Era un mes cualquiera del año 2018 cuando, sentado en la sala de la casa de mi amigo Ricardo Riverón, hablamos sobre probables ideas para escribir crónicas acerca de aquellos tiempos. La historia de un país está hecha de retazos, pequeños sucedidos, cuestiones que se pierden y que solo una voz potente y con entrenamiento literario puede testificar. Esos hechos que no aparecen en los libros, en los estudios académicos, atañen a las personas y sus dolores, sus frustraciones o alegrías pasajeras, intrascendentes. Así que Ríver, como le decimos —sobrenombre que tiene colindancia con la palabra río en inglés— era ya un experto en identificar esas anécdotas que, con un tratamiento adecuado desde la narración y la técnica periodística, se convierten en piezas cuyo ADN posee tanto de arte y literatura como de documento, tanto de crónicas como de ensayo. Son dilucidaciones en el tiempo, pasajes a la memoria que por instantes recuerdan la tradición de un Michel de Montaigne, quien le dedicara sus piezas a cuestiones que en su momento parecieran baladíes, pero que hoy nos iluminan acerca de la visión de los humanos de otra época. Aquella vez, Ríver me invitó a su evento de cronistas que —cuando la vida material en el país estaba un poco mejor— se celebraba en la ciudad de Santa Clara. Cada encuentro con él era un crisol de historias pequeñas, de potenciales textos, de aproximaciones a un arte de la escritura que reconstituye la huella dejada por las sombras.

Ese tipo de conversaciones y de sucesos sociales son el germen de una porción en la obra de este poeta que se separa de los versos, pero que los usa a manera de contrapunteo. La prosa de Riverón que se apoya en el costumbrismo está escrita en el formato del periodismo narrativo. Tal es el caso de Manías crónicas, un texto que representa la mayoría de los aciertos de esa parte de su producción literaria. Sobre este volumen sopesan varias tradiciones. Está lo satírico, con varias vertientes del humor que van desde el choteo hasta la ruptura de los moldes habituales. Riverón apela a elementos de lo cotidiano y lo reviste de una aureola que lo mitifica, que le otorga peso ontológico en la creación de una identidad criollísima. No obstante, no se trata de un costumbrismo reiterativo, ramplón, ni descriptivo, sino de una prosa que se adentra y desmenuza las emociones, los momentos de quiebre y de reconstitución de un país en varias décadas. Las crónicas, dispersas en su entramado, están situadas en un periodo que se inicia en los años cincuenta, transita por la conmoción de 1959, va hacia los años de terremoto posteriores y desemboca en un presente anfibio, lleno de estrecheces y de indefinición, donde las sombras y las luces se superponen y conforman una proyección desigual, abruptamente rota aquí y allá por señales de cambio. Eso es lo que nos arroja la lectura de este libro compuesto por piezas que poseen conexiones íntimas, donde no sentimos que las crónicas actúan por sí mismas, sino que son conscientes del coro, de la colectividad y del cuerpo que integran.

“Riverón apela a elementos de lo cotidiano y lo reviste de una aureola que lo mitifica, que le otorga peso ontológico en la creación de una identidad criollísima.”

De aquella conversación recuerdo sus alusiones al texto La bodeguita de tío Armando, una de las crónicas que aparecen en este libro. Diría, sin temor a exageraciones, que quien desee conocer cómo era la cotidianidad en torno a estos establecimientos sociales, gastronómicos, etílicos y hasta humorísticos de ese tiempo; debe acercarse a la propuesta de Riverón. Allí no solo se nos habla de la oferta, de la gran cantidad de productos y de su variedad, sino de cuánto de esa sociedad dependía de la permanencia de los espacios y de la socialización en las bodegas. Para el lector de hoy, la bodega es otra cosa, un sitio al cual se va a buscar lo que estuvo normado y que los tiempos han ido menguando por las estrecheces materiales. Para los que conocieron el comercio del tío Armando —y otros parecidos— se trata del testimonio de un instante de la historia nacional en el cual el choteo convivía con el análisis serio, con la conspiración y la conformación de idearios y de simbolismos compartidos. Aquí el autor logra personajes como el simpático Findingo —antológico en la zona donde Riverón nació y creció— cuyo legado, además de una increíble ingenuidad, era el de creer en los sueños y las utopías que a manera de jodedera le tejían los tertulianos de la bodega. Findingo “el bobo” fue famoso en esos años 50 en Zulueta, Remedios y la jurisdicción del centro norte de Las Villas, aparecía en el ideario como el colmo de los colmos. Se trata de una porción de la memoria que no había aparecido en la literatura y que aquí surge poderosamente retratado. La bodeguita de tío Armando se convierte así en un texto que nos ancla a identidades compartidas y que, casi al final, se transforman en una conversación informal entre el propio Riverón y su tío en una era cercana a este presente, cuando ya los camarones, los chorizos de importación y las carnes en salazón son una entidad vacía, apenas una sombra que dibuja la felicidad de antaño. Beben unas cervezas, muy pocas y caras, hablan, ríen y en esa risa hay quizás un llanto contenido por la añoranza de algo que ya fue y que no muestra señales de retornar. No se trata en sí de la comida, del confort, de las marcas comerciales o de la abundancia de la bodega, sino de la vida en su cambio veloz, implacable. Esta crónica nos conduce al universo extraño y duro de la desmaterialización de la existencia.

