Para incrementar el cerco inhumano que sufre la ciudadanía cubana, se pretexta la falacia de considerar Estado fallido a la Revolución. No se trata de un tópico de guerra fría, que anteponía al socialismo la panacea ideal del llamado Estado de derecho. Ese debate no es ya conveniente a la ideología de la clase dominante global, que establece directrices estrictas de conducta en el entorno masivo de votantes. Su estrategia acude a la manipulación emocional del receptor del mensaje, magnifica errores cometidos en tiempos pasados como si fuesen estatutos rectores del sistema, tergiversa el sentido de los procesos de transformación e inclusión social, y opera con estándares de insatisfacción que el propio bloqueo ha generado.

Ese Estado presuntamente fallido enfrentó un porciento abrumador de analfabetismo y desarrolló de inmediato una campaña que lo erradicó. Organizó además un nuevo sistema educativo, profesional y académico, universalizó la enseñanza hasta el nivel universitario, sufragó colegios en todos los rincones del país y formó profesores y maestros para mantenerlos. Los índices de escolaridad en el ámbito universitario, históricos y sostenidos, dan fe del éxito en la misión estatal. Una mentalidad capitalista que promedia a partir de la acumulación de ganancias en propio beneficio, considera improductiva a esta gestión. Así piensa hoy la hegemonía global y deja claro en sus campañas y discursos las pautas a seguir. La norma de éxito que el neoliberalismo acuña como si fuesen joyas de sabiduría económica, discrimina a sus víctimas y las culpa de haber sido expoliadas, como si fuese un resultado natural de competencia.

“Durante más de seis décadas, hemos sufrido la intensificación de esa guerra inhumana y sin cuartel, sin renunciar a logros y conquistas que han sido parte de la vida misma”.

La Revolución expandió sus transformaciones a la tenencia de la tierra, el acceso universal y gratuito a la salud pública, a los derechos laborales, a la participación productiva, al desarrollo cultural, deportivo o científico, a la igualdad de géneros, a la emancipación de la mujer o el enfrentamiento a toda discriminación racial, entre varios factores de desarrollo que fueron teniendo su momento de entrada y puesta en marcha. Cambió, culturalmente, a la nación.

Como necesidad y en uso de un derecho legítimo, conformó un sistema de defensa nacional capaz de contrarrestar los persistentes ataques terroristas, las infiltraciones y guerras biológicas y de propaganda despiadada, además de las consecuencias inmediatas del bloqueo. Y esas transformaciones de alto desarrollo social siguen siendo patrimonio de la sociedad cubana y no recuerdos efímeros de campaña electoral.

La Revolución cambió culturalmente a la nación. Imagen: Tomada de Juventud Rebelde

Durante más de seis décadas, hemos sufrido la intensificación de esa guerra inhumana y sin cuartel, sin renunciar a logros y conquistas que han sido parte de la vida misma. Ante cualquier lógica de juicio, de sano juicio, por supuesto, eso debía presentarse como un éxito, como una prueba de apoyo y respaldo popular, como un Estado sólido, independiente, soberano y capaz de revertir cualquier revés, o intento de pillaje, o malsana agresión o zancadillas a través de operadores y espías reclutados. Resistir y crecer ante esa enfermiza y obstinada política agresora, constata la solidez alcanzada por el Estado socialista.

“Se ha hecho de todo y sin medida para introducir en Cuba un simulacro de estallido social que jamás ha tenido un segundo capítulo, ni siquiera en los montajes teatrales que la propaganda financiada convierte en tendencia en el mundo de las redes sociales (…)”.

Pero un mitómano cede a su patología y encadena mentiras. Si ese mitómano ejerce un poder casi absoluto, forzará a los demás a reconocer las bellezas de su traje mientras desfile desnudo ante sus súbditos. Acude así a sanciones y aranceles incosteables para todo el que se atreva a mantener con instituciones cubanas relaciones comerciales, o de cualquier otro tipo, y boicotea esferas científicas, de salud, culturales, deportivas, académicas o diplomáticas, aquellas en las que el Estado revolucionario es exitoso.

Se ha hecho de todo y sin medida para introducir en Cuba un simulacro de estallido social que jamás ha tenido un segundo capítulo, ni siquiera en los montajes teatrales que la propaganda financiada convierte en tendencia en el mundo de las redes sociales. Tampoco esa prensa que detenta un prestigio pagado con su propio dinero acumulado, ha encontrado con qué continuar lo que anunciaran como el advenimiento del derrumbe.

Pero el pretexto falaz e insostenible de que en Cuba gobierna un Estado fallido, sigue siendo una de las cínicas causas del asedio al que nadie que aprecie su humana dignidad, debe dar crédito ni apoyo.