El sistema político cubano, concebido e impulsado por el líder de la Revolución, Fidel Castro Ruz, constituye una de las creaciones más originales del proceso revolucionario. Lejos de los modelos de “democracia representativa” predominantes en Occidente, que Fidel conoció de primera mano y denunció durante los años de la República Neocolonial Burguesa, delineó un sistema basado en la participación directa del pueblo, la rendición de cuentas constante y la unidad como condición indispensable para la supervivencia de la nación.

Para el líder cubano, la esencia de la democracia no residía en la mera existencia de elecciones periódicas, sino en la participación activa y continua del pueblo en las decisiones principales del país. En su intercambio con intelectuales brasileños en 1990, expresó con claridad esta concepción:

El pueblo de Cuba tiene una participación en los problemas del país y en las actividades y decisiones del gobierno, que no la tiene ningún país en el mundo. Nosotros vamos de congreso en congreso de obreros, discutiendo toda la política con ellos; de congreso en congreso de mujeres; de congreso en congreso de Comités de Defensa de la Revolución; y prácticamente no hay política en nuestro país que no se discuta con cada una de esas organizaciones.

En este enfoque, la participación debía ser ejercicio cotidiano, no un proceso limitado al periodo electoral. La política, en la concepción fidelista, era un diálogo permanente entre el gobierno y las organizaciones de masas y sociales que vertebran la sociedad cubana.

“El sistema político cubano, concebido e impulsado por el líder de la Revolución, Fidel Castro Ruz, constituye una de las creaciones más originales del proceso revolucionario”.

Fidel definió la democracia en términos concretos y materiales, estableciendo una diferencia radical con la democracia formal del capitalismo:

Democracia es aquella en que la mayoría cuenta; democracia es aquella en que los intereses de la mayoría se defienden; democracia es aquella que garantiza al hombre, no ya el derecho a pensar libremente, sino el derecho a saber pensar, el derecho a saber escribir lo que se piensa, el derecho a saber leer lo que se piensa o piensen otros; el derecho al pan, el derecho al trabajo, el derecho a la cultura, y el derecho a contar dentro de la sociedad.

Esta concepción, profundamente arraigada en la historia de la nación cubana, reconoce que la democracia no puede ser un ejercicio formal, sino una participación real y constante del pueblo en las decisiones fundamentales. Como resumió en un discurso de 1992:

La democracia para mí significa que los gobiernos, primero estén íntimamente vinculados con el pueblo, emerjan del pueblo, tengan el apoyo del pueblo, y se consagren enteramente a trabajar y a luchar por el pueblo y por los intereses del pueblo.

La esencia del problema democrático para Fidel era “tratar de resolver, en la práctica, ese problema teórico, esa aspiración ideal, que ha acompañado a la civilización desde épocas remotas: alcanzar el autogobierno, la dirección real, de abajo a arriba, de la sociedad por el pueblo”.

Uno de los aspectos que defendió con mayor énfasis fue el mecanismo de postulación y elección de los delegados de circunscripción. En su discurso de clausura del X Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea Nacional, el 27 de diciembre de 1991, explicó el origen de este sistema:

Recuerdo como si fuera hoy el día —y hace mucho más de 15 años— en que se estaba discutiendo este asunto. Nos pusimos a pensar cómo íbamos a elegir a nuestros representantes, ¿por el sistema aquel del candidato único que conocíamos en algunos lugares? Yo sentía verdaderamente rechazo por una fórmula de ese tipo. Digo: ¿Por qué no buscamos otra cosa, no inventamos otra cosa?

De aquella reflexión surgió un procedimiento singular: los vecinos —no un partido político— de cada circunscripción se reúnen en asamblea y postulan a sus candidatos. Para ser electo, el candidato debe obtener más del 50% de los votos. Sobre este sistema, Fidel afirmaba con orgullo:

Ahí nosotros nos colocamos por delante de los demás países, porque en los demás países postulan los partidos, el partido o los partidos, como regla. Son los que hacen las listas, y es el partido el que prácticamente elige a los diputados.

