenas verme llegando, desde uno de los cómodos sillones que tenía en el portal.
—Bueno, soy un habanero en servicio social por allá, después que me licencié en Letras.
Con tal de que el anuncio identitario no pecara de altanería capitalina, agregué de inmediato que era hijo de viñaleros, lo cual me hacía sentir igual a cualquier nacido en la Cenicienta del país.
El posgrado sobre el “tú narrativo” resultó un buen hilo conductor de aquella conversación con Soler, que llegó a centrarnos en Aura. Precisamente, la celebración compartida de la técnica del escritor mexicano me permitió recibir un primer valioso aporte, que en la naturalidad de la palabra de él apenas parecía instrumento para mi incipiente “carrera de cuentista”. Lección que me condujo a entender con toda claridad cómo la decisión del punto de vista al narrar no debía anteceder a la concepción de personajes con voces propias para desarrollar las peripecias o los ambientes deseados. “Ya alguna de ellas te pedirá convertirse en el narrador, incluso tú mismo, convertido en personaje o desde lo incógnito”. No se trataba pues de algo decidido de antemano, criterio que ya yo intuía, pero que vino a constituir precepto después de semejante advertencia. Debe de haber sido aquel comentario en torno a los posibles puntos de vista narrativos el que me incitó a colocar una “osadía”.
—Reconozco la grandeza de El pan dormido, pero para mí El caserón alcanza un mayor dinamismo y despliegue técnico… En fin, esta es la obra suya que me fascina.

La risotada que soltó al escucharme, como si señalara algo inadmisible, de inmediato él la convirtió en gratificación.
─Desde ese mismo balance en que tú estás sentado me dijo lo mismo Portuondo [2], y sospecho que otros también comparten igual opinión, lo que pasa es que no se atreven a encomiar lo que ha obviado la crítica.
No me supo a desgarramiento sino a desaprobación a una política restrictiva, la queja que vino de inmediato.
—No me perdonan que El caserón esté narrado desde la videncia espiritista.
Aida Bahr comentaría muchos años después “la singular polémica que promovió El caserón, antes de ser publicada, acerca de sus posibles cualidades reaccionarias por tratarse de una novela ‘espiritista’” [3].
Acorde con el estigma, una caracterización semejante presenta en la contracubierta la edición de esta obra. Fue publicada en 1976, fecha que la inscribe en los desmanes restrictivos del llamado Período Gris, aunque esta nominación de Ambrosio Fornet (1932-2022) [4] al inicio lo contemplara como quinquenio entre 1971-1975.
En fin, bajo la óptica de testimonio de un ser enajenado, a partir de supersticiones y alucinaciones, el libro es presentado por Ediciones Unión, por primera y única vez. Enfoque en mi criterio “materialista a ultranza”, pues escamotea el paneo con el que lo relatado inspecciona la religiosidad popular, desde las doctrinas espíritas del filósofo francés Allan Kardec (1746-1827) y su cruzamiento con las prácticas cubanas de raíces africanas, hasta la inescrupulosa estafa.
“Las prácticas de creencias ancestrales en el oriente del país se regodean en El caserón…”
Las prácticas de creencias ancestrales en el oriente del país se regodean en El caserón con el avituallamiento y las acciones de doña Josefa, en su condición de muertera, quien sin descanso “prepara al por mayor nueve calderos; a todos les pone lo mismo: cinta punzó, quilos prietos, cayajabos, caracoles, granos de maíz. No sé si de verdad les echara sangre de pollo, aunque a menudo la he visto entrando en el cuarto con pollos negros”. Y hasta cuenta en tan ardua tarea con un auxiliar, Juan Hernández, quien se encarga de transportar los calderos hacia los sitios destinados [5].
Entrar en pormenores permite entronizar en el retrato sicológico del personaje la convicción de que sus “trabajos” son efectivos, gracias a los poderes que posee para hacerlos; de modo que cuando se vale de la falsedad estafadora, para un “amarre”, más que burla hasta puede instalar la ironía por parte de Soler, quien no creo que arremeta contra doña Josefa sino cuestionando la hechicería per se, recurso también eficaz en otras de sus novelas.
