Ya se cumplen veinte años de aquel fatídico 30 de diciembre de 2005. ¡Quién lo diría! Eran las 00.45 horas. Y para todos nosotros, me refiero a los más cercanos, el tiempo se detuvo durante varios meses. Lo creíamos eterno, escribió el catedrático español Maximiano Trapero tras conocer la noticia, resumiendo en esa frase el dolor de muchos. Yo, en lo particular, no había padecido nunca los efectos directos de la tristeza. Pero la muerte de mi padre me los mostró sin miramientos: amanecer sonámbulo con el rostro atravesado en la penumbra. Hasta que el propio tiempo se encargó de ir trastocando mi estado de ánimo en el ánimo de mi estado. Es decir, ¿por qué recordar al Indio Naborí desde la pena? No, ¡basta de lágrimas!, a él hay que recordarlo desde la poesía, que fue el eje cardinal de su vida.
Sépase de antemano que esta íntima evocación, pasados veinte años, va dirigida a los jóvenes, puesto que en ellos, solo en ellos, puede perpetuarse la memoria de un poeta que forma parte del imaginario que singulariza a nuestro pueblo. Alexis Díaz Pimienta lo definió así: El Indio Naborí de cada uno; definición que aporta sólidas razones para comprender mejor por qué a Jesús Orta Ruiz, nacido en La Habana, el 30 de septiembre de 1922, hay personas que lo creen natural de Las Tunas, Matanzas, Villa Clara o Pinar del Río. Personas que lo creen autor de poemas que escribieron Nápoles Fajardo, José Martí, Bonifacio Byrne, Manuel Navarro Luna o Nicolás Guillén. Personas que lo ven como un sobreviviente del asalto al cuartel Moncada. Personas que le otorgan títulos universitarios en las carreras de Derecho, Psicología o Administración Pública. Personas que lo ubican teniendo amores clandestinos… En fin, fue de tal envergadura su popularidad, su arraigo en las grandes masas y su compromiso con las causas de los más humildes, que todavía hoy algunos se preguntan: ¿el Indio Naborí fue católico?, ¿fue protestante?, ¿fue masón?, ¿fue abakuá?, ¿fue babalawo? Es increíble, literalmente increíble lo que ocurre con este poeta, algo que a mí, en lo más profundo, me hace sentir un sano orgullo.
“… ¿por qué recordar al Indio Naborí desde la pena? No, ¡basta de lágrimas!, a él hay que recordarlo desde la poesía, que fue el eje cardinal de su vida.
Pero más allá de mitos y leyendas, considero necesario dejar, bien claro, lo que sí fue el Indio Naborí: poeta, periodista, ensayista, comunista, fidelista, buen hombre y buen padre. Cualquier otra cosa que se diga por ahí, venga de donde venga, con buenas o malas intenciones, aunque falsa, resulta lógica y hasta comprensible, teniendo como base la inmensa popularidad que mencioné en el párrafo anterior y lo unido que estuvo, desde el Partido Socialista Popular, a los principales líderes que, en la década del 40 del siglo XX, defendían a los trabajadores del campo y la ciudad: Blas Roca, Juan Marinello, Severo Aguirre, Romárico Cordero, Lázaro Peña, Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias.
Si estas líneas pretenden recordarlo a los veinte años de su fallecimiento, igual no está de más traer al ruedo que hace treinta, visiblemente emocionado, recibió el Premio Nacional de Literatura. Aquella tarde resultó inolvidable, siendo Virgilio López Lemus el encargado de escribir y leer, en el Palacio del Segundo Cabo, las palabras de elogio, cuyo párrafo final reproduzco de inmediato:
…en este año de 1995, centenario de tantos acontecimientos históricos del país, el Premio Nacional de Literatura recae en un hombre cuya obra está a la altura de su mérito personal, de su vida llena de valores éticos y de amplia entrega a la labor social. Mis palabras deberían ir cerradas de inmediato por un guateque, por una canturía, por un concierto en el que los poetas de Cuba, o algunos representantes de ellos, canten al cantor Naborí, al poeta Naborí, al amigo, compañero y digno cubano que es Naborí. El momento siempre es propicio para los decimistas y no dudo que más de tres se preparen para hacerlo… A mí solo me resta darle las gracias a Orta Ruiz por su vida fecundísima, a su esposa Eloína Pérez, por acompañar tan ejemplarmente la vida al poeta, y al Instituto Cubano del Libro del Ministerio de Cultura por habernos dado la ocasión de decir de nuevo que la justicia ha triunfado, ¡adelante la poesía!.
