Probablemente uno de los personajes más conspicuos, peculiares e interesantes del exilio intelectual español que pisó tierras cubanas en la década de los sesenta del pasado siglo fue el franco-español Max Aub. A su contacto con Cuba en el convulso 1968 dedicaré estas palabras.

¿Quién fue este relevante intelectual? ¿Cómo se produjo el contacto con la Isla y los cubanos y qué producto dejó esa visita?

Al momento de llegar a Cuba, Aub era un escritor muy reconocido, había sido integrante de la denominada Generación del 27 en España y su versátil obra se desgranaba entre la dramaturgia, la poesía, el diarismo, el ensayo, la novela y la crítica literaria y de arte, una obra publicada realmente extensa.

Había nacido en 1903 en París, de padre alemán y madre francesa, pero creció en Valencia, España, asumiendo su nacionalidad y después de diversas prisiones y destierros se radicó definitivamente en México, país cuya nacionalidad también asumió. Llegaba a la Isla con un texto recién concluido, obra de teatro en un acto, referida a la reciente muerte de Ernesto Che Guevara, la que tituló El Cerco. La redactó en pocas semanas entre octubre y noviembre de 1967 y con ella en su equipaje aterrizó en La Habana en los días finales de ese año.

“El escritor era (…) un connotado diarista y esta vocación es la que provocó que anotara cuanto vio significativo en su desplazamiento por Cuba y que después dejó como legado testimonial permanente, convertido en el libro Enero en Cuba, volumen que nunca fue publicado en la Isla (…)”.

Su viaje perseguía tres propósitos: reunirse con parte de su familia residente en Cuba, asistir al Congreso Cultural de La Habana y participar del jurado de Teatro del Premio Casa de las Américas. Trenzado con estos objetivos principales estaba la aspiración natural de todo buen viajero de conocer lo más posible la realidad de la Cuba revolucionaria, algo que le interesaba sobremanera. Llegaba en un momento clave dentro de una década clave para Cuba y para el mundo. Deseaba ver con sus propios ojos el proceso revolucionario que había concitado la atención de Jean Paul Sartre y tantos otros intelectuales occidentales de primera línea que salieron muy bien impresionados de la Isla.

El escritor era, como ya mencioné, un connotado diarista y esta vocación es la que provocó que anotara cuanto vio significativo en su desplazamiento por Cuba y que después dejó como legado testimonial permanente, convertido en el libro Enero en Cuba, volumen que nunca fue publicado en la Isla (en España se publicó en 2002, a pesar de haber terminado su redacción en 1969) y que ha sido leído por pocas personas. Solo algunos estudiosos de la década primera de la Revolución y los curiosos en la obra aubiana se han acercado a sus páginas. Hoy mismo su traducción al inglés está detenida por el pobre interés acerca de su contenido. Es en Cuba donde debiera publicarse. Sin embargo, la mirada de Aub, aguda, objetiva, a ratos ingenua, mordaz, ecuménica, universal, crítica y sugerente, todo a la vez, merece que se le revise a casi seis décadas de su realización.

A vuelo de pájaro brindaré algunas pinceladas del país al momento de su visita. En enero de 1968 la Revolución Cubana comenzaba su décimo año de existencia. En los nueve anteriores había cumplido un ciclo de asunción, consolidación y desarrollo del poder político con no pocos obstáculos vencidos y muchas zonas de aspiraciones sociales apenas comenzadas a ser tocadas por el impulso revolucionario. 1968 prometía ser un año de notables esfuerzos en diversos frentes, pero al que se llegaba con la muerte del Che como adverso preámbulo. Para los que vivimos la experiencia sesentiana, el huracán es un término muy adecuado como símil, nada exagerado, seguramente con una fuerza mayor y más sostenida a favor del fenómeno político-social sobre el climatólogico. Huracán desvastador de todo lo existente antes de 1959, vientos destructores a la vez que fundacionales, socialmente hablando; toda la violencia de las revoluciones equiparada a la voluntad de construir algo nuevo a expensas de lo existente. Así fue la Revolución en sus primeros años, poner de cabeza un país, reformularlo desde sus raíces, cambiar estructuras sociales y modos de pensar y actuar, poner en manos de los anteriormente desposeídos las decisiones más importantes y las riquezas, otorgar sentido de pertenencia a una causa colectiva, darle al país un espacio en la geopolítica del mundo, en fin, constituir una nación digna y orgullosa de sí misma y no un apéndice de otra.

