No hay distinción entre la presidencia Trump y “la marca Trump”, advertía Naomi Klein en su ensayo Decir NO NO basta.[1] Las tendencias de lo que esta ensayista llamó “doctrina de shock” —táctica brutal y sistemática que manipula la desorientación creada por un shock colectivo, como desplomes del mercado, catástrofes naturales, golpes de Estado, guerras internas, ataques terroristas u otros eventos de alta conmoción social que faciliten cualquier paquete de medidas radicales favorables a las grandes empresas—, se han concentrado en la conducta del señor presidente y su administración, no solo respecto a las medidas internas dictadas para Estados Unidos, como los operativos antiinmigrantes, por ejemplo, sino también hacia las relaciones internacionales y el irrespeto a las leyes propias del derecho internacional. Usurpar el control de todos y cada uno de los organismos rectores de la esfera global, desde las corporaciones de negocios, las organizaciones de convenio internacionales, hasta los ejércitos de ocupación, constituye el punto principal de la agenda.

Para sus intereses particulares es también fundamental fomentar su compendio estratégico en una escala global a través del auge hegemónico de super marcas que desafíen cualquier ética de servicio público, o el poder ilimitado de la riqueza privada y sus consorcios sobre el sistema político constitucional. Un frente que se ha despojado de la retórica política tradicional para asumir su presunto desafío como única alternativa, en calidad de cambio único posible. La grandeza que se reclama para Estados Unidos —nación que ha despojado a América también de su nombre—, se basa en la aceptación de un consenso imperial que a su albedrío totalitario se apropie la riqueza del mundo. La campaña por la marca “América grande de nuevo”, suplanta el lugar de cualquier aspiración ciudadana y deja para el individuo la posibilidad de decantarse por el menor de los males en las actuales circunstancias críticas.

Las gradaciones de la doctrina del shock muestran cada vez más sus derroteros. El carácter explícito y el beligerante tono de sus preceptivas se expresan como una amenaza clara al mundo y un llamado a las élites que controlan los nichos de poder global para que apoyen incondicionalmente su intensa guerra de rapiña. Guerra de rapiña y no otra cosa, remarco.

“La grandeza que se reclama para Estados Unidos —nación que ha despojado a América también de su nombre—, se basa en la aceptación de un consenso imperial que a su albedrío totalitario se apropie la riqueza del mundo”.

Al definir claramente su agenda para Europa —primero a través del secretario de Estado y de inmediato por sí mismo— lo ha hecho fincando su argumento en los valores del conquistador, tratando de legitimar las invasiones selectivas a naciones soberanas cuyos recursos naturales y mano de obra barata concedan un nuevo paliativo a la crisis estructural que el capitalismo no ha logrado salvar, aunque no tenga ya al socialismo europeo en calidad de frente alternativo. Manipula así el símbolo de la grandeza con una simple propuesta de retorno al pasado, de borrón y cuenta nueva en el proceso civilizatorio de todo el siglo XX.

En el citado ensayo, Naomi Klein anunciaba asertos como este:

El objetivo es una guerra sin cuartel a la esfera de lo público y al interés común, ya sea en cuestión de normativa anticontaminación o de programas contra el hambre. En su lugar tendremos poder sin restricciones y total libertad de acción para las grandes empresas. Es un programa tan provocativamente injusto y tan manifiestamente corrupto que solo puede sacarse adelante apoyándose en una política de “divide y vencerás” en lo racial y en lo sexual, combinada con un espectáculo constante de distracción mediática.

No se ejercía, advertía la autora de No logo, “el acostumbrado traspaso de poderes entre partidos”, sino “una toma del poder indisimulada por parte de las corporaciones, que lleva gestándose muchas décadas”.

“Manipula así el símbolo de la grandeza con una simple propuesta de retorno al pasado, de borrón y cuenta nueva en el proceso civilizatorio de todo el siglo XX”.

Claro dejaba además lo que vendría:

(…) la sola idea de que pudiera haber —o debiera haber— cualquier distinción entre la marca Trump y la presidencia de Trump es una noción que el actual ocupante de la Casa Blanca ni siquiera puede empezar a entender. La presidencia es, de hecho, la extensión que corona la marca Trump.

Si bien hay coincidencias entre lo que señalaba Naomi Klein en 2017 y lo que ocurre hoy, ante la necesidad de asumir un nuevo mandato presidencial —el sine qua non para poder continuar con el despliegue de rapiña imperial a favor de los monopolios—, se aprecian diferencias cruciales respecto a los cambios que se imponen. Queda descartada, por ejemplo, cualquier posibilidad de cuestionar el poder supremacista absoluto ni de elegir otras bases éticas, morales, políticas, familiares o de elección sexual. La súper marca abarca todo el espectro de la conducta individual y traza sus límites con férreas normas colonizadoras. Una señal que no pocos comprenden, aunque muchos se abstengan de salir a la palestra a confrontarlo. Se ve, por el contrario, quienes ya se apresuran a formar el coro adulador, temerosos de un ajuste de cuentas cuando arrecien las purgas ideológicas.

“La súper marca abarca todo el espectro de la conducta individual y traza sus límites con férreas normas colonizadoras”.

La alharaca analítica que lo ha estado rodeando procura, por su parte, mantenerse al margen de las comparaciones comunes con la sociedad de Orwell en 1984, algo que se ha hecho con cualquiera a quien han querido desacreditar de plano. Asombra que el sociólogo catalán Manuel Castells asumiera este proceso de totalitarismo emergente como una paradoja mediante la cual un movimiento que se declara antisistema, y se manifiesta ultraconservador y radical en su paquete de arbitrariedades, consigue presentarse como revolucionario gracias a su efecto propagandístico en las redes sociales. Un análisis capaz de considerar revolucionario el ejercicio arbitrario de invasión que a diario estamos viendo, toma, literalmente, la parte por el todo y prescinde, cuando menos, de entender críticamente el curso de la sociedad de hoy.

Al imponer su propia estrategia de neoliberalismo regido por su personal albedrío, acudiendo abiertamente al racismo, demonizando al “otro” y negando autoritariamente, sin necesidad de argumentos o debates, tanto los nocivos impactos del libre comercio corporativo como los devastadores efectos del cambio climático, se ha dado una nueva vuelta de tuerca a la expansión imperialista en su tercera fase. No solo se impone un imperio rector de toda relación global —hasta este momento respaldado por una teoría de la democracia que es clienta directa del capitalismo—, sino que se añade a esa ecuación la presencia de un emperador que desde su voluntad personal controle al propio imperio.

Pilares fundamentales de ese proyecto son, según Naomi Klein, “la deconstrucción del Estado regulador; una ofensiva total contra el Estado del bienestar y los servicios sociales (justificada en parte con un discurso belicoso que instiga el miedo racial y ataca a las mujeres por ejercer sus derechos); el desencadenamiento de una fiebre por los combustibles fósiles nacionales (que pasa por ignorar los estudios científicos sobre el clima y neutralizar gran parte de la burocracia gubernamental); y una guerra de civilizaciones contra los inmigrantes y el ‘terrorismo islamista radical‛ (en un número creciente de escenarios, nacionales y extranjeros)”.

Vuelta de tuerca total, desnaturalizada, a teorías que intentaban legitimar la expansión paliativa de la crisis estructural capitalista, como las alusivas al Imperio regido por la ONU, o el radical y racista choque de civilizaciones. Y no se trata de que no haya hipocresía y demagogia en su discurso, como también se asume en ciertas críticas, sino de una conducta de total desprecio por el derecho humano de elegir cualquier proyecto de vida personal. Una doctrina que supera al precedente fascista en sus proposiciones que, en efecto, solo podrían llevarse a cabo a través de una arbitraria imposición.

“La conducta radical y despiadada del neofascismo emergente, lanzado en propaganda como marca glorificadora, revela las endebles bases de la ideología de post guerra fría”.

Así lo ha hecho con Cuba. Nunca ha sido tan cruento y despiadado el bombardeo mediático, ni el asedio económico ni la guerra directa, como ahora, cuando se supone que internet permite la libre expresión de cada uno y el mundo ha declarado que es posible la pluralidad de sistemas sociales. La conducta radical y despiadada del neofascismo emergente, lanzado en propaganda como marca glorificadora, revela las endebles bases de la ideología de post guerra fría. Por un lado, asociaciones gremiales se complacen con su propia línea de criterios mientras por otro los medios tradicionales hegemónicos clasifican cada tópico informativo para que sus intereses sobredimensionen cualquier otra mención que se deslice en nombre del deber informativo. Una campaña de guerra estructurada que asume también ese desprecio del derecho humano.

En consecuencia, se ha prohibido dar parte a la expresión de la Revolución cubana, en aras de crear un panorama favorable a la intervención militar de esa potencia extranjera que impone su amenaza como dogma y perpetra el genocidio. Sobran indicios de que es capaz de hacerlo. Cuenta, de paso, con los dóciles ecos de los renegados que, a buen resguardo en el extranjero, piden que los habitantes de Cuba seamos agredidos, masacrados hasta que el shock convierta el derecho a respirar en una dádiva. Bombardean con consignas para después bombardear con fuego vivo.

Si ese polvo fuéramos, a resultas del poder absoluto de la súper marca, lo seremos, como escribiera Quevedo, en la forma de un polvo enamorado que ni así lograrían doblegar.


Nota:

[1] Klein, Naomi: No Is Not Enough: Resisting Trump’s Shock Politics and Winning the World We Need, 2017. Edición española: Decir NO NO basta, Paidós, Barcelona, 2017. Traducción: Ignacio Villaro Gumpert & Ana Pedrero Verge. Las citas tomadas de la edición electrónica.