Y para evocarlo desde la poesía, venga entonces la décima, la misma décima que menciona López Lemus, en este minuto como parte de un acontecimiento que enriqueció la historia de la poesía oral cubana. Me estoy refiriendo a la controversia, a la mítica controversia que ocurrió en el cine “Continental” (San Miguel del Padrón, La Habana, septiembre de 1982). Un detalle: hay quienes afirman que ocurrió un año antes, y hay otros que la ubican en 1980. Pero sea cual sea la fecha exacta, lo más importante es que sucedió y quedó grabada.

En esos días, era conocido que el Indio Naborí, por varias razones, ya no improvisaba en público. Poco a poco había dejado de practicar ese arte maravilloso y estaba dedicado a funciones más directamente relacionadas con la palabra escrita. Aunque también era cierto que, de vez en cuando, a solicitud de algún amigo, improvisaba décimas en casas, eventos o recintos aislados.
Sus sesenta años fueron celebrados en todo el país. Pero que San Miguel del Padrón le rindiera honores a través de su Asamblea Municipal, para otorgarle el título honorífico de “Hijo Predilecto”, tenía para él una importancia conmovedora. El acto como tal, como ya dije, se llevó a efecto en el cine “Continental” de esa localidad habanera. Los organizadores, repletos de entusiasmo, le habían solicitado al poeta que volviera al escenario y cantara en público. ¡Vaya noticia! El poeta aceptó. Esa tarde-noche de septiembre, el mismo adorado juglar de los años 40 y 50, sostendría una controversia con otro grande del verso improvisado: Pablo León.
Lo que finalmente sucedió es casi incontable. Calles cerradas, policías controlando el acceso, barreras de contención, cientos de personas en el interior del cine, cientos afuera, audio previsto para los dos espacios, gritos, salutaciones del más variado espectro; en fin, un acontecimiento, un verdadero acontecimiento poético de carácter nacional, pues al cine “Continental” habían llegado admiradores de todo el país. Nadie quería perderse al Indio Naborí. Oye, ¡el hombre va a cantar!, ¡va a cantar!, ¡eso será histórico! La noticia pasó de boca en boca, de provincia en provincia, de pueblo en pueblo. Y si nadie quería perderse al Indio Naborí, lo mismo pasaba con Pablo León. ¿Esos dos gigantes improvisando en un mismo lugar?
Asimismo fue. Además, nadie me lo contó, yo estuve allí, yo estuve allí sentado en la primera fila, por eso ahora puedo contar la historia con algunos detalles. Y si de historia se trata, y si de simbolismo cultural se trata, entonces debo decir que cuando el poeta llegó al cine, de inmediato preguntó por un adolescente repentista llamado Alexis Díaz Pimienta, que tendría, en ese momento, 14 o 15 años. La respuesta fue que Alexis tenía gripe, pero el poeta no se conformó. Solicitó hablar con el padre (que sí estaba allí) y le pidió que trajera a su hijo, no obstante los rigores del resfriado. Finalmente, el adolescente repentista se personó a tiempo en el lugar y cantó varias décimas improvisadas, como parte de la introducción poético-musical que los organizadores tenían preparada. Para mí, todo quedó muy claro: el Indio Naborí quería, contra viento y marea, que Alexis Díaz Pimienta, quien ya proyectaba un futuro luminoso, tuviera esa tarde-noche su primer gran escenario.
