Sobre este libro 

Este libro es resultado de una búsqueda que iniciamos, con el apoyo del Dr. Enrique Alemán, hace ya varios años. Lo hemos titulado Notas; porque se trata de eso: solo “Notas”. Nada más lejos de aspiraciones académicas que las páginas que siguen. No pretendimos hacer nada parecido a una Historia del Espiritismo ni una evaluación “científica” de los fenómenos que describen protagonistas y estudiosos del diálogo entre vivos y muertos.

Solo nos proponemos mostrar algunas significativas “confluencias”, como diría Lezama, que caracterizan a un movimiento muy amplio, moral, ideológico, cultural, asociado al florecimiento, entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX, de corrientes de librepensamiento, antidogmáticas, anticlericales, feministas, antirracistas, emancipadoras, orientadas a impulsar la secularización de la enseñanza y de toda la sociedad.

Aspiramos igualmente a que Escuchando a los muertos ayude a extender una mirada más objetiva y justa hacia el Espiritismo y los espiritistas y contribuya a refutar ciertos prejuicios y visiones estereotipadas.

Aunque el Espiritismo tiene una presencia indiscutible en Cuba, muy fuerte, mezclado o “cruzao”, o kardeciano más o menos “puro” o “impuro”, o de cordón, o de cualquier otra corriente, hay todavía personas que lo consideran algo propio de gente ignorante, asociado al “atraso”.

Nos hemos topado a menudo con textos serios que recorren en detalle la vida de personajes destacados de nuestra historia que han practicado el Espiritismo, y esta última información se suprime como si fuera un dato vergonzoso.

Tales omisiones son fruto, quizás, de la antigua y persistente campaña de la Iglesia Católica contra el Espiritismo, de exceso de ateísmo, sin matices, de escrúpulos racistas y burgueses y de la contaminación de nuestro clima espiritual por la poderosa industria cultural yanqui, que todo lo simplifica. Nada más lejos del Espiritismo auténtico que las películas hollywoodenses de fantasmas.  

Algunas figuras vinculadas al Espiritismo

Hombres y mujeres muy célebres en todos los ámbitos fueron espiritistas o estuvieron muy cerca del Espiritismo: desde poetas como Víctor Hugo, Longfellow, Yeats, Bécquer y Lorca, músicos como Schumann, pintores como Hilma af Klint y Vasili Kandinski, filósofos como Henry Bergson, científicos como Pierre y Marie Curie, políticos como Lincoln y Madero, hasta líderes revolucionarios de la talla de Sandino. Todas estas personalidades tan relevantes y muchas otras se propusieron escuchar a los muertos.

El célebre poeta, escritor y humanista Víctor Hugo fue un seguidor convencido de la doctrina espiritista. Imágenes: Cortesía de los autores

El propio Oscar Wilde participó en sesiones espiritistas, atraído por su esposa Constance Lloyd, miembro de la Orden Hermética del Alba Dorada, a la que pertenecía, incluso, el autor de Drácula, Bram Stoker.

Era la época en que la reina Victoria hizo lo posible por comunicarse con su esposo, el príncipe Alberto, tras su muerte temprana. Estas búsquedas de la reina, infructuosas o no, pusieron de moda el Espiritismo en la “alta” sociedad británica y probablemente también en la “mediana” y la “baja”.

Aunque John Lennon nació muchos años después de la moda victoriana de dialogar con los muertos y no ha llegado a nosotros ninguna noticia que lo vincule al Espiritismo, hay una reflexión del autor de “Imagine” que no podemos dejar de citar: en mayo de 1969, en una entrevista radial para la BBC, dijo: “No le tengo miedo a la muerte porque no creo en ella. Es solo como bajarse de un automóvil para subirse a otro”. 

En nuestra Cuba, donde nacer “es una fiesta innombrable”, encontramos figuras sobresalientes que, como Lennon, creían que la muerte no equivale al vacío, a la nada, sino al paso de una dimensión a otra.

