En mis inicios literarios, algunas veces me encontré con personas que me decían: “Yo escribo para mí”, no obstante, siempre acababan enseñándome sus poemas, por lo general compuestos a mano en libretas escolares. Yo concluía para mis adentros ─con maledicencia: “Caramba, si yo soy tú, lo mismo que tú eres yo”, pero respondía: “Pues yo escribo para el aire”. Y también mentía, pues soñaba con tener lectores a tutiplén.

¿Para quién escribe uno? Vaya usted a saber en qué pensaba Vicente Aleixandre cuando afirmó: “Para ti, hombre sin deificación que, sin quererlas mirar, / estás leyendo estas letras. / Para ti y todo lo que en ti vive, / yo estoy escribiendo” (lector azaroso y descontaminado). O Eliseo Diego cuando afirmó: “Un poema no es más / que una conversación en la penumbra / del horno viejo”. En efecto, todo poema conversa con alguien; a veces con un interlocutor que está “cerca, tangible, real, como en los sueños”, otras con seres o estamentos puramente simbólicos, pero siempre en pos del oído (o el ojo) atento.

En los inicios, por lo general el lector deseado coincide con el interlocutor convocado; con la madurez llegan las ganancias conceptuales y la pericia; el interlocutor se va haciendo menos focalizado, más universal; es el momento en que el poeta trasciende su intimidad y se desborda hacia las demandas del resto de los seres humanos.

“El hombre conoce más a los otros que a su subconsciente. Sobre los otros proyectamos lo que entendemos que debe ser la humanidad, y el constructo simbólico acaba revirtiéndose hasta devenir espejo”.

Nadie escribe para “nadie”, aunque el receptor virtual sea cada vez más difuso; pero es cierto que a veces se escribe para ese extraño que es cada cual para sí mismo. Solo que el “yo”, enriquecido por las experiencias ─adversas o favorables─ cada día va siendo más “el otro”.

El hombre conoce más a los otros que a su subconsciente. Sobre los otros proyectamos lo que entendemos que debe ser la humanidad, y el constructo simbólico acaba revirtiéndose hasta devenir espejo. La poesía se escribe, o se dice, o se lee en soledad para descubrir al ser ideal que quisiéramos instaurar sobre la faz de la Tierra.

A la altura de mis años advierto que, sin un ojo ajeno que me lea o un oído que me escuche, queda en mí una sensación de vacío, solo reversible tras un mínimo acto comunicacional (una publicación, una lectura compartida). Y también descubrí cómo mi interlocutor virtual mutó: inicialmente se me presentaba como un ser común, de rostro desdibujado, más por la incertidumbre estilística que por voluntad de apego; luego devino persona capaz de establecer complicidad con los códigos metafóricos desde el conocimiento adquirido (el lector macho de Cortázar) y finalmente regresó el hombre de a pie, ahora con el rostro de una identidad común, ligado a mi sensibilidad por vivencias y anhelos de clase. Las patrias comunes que son el idioma y las luchas de un pueblo por sus derechos son algunas de las marcas más fuertes en esa alianza.

“Entre las ganancias de la madurez, está que cada día más configura su presencia ese otro a quien le hablamos desde la poesía; y se parece a todos con los que dialogamos alguna vez”.

Quizás en una etapa similar, aunque ─a diferencia de mí─ muy joven, se hallaba Miguel Hernández cuando concibió “Vientos del pueblo”: “¿Quién habló de echar un yugo / sobre el cuello de esta raza? / ¿Quién ha puesto al huracán / jamás ni yugos ni trabas, / ni quién al rayo detuvo / prisionero en una jaula? // No soy de un pueblo de bueyes / que soy de un pueblo que embargan / yacimientos de leones, / desfiladeros de águilas / y cordilleras de toros / con el orgullo en el asta”. Estamos ante el poeta que, mientras lucha por la justa causa republicana, rechaza la dominación y reafirma su identidad. Lejos de la queja amorosa, se enfoca a lo colectivo en aras de la justicia y las reivindicaciones de la especie.

Entre las ganancias de la madurez, está que cada día más configura su presencia ese otro a quien le hablamos desde la poesía; y se parece a todos con los que dialogamos alguna vez. En estos tiempos de guerras y barbarie, la poesía vuelve a constituir arma y alivio; su capacidad de transformación está en la denuncia del daño humano y en la proclamación, una vez más, de la exclusividad y belleza de la vida para anteponerla a la filosofía de la rapiña y el despojo. La poesía, acto de fe, apuesta por un futuro hijo de un presente donde hagamos imperar la inteligencia y la empatía.

El poeta mártir guatemalteco Otto René Castillo, en su poema comunicado, lo expresó con versos de una sencillez contundente: “Nada / podrá / contra esta avalancha / del amor. / Contra este rearme del hombre / en sus más nobles estructuras. /Nada / podrá / contra la fe del pueblo / en la sola potencia de sus manos. / Nada / podrá / contra la vida. / Y nada / podrá / contra la vida, / porque nada / pudo/ jamás / contra la vida”.

Agreguemos entonces, con los ojos de hoy: el odio nunca podrá contra la poesía, porque nada pudo jamás contra los ideales de justicia.