“Y la palabra, dueña de un hondo patriotismo, queda a merced de la emoción, solo de la emoción”.
Después vino el esperado plato fuerte. El Indio Naborí, con paso lento, y vistiendo un saco de color carmelita oscuro, hizo suya la escena. El cine entero estalló en aplausos. La sostenida ovación dejó mudo al poeta durante varios minutos. Sentía una emoción que no esperó sentir. Parecía que el tiempo no había pasado y que él estaba nuevamente en el estadio “Campo Armada”. Suspiró profundo, aguantó las lágrimas y se acercó al micrófono: “…Hermanos: yo quisiera que ustedes tuvieran en cuenta que yo hace más de veinte años que de un modo sistemático no canto, y que también tengo ciertas limitaciones de salud. Sin embargo, el deseo de ustedes es que yo cante, y si canto por última vez, que sea esta noche. Así que voy a cantar con mucho gusto”.
El progreso me ha borrado
la cañada y la arboleda,
pero en mi recuerdo queda
todo como dibujado.
Se ha convertido en poblado
lo que en mi niñez fue monte,
se transforma el horizonte,
hay columna en vez de palma,
pero aquí, dentro del alma,
traigo el último sinsonte.
Todavía hoy no se ha estudiado a fondo la importancia que tuvo aquel encuentro poético. Y según algunos estudiosos del tema, el Indio Naborí, esta vez junto al admirado Pablo León, protagonizaba otro hito en la historia de la oralidad hispanoamericana. Pero afirmar lo anterior siempre me resulta un poco rimbombante (lo he dicho y escrito otras veces). Yo prefiero quedarme con el rango que tuvo ese acontecimiento para la cultura popular cubana. ¿Por qué entonces no transcribir, publicar y rescatar esa controversia? En la práctica, sería una forma de perpetuar una parte del patrimonio inmaterial de la nación cubana, ahora con la garantía de trascendencia que otorga el valor textual.
Aunque no deseo realizar un análisis teórico de las décimas, puedo asegurar que en el cine “Continental” se labraron maravillas de imágenes y metáforas. ¿Acaso un intento de realizar allí la tercera parte de la Controversia del Siglo en Verso Improvisado? Obsérvese la seriedad de los temas, y obsérvese el tratamiento poético que reciben esos mismos temas. No existe ni el más mínimo desliz de ligereza. Y la palabra, dueña de un hondo patriotismo, queda a merced de la emoción, solo de la emoción.

Otro detalle a destacar es el siguiente: aquel encuentro en el cine “Continental”, como ya se ha dicho, era un homenaje al Indio Naborí. Y respetando ese motivo, Pablo León, pleno de amistad, admiración y modestia, suma su verso a la celebración. No tengo la menor duda de que él, por ser uno de los grandes improvisadores cubanos de todos los tiempos, podía haber llevado la controversia hacia derroteros que tuvieron una mayor afinidad con su propia vida. Sin embargo, hizo todo lo contrario, eligiendo con ello una opción de elevado altruismo: cantarle al amigo.
El Indio Naborí, en su último escenario como poeta repentista, demostraba (una vez más) que entre su alter ego de juglar y su alter ego de letras no existía ninguna contradicción, porque ambos eran complementarios. Cito otra décima improvisada por el Indio Naborí aquel memorable día:
Casi en mi terminación
vengo a evocar mi principio
en tierras del municipio
de San Miguel del Padrón.
Aquí, donde la emoción
de la juventud viví,
el recuerdo viene a mí
—filtrado rayo de luna—
y me conmueve la cuna
humilde donde nací.
Reitero que no realizaré un análisis teórico de las décimas. Pero sí deseo invitar al lector a que se haga la siguiente pregunta: ¿estamos o no estamos ante el prodigio de la verdadera poesía? El Indio Naborí es un caso atípico en la historia de la literatura cubana, dado que en él se da una fusión poeta-poema-poesía-popularidad que alcanza niveles de categoría estética. Su vida y obra marchan juntas, haciéndose presentes, como un todo significativo, los conceptos sociedad, cultura, independencia, nación, patria y Revolución.
En su obra está lo clásico y lo moderno, está lo culto y lo popular, pero también existe una vertiente que lo distingue y singulariza: lo social, una realidad que puede visualizarse con especial claridad cuando se observa el equilibrio de acción y pensamiento que siempre existió entre el poeta y su pueblo.

Por esa razón, y aunque se tratase de un homenaje que le estaba regalando su tierra natal, el Indio Naborí, como parte de la controversia, no pudo evadir lo social. Y entonces cantó:
En aquellos tiempos rudos,
en que apenas el pan tuve,
por estas calles anduve
niño con los pies desnudos.
Eran mis inviernos crudos,
mi escuela trunca y baldía.
Pero ya gracias al día
que de retama hizo miel,
los niños de San Miguel
no tendrán la infancia mía.
No exagero si ahora digo que en el cine “Continental” se vivieron momentos de profunda emoción, que se vivieron momentos donde lo que primó fue el más puro delirio, multiplicado mil veces porque entre el numeroso público asistente, estaban sus familiares y amigos más queridos. Varios fueron los temas: San Miguel del Padrón, la Patria, los padres, los hijos, los mártires e inolvidables vivencias de los dos poetas. Una de ellas, emotiva hasta el tuétano, ocurrió cuando el Indio Naborí, desde el escenario, se dio cuenta que allí también estaba su primer maestro: Rodolfo Díaz Moya, ya anciano, ya con bastón, pero todavía admirando a su discípulo como el primer día. El poeta no pudo contener la emoción y cantó:
Aquí estoy, en los felices
días que luego han venido,
como el árbol que ha crecido
aferrado a sus raíces.
Me arrullan las codornices
suaves de la evocación,
repitiendo la lección
de Rodolfo Díaz Moya,
que quiso hacer una joya
de un pedazo de carbón.
El entusiasmo del público, dígase un furor desenfrenado de alegría estética, llegó a límites extremos. Y fue así, en medio de una sostenida ovación, que comenzó a escucharse la inconfundible voz de Pablo León, quien haciendo gala de sus magistrales dotes, y demostrando al mismo tiempo que aquel encuentro sí era una controversia al más alto nivel, ripostó emocionado:
Cuando Moya una lección
te aplicó por vez primera
sabía que el carbón era
más diamante que carbón.
Lo alumbró la proyección
profunda de tu mirada,
y allí miró una alborada
con diez soles en el vientre
anticipándose entre
los niños de la barriada.
Pudiera continuar reflexionando sobre la importancia de lo que ocurrió ese día, pero tal vez sea mejor que ustedes mismos, los lectores, se acerquen directamente a la controversia. Tuvo una duración aproximada de treinta y seis minutos, y en ella se improvisaron un total de treinta y seis décimas. Por suerte, y para la historia, quedó grabada, convirtiéndose con los años en una conferencia magistral de la que beben a diario los mejores poetas repentistas cubanos.

Las décimas improvisadas en el cine “Continental” se unen, por derecho propio, al grupo de sagrados horcones que hoy sostienen el desarrollo de la poesía oral en Cuba. ¡Qué bello homenaje a la estrofa nacional! Ah, pero eso sí, allí no hubo ganadores. Los dos poetas tuvieron el mismo nivel de excelencia. ¡Gloria entonces a Pablo León!, y gloria a todos los poetas improvisadores de la Isla que han hecho de la décima un oficio de luz.
Sean, pues, estas líneas, un pretexto para continuar recordando, veinte años después de su fallecimiento, al poeta de las “Estampas campesinas”, de “La Fuga del ángel”, de “Con tus ojos míos” o de “Entre y perdone usted”. La huella renovadora de este admiradísimo hombre, fue un faro paradigmático para generaciones de poetas que vinieron después, y ese después llega hasta nuestros días. ¡Enhorabuena! Hoy la décima es la tradición lírica más antigua y actual de Cuba. ¿Será porque el último sinsonte continúa volando?