Entre ellas, hay que destacar al pensador independentista, historiador, novelista, dramaturgo, divulgador de la cultura santiaguera y cubana, Emilio Bacardí y Moreau, ávido lector de los libros de Kardec y seguidor del “Espiritismo científico”. Igualmente, al primer teniente del Ejército Libertador Francisco Salgado y a tantos mambises que rechazaron la prédica colonial, retardataria, ultraconservadora, de la Iglesia Católica, para descubrir un espacio abierto y generoso en los centros espiritistas. Entre ellos, Salustiano Olivera, veterano de la Guerra del 95, que fundó en Monte Oscuro el centro “Luz y Verdad”, visitado, estudiado y comentado en sus textos por Don Fernando Ortiz.

Otros oficiales del Ejército Libertador, Juan Bruno Zayas, médico y general de brigada, y el también médico y brigadier Joaquín Castillo Duany son evocados permanentemente como espíritus protectores para ayudar a la curación de enfermos.

Hubo, por supuesto, espiritistas entre los mambises cubanos del siglo XX. Conocimos y entrevistamos hace años a Alfredo Durán, que había luchado a las órdenes de Camilo, y nos hemos topado con otros nombres en diversas publicaciones. Pero entre todos se destaca el del Dr. René Vallejo, médico y combatiente manzanillero, comandante del Ejército Rebelde, muy cercano a Fidel.

Pero quizás debimos encabezar esta relación con el gran patriota y gran espiritista Francisco María González Quijano, quien trabajó con Martí en la fundación del Partido Revolucionario Cubano y se convirtió en arquitecto incansable de la unidad entre los emigrados. Era un taquígrafo muy hábil, y llegó a copiar el torrente oratorio martiano de discursos como “Con todos y para el bien de todos” y “Los pinos nuevos”. Más tarde, ya en la República frustrada, en 1915, González Quijano fue uno de los gestores principales de la Sociedad Espiritista de Cuba, y su presidente fundador, y, en 1920, ya muy enfermo, organizador del Primer Congreso Nacional Espiritista.

Francisco María González Quijano, fundador junto a Martí del Partido Revolucionario Cubano y presidente fundador de la Sociedad Espiritista de Cuba.

Párrafo aparte merece una distinguida familia de Puerto Príncipe, formada por el matrimonio de Manuela Argilagos y el doctor José Ramón Simoni y sus hijos. Con Amalia se uniría Agramonte, aquel “diamante con alma de beso”, como lo definió Martí. De ellos hablaremos especialmente en otro capítulo.

Una página para Eusebio

Eusebio, nuestro Eusebio, un cubano ejemplar, fidelista, revolucionario, devoto del “Cristo de los pobres”, como decía Chávez, hondamente católico, pero dotado de un pensamiento abierto, ecuménico, ajeno por esencia a la intolerancia de ciertos sectores clericales, estaba orgulloso de haber apoyado el rescate del busto de Allan Kardec que los espiritistas cubanos levantaron en el centenario de la publicación de El libro de los espíritus y que, en 1959, un extremista arrancó de su sitio con una grúa y lo hizo desaparecer.

Según el testimonio de Alfredo Durán, de la Sociedad Consejo Supremo Nacional Espiritista, el busto fue localizado en un almacén y, gracias a las gestiones que hicieron con José Felipe Carneado, se entregó para ser conservado en la sede de la Sociedad, en Porvenir número 167.

En este punto intervino Eusebio, quien recibió el busto, lo puso en manos de los mejores restauradores, y lo instaló en un hermoso parque cerca de la Terminal de Trenes.

Al propio tiempo, en el acto de reapertura del Castillo de Atarés, el 14 de noviembre de 2019, Eusebio, un poco en broma, un poco en serio, hizo pública esta revelación:

Perdónenme que haya tenido que estar un poco sentado, porque estoy un poco fatigado; pero la fatiga no es el resultado de lo que no ha podido vencerme, ni derrotarme, es que vengo caminando hace mucho tiempo, hace muchas décadas, hace muchos siglos. El verdadero misterio es que yo viví hace siglos en otros cuerpos y estuve aquí cuando se construyó el castillo. Muchas gracias.