Al momento de llegar a Cuba, Aub era un escritor muy reconocido, explicó el autor de este texto durante la conferencia en torno a la figura del intelectual franco-español. Imagen: Tomada de la Uneac

En los días de la llegada de Aub a la isla lo que estaba sobre el tapete era el arribo de los delegados al Congreso Cultural. Una fuerte cobertura de prensa mantuvo informado al pueblo de los preparativos para el evento y de los primeros visitantes en arribar, Aub entre ellos. También eran noticia los llamados al ahorro de la electricidad para evitar mayor cantidad de apagones, los éxitos deportivos del país y las noticias del campeonato de béisbol cubano, el deporte de las preferencias, menudeaban en los diarios. De igual manera ocurría con los derribos de aviones de combate norteamericanos que bombardeaban Vietnam, cada día la prensa enumeraba la cifra de aparatos que caían bajo el fuego antiaéreo de los vietnamitas (cifra que en un momento dado se hizo ligeramente sospechosa dada su magnitud). Las informaciones sobre el plan de desarrollo de la provincia habanera y El Cordón de La Habana, uno de los planes atendidos personalmente por Fidel Castro, así como los detalles de la zafra azucarera en curso también consumían espacios en la prensa diaria. Otro tema dominante era la marcha de la Brigada Invasora Che Guevara, una brigada motomecanizada que venía desbrozando campos baldíos (también campos productivos) y arrasando todo el marabú que encontraba a su paso, de oriente a occidente, para convertir esos terrenos en campos de cultivo cañero. La macro zafra del año 1970 estaba en la mira.

En el discurso del 2 de enero, en la Plaza de la Revolución, que escuchó una buena parte de los delegados al congreso, Fidel advirtió a la población de los inminentes recortes de combustible para los autos privados, debido a las reducciones de suministro de petróleo aplicadas por la Unión Soviética para ese año (los hermanos soviéticos cerrando el grifo); subrayó el líder que el balance económico de 1967, el año precedente, dio un desfase entre el aumento de las necesidades de la población y las posibilidades de abastecimientos, desbalance que se experimentaría a lo largo del 68, analizó la guerra de Vietnam como tema dominante y bautizó el año como “Año del Guerrillero Heroico”, una decisión esperada y aprobada por la enorme concentración que le escuchaba en la plaza. 

Un rápido repaso a la situación del país nos puede ayudar a apreciar o reconstruir los fragmentos de un paisaje a casi sesenta años de distancia. Es el contexto que encontraron los delegados a su llegada, pero más que eso era la realidad de los cubanos, su cotidianidad. El signo principal en lo social que marcó ese momento fue la declaración expresa de Fidel Castro, hecha dos años y medio antes (octubre de 1965), de que Cuba construiría paralela y simultáneamente el socialismo y el comunismo. Tal aspiración, unida a otra no menos significativa, la de gestar al Hombre Nuevo que haría posible esa hazaña, signaban el rumbo político-social de la Cuba de entonces. El entusiasmo popular se encausaba hacia los fines antes mencionados, el Futuro y el Hombre Nuevo, a los que se llegaría con métodos movilizativos que, cada vez más, chocaron con tradiciones asentadas en la cultura y la idiosincrasia del cubano. Así, se anularon de un plumazo las fiestas navideñas y se trasladaron hacia la fecha del 26 de julio; podía verse como el comienzo de una reestructuración completa de la historia del país con asiento en una aplicación de tábula rasa con todo lo anterior.

“Cuba había proclamado la vía tercermundista y apostaba por las luchas anticoloniales y en el plano interno intentaba desarrollar un socialismo más humano que el burocrático que se escenificaba en los países del campo socialista (…)”.

En el plano internacional, las relaciones entre la Revolución Cubana y la URSS se encontraban, en enero de 1968, en uno de sus puntos más bajos. Con la excepción del colosal disgusto de octubre de 1962, cuando Nikita Jrushov decidió poner fin a la Crisis de los Misiles, retirando las armas estratégicas sin consultar a la dirección cubana, nunca antes se había producido un período tan crítico en las relaciones bilaterales de ambos países. Cuba había proclamado la vía tercermundista y apostaba por las luchas anticoloniales y en el plano interno intentaba desarrollar un socialismo más humano que el burocrático que se escenificaba en los países del campo socialista, mientras ayudaba efectivamente a los movimientos guerrilleros en América Latina y apoyaba decididamente a Vietnam en su guerra de liberación nacional. Nada de coexistencia pacífica, como proclamaba la URSS, aunque en lo interno ya estaba implantado el esquema de partido único como principio rector de la sociedad.

En el campo cultural nada sucedía con tranquilidad. Las polémicas culturales habían favorecido las opiniones contrarias a la divulgación del marxismo-leninismo a partir de los obsoletos manuales editados en la URSS. El Salón de Mayo en 1967 y el propio Congreso Cultural apuntaban en una dirección de cierta independencia de criterios de la Revolución Cubana en materia de política cultural, arte, estética y pensamiento político en general, que nada debió agradar a los dirigentes soviéticos (y a muchos de los comunistas cubanos del viejo partido). El enfrentamiento con el imperialismo norteamericano, la clásica pugna entre David y Goliat, concitaba la admiración general por la bravura y la insolencia del pequeño pueblo ante el más poderoso imperio del mundo. El liderazgo de Fidel Castro se consolidaba cada vez más y su talla como dirigente crecía en la medida que se resguardaban los valores propios del nacionalismo cubano: la Revolución “verde como sus palmas”, es decir, su autenticidad e independencia en primer término. Ello a pesar —y además— de la ya fuerte dependencia económica con la URSS. El apoyo multitudinario del pueblo cubano a Fidel y al proceso, complementaba un paisaje de mucha coherencia para el observador extranjero. Cuba era el fenómeno político-social más curioso e interesante del panorama mundial a la altura de 1968. 

El entendimiento con las izquierdas mundiales había entrado en un momento que podía considerarse un estado de gracia. Desde 1960 importantes intelectuales habían visitado la isla a ver con sus propios ojos lo que sucedía en la Cuba revolucionaria; Jean Paul Sartre el primero, y todos (o casi todos para no ser absolutos) regresaban a sus países prodigando contundentes elogios sobre la realidad cubana. Las denominadas redes de intelectuales estaban germinando en todas las direcciones y el Congreso Cultural de La Habana se benefició de ellas considerablemente.

El apoyo multitudinario del pueblo cubano a Fidel y al proceso, complementaba un paisaje de mucha coherencia para el observador extranjero. Imagen: Tomada de Cubadebate

El paisaje visual, sin embargo, resultaba extraño a los ojos de los visitantes. Los coches norteamericanos de los 50, unidos a los ómnibus del transporte público, avanzaban como podían; algunos vehículos del transporte colectivo habían sido reemplazados por camiones, lo que afeaba considerablemente la escena vial citadina. Las vidrieras de las tiendas de ropas y otros establecimientos comerciales estaban vacías o en el mejor de los casos mostraban burdos elementos instalacionistas o tótems propagandísticos en los que no faltaba una imagen de Fidel y una consigna revolucionaria. La presencia ubicua de las consignas políticas rebasaba cualquier comprensión de lo normal, había consignas para todo y, desde luego, nada de comerciales. Los cabarets nocturnos estaban en vísperas de ser cerrados, pero aún lucían un magro aspecto; igual que los restaurantes que, virtualmente vacíos por no tener mucha oferta, exhibían también el mal gusto de la precaria ambientación y un servicio de los peores imaginables. Los cines que proyectaban películas soviéticas permanecían vacíos, mientras los que exhibían las películas italianas y japonesas estaban abarrotados. Existía una escasez generalizada en el suministro de alimentos, ropas y medicinas, las colas de personas para adquirir la mayoría de los artículos se apreciaban por doquier (desde 1961 las colas formaban parte del paisaje urbano y no urbano); la libreta de abastecimientos (sin dudas un eufemismo de “racionamiento”) había visto cómo gradualmente era reducida la cantidad de productos subsidiados por el Gobierno, aunque paliaba un tanto la escasez. Era difícil conseguir una bebida refrescante en plena calle, las carnicerías estaban vacías, las bodegas también, las farmacias no menos. Los servicios no satisfacían la alta demanda. Los materiales para cualquier restauración o reparación de los inmuebles escaseaban y la construcción de nuevas viviendas no acompañaba a la eclosión de nacimientos que se había producido en el país durante la década (el llamado babyboom). A pesar de todo, el entusiasmo popular no decrecía. La aspiración a cambiar la sociedad por una muy superior cualitativamente, de mayor prosperidad y desarrollo, en la que desaparecieran las atroces desigualdades de las sociedades burguesas y capitalistas, era un móvil altruista que se compartía con la aspiración a crear el hombre nuevo que viviría en esa nueva sociedad y que la consolidaría. La solidaridad y el internacionalismo eran instrumentos de esa voluntad de cambios. Combatir al imperialismo yanqui en cualquier lugar del mundo era una de las más caras empresas para cualquier revolucionario cubano, y el heroico y sacrificado pueblo de Vietnam marcaba el ejemplo.

El entusiasmo se manifestaba en todas partes, en las grandes y abarrotadas concentraciones populares, en las nutridas movilizaciones a las tareas agrícolas, en las guardias obreras o en las barriadas, en la disposición a defender la Revolución o de ir a luchar por cualquier causa de un pueblo hermano sufrido o colonizado que así lo requiriera, en las obras de los artistas y escritores y en la encrespada juventud, lista para cualquier eventualidad. Esa euforia masiva, una auténtica efervescencia revolucionaria, era comprobable a simple vista y se resistía a acusar los golpes de la escasez, el bajo nivel de los servicios, la ausencia de medicinas y las precariedades de todo tipo. Las insuficiencias serían resueltas más temprano que tarde, era el común pensar, y no había tiempo para las lamentaciones, era hora de marchar con la Revolución, o mejor, era la hora de hacer la Revolución. La inminencia de los resultados, o lo que es lo mismo, la coronación de ese esfuerzo de rangos heroicos, era anunciado cotidianamente por la dirección revolucionaria, con lo que parecía indicar que, efectivamente, el futuro estaba a la vuelta de la esquina. El FUTURO, así con mayúsculas, se convirtió en una espuela del entusiasmo, en una suerte de oasis intuible, muy próximo. La inmediatez del cáncer avanzado que sufría el capitalismo en general y el imperialismo norteamericano en particular, también formaban parte, como complemento perfecto de este cuadro de advenimientos, del capital simbólico que encerraba ese futuro al alcance de las manos.

Importantes intelectuales visitaron la isla para ver con sus propios ojos lo que sucedía en la Cuba revolucionaria. En la imagen, Jean Paul Sartre y su esposa Simone de Beauvoir con el Che Guevara. Imagen de Alberto Korda / Tomada de Internet

El Congreso Cultural de La Habana fue el gran evento internacional realizado en Cuba en 1968, aunque pudiera afirmarse también que uno de los más significativos de la década en su conjunto; abrió el año con enorme resonancia y circulación mediática, pero sus efectos prácticos, repercusiones posteriores y duración efectiva en la vida cultural del país resultaron tan efímeros como los ocho días de su existencia. Al caer el Che en tierras bolivianas en el mes de octubre, la estrategia de su convocatoria debió recibir fuertes ajustes, pero el evento ya estaba en marcha y el frente intelectual no tenía por qué ser desarmado; todo lo contrario, los intelectuales de Occidente se convertían, de hecho, en los mejores aliados posibles de la Cuba revolucionaria en las nuevas circunstancias. Para casi todos los observadores, la Isla estaba abriendo un nuevo frente político, y así lo publicaban muchos de los periodistas que cubrían el evento.

Cuando llegó Aub no se hospedó en el hotel Habana Libre, sino que accedió a las peticiones de sus familiares y se alojó en el Hotel Nacional, sede de la prensa extranjera, para no tener que someterse a las restricciones que implicaba el Habana Libre como base principal de las sesiones del evento.

Al Congreso llegaban cerca de 500 intelectuales de 70 naciones. La representación de los países socialistas sobresalía por su escaso número y por su pobre reconocimiento al comparar sus nombres y talla intelectual con los de la mayoría de los participantes. La delegación española y la francesa resaltaban por ser las más nutridas y por contar con figuras de mucho relieve en el mundo intelectual de Occidente. Allí comulgaban hombres de letras de disímiles orientaciones: surrealistas, troskistas, situacionistas, comunistas por la libre, comunistas del bloque burocrático, liberales de izquierda, católicos, guerrilleros, pacifistas, masones, freudianos y fidelistas. Los partidos comunistas de América Latina, escasamente representados, estaban divididos entre pro-soviéticos y pro-chinos, en fin, era una amalgama de tendencias que no creo se haya vuelto a reunir en ningún otro foro de intelectuales con posterioridad. 

