Un libro y exposición homónimos, Más espíritu que materia es el título de ambos, fueron presentados recientemente en el Museo de la Cerámica Artística, en la Habana Vieja. El hijo de Fernando Velázquez Vigil, David, su familia, Isabel Pérez, coordinadora editorial del volumen y curadora de la muestra, más la directora de la institución ceramista, tuvieron a su cargo la inauguración y la presentación. Un nutrido público desafió las condiciones adversas del transporte citadino y se dio cita en la casona colonial. Tanto la muestra como el libro-catálogo son un gran homenaje al artista fallecido tempranamente hace veinticinco años. La actividad contó con una parte artístico cultural de mucha calidad.

En mis palabras al libro enfatizo en que las personas, como Fernando, que atraviesan grandes dificultades en la vida para poder encauzar sus sueños y proyectos, así sean los más simples como respirar o caminar, por lo general poseen una mirada que trasluce esas agonías. Miradas profundas y de una densidad que evidencian retos y desafíos vencidos, de tristezas superadas. Pueden ser, también, personas de poco hablar, pues su diálogo se interiorizó con el tiempo y se hizo demasiado íntimo, se convirtió en soliloquio. Carácter grave, diría Eusebio Leal. Sin embargo, la relación de este tipo de personas con el mundo, si se trata de seres poseedores de una gran sensibilidad como es el caso, transita por los caminos de la delicadeza. La belleza por encima de todo, así sea bizarra.

“Más que un ceramista-artista, Velázquez Vigil fue un artista visual en la completa extensión de este concepto”.

Cuando así me expreso, estoy refiriéndome obviamente a Fernando Velázquez Vigil, un artista en toda la dimensión del término, que atravesó la vida enfrentado a serias adversidades de salud y se despidió de ella, demasiado pronto, pero siempre creando y sembrando belleza a lo largo de su andadura por el mundo. Fuimos amigos por poco tiempo, pero el suficiente para aquilatar su calibre como hombre y artista. Visitaba su taller donde conversábamos en medio de su ambiente creativo; y lo ayudé en lo que pude, cuando trabajé en el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, hasta su muerte.

Más que un ceramista-artista, Velázquez Vigil fue un artista visual en la completