Frecuentemente las noches han sido, para muchos, prolongación de la jornada laboral. Si lo sabremos los escritores, tan apegados a lo nocturno para convocar a las musas y desarrollar la parte más provechosa de nuestra jornada. Lo otro son obligaciones, tanto laborales como hogareñas. En ningún calificador de cargos se registra la ocupación de escritor.
Nuestros empleos son múltiples, y van desde custodio, oficinista, dependiente, médico, ingeniero, hasta otros más ajenos aún. En el mejor de los casos algunos ejercemos como profesores, editores, periodistas o promotores. Y a todos nos “toca la guardia” por la noche, ese momento mágico en que, entre pestañazo y pestañazo frente a la computadora, vienen las musarañas metafóricas, a veces acompañadas por vivencias y otras por la más soberana invención de vidas y acontecimientos.
“(…) el alma de un país no se despinta con las carencias, porque nació y se forjó dentro de ellas”.
El arte de escribir, aunque no tiene horarios y cada cual lo ejerce de acuerdo con sus biorritmos, en la mayoría de los casos ha tenido su mejor cómplice en la noche profunda de los silencios y el murmullo de las estrellas. Aunque reconozco que se trata de un pronunciamiento romántico, y que otros autores más pragmáticos sacan los mejores zumos del período diurno, sé que los poetas, por lo general, destilamos en las noches la masa informe que luego, en horarios más racionales, sometemos a la tiranía del desarme y las correcciones.
Claro que si no fuera por ese descubrimiento que llamamos electricidad hubiera sido muy difícil convertir nuestras noches en días laborables, pese a que se sabe que siempre el arranque poético logró expresarse, no importa si a la luz del candil y con pluma de ganso. En la Cuba de hoy, en este siglo de regreso de la barbarie, ya el candil no es una opción. La dura carencia de luz nocturna derivada del déficit de electricidad nos ha obligado a revertir el proceso transformando nuestros días en noches para que ese influjo simbólico acompañe los versos cuando aún reina la luz del sol. Constituye uno de los daños sutiles adonde nos conduce la pobreza inducida por un bloqueo que busca privarnos de todo.
Prácticamente todos escribimos en una computadora (u ordenador) y estas sin electricidad no son otra cosa que tarecos, casi todos con problemas técnicos imposibles de reparar o sustituir. Nos están faltando las noches, y también la herramienta. Pero la mala noticia para quienes quisieran vernos silenciosos es que todos seguimos escribiendo. Sé de compañeros cuyas computadoras colapsaron y migraron al teléfono móvil: no se cruzan de brazos; otros regresaron a la libreta y el lápiz con goma; los menos seguimos frente al quejoso teclado sacándole a nuestros días las esencias que ellos mismos, y las noches acumuladas en el alma, nos dictan.
No abandonar la creación es una de las mayores pruebas de resiliencia que venimos mostrando los escritores cubanos. Todos se niegan a parar; es una entrega heroica, solo que no se concreta ante las cámaras y pocas veces las tribunas son su plataforma de difusión. En una cotidianeidad extremadamente difícil, las escuelas, instituciones, barrios, reciben nuestros mensajes a viva voz, muchas veces sin el soporte imprescindible del libro (otras sí) pero con la fuerza testimonial que transmiten unos emisarios de la belleza que echan a un lado lo denotativo y les demuestran a sus interlocutores que el alma de un país no se despinta con las carencias, porque nació y se forjó dentro de ellas.
No es frecuente ver amplificados los nombres de todos esos poetas humildes que, sin pertenecer a un canon justamente reconocido, acuden a los llamados de llevar la cultura a todos los rincones y se involucran en expediciones altruistas sabiendo que las retribuciones materiales serán mínimas, pero convencidos de la gran riqueza que significaría la ganancia de un lector, aunque solo fuera uno. Los celebro en su parcial anonimato, en su visibilidad disminuida por otras entregas de épica más evidente.
“Quienes escribimos hoy, con el día convertido en noche solo como escenario cautivador, somos conscientes de la condición subalterna de nuestro heroísmo, pero es el que nos toca y nos guía”.
La historia de Cuba se puede contar desde versos y páginas donde se expresa su espíritu. Céspedes, Heredia, Plácido, Villaverde, Martí, Villena, Guillén, Carpentier forman parte de esa voz múltiple con que la cubanía viene dejando registro de anhelos, logros y frustraciones en un diálogo que no cesa de renovarse. Quienes escribimos hoy, con el día convertido en noche solo como escenario cautivador, somos conscientes de la condición subalterna de nuestro heroísmo, pero es el que nos toca y nos guía.
Bienvenida, entonces, la noche simbólica de la poesía. Todos sus murmullos nos contagian la certeza de vivir a pleno sol en tiempos en que la muerte se reparte al bulto en nombre de dudosas luces. Un poeta muy cercano a mí, quien me diera clases de literatura en la enseñanza media, escribió un poemario de notable agudeza y singularidad. Carlos Galindo Lena tituló uno de sus libros Aún nos queda la noche. Termino con unos versos de su poema “Madrugada”:
En la cósmica noche que envuelve a la montaña,
y mientras salían de nuestras manos
las pequeñas y grandes formas de la vida
llegaba hasta nosotros plenamente la queja de los siglos.
Los meridianos llenos de luz gritaban los sueños de otras vidas.
La noche toleraba el reflejo de esas almas que venían de muy lejos.
Nosotros cantábamos alegremente mientras crecían las paredes de cemento
y los pobres de la tierra nos acompañaban con su llanto. [1]
Referencia:
[1] Carlos Galindo Lena: “Madrugada” en El aire del soldado, Ediciones Unión, La Habana, 2012. p. 215.

