La instalación “Hombres libres / Free Man” representa a Cuba en la 61ª Bienal de Venecia, donde el artista convierte las heridas de la esclavitud en emblemas de dignidad y resistencia.

Entre el 9 de mayo y el 22 de noviembre de 2026, el Pabellón de Cuba en la 61ª Exposición Internacional de Arte —La Biennale di Venezia— será mucho más que un espacio expositivo. Será un territorio de memoria viva. Allí, el artista Roberto Diago (La Habana, 1971) presentará una instalación escultórica que devuelve a la piel negra su condición de mapa sagrado: atravesado por cicatrices, sí, pero soberano.

El Pabellón de Cuba en la 61ª la Bienal de Venecia será mucho más que un espacio expositivo. Será un territorio de memoria viva.

La muestra tendrá lugar en Il Giardino Bianco – Art Space (via Garibaldi 1814, entre los Giardini y el Arsenale), con curaduría de Nelson Ramírez de Arellano Conde.

La cicatriz como afirmación, no como vergüenza

“Una persona libre es aquella que tiene el valor de reconocer sus marcas, dignificar su precariedad y mantener la mirada fija ante una historia que intentó borrarla”. Con esta frase, Diago sintetiza el núcleo de su obra. “Hombres libres” está compuesta por cabezas escultóricas de diversas dimensiones, elaboradas con metales oxidados, maderas recicladas, plásticos y materiales encontrados. Lejos de ocultar las grietas, el artista las exalta: las cicatrices se alzan en relieve y enfrentan al espectador. No hay sumisión en esos rostros. Hay una advertencia y un abrazo a la vez. Diago no representa víctimas; construye sobrevivientes coronados a sí mismos. La africanía como método y como espíritu.

La obra de Diago lleva décadas explorando la esencia de la esclavitud en el hombre negro contemporáneo.

La obra de Diago —pintor, escultor y artista de instalaciones, egresado de San Alejandro y profesor consultante en la Universidad de las Artes (ISA)— lleva décadas explorando la esencia de la esclavitud en el hombre negro contemporáneo. Su lenguaje mestiza lo figurativo, lo conceptual y lo abstracto a través de una práctica radical: incorpora a la superficie del cuadro pequeños recortes de madera reciclada, cuerdas deshilachadas que sugieren cabelleras, y collares de cuentas que aluden directamente a las religiones afrocubanas. En sus esculturas de bronce negro lustroso, los rostros aparecen sin boca —el silenciamiento histórico de los afrodescendientes— y los cuellos se adornan con collares rituales. En sus óleos, fondos completamente negros se rasgan con cortes blancos y rojos que evocan las heridas del esclavo en el cuerpo, el queloide como imagen poética, como marca de resistencia, como grito trazado a través soldaduras o costuras robustas. “Hay pedazos fragmentados de la vida que nos ha tocado —dice Diago—, y uno los va cociendo poco a poco, sin borrar cicatrices”.

Una trayectoria con peso internacional

La presencia de Diago en Venecia no es ocasional. Su carrera incluye participaciones en las ediciones de 1997 y 2017 de la Bienal de Venecia, así como en las Bienales de La Habana, la Bienal de Dakar (2022) y exposiciones históricas como Artes de Cuba, en el Centro John F. Kennedy de Washington D.C. Su obra forma parte de colecciones del Museo de Bellas Artes de Boston, el Museo de las Civilizaciones Negras de Senegal, el Museo Reina Sofía, el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, y las colecciones CIFO y Pizzuti, entre otras.

En el espíritu de Koyo Kouoh

Esta edición de la Bienal fue concebida originalmente por la curadora camerunesa Koyo Kouoh (1967-2025), primera mujer africana en dirigir la Exposición Internacional de Arte desde 1895. Su fallecimiento en mayo de 2025 no apagó su visión: “Una exposición que tuviera significado para el mundo en el que vivimos actualmente y, sobre todo, para el mundo que queremos construir”. La presencia de Diago en Venecia es, en ese sentido, un acto de coherencia. Su obra no se queda en la evocación, su obra construye desde la memoria y avanza hacia la libertad.  

Diago ocupa un espacio en el corazón de Venecia para recordar que la memoria negra no es un escombro del pasado, sino un muro todavía en pie.

“La marca no es el final del camino, sino su punto más firme de partida”. Con “Hombres libres”, Roberto Diago no pide permiso. Ocupa un espacio en el corazón de Venecia para recordar que la memoria negra no es un escombro del pasado, sino un muro todavía en pie. Y sobre ese muro, las cicatrices no duelen: brillan como coronas.

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