En 1993, al referirse al proceso electoral que llevaría a cabo elecciones directas de diputados, insistió en el carácter innovador del sistema:

Por ahí algunos en el exterior han dicho que no era democrático, puesto que no hay pluripartidismo. Hay ‘millonaripartidismo’ en nuestro país, porque si en otros lugares los partidos son los que postulan, aquí cualquier ciudadano de este país, mayor de edad —y son millones y millones—, puede proponer para que se postule a cualquier ciudadano. Es una fortuna el método este que estamos usando, que es incomparablemente más democrático que el método del pluripartidismo y es la aplicación de un concepto muy revolucionario en materia de democracia: el concepto de que el pueblo postula y el pueblo elige.

El Comandante en Jefe insistía en que el elemento clave no era la elección directa o indirecta, sino quién postula. Y en eso, el sistema cubano era único: el pueblo, a través de sus delegados, era quien postulaba a los diputados, no el Partido. En ese mismo discurso, advirtió sobre los peligros de la “politiquería”:

Tenemos que estudiar muy bien el mecanismo… porque no podemos caer en la politiquería, y que de repente los compañeros se dediquen a buscar votos, a hacer política. Tenemos que evitar eso en los hombres y mujeres que sean postulados como candidatos a diputados de la Asamblea Nacional, y hacerlo, además, de una forma tal que no quede la menor duda acerca del carácter democrático del procedimiento.

Fidel concibió el principio de la rendición de cuentas periódicas y el derecho revocatorio de los ciudadanos respecto a los funcionarios electos. Este concepto habilitó dejar en manos de los electores la continuidad de un delegado o un diputado en su cargo, en base a que cumpla con aquellas responsabilidades para las que fueron electos.

Nuestro sistema presupone la mayoría del pueblo. Si no hay mayoría del pueblo en nuestro sistema, como el pueblo es el que postula, y el pueblo es el que elige, si la Revolución perdiera la mayoría del pueblo, perdería el poder.

En su empeño por perfeccionar el sistema y acercar el poder al pueblo, Fidel promovió la creación de los Consejos Populares. En la reunión con los 93 presidentes de los Consejos Populares de Ciudad de La Habana, el 10 de octubre de 1990, definió su esencia:

El Consejo Popular es un eslabón esencial de la dirección estatal socialista. Tienen que actuar en forma libre y dinámica, libres de burocratismo y de otras tendencias negativas, en beneficio directo de la población y la economía. Es una autoridad política, no una instancia administrativa. El pueblo, los vecinos, tienen que ver al presidente del Consejo actuando en la calle.

Fue categórico en su defensa de esta institución:

Los Consejos Populares y los delegados son los mejores fiscalizadores, la única forma de controlar la multitud de instalaciones que el Estado tiene. Hemos resistido en parte importante, gracias a los Consejos Populares. El Consejo Popular es irreversible e irrenunciable.

La creación de los Consejos Populares respondía a una necesidad práctica que Fidel identificó con claridad:

Veíamos al delegado de circunscripción realmente desvalido, no tenía poderes, no tenía posibilidades de resolver los problemas. Si allí había un supermercado y hacían lo que les daba la gana, él no podía hacer nada; si había en la bodega alguien que robaba, o tenía privilegios, o aplicaba el favoritismo, o lo que fuera, él no podía hacer nada; recoger y recoger. No había autoridad.

El 2 de diciembre de 1976, con la constitución de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Fidel materializó su concepción de que el poder supremo debía residir en el pueblo. En la sesión constitutiva, expresó: “El poder del pueblo se ejerce a través de la Asamblea Nacional del Poder Popular”.

Y al transferir formalmente el poder del Gobierno Revolucionario a la Asamblea, afirmó: “En este instante el Gobierno Revolucionario transfiere a la Asamblea Nacional, el poder que desempeñó hasta hoy”.