Desde los primeros días de enero de 1968 circulaban libremente por La Habana medio millar de intelectuales, dialogando con sus pares locales, tejiendo relaciones, observando, anotando, llenando sus retinas con la capital de la Isla revolucionaria, respirando su atmósfera y escuchando los frecuentes discursos de Fidel en los que gradualmente desgranaba los perfiles de la “herejía cubana”. Mientras todo esto sucedía, Max Aub se reunió con colegas, conversó con los suyos, hija, yerno y dos nietos, observó con detenimiento y anotó puntualmente en su diario. 

“Al Congreso llegaban cerca de 500 intelectuales de 70 naciones. La representación de los países socialistas sobresalía por su escaso número y por su pobre reconocimiento al comparar sus nombres y talla intelectual con los de la mayoría de los participantes”.

Coincido con algunos críticos en que los diarios constituyen el núcleo proteico de la obra literaria del visitante franco-español. Max Aub había sido llamado, con acierto, tránsfuga planetario y testigo incómodo o embarazoso, dos epítetos que estaban asociados a su indomable capacidad de observador y anotador de sus elucubraciones, como también a su capacidad de sobrevivencia. La combinación entre el intuitivo y el erudito, entre el curioso con capacidad crítica y la acumulación del saber enciclopédico podía engendrar diaristas de lujo; Aub era la prueba. Se trataba de convertirse, por fuerza de la perfección de dicho oficio, en un cronista irreductible y sagaz, en un hombre-observatorio. Saber mirar era la clave.

Como apunta Jordi Soler: “Sus páginas están construidas en esa zona donde casi ningún escritor incursiona: dice exactamente lo que piensa, sin ningún tipo de miramiento, ni social, ni político, ni literario, no se pone nunca la mano en el corazón” [1].

Mente lúcida como pocas, de un calado filosófico sostenido por una sensibilidad instruida o si se quiere, por la cultura espesa que llegó a consolidar, la palabra aubiana penetró territorios disímiles y vastos, algunos de ellos difíciles y complejos como la vida misma. Un intuitivo con saberes oceánicos es, no hay que dudarlo, un curioso potencial del mundo.

Su activismo político de izquierdas dentro de las filas del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), notable durante la Guerra Civil Española, tuvo en la organización del Congreso de Intelectuales Antifacistas que se celebró en Valencia (y otras ciudades), en 1937, un momento relevante. Aub sabía de qué se trataba cuando había que presenciar reuniones de intelectuales. Su condición de socialista quedó representada en este pensamiento: “Mi socialismo nace de un sentimiento de solidaridad, de un deseo; que los que no tienen vivan mejor. No es esto una idea, sino un anhelo tan viejo como la sociedad [2]”. Era un estado de ánimo más que una ideología, o quizá una firme convicción a la vez que un deseo vital: la justicia social. Crónica de un instante o sincronía de la temporalidad con sus vivencias, la lucidez testimonial de Max Aub puede considerarse una obra de valores humanos de carácter universal. Iba de la cima al valle, de la verticalidad a la hondura de las cosas. En todo diarista hay un secreto deseo de que sus palabras viajen a través del tiempo, como quien lanza un mensaje embotellado al mar. Algún día unos ojos y una sensibilidad descubrirán las viejas palabras, las visiones de antaño, que entonces dejarán de ser añejas y saldrán a flote, desempolvadas.

El Congreso Cultural de La Habana fue el gran evento internacional realizado en Cuba en 1968 y uno de los más significativos de la década. Imagen: Tomada de Internet

En los diarios y cartas aubianos quedó registrada su desaprobación y disgusto con todo lo que venía de la figura de Stalin y del socialismo ortodoxo y burocratizado del este europeo. Elaboró su personal tesis de no comulgar con la política esgrimida por los Estados Unidos ni con la de la URSS, en su conocido texto “El falso dilema”, incluido en el libro Hablo como hombre. Y esa actitud en la segunda mitad del siglo XX era prácticamente el suicido político o quedarse detenido y marginado en la cuneta de la historia, o al menos de la política. Ni con unos ni con otros, el escritor debía estar solo con su conciencia, gritó a los cuatro vientos. Fue un peleador a contracorriente, como bien apuntó Joaquín Leguina [3]. Desde 1963 había sido invitado a venir a La Habana a participar en eventos culturales promovidos por la Casa de las Américas (como consta en los archivos de la institución), a los que no pudo acceder por otros compromisos previos.

Humanista de pura sangre, Aub tenía convicciones sobre la historia del hombre que trascendían y desbordaban las clasificaciones ideológicas al uso. Era un liberal de la estirpe de la Ilustración, con una concepción en la que se conjugaban el deseo de justicia social con el pensamiento de izquierda menos ortodoxo. El marxismo, el de Carlos Marx, en esta suerte de esquema liberal socialista aubiano, representaba un pensamiento vigoroso con el que era inevitable dialogar, a la vez que una camisa de fuerza insoportable para su mente libérrima; nada de determinismos históricos. La historia de la humanidad, según él, no podía encerrarse en las proclamas partidistas de ningún signo, aun de las que operaban desde el beneficio de responder a las mejores cualidades de la mayoría. De tal suerte, consideró que las grandes obras de la creación literaria universal no procedían de la política cultural de ningún partido. Siguiendo este hilo de pensamiento, Aub le atribuía a la política cultural interna y exterior de los países del denominado campo socialista una falsedad de pecado original. Con tales convicciones arribó Max Aub a La Habana en 1968. Era un socialista liberal de pura cepa, tal y como se consideraba y se proclamaba sin ocultarlo. Tales consideraciones le conceden un valor fundamental a la hora de que ponderemos Enero en Cuba. La revolución insular era, en cambio, el experimento a conocer y evaluar.

Hay momentos del diario en que algunas observaciones no se acompañan de un juicio que las sustente, o de un elemental razonamiento argumentador; son las menos, pero no es menos cierto que reflexiones de peso se encuentran a cada tramo del texto. A su vez, no creo que Aub haya pretendido otra cosa que publicar simplemente su bitácora de viaje, y con eso ya era suficiente, pues no existe otra mirada parecida, de un intelectual extranjero quiero decir, sobre la Cuba de 1968. Las excepciones son Andrew Salkey, intelectual jamaicano marxista, del entonces denominado marxismo negro, con su Havana Journal, otro texto testimonial sobre el Congreso Cultural y Los guerrilleros en el poder, del marxista franco-polaco Kewes Karol, libro extraordinario, pero demonizado en su momento por algunos rectores de la política cultural (en la BNJM solo existe un ejemplar, en idioma italiano).

“Aub le atribuía a la política cultural interna y exterior de los países del denominado campo socialista una falsedad de pecado original. (…) Era un socialista liberal de pura cepa, tal y como se consideraba y se proclamaba sin ocultarlo (…) La revolución insular era, en cambio, el experimento a conocer y evaluar”.

Se pudiera, desde una perspectiva cubana, desglosar en tres los temas más recurrentes del diario de Max Aub, a saber: Cuba y los cubanos, Fidel Castro y su imagen de líder y, en tercer término, el propio Congreso. Un cuarto asunto que flotará sobre todo el libro es lo relativo a la figura del Che Guevara en correspondencia con su obra de teatro El cerco, que se hallabaen su equipaje como fresco manuscrito. Con relación a la realidad cubana el saldo de los apuntes de Max Aub es francamente amable para con ella y para los cubanos de a pie. Nos llamó “gente confundida y admirable”, nos reconoció la alegría de nuestra naturaleza humana, hospitalidad, entrega a la Revolución (aunque aquí pone sus “peros” en el sentido de que no sintió que hubiera una total conciencia de dicha entrega), estoicismo, el valor del mestizaje étnico y cultural que saltaba a la vista por doquier, en fin, su mirada no pudo estar más marcada por la admiración hacia nuestro pueblo. A cada rato Aub establece un paralelismo entre el carácter y la naturaleza de cubanos y españoles, lo que parece ser una de sus mayores certidumbres durante la visita. En particular, cuando hablaba de política y valoraba la tozudez y el empecinamiento de la dirección revolucionaria en desarrollar su “herejía” a cualquier precio y a contracorriente de los soviéticos, expresaba: “tan españoles, tan españoles estos cubanos que se les transparenta Numancia y Sagunto en el pecho” [4].