Otro de los estudios sobre El caserón, desde una perspectiva clínica en correspondencia con un enfoque estético marxista, la ofreció Arsenio J. Rosales en 1980 y sí me parece muy digno de aprecio al preguntarse el autor cómo los personajes son “expresiones patológicas que emergen de la realidad con sus rasgos caracterológicos, con su idiosincrasia errabunda y la configuración más natural que pudiera encontrarse en el muestrario del vivir cotidiano y en el recodo intrínseco de las apariencias y las simulaciones”. Argumento que apela a las disociaciones histéricas, la epilepsia, la despersonalización neurótica…, aunque admita que para otros lectores puede tratarse de “concesiones al espiritismo o la superchería”. Sobre esa base conceptual el crítico justiprecia “esta novela breve, intensa, ambiciosa, quizás la más angustiante y lograda de su autor” [6].

La permanente alianza de la voz narradora, bajo el nombre de Yo, y su hermana Yolanda traza el continuo derrotero trasmisor de un futuro desde el pasado, cadena de acontecimientos aherrojados en los indicios temporales que inscribe la trama, lo cual deviene complejo punto de vista, creo que anticipador de la propuesta “posmoderna” de un narratario explícito desmantelando el proceso ficcional, elemento estilístico que décadas después asiste al novelista checo Milan Cundera: La insoportable levedad del ser, La inmortalidad, y al noruego Jostein Gaarder en El mundo de Sofía, y sus muchos seguidores, incluso en Cuba. Afirma Yolanda en El caserón: “Nada de lo que yo creo que pasa, pasa de verdad”. / “Yo soy solo pensamiento y como pensamiento hago que me parezca que existen las cosas y la gente. No hay nada más que mi pensamiento” [7].
Minúsculas celdas, a partir de ese Yo y Yolanda, intercalan una decena de cartas de la propia Yolanda a Yo. Sin embargo, este tramado se ve de pronto interrumpido por otro personaje, una sola vez, bajo el nombre de Ella, lo cual en las exploraciones de Rosales conforma “un capítulo equívoco”, hasta que llega enseguida a la conclusión de que “Ella en realidad es Yo” [8]. Estaba en lo cierto: gracias a un volumen de homenaje a Soler a noventa años de su natalicio, nos enteramos de que el Ella en la primera versión fue tachado y sustituido por Yo en la copia entregada a la editorial, pero a Soler se le quedó una sin borrar [9]. En mi acercamiento crítico inicial a la obra, hace ya alrededor de cuatro décadas, desconocía la pifia; tantas vueltas esa incógnita dio en mi cabeza, que separé el segmento a mi juicio de más trascendencia en aquel capítulo, como un cabo suelto de lo “inextricable”, y ahora constituye la nota introductoria de este artículo.
“La permanente alianza de la voz narradora, bajo el nombre de Yo, y su hermana Yolanda traza el continuo derrotero trasmisor de un futuro desde el pasado…”
Varios planos temporales que incluyen el futuro se imbrican perfectamente mediante ese punto de vista, que la precognición convierte en asidero: “Es como si viviera en una época veinte años después de una época que no ha llegado todavía y la tuviera en la memoria”. [10]
El ensamblaje estructural de esos minúsculos acápites no responde a continuidades temporales, sino a procesos, sobre todo los amatorios femeninos, en tanto experiencias vividas. Y resultan lo suficientemente singulares para atrapar a los lectores en condición de núcleo central de lo narrado.
Mientras, otras de las peripecias del texto se atienen a hombres vinculados con el ejército y a la vida de un boxeador, entablada más bien en la descripción de los ámbitos donde aparece, siempre desde la mirada de Yolanda conducente a la psicología de este Kid.
En el momento de escribirse El caserón, ya existía la categoría de noveleta en los predios académicos y editoriales cubanos, para sustituir los términos de novela breve y relato. El propio Soler declaró ─según Jorge Luis Hernández─ que esta obra recaía en ese género y manifestó su deseo de que se contemplara como tal, a semejanza de las publicadas por otros novelistas [11].
Del instrumental compositivo paso a otro de orden temático, también enfatizado por Rosales: la violencia. Especialmente contra la mujer, pienso. Dominio desde el inicio mismo del relato, cuando Yolanda declara que “las cosas bonitas no las puede mantener en la memoria” [12]. De ahí que el tono dramático no solo prime sino además permita reconocerle un vuelo no pocas veces estremecedor.