“Para los que conocieron el comercio del tío Armando —y otros parecidos— se trata del testimonio de un instante de la historia nacional en el cual el choteo convivía con el análisis serio, con la conspiración y la conformación de idearios y de simbolismos compartidos”.

Pero esa realidad ya ida posee otros colores, también el de la pobreza. En los campos de aquella jurisdicción había una tristeza que se combatía con la ferocidad de los rituales más nimios. Ahí hay que mencionar tradiciones como los velorios de santos, que no eran ofrendas fúnebres como las que conocemos en el presente, sino reuniones de familias y vecinos en torno a una fecha del santoral. Se colocaba la imagen de la virgen o del santo en cuestión, se brindaba con poco o mucho y se hacían juegos de participación en los cuales podía incluso surgir un amor, un nexo que condujera hacia el casamiento. En el fondo del ojo del cubo alude a esos instantes fugaces, que no van a aparecer en los ensayos y que reconstituyen lo perdido. Aquí, en los juegos de las equivocaciones, de los sobreentendidos y de la picaresca, Riverón nos retrata la alegría triste del campesino, quien vivía sin electricidad, sin acceso a cosas que son básicas, pero que lograba un nivel de felicidad en su conformismo y una traslación fantasiosa digna de aparecer en los anaqueles de lo literario. Sin dudas, en la conformación de su identidad como autor, este ambiente ha jugado un papel esencial. Tanto por el aliento poético, como por las temáticas recurrentes, el campo cubano es en Riverón el tejido base y, también, una porción importante de la historia reconstituida que este libro nos trae en su recorrido por las décadas de un proceso como el cubano.

“Tanto por el aliento poético, como por las temáticas recurrentes, el campo cubano es en Riverón el tejido base (…)”.

Quien lo conoce, sabe por los episodios que pasó un escritor que hoy goza de reconocimiento institucional, incluso de liderazgo en el gremio; pero no se puede hablar de Riverón sin los periodos de negación y de dureza que lo marcaron. En los textos alusivos a ese tiempo tempestuoso de inicios de la Revolución y de su institucionalización vemos el rostro variable, sesgado por choques, que dejó su huella y que es también el patrimonio de una parte de los cubanos. Así, La pesetica de la olla es algo más que una crónica, retrata esa transición dura, retraída de formalismos, en la cual las sombras y las luces creaban un panorama confuso, de irrealidades danzantes. Riverón hace desfilar las siglas de las organizaciones, planes, rituales, procedimientos, visiones, ideas y utopías de un momento que alucinaba en una fiebre llena de una energía incluso destructiva. Vemos en este texto la marca de Saturno, en el sentido clásico, pero matizada por una especie de alegría a pesar de los tiempos. Es la visión de quien, contra todo, ha triunfado y ve en el proceso, más que un tortuoso camino, el aprendizaje que lo hace poeta y que le otorga las armas necesarias. Es el tiempo que va desde los años 60 hasta la llegada de los soviéticos, pasando por la zafra de los diez millones y hasta la cuota de la bodega. Es la bisagra necesaria en un libro/puente que más que divertir, nos conduce, más que frenar la crítica la afina. Saturno, que se come a sus hijos, nos provoca a pesar de lo grotesco, una sonrisa que sustituye a la carcajada, al gesto potente y la exhibición. Se trata de la sonrisa de la ironía.

“En Todo al 50% vemos el absurdo llevado a la categoría de pensamiento crítico. Reducir todo a la mitad, literalmente, para ahorrar la escasez es un punto de partida del cual se saca un chispeo delirante”.

El periodismo narrativo posee varias vertientes. Está ese autor que va a la psicología individual, que hace perfiles y los disecciona para luego colocarlos en exposición en una columna de un diario. Existe el que prefiere referirse a crónicas de atmósfera, en las cuales todo transcurre con la dignidad del tiempo, como un barco que navega las corrientes sin violentarlas o dejándose guiar por las velas hinchadas. En el caso de Riverón, hay que usar la metáfora del pez que nada contra la corriente, subiendo por las cataratas a saltos, yendo por los caminos internos de los riachuelos siempre en el sentido inverso. Eso le ha costado, pero posee una ganancia tanto en estilo como en temas. Así, una gran porción de estas crónicas se refiere a periodos recientes, pero cuyo nivel de cambios sociales, de conmociones, puede ser polémico para algunos. Ahí hay que hablar de sus retratos del periodo especial, de la construcción de atmósferas y de situaciones que no se quedan en el tintero, sino que constituyen realidades literarias que se muestran hasta desaparecer en la bruma creativa. Tales son las crónicas de una inmensa segunda parte de este libro. Textos como Se acabaron las cajitas, Perfume de pollo criollo y Todo al 50 % nos hablan de cómo la caída de un país en crisis abre la posibilidad de que exista un ascenso en cuanto a las luces creacionales. En la medida en que vemos la escasez, aumenta la picaresca. Esas alusiones al contexto son, no obstante, piezas que funcionan con independencia de su tiempo y que buscan la universalidad en el conflicto. En Todo al 50 % vemos el absurdo llevado a la categoría de pensamiento crítico. Reducir todo a la mitad, literalmente, para ahorrar la escasez es un punto de partida del cual se saca un chispeo delirante. En esa larga porción del libro, sin que existan uniformidades ni maniqueísmos, el autor traza la parábola más interesante. Si el pasado está firme, constituido y lleno de categorías que lo explican; el presente no se define, viaja en una especie de cápsula insustancial que lo contiene, pero a la vez lo expone como frágil. Solo la memoria puede desmenuzar esta cuestión, sin ni siquiera resolverla. Aquí el cronista prefiere evitar juicios, solo cuenta, dejándonos aquí y allá algunas luces que apuntan hacia los núcleos.

En Manías crónicas hay un tema visible, el del país a lo largo de las décadas, ese país pequeño, cotidiano, el no contado, el de la bodega y el del dicharacho, pero, también, la reivindicación del poeta, del transgresor. Aquí el aparte se hace al final como una declaración de principios que une el tejido de todas las crónicas. La finalidad de escribir no reside solo en darnos placer estético, sino que es una lucha contra todo y a favor de la autenticidad de uno mismo. Esa batalla, que se hace sin violencia, pasa por procesos de contradicción, reafirmación y choques. Así, en el texto titulado El poeta, el transgresor, hay una aposición de referencias que no quedan fuera de las temáticas ya abordadas a lo largo de la obra. El poeta hace prosa para seguir haciendo poesía, en esa contradicción no hay una voluntad contraria a la lógica de la belleza literaria, sino que se construye una oportunidad que nos conduce como puente hacia lo interno de lo que somos. Las crónicas de Riverón no son narraciones en estricto sentido de los sucesos sociales, sino de cómo el ser humano sobrevive, se adapta, entra en contradicción, se enfrenta, se conforma y se autodestruye incluso durante los grandes procesos de todas las épocas. Es la manía crónica de contarlo, de reflejarlo en el papel o en la insustancialidad del ciberespacio donde se está reconformando la identidad líquida de esta época.

“En Manías crónicas hay un tema visible, el del país a lo largo de las décadas, ese país pequeño, cotidiano, el no contado, el de la bodega y el del dicharacho, pero, también, la reivindicación del poeta, del transgresor”.

De hecho, en el libro, una de las grandes metamorfosis es la que va de lo sólido a lo líquido y de ahí a lo gaseoso y lo inmaterial. En un tiempo en el cual la literatura tomó el lugar del periodismo para realizar sus funciones, el poeta ha hecho uso de los registros de lo narrativo y recoloca los núcleos de la contradicción identitaria en sus nichos de mayor oportunidad. El periodismo narrativo funciona como la posible acechanza de la metáfora a la realidad, la superposición del lenguaje que es capaz de reconstituir incluso el espacio reservado a lo político y los análisis más o menos científicos o sociológicos. Desde la bodega que va mutando hasta ser su contrario y desaparecer, hasta el personaje del bobo, que posee una existencia persistente y sabia y que se imbrica con las representaciones de lo social en diversos marcos. Todo ese simbolismo de lo interno que estalla y se reconforma es material literario. Como todo libro logrado, Manías crónicas se proyecta hacia adelante, lanza paradojas como vectores que caen en zonas oscuras del ser nacional.

Este autor hace su obra desde la conversación en la sala de su casa, retoma los retazos de memoria y se inspira para que el hilo de lo narrado sostenga la vitalidad. Su confianza en las amistades, su apuesta por los vínculos sociales lo han salvado de innumerables crisis personales. Ahí también, el poeta el transgresor, nos dice que es posible la pequeña utopía, quizás no la grande, la que pesa, la que depende de tantos y tantos factores, pero sí la que se conversa con un trago de ron, alguna cerveza carísima, mientras el recuerdo de los camarones de antaño se desvanece.