Antecedentes del Espiritismo moderno

En todas las épocas, en todas las culturas, desde los tiempos más remotos, hay preguntas que han estado invariablemente “flotando en el viento”, como diría Bob Dylan. Preguntas sobre qué pasa tras la muerte física y sobre si es posible para los vivos comunicarse con los muertos. Nos hemos centrado en nuestro libro, fundamentalmente, en el llamado “Espiritismo moderno”, nacido a mediados del siglo XIX, y en sus derivaciones. 

Antecesores de este movimiento son los “socialistas premarxistas” como Robert Owen, Joseph Fourier y Henri de Saint-Simon y sus seguidores en Europa y los Estados Unidos.  

Andrew Jackson Davis, conocido en Estados Unidos como “Padre del Espiritualismo Moderno”, vivió en marzo de 1844 una experiencia de comunicación —real o imaginada— con dos entidades, el Espíritu Galeno y el Espíritu Swedenborg, que se identificaron como sus “mentores”.

Davis llamó la atención de muchas personas cultas, interesadas en los contactos con el Más Allá. Entre ellas, un Grande entre los Grandes: Edgar Allan Poe. En la poesía y la narrativa de Poe, en enigmas, voces, personajes vivos o muertos, hay muchas huellas de su fascinación por el Espiritismo.

En 1847, el reverendo William Fishbough, ayudado por la mediumnidad de Davis, publica en los Estados Unidos Principios de la Naturaleza, su revelación divina y una voz para la humanidad. Y ese mismo año, en Francia, aparece el primer tomo de Arcanos develados de la vida futura del “magnetizador” Louis Alphonse Cahagnet. Luego, el 22 de noviembre de 1848, en Argenteuil, se funda la primera Sociedad de Magnetizadores Espiritualistas presidida por el propio Cahagnet. 

Andrew Jackson Davis, conocido en Estados Unidos como “Padre del Espiritualismo Moderno”.

Golpes en las paredes, mesas parlantes, cestitas con lápices

Sin embargo, todos los investigadores coinciden en que el “Espiritismo moderno” nació en 1848, en Hydesville, un pueblito al norte del estado de Nueva York, a partir de una efectiva o supuesta comunicación de dos adolescentes con los espíritus. Estas “revelaciones” de las hermanas Fox, que al parecer dialogaban con el Más Allá a través de golpes en las paredes de madera de su vivienda, causaron un impacto excepcional y, muy pronto, fueron contratadas por un circo y absorbidas por el mundo del espectáculo, tan decisivo desde entonces en la sociedad norteamericana. 

Más tarde, se popularizaron en los Estados Unidos y en Europa las “mesas parlantes o giratorias”, a través de las cuales los espíritus respondían preguntas, también con el uso de golpes —siguiendo el “modelo” de las hermanas Fox.

En 1853, en París, alguien fabricó las primeras “cestitas psicográficas”, y muy pronto se extendió la utilización de pequeñas cestas de mimbre, con un lápiz añadido, que facilitaban el trabajo de los médiums encargados de anotar los mensajes de los espíritus.

Se popularizaron en los Estados Unidos y en Europa las “mesas parlantes o giratorias”.

El Codificador

En mayo de 1855, el pedagogo Hippolyte Léon Denizard Rivail —el futuro Allan Kardec— asistió a varias reuniones protagonizadas por mesas, cestitas y presuntos espíritus y quedó impresionado. Pero fue más lejos: “En esas aparentes futilidades y en la especie de juego que se hacía de esos fenómenos (escribió luego), vislumbré algo muy serio y la revelación de una nueva ley en la que me propuse profundizar”.

En 1957 se publicó El libro de los espíritus de Allan Kardec, que tuvo una enorme trascendencia. Comenzó a organizarse en términos conceptuales lo que hasta el momento se movía, por un lado, en círculos de seguidores honestos, muchos puramente intuitivos, y, por otro, en la lógica lucrativa del show. Kardec, con razón, fue bautizado como “el Codificador”. 

Hippolyte Léon Denizard Rivail, el futuro Allan Kardec.

¿Por qué el Espiritismo?

El Espiritismo no acepta las nociones de la Culpa y del Pecado, conceptos esenciales en la tradición judeo-cristiana, que tanto daño han hecho, en nuestra opinión, para la formación de personalidades sanas y equilibradas.  En el ámbito espiritista resulta inconcebible la idea absurda de que un niño deba confesar sus supuestas “faltas” ante un sacerdote. Al igual que todas esas fábulas sobre el Paraíso, el Infierno o el monstruoso Limbo, premios o castigos eternos que se convierten en pesadillas para aquellos que intentan alcanzar en el mensaje de Cristo paz, fraternidad y amor.

La mujer, pilar de la familia y de toda la sociedad, que es relegada a posiciones secundarias por la Iglesia Católica y otras denominaciones religiosas patriarcales, desempeña en el Espiritismo un papel protagónico como médium y como líder de centros, asociaciones y comunidades. No es casual que muchas mujeres prominentes de la lucha por la emancipación femenina fueran, asimismo, espiritistas.

Integrantes de la Agrupación Socialista Femenina de Capdepera (Mallorca), entre ellas la espiritista y feminista María Vaquer (de pie, tercera por la derecha) perseguida y encarcelada por el franquismo.

En los Estados Unidos, en el Sur cruelmente racista, hubo mujeres y hombres blancos, sensibles, humanistas, practicantes del “espiritualismo”, que desafiaron las leyes de la época y ocultaron y protegieron a esclavos fugitivos. 

La Cuba de finales del siglo XIX parecía destinada para recibir y absorber las ideas y las prácticas del Espiritismo. Los cubanos llevaban muchos años combatiendo al colonialismo español y sufriendo la opresión clerical. España había traicionado la prédica amorosa de Cristo y usaba la Iglesia para reprimir toda herejía.

Y un dato clave: desde entonces, nuestro pueblo tenía a su favor aquella virtud que subrayó Martí en su inmortal Vindicación de Cuba, “la ausencia absoluta de intolerancia religiosa”.

Este rasgo, que nos aleja de todo fanatismo tortuoso, tuvo una lectura contraria en la mirada del Reverendo Abiel Abbot, párroco de la Iglesia Congresional de Beverly, Massachusetts, quien visitó Cuba en 1828:

El domingo no me parece —en un país católico— domingo. Veo que muchas de las tiendas están abiertas ofreciendo a la venta toda clase de artículos. (…) En el camino a la iglesia, aún al amanecer, las ruidosas mesas de juegos se le meten a uno por los ojos, con ávidos jugadores que tiran una moneda sobre la plata apilada. Varios hombres conducen gallos a la valla mientras solos unos pocos van a misa. Muchos prefieren ir al campo para contemplar sus hermosos paisajes (…). Y algunos tengo la esperanza de que busquen en el retiro, en la plegaria y en la palabra de Dios, la enseñanza religiosa y el consuelo que tan parcamente se imparte en el templo, si es que acaso se imparte.

Así describe este párroco yanqui el clima espiritual de la Cuba del siglo XIX: un país católico donde “los domingos no parecen domingos”; donde los quioscos, las mesas de juegos, las vallas de gallos, son más atractivos que el templo de Dios. 

Según Fernando Ortiz, el escepticismo siempre fue característico del cubano. Aun practicando las más diversas creencias, tanto en la colonia como en la República, el cubano se autodefinió religioso “a su manera”.

En medio de la lucha de los cubanos por librarse del despotismo de España, se radicalizó el apoyo de la Iglesia Católica al gobierno colonial. Los sacerdotes vendían bienes de sus templos para reunir dinero y entregarlo al ejército español; bendecían las tropas que iban a luchar contra los mambises y colaboraban en la denuncia y persecución de todo sospechoso de tener sentimientos independentistas. Muchas iglesias sirvieron como fortines, cuarteles y centros de abastecimiento para militares españoles y para cubanos al servicio de España, los llamados “voluntarios”, más feroces que los peninsulares.

Todo esto provocó entre los patriotas un rechazo mayor a la Iglesia y al clero y generó simpatías hacia una doctrina moderna y experimental, considerada “científica”, que permitía una relación directa con los espíritus, a diferencia de la adoración por los santos, incapaces de dar una solución expedita a los reclamos de la gente. 