Ojalá que no atiburre demasiado la tríada a continuación, confieso que adrede, en pro de que se tenga en cuenta El caserón en la actual batida contra el abuso de género: “─A mí me vendieron. Cuando llegó el día, Panchita me puso colorete y me hizo un moño y me llevaron al juzgado como si yo fuera una mujer, con un vestido larguísimo y un chal”. / “Se oían los gritos de Emilia a cada rato y la costanera temblaba con las carreras y los empujones, y luego salía ella con la boca rota o un ojo negro y a veces con la boca rota y un ojo negro”. Sentí demoledora la idea obsesiva de matar a la hija desde que era un bebé, por parte de Mariana. Única, quizás, en lo dramático nacional: “levantarla sobre mi cabeza y tirarla con toda mi fuerza contra el suelo, para reventarla” [13].
“En cuanto a lenguaje, El caserón nada tiene que envidiar a El pan dormido, más aún si tratamos de contrastar sus diversos matices, aunque el poder de síntesis manifestado en el primero no propicie semejante consideración valorativa a primera vista”.
Violencia que se extiende hacia el interior de los territorios estrictamente masculinos en la época de El caserón: el boxeo profesional y el ejército; en el segundo se ubica la tremebunda automutilación, con un hachazo [14], además de otras experiencias cargadas de sutilezas extorsionistas entre hombres.
En cuanto a lenguaje, El caserón nada tiene que envidiar a El pan dormido, más aún si tratamos de contrastar sus diversos matices, aunque el poder de síntesis manifestado en el primero no propicie semejante consideración valorativa a primera vista. Sin renunciar del todo a la exégesis convencional, prefiero otear aquí este plano de análisis como peldaño en el campo de la identidad cultural, tan registrada con sentido de pertenencia en toda la obra de Soler.
La aspereza general de ese lenguaje no está exenta de belleza: “Cuando me meto en el mar, me parece que estoy en lo hondo del mundo, en sus entrañas, y es como si no hubiera ya misterio. Me siento sin principio ni fin; interminable”. / “Ahora veo el pasillo del caserón de mosaicos rojos como de sangre, una sangre que no da repulsión, sino tristeza, junto con un sentimiento de paz y ternura”. Legado que se extiende hasta su mayor antípoda: los tintes escatológicos en una pesadilla que describe un acto sexual: “Debajo de ellos se iba haciendo un charco hediondo, con el sudor y la baba de su lujuria” [15].
“(…) semejante catauro léxico (…) se encamina en El caserón hacia la esencia de lo santiaguero, de modo que el contexto histórico de los cincuenta del pasado siglo y sus antecedentes de reverberación ciudadana no requiera de énfasis alguno en cuanto a concientización ideológica”.
Amén del socorrido balance, estandarte del mobiliario santiaguero, figura el balde, cuando se desea limpiar, regar… Aparece además otro utensilio: un bocoy (de miel de abeja), que en algún momento diera nombre a una marca de ron; la vestimenta de los cincuenta, entre la que me entusiasmó conocer los guariminicos (uniformes de mala factura); la gastronomía: la tupinanga, los buñuelos de malanga, los machos (en La Habana llamados puercos) y quienes se dedican a su cría y venta: macheros [16].
Sin embargo, más que la palabrería suelta, atrapan frases y oraciones capaces de arrojar la riqueza verbal del oriente cubano: “Yo tengo que compartir esa mejorana” en el sentido de progreso. “Empezó a hablar en negro viejo”, aludiendo las voces de los muertos convocados por los muerteros. “—Ten cuidado, bruja de porra, que yo no le tengo miedo a tus envueltos” [17].
No obstante, semejante catauro léxico, tantas veces epidermis de entregas costumbristas, se encamina en El caserón hacia la esencia de lo santiaguero, de modo que el contexto histórico de los cincuenta del pasado siglo y sus antecedentes de reverberación ciudadana no requiera de énfasis alguno en cuanto a concientización ideológica. Sin embargo, al apartarse del corte realista más abundante en la obra de Soler, puede resultar extrañeza o desdeñarse su valor simbólico como el del fuego devorador que destruye el caserón, espléndida alegoría de saneamiento social.
