Jazz Plaza 2026: la hora de los clústeres y el riff de una ciudad
El entusiasmo y el júbilo de los organizadores del Festival Jazz Plaza está en su punto más ardiente: se ha llegado a la edición 41 del que muchos historiadores consideran como el evento más “longevo en la historia del jazz en toda América Latina y posiblemente en toda Iberoamérica”. Y no es exagerada la afirmación anterior.
Para nadie es secreto que aquellas “sesiones de descargas” de los domingos en el teatro de la Casa de la Cultura de Plaza que organizaban Bobby Carcassés y Armando Rojas, se transformaron primero en un pequeño Festival para reunir a los jazzistas cubanos de entonces y con el paso de los años en todo un festival que hoy trasciende el patio (y aquel pequeño teatro) donde comenzara esta historia.
Llegar a la edición 41 implica, tanto cultural como socialmente, el haber sido parte de la vida de al menos unas cuatro generaciones de músicos, tanto cubanos como extranjeros, y de habitantes de esta isla: y en el caso de los compatriotas es significativo como aquel esfuerzo fundacional ha hecho del jazz ―tanto cubano como internacional― todo un fenómeno de masas que se ha imbricado en el tejido cultural de la nación.
Si algo ha caracterizado al Festival Jazz Plaza a lo largo de estas cuatro décadas ha sido su eclecticismo estético desde lo conceptual y lo formal.
Y es que aquel pequeño grupo de músicos y seguidores del jazz en Cuba, que primero estuvieron involucrados en el Club Cubano de Jazz, nunca llegó a imaginar que “se viviera jazzing tan masivo en Cuba”.
Gracias al Festival de Jazz Plaza muchos cubanos tuvieron en los años ochenta del pasado siglo el privilegio de escuchar y ver a muchas de aquellas personalidades y músicos ―algunas leyendas del género― que definieron estilos y tendencias del género. Gracias a este Festival descubrimos, con mucho orgullo, a compatriotas que hoy definen y son cabeza de cartelera en casi todos los eventos del género, sobre todo en Europa.
Pero si algo ha caracterizado al Festival Jazz Plaza a lo largo de estas cuatro décadas ha sido su eclecticismo estético desde lo conceptual y lo formal. Y no se trata de una mera frase para emborronar cuartillas. No. De alguna manera esa cultura del “ven Tú” que forma parte de la idiosincrasia musical cubana ha sido tal vez una de sus grandes ganancias. Lo saben quiénes han tenido la suerte de haber vivido, de una forma u otra, estas 41 ediciones y que en su memoria atesoran estos recuerdos.

El Festival Jazz Plaza ha sido, igualmente, la plataforma ideal para el lanzamiento internacional de figuras jóvenes y para que algunos descubran algunas de esas leyendas de nuestra música que sin mucha visibilidad definieron tendencias y gustos; o para que algunos músicos venidos de otras regiones o países del mundo busquen la aceptación de los nuestros. Sí, porque justo antes de la globalización, las redes digitales y el mismo internet, venir a La Habana y hacerse una foto o simplemente abrir el atril y ejecutar el instrumento junto a aquellos monstruos que se reunían en esta ciudad, era más que suficiente para lograr cierto grado de aceptación en el cerrado mundo de las “estrellas del jazz”; incluso constituía un salvoconducto para ser aceptado en el circuito europeo o norteamericano, cuya exigencia estaba a la altura ―permítaseme el símil― del récord de Javier Sotomayor.
Uno de los grandes aciertos de esta edición es reunir en la Habana, en un concierto, a una parte importante de esos jóvenes músicos cubanos ―nacidos coincidentemente en los años que despegaba el Festival— que han sido ganadores y cabeza de cartel del certamen que se celebra en la ciudad de Montreaux y que muchos consideran “los niños terribles” de la nueva generación de jazzistas cubanos, cuya impronta ya se hace sentir junto a la de otros nombres hoy míticos del género.
En el capítulo de los homenajes los organizadores han pensado, con toda la justeza posible, reconocer al compositor y pianista Frank Fernández a quien muchos consideran “el padre de la escuela contemporánea de piano en Cuba” (honor que comparte y en el que le acompañaron otros pedagogos, algunos desconocidos, pero cuyo empeño fue fundamental en ese proceso formativo). También se incluye “jazzear la música de Arsenio Rodríguez, imprescindible de la música cubana y que es referente universal cuando se habla del conjunto sonero; y aquí es justo decir que este sería el segundo round que dedica el Jazz Plaza a esta figura de nuestra cultura, solo que esta vez corresponde a Dayramir González acercarnos a su impronta.
La ciudad se prepara para vivir días de notas e improvisaciones.
Otros homenajeados son Frank Emilio Flynn de quien dijera Leonardo Acosta que era “…junto a Antonio María Romeu, un imprescindible en mostrar los vasos comunicantes entre el jazz y el danzón cubano (…) con toda la autenticidad permitida…”. Y José Luis Cortés, o simplemente “El Tosco”; quien además de definir el sonido musical cubano de fines del siglo XX (la timba) es considerado un renovador ―no es el único, pero si el más conocido― en la ejecución de la flauta en Cuba así en lo popular como en lo referente al jazz afrocubano; tanto que se dice que el gran Richard Egües bajo su influencia pasó de la flauta de madera a la de sistema.
Próxima está la apertura formal del Festival Jazz Plaza 2026 en su edición 41. Para algunos la ciudad se prepara para vivir días de notas e improvisaciones. Sin embargo, se debe decir que esta ciudad y sus noches siempre tienen ese sabor y encanto de un género que, aunque no es nuestro, forma parte de la expresión cotidiana de nuestras vidas sin importar cuán difíciles sean los días… el homus cubano, lo mismo que el jazz, siempre está listo para improvisar…