Cuando concluyó el Congreso, Aub se vinculó a las labores del Premio Casa de las Américas y en esas labores recorrió algunas provincias. Matanzas, Cienfuegos, Isla de Pinos, las afueras de La Habana y Trinidad, fueron ciudades y territorios visitados por Max Aub y sus colegas. Matanzas se le antoja Vigo o Pontevedra en miniatura. La Ciénaga de Zapata le trae la evocación de la población arahuaca precolombina. A Cienfuegos la consideró “la maravilla del mar, como siempre”. Sobre los campos agrícolas adonde los llevan en aquellos cotidianos tours para visitantes extranjeros, anotó: “El campo. Los pueblos: limpios, trabajados, ejemplares” [5]. Trinidad le resulta puro folklore (salvo la casa de Hernán Cortés) y allí habló con gente de la calle: “todos los obreros parecen felices. Trabajan nueve horas y además hacen ‘trabajos voluntarios’, con entusiasmo. Una vez más no hay más remedio que rendirse a la evidencia: Fidel es un genio: les ha convencido de que el trabajo es su redención, de que el dinero carece de importancia. Por el momento es así. Pero el día de mañana, cuando empiecen a tener bienes de consumo, ¿sucederá igual? Nadie es adivino, ojalá se salga con la suya” [6]. El filo intuitivo de Max Aub brilla aquí como una hoja acerada. La decisión del jurado de teatro del Premio Casa se decantó por la obra Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera.

Sin embargo, la anotación más elogiosa para los cubanos aparece en una zona relativamente tranquila de su Enero en Cuba, casi al final, en la que anota: “He conocido a mucha gente, a algunos pueblos; solo el español, en los que he recordado, y el cubano de hoy me han dado la sensación de que pueden desaparecer las barreras que atollan a los hombres en otros lugares de la Tierra. No hablo solo de la esperanza sino del bien más preciado: la amistad” [7]. A la hora de la partida, ya en el avión, consigna para el saldo de su visita a Cuba: “Grandeza de la heterodoxia. Vista a ojo de pájaro, Cuba —ahí abajo— queda imborrable. (A menos que nos hundamos todos con la isla)” [8]. Y también: “Van a llegar cerca del paraíso perdido cantando milongas, cantando guajiras, creyendo en Ombú, y en la Virgen del Cobre, con sus colores chillones, perdidas las caderotas —pero con sus mulatas de ensueño y su café de maravilla y sus disparates sin cuento. (¿O los disparates son los de la puntualidad, la inflexibilidad, la ortodoxia?). Déjenlos en paz. Es uno de los experimentos que más ennoblecen al hombre de hoy. Pasará como todo y como todos. Pero ahí queda” [9]. No se detuvo en señalar defectos, aunque es obvio que el balance es abrumadoramente positivo para el pueblo que lo acogió por más de un mes.

La idea más elevada que tuvo Max Aub sobre la Cuba de 1968, insertada en el epicentro de la política y la historia del mundo, la reveló cuando comparó a la isla en revolución con la España de la Guerra Civil, 30 años atrás. “Cuba representa para las personas de mi generación la esperanza que se ha ido desvaneciendo poco a poco o brutalmente a través de medio siglo de historia (…) es la esperanza de las personas que soñamos que todavía pueden aunarse justicia y libertad” [10].

La mirada de Aub hacia Cuba estaba más que marcada por la admiración hacia su pueblo, en que el cual reconoció la alegría de su naturaleza humana, hospitalidad y entrega a la Revolución. Imagen: Tomada de Granma

Son muy interesantes los apuntes sobre el discurso de clausura de Fidel al CCH. Está refiriéndose Aub al discurso más hereje y antisoviético que pronunció jamás Fidel Castro, en plena coyuntura de distanciamiento entre los dos países y las dos formas de apreciar la revolución mundial, a solo tres meses de la muerte del Che Guevara, con un quórum, el de la sesión final del Congreso, que calificó de comunistas heterodoxos de toda laya, denunciando la ortodoxia burocrática e inmovilista del bloque soviético como “iglesia pseudomarxista esclerosada”.