Las menciones geográficas sobrepasan la condición de leitmotiv, al corporeizar el calor típico de la región: “Yo te siento dentro de mí. Lo mismo que a Juan Hernández y doña Josefa y los muebles y las lámparas y el calor…” / “Cuando no hay ciclón, Santiago se pone como un horno” [18].
“Las menciones geográficas sobrepasan la condición de leitmotiv, al corporeizar el calor típico de la región…”
La savia sociocultural acusa las pésimas condiciones de vida del boxeador negro en el período republicano; la prostitución: “él iba al barrio de las mujeres de la vida. En una casa de Santa Rita y la Alameda estaba la otra mujer”; las ventas ambulantes: Marañón se defendía “acondicionando a oscuras sus yerbas y sus hojas. Vendiéndolas por las calles se busca la vida” [19]. Apretado mosaico, nutrido por la idiosincrasia local, que no “localista”, en pos de un universo pleno, asumido por autor y personajes. Y así el patrimonio citadino luce radiantes íconos: Plaza de Armas, Boniato, Punta Gorda…, junto a otros espacios representativos de su red urbanística: Trocha, Princesa, Vista Alegre.
La incidencia estadounidense ratifica el estatus neocolonial bajo el criterio de que “aunque ya no haya Enmienda Platt, los americanos nos siguen manejando”. “Muchos miembros del ejército Nacional estudiaron en el Norte y en las academias americanas aprendieron lo último en cuestiones militares”. En la circulación monetaria: pagó con “diez billetes americanos de dos pesos, nuevecitos”. Y, por supuesto, el vocabulario adoptado de la otredad yanqui, vigente aún en toda la nación.
Sin ánimos de menoscabar los hallazgos propios de cada lector, me atrevo a la siguiente consideración final: en la ascendente espiral que va trazando la máxima potencialidad novelística cubana, la obra de José Soler Puig establece un ineludible referente.
En momentos de recuperación patrimonial de nuestra literatura, mediante la reactivación de la colección Biblioteca del Pueblo, considero que cabría incluirla en tan selecto conjunto, no solo como reconocimiento a sus valores artísticos, sino también acto de justicia y regalo a los lectores de hoy, en el 110 aniversario del natalicio de uno de los más grandes narradores cubanos.
Notas:
[1] Premio Nacional de Literatura, 1986.
[2] Se refería a José Antonio Portuondo (1911- 1991), paisano y gran amigo de Soler, quien también obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1986.
[3] “De ‘incesto’ y locura” en Valoración crítica de José Soler Puig, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2006, p. 73. Jorge Luis Hernández (1946-2004), colega de Soler en la labor de escritura para la radio, y uno de sus más cercanos amigos, plantea que la descalificación de El caserón en un concurso, por tildarla una “novela espiritista”, molestó bastante a Soler. Ver en “Puro juego, puro fuego”, en este mismo volumen, p. 66.
[4] Premio Nacional de Literatura, 2009.
[5] José Soler Puig. El caserón, ediciones Unión, La Habana, 1976, p. 43.
[6] “El caserón: psicopatología y violencia en José Soler Puig”, Talleres literarios, 1980. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, pp. 99, 102, 103.
[7] José Soler Puig. Obra Cit., pp. 125 y 170.
[8] Arsenio J. Rosales, Obra Cit., pp. 106, 107.
[9] Jorge Luis Hernández, Obra Cit., p. 65.
[10] José Soler Puig. Obra Cit., p. 93.
[11] Ver en Valoración crítica de José Soler Puig, p. 65.
[12] Ibídem, p. 17.
[13] Ibídem, pp. 68-69, 140 y 11. He citado en cuanto el maltrato contra la mujer siguiendo un rumbo ascendente hacia lo que considero violencia extrema.
[14] Ibídem, pp. 143 y 175.
[15] Ibídem, pp. 56, 65 y 16.
[16] Ibídem, pp. 53, 80, 105,115, 159 y 75.
[17] Ibídem, pp. 30, 79 y 157.
[18] Ibídem, pp. 42, 38, 63.
[19] Ibídem, pp. 117, 126 y 47.

