Era criterio, tal vez de W. R. Emerson, o de Andrés Gide quizás, que un escritor no debería ser leído hasta pasado unos cincuenta años. Justo a esa edad de haberse publicado Las flores del mal de Charles Baudelaire, fue que T. S. Eliot hubo de ocuparse de esa obra en su enjundioso libro de ensayos Los poetas metafísicos. Fue criterio de muchos, pero sobre todo de Paul Valery nada menos, y de Jorge Luis Borges, que la poesía francesa no hubiera llegado a ser lo que sobrevino después de no haberse publicado un libro como tal al que en su momento Víctor Hugo no tardaría de calificar de nouveau frisson. Con todo y que seis poemas de esos poemas llegaran a ser censurados. Y, sin embargo, muchos años después no solo hay consenso de la “valía” en ocasiones acerca de lo sucedido con tales poemas, lo cual hizo creer a muchos que la censura a veces es buena. Que tales poemas eran los más flojos por no decir malos, del libro. Pero volviendo al trabajo de T. S. Eliot, baste subrayar lo que ese libro había ya, y siempre según él, había envejecido. Repitámoslo: cincuenta años después de haberse publicado.

¿Es este el caso del poeta Domingo Alfonso? ¿Es este el caso de la poesía de este hombre que se hizo llamar desde su segundo libro un hombre común? En uno de nuestros tantísimos encuentros (éramos vecinos) me dijo: “Hermano, la poesía envejece muy rápido”. Soy de los que piensan que la obra de Domingo Alfonso no solo lo ha logrado sobrevivir, sino que ha resistido por su propio peso y valía el paso del mejor crítico de toda la vida: el tiempo.

Alejado de los más diversos y amenazadores corrillos literarios supo aguzar el oído, supo, Domingo, aguzar la mirada. Detenerse allí, colocarla allí, colocarse, en el umbral de lo cotidiano. Transustanciarse, transustanciarlo.  Y eso para mi es lo que podría llamarse la trama de Domingo, y/o el arsenal de Domingo Alfonso. No rehúye la realidad, más bien la acecha, la testimonia, la refrenda. Y Fernández en el prólogo que le dedicara a su tercera entrega de 1968 Historia de una persona lo dignifica mejor, habla del aquí y el ahora que trasunta la poesía de este hombre común. De este poeta.

Domingo Alfonso no rehúye la realidad, más bien la acecha, la testimonia, la refrenda. Imagen: Tomada de Granma

Abro, y lo hago al azar, Historia de una persona:

“No tiene ninguna importancia”

En el principio fue las pirámides de Egipto
luego la Atenas de Pericles, el imperio de Carlo Magno,
más tarde el descubrimiento de América
con la hazaña verdadera de la Nueva España.

Acto seguido fueron la Revolución Industrial,
la bomba de hidrógeno, la televisión con satélites artificiales
y ahora Las aventura de Bat Man y Robin.

Después de todo no tiene ninguna importancia
que Domingo Alfonso escriba este poema,
que la Revista de la Unión de Escritores se lo publique;
que usted lo esté leyendo.

En los libros de Domingo habitan lo melancólico, el erotismo, la nostalgia, el tiempo, el ser. Imagen: Tomada de Pixabay

Ah, pero ya lo había dicho Hemingway: el escritor que deja de observar está liquidado. Domingo no inventa. No crea. Reproduce lo que ve, siente, reproduce lo que vive a diario. Por tales motivos es que su poesía es vida, vive. Se alimenta, nos alimenta a diario. Irónico, mordaz a veces, sutil como en el poema que acabamos de leer, en los libros de Domingo habitan lo melancólico, el erotismo, la nostalgia, el tiempo, el ser. Me aboco nuevamente al redil de uno de sus cuadernos, lo abro nuevamente al azar y allí encuentro:

“Mujer con minifalda”

La mujer blanca se sienta con los muslos al aire
y el hombre nota como de pronto su sexo
abulta el pantalón con una fuerza que pensó perdida
durante los últimos diecisiete años de matrimonio.

Este hombre mira las carnes rebosantes en la silla,
derramando la fuerza ante sus ojos atónitos:
siente un salvaje suelto dentro de su sangre;
pero al exterior es solo un hombre civilizado
que toma un helado con sabor a fresa y caramelo.

O salto, rodeado de sus libros como ahora estoy, a otra de sus colecciones: Vida & Muerte (2017)

Hombre inclinado

bites like a dog its chastisement
Samuel Beckett

Es duro,
tal vez hasta heroico
inclinar la cabeza
sobre el miembro caliente
lleno de furia, que tal vez apesta
y se introduce en la boca febril
Después
               volver las grupas (Usted me entiende)
Y sufrir (¿es tormento, es placer?)
La entrada lacerante
de esa lanza que despierta
en salones prohibidos
el goce fuerte descrito por Kavafis
—No son los tiempos
de Tomas de Torquemada—

Esta escena
del hombre formando un ángulo
bajo dos manos toscas que hacen crujir su piel
despidiendo chispas
                                 de este hombre que muerde,
muerde del mismo modo que un perro al que castigan.

“En la poesía de Domingo Alfonso no hay, no lo hubo nunca a lo largo de toda su obra, una distracción”.

En España lo tildarían de “poesía de la experiencia”. Camisa de fuerza iniciada posiblemente hacia los años 60 del pasado siglo y de la que no han podido, las nuevas hordas de poetas de la madre patria, todavía hoy desembarazarse.  Una experiencia sencilla con un lenguaje sencillo cual fácil alimento no para lectores, sino para editoriales y editores dada la ya consabida falacia de que la poesía no se vende. Como si la misma fuera, hoy lo sabemos, un bien de consumo, o tal vez, siguiendo el axioma de cierto editor inglés cuando afirmara que no editaba poesía del mismo modo que nadie produce dos toneladas de mermelada si después sabe que no la va a poder vender. 

En la poesía de Domingo Alfonso no hay, no lo hubo nunca a lo largo de toda su obra, una distracción. No apostó nunca al cómo. Le interesó siempre la desnudez hasta los huesos quizás del qué. A un escritor como Joyce o Samuel Beckett tanto el cómo y el qué no le fueron ajenos. Según Borges a Cervantes le interesaba más contar, mostrar, los avatares de Sancho y Quijote que la forma. Lo que no deja ser una verdad de Perogrullo que el campo literario, y yo diría que en el mundo de las artes en general, los caminos para llegar a la ansiada Roma son múltiples y diversos. Lo cual haría decir a Chesterton, a saber, si con mucho pesar, que justamente por eso es que no todos hemos podido llegar a Roma.

No estoy seguro de que Domingo Alfonso siendo el hombre común que decía, o que profería ser, hubiera llegado. Y para ello solo necesitó de dos de sus mejores libros, Poemas de un hombre común de 1964 e Historia de una persona, aquí mentado, de 1968. Pero de que estuvo cerca de haberlo logrado, no creo que a estas alturas alguien se atrevería a dudarlo. Tampoco ha de creerse en la totalidad de su obra, pero una buena antología razonada bien que lo agradeceríamos. Aun así, vale su encanto. Gracias, Domingo.