En aquella ocasión, definió los criterios que debían regir la selección de los representantes:

Ni las riquezas, ni las relaciones sociales, ni la familia, ni la publicidad o la propaganda, como ocurre en la sociedad burguesa, deciden ni pueden decidir para nada el papel de un hombre en la sociedad. Es el mérito, exclusivamente el mérito, la capacidad, la modestia, la entrega total al trabajo, a la Revolución y la causa del pueblo lo que determina la confianza que la sociedad otorga a cualquiera de sus hijos.

Sobre el carácter de los diputados precisó:

No existe en nuestra Revolución el oficio de político, porque todos somos políticos. En el socialismo los cargos no se aspiran, los ciudadanos no se postulan. Los representantes del pueblo no reciben remuneración alguna por su condición de diputados. Tampoco ejercen el cargo sin el control de sus conciudadanos. Su representación es revocable en cualquier instante por los mismos que los eligieron.

Una de las convicciones más profundas de Fidel era la necesidad del partido único como garantía para la sobrevivencia de la nación. No se trataba de una cuestión de dogma, sino de una necesidad histórica y práctica. Desde que José Martí creara el Partido Revolucionario Cubano como instrumento único para lograr la independencia, la unidad en una sola organización política ha sido una constante en la historia de Cuba.

El preámbulo de nuestra Constitución establece que el liderazgo del Partido Comunista de Cuba, nacido de la voluntad unitaria de las organizaciones que contribuyeron decisivamente al triunfo de la Revolución, y la unidad nacional, constituyen pilares fundamentales y garantías de nuestro orden político, económico y social.

“Una de las convicciones más profundas de Fidel era la necesidad del partido único como garantía para la sobrevivencia de la nación”.

La experiencia de la República Neocolonial, con su multipartidismo, no trajo democracia ni justicia, sino corrupción y dominación imperialista.

Fidel expresó esta convicción en el discurso de clausura del X Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea Nacional, el 27 de diciembre de 1991:

El pluripartidismo es el gran instrumento del imperialismo para mantener a las sociedades fragmentadas, divididas en mil pedazos; convierte a las sociedades en sociedades impotentes para resolver los problemas y defender sus intereses. Un país fragmentado en diez pedazos es el país perfecto para dominarlo, para sojuzgarlo, porque no hay una voluntad de la nación, ya que la voluntad de la nación se divide en muchos fragmentos, el esfuerzo de la nación se divide en muchos fragmentos, las inteligencias todas se dividen, y lo que tiene es una pugna constante e interminable entre los fragmentos de la sociedad. Un país del Tercer Mundo no se puede dar ese lujo. (…) Tengo la más profunda convicción de que la existencia de un partido es y debe ser, en muy largo período histórico que nadie puede predecir hasta cuándo, la forma de organización política de nuestra sociedad.

Esta idea la vinculaba directamente con la historia de América Latina:

Si América Latina se hubiera unido, a México no le habrían podido arrebatar más de la mitad de su territorio. Si América Latina se hubiera unido, Puerto Rico sería hoy parte de esa América Latina.

Sin embargo, Fidel fue cuidadoso en delimitar el papel del Partido en el sistema electoral, estableciendo una diferencia fundamental respecto a otros sistemas: “El Partido no es electoral. El Partido nuestro no postula candidatos para ninguna de las instancias”.

Esta distinción, según Fidel, abría “una brecha de distanciamiento mutuo muy grande en relación con el resto de las formaciones partidarias del mundo”.

Fidel concibió además el sistema político cubano como un proceso en permanente perfeccionamiento. Desde la experiencia de Matanzas en 1974, pasando por la Constitución de 1976, hasta las reformas de 1992 y la creación de los Consejos Populares, siempre impulsó la profundización democrática del sistema.

“Fidel concibió además el sistema político cubano como un proceso en permanente perfeccionamiento”.

En el IV Congreso del Partido (1991), se aprobaron medidas trascendentales, entre ellas: fortalecer aún más el control del pueblo sobre las actividades del gobierno; incrementar la participación popular de forma organizada y constructiva en el proceso de toma de decisiones; diferenciar orgánica y funcionalmente los órganos estatales representativos de los ejecutivo-administrativos; y establecer la elección directa de los diputados a la Asamblea Nacional y de los delegados a las asambleas provinciales.

En el V Congreso (1997), se aprobó el documento “El Partido de la unidad, la democracia y los derechos humanos que defendemos”, que Fidel recomendó fuera considerado “como un libro de texto”. En él se afirmaba:

Un rasgo esencial de nuestra democracia consiste en su capacidad para, con la intervención de las masas, rectificar deformaciones, eliminar errores, derribar obstáculos, concebir nuevos caminos. La esencia del Sistema Político cubano pone énfasis en la incorporación auténtica del conjunto de la sociedad a la toma de decisiones. Se promueve permanentemente la búsqueda colectiva de soluciones, la distribución de responsabilidades, la convocatoria social y el control popular.

El líder de la Revolución fue muy claro en la necesidad de profundizar la participación popular precisamente en los momentos más difíciles. Durante el Período Especial, cuando el país enfrentó la desaparición del campo socialista y el recrudecimiento del bloqueo, la respuesta no fue el cierre o disminución de los espacios de participación, sino todo lo contrario: más diálogo con el pueblo, más parlamentos obreros, más democracia.

Explicó esta estrategia en 1993:

En medio de nuestras dificultades objetivas, que nos enfrentan continuamente a disyuntivas respecto a la utilización de los recursos materiales y nos obligan a concentrarnos en las prioridades, incrementar la participación popular de forma organizada y constructiva en el proceso de toma de decisiones, nos permitiría contar con el necesario consenso sobre cada asunto que se traduzca en un redoblado compromiso de las mayorías para la defensa y la ejecución de lo acordado.

El Presidente de la República Miguel Díaz-Canel ha insistido en la necesidad de “rescatar las ideas de Fidel en el empeño de actualizar y aplicar su concepto de Poder Popular”, y ha señalado que:

La definición de Poder Popular tiene como primer elemento conceptual hacer política. Hacer política es determinar las contradicciones; cuáles son los problemas contradictorios que tenemos en la sociedad, pero para determinar las contradicciones hay que estar observando la sociedad, hay que estar participando con la sociedad, hay que estar metido en los lugares donde se generan esas contradicciones.

También ha enfatizado:

Determinar las contradicciones, estudiarlas y profundizar en sus causas, tiene que ser un ejercicio participativo con la población. Y de ese ejercicio participativo, van a salir las soluciones. Eso fue lo que nos enseñó Fidel. Ese era el método de Fidel.

Defender este concepto del Poder Popular —ha advertido también el presidente cubano— es:

(…) defender la sostenibilidad y la viabilidad del socialismo en Cuba, es una manera de gobernar intrínseca a la Revolución Socialista cubana, no hay una experiencia en el mundo que sea igual que esta, la podremos perfeccionar, pero esa es la nuestra, y es muy buena, porque genera un sistema democrático diferente al capitalismo, esa democracia que se nos trata de imponer y que es una mentira.

“El líder de la Revolución fue muy claro en la necesidad de profundizar la participación popular precisamente en los momentos más difíciles”.

En 1992 resumía: “La democracia para mí significa que los gobiernos, primero estén íntimamente vinculados con el pueblo, emerjan del pueblo, tengan el apoyo del pueblo, y se consagren enteramente a trabajar y a luchar por el pueblo y por los intereses del pueblo”.

El legado de Fidel sigue guiando el perfeccionamiento de nuestro sistema político, que ha demostrado, en los momentos más complejos, su capacidad para integrar al pueblo en la toma de decisiones y para enfrentar las agresiones del imperialismo con unidad y participación popular.