En 1967 el prestigioso Arnold Haskell, decano por entonces de la crítica británica de ballet, luego de haber visto a los bailarines cubanos conquistar los más altos galardones en las celebraciones del Concurso Internacional de Ballet de Varna en 1964-66, definió al fenómeno de nuestro Ballet como “el milagro cubano”. Al año siguiente volvió a Cuba y no sólo ratificó la existencia de la Escuela Cubana de Ballet, sino también el carácter masivo que ese arte tenía ya en nuestro país. Durante muchos años se ha trabajado para lograr que nuestro público sea uno de los más conocedores y entusiastas a nivel mundial.

Este fenómeno ha sido posible por la masificación del mismo y por el irrestricto apoyo estatal que ha recibido, aún en los más difíciles momentos que ha atravesado el país. Hoy día, en verdad, el Ballet Nacional de Cuba es Patrimonio de la Cultura Nacional y un tesoro que el pueblo, en su total acepción, preserva y valora como un especial tesoro suyo. Prueba de ello ha podido constatarse en esta especial temporada de Giselle en el Teatro Nacional, en que a pesar de la difícil situación que atraviesa la nación, desafió los horribles apagones y la carencia de transporte, para aclamar a una entidad artística que valora con especial devoción.

Hoy día el Ballet Nacional de Cuba es Patrimonio de la Cultura Nacional.

Hermosa siembra que nos legaron la tríada Alonso y las posteriores generaciones de artistas que supieron formar.

Un equipo capaz y entregado, bajo la guía de Viengsay Valdés, que contó con la experta y pasional labor de los maitres Consuelo Domínguez, Clotilde Peón, Ernesto Dìaz y Linnet González, hizo posible la revitalizacion del “milagro”, para regocijo de todos.

Deber cumplido.