Por supuesto, la jerarquía católica, las autoridades coloniales —civiles y militares—, oficiales y soldados españoles, voluntarios, curas, todos ellos, juzgaron unánimemente que el Espiritismo había venido a la Isla a reforzar las filas de un doble enemigo: el Diablo y el Independentismo.

La práctica espiritista fue considerada peligrosa para el estatus de la Siempre Fiel Isla de Cuba, y sus practicantes fueron clasificados sin miramientos como anticristianos y sediciosos. No obstante, el flujo de elementos del catolicismo hacia las religiones populares nunca se detuvo.

Por lo demás, hay rasgos centrales del Espiritismo que facilitaron su acogida en la Isla y su rápido arraigo en la cultura popular cubana. A los rígidos conceptos y estructuras de la Iglesia, el Espiritismo opone su tolerancia, su carácter democrático, su generosa capacidad para aceptar a todo el mundo, sin excepción, y sin estrictos requisitos de iniciación. No hay jerarquías institucionales en el Espiritismo. 

Las ceremonias espiritistas se pueden practicar individual o colectivamente y con muy pocos recursos materiales. Los médiums son mujeres y hombres de todas las edades, colores de piel y niveles de educación. Cualquier persona puede desarrollar la mediumnidad y escuchar a los muertos.

No se trata de un don exclusivo de una casta de “elegidos”. El Espiritismo no acepta que una institución y un pequeño número de personas monopolicen la comunicación con el Misterio. Los seres humanos no necesitamos mediadores.

Ceremonia propia del espiritismo de cordón. Foto que aparece en el artículo de Fernando Ortiz “Una cubana danza de los muertos”.

La mayoría de los cubanos practicaba un catolicismo popular, alejado del dogma católico y más apegado a la adoración de imágenes, en especial a la advocación a la Virgen María. Hay que añadir el componente africano: personas arrancadas violentamente de su entorno físico y cultural, que trajeron a Cuba la espiritualidad de los muy diversos territorios de donde procedían.

Según Jorge Domingo y Rigoberto González García, autores de “Espiritismo Moderno en Cuba. Su establecimiento en el país: una polémica todavía abierta”:

En Cuba entraron por concepto de la trata de africanos esclavizados, un número aproximado de trescientas etnias (…) Un punto de engarce entre tales cultos y el espiritismo es que, en todo el elemento religioso del componente africano integrado en el etnos cubano, desde las deidades mayores más veneradas hasta el más humilde espíritu, tienen un denominador común de origen como rasero: son muertos. Son sorprendentes las coincidencias en tal sentido, entre las creencias reencarnacionistas del espiritismo y de los aludidos cultos populares cubanos.

El Espiritismo: una cultura de resistencia

Compartimos la opinión del Dr. Enrique Alemán sobre el origen propiamente indígena del Espiritismo cubano. Para él, para nosotros, no vino importado. Se trata de la manifestación más antigua y legítima de la religiosidad cubana. Cuando Cristóbal Colón llegó a Cuba el 27 de octubre de 1492 y nos “descubrió”, ya nuestros antepasados arahuacos dialogaban con los muertos a través de rituales similares a los del llamado “Espiritismo de cordón”.

Fina García Marruz evocó en su gran poema “Los indios nuestros” el areíto descrito por el Padre Las Casas: “con la música y los bailes / fingían los movimientos del pez / en el momento de escapar, de escapar de lo extraño / asediando, hacia el ondeante azul, / su reino, el nuestro, el intocado eterno, / dejando por toda crónica esa entrañable historia”.

Para el Dr. Enrique Alemán, esa danza y esa música, ese pez que se escapa, ese reino asediado por nuestros indios, crearon un peldaño básico de la cubanía: “El Espiritismo (subraya) es una parte esencial de la cultura cubana, increíblemente diverso, florido. Es el rostro de todos. Tus muertos no son los míos, cada cual, con su práctica, con su vaso de agua. Es una cultura de resistencia”.

Descargar aquí primer capítulo del libro Escuchando a los Muertos (Notas sobre espíritus y Espiritismo) (I)

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