Era la descripción de un instante único e irrepetible que será muy pronto, en unas semanas y meses, un hecho extraño en la biografía del líder cubano. Uno de los méritos del diario de Max Aub es registrar ese momento, dejarlo para la historia: “Los párrafos poniendo el ‘dogma’ fuera de la ley son tan aclamados como su conformidad con la permanencia de Debray en la cárcel —con todos los honores— y su anuncio de intercambio de las cenizas del Che Guevara por cien cabecillas antirrevolucionarios. Sabe perfectamente que no aceptarán su proposición (…). Con todo y todo, ahí queda: impar homenaje a la inteligencia en boca de un caudillo” [11]. Es realmente insuperable la descripción que nos regaló Aub del cierre del CCH. Kewes Karol recordaba, a su vez, en su informado libro, que el discurso de Fidel de esa noche causó el efecto de una bomba. Y dijo algo más que abarcaba, desde luego, a Max Aub y a él mismo: “Los intelectuales se iban de La Habana convencidos de haber sido testigos de un acontecimiento en la historia del movimiento comunista, de un cambio que les daba por fin acceso a un terreno largamente deseado para que pudieran aportar su contribución al auténtico cambio del mundo” [12].

Con el Congreso Cultural, Cuba se convirtió en el epicentro de los debates de ideas más avanzadas de su momento, la liberación nacional, la batalla antimperialista y los proyectos para alcanzar un mundo mejor en el Tercer Mundo. En La Habana se estaban moviendo auténticas ideas socialistas al margen del polo soviético y ello planteaba una nueva razón para el desencuentro entre los dos países. Lamentablemente, el rasgo que definió el final del Congreso, después de apagados los últimos aplausos que acogieron con frenético entusiasmo el encrespado discurso de clausura de Fidel Castro, fue el silencio.

Enero en Cuba, ese libro sui géneris y apasionante queda, pues, como el testimonio impar de una mirada que registró para el futuro aquel momento singular de la historia”.

Al partir, junto con sus recuerdos y emociones de aquellos días, los delegados se llevaron lo único que nadie podía quitarles, las felices memorias de los días transcurridos. No hubo ninguna acción de continuidad, ni una sola. Correspondencias cruzadas, relaciones que morirían a poco, distensión de los entusiasmos, difuminación de los recuerdos y las imágenes escapando en fade…, todo el rigor de los preparativos, el alcance nacional de los seminarios preparatorios, el enorme impacto diario en la prensa, todo, yéndose como agua en cesta de mimbre.

Enero en Cuba, ese libro sui géneris y apasionante queda, pues, como el testimonio impar de una mirada que registró para el futuro aquel momento singular de la historia. Ahí radica su valor principal. Max Aub podría esgrimir como frase emblemática aquello de que “nada humano me es ajeno”, o también, esa certidumbre de que el escritor está en la obligación de decir lo que piensa, así tan sencillo y directo. En su diario se pueden encontrar los sesgos más disímiles de una mirada que no se conformó con registrar detalles o estados de ánimo, sino que constantemente se preguntó sobre el rumbo principal de Cuba y sobre la suerte de los cubanos; siempre percibiendo el temor de un posible sacrificio colectivo del pueblo a la vez que alineándose con la Revolución, no sin antes plantearle a esta sus más íntimas dudas.

La relación entre Max Aub y la Revolución después de su visita siguió siendo estrecha en sentido general, aunque comenzaron a aflorar muchos disensos. Sus anotaciones sobre Cuba no aumentaron en sus diarios, más bien decrecieron y las notas de carácter crítico comenzaron a mayorear. Pero él siguió pensando en la isla con amor y esperanza, según me expresó su hija Elena en entrevista que le hice cuando gestaba mi libro (“Max siempre estuvo con la Revolución Cubana”, escribió en su respuesta a mi cuestionario).

* Conferencia impartida como parte del ciclo organizado por la Embajada de España, la Fundación Nicolás Guillén y la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac)


Referencias:

[1] Jordi Soler, “El testigo incómodo”, en revista Letra Internacional, nro 80, Madrid, España, pp 31-33.

[2] Max Aub, Diarios (1939-1972), edición ALBA Editorial, España, 1998. pag 237.

[3] Joaquín Leguina, “Max Aub, un socialista”, en Op cit (58), pp 20-25.

[4] Ibidem. Pag 146.

[5] Ibidem. Pag 154.

[6] Ibidem. Pag 155.

[7] Ibidem. Pag 169.

[8] Ibidem. Pag 175.

[9] Ibidem. Pag 176.

[10] Ibidem. Pag 68.

[11] Ibidem. Pag 111.

[12] Op. Cit (42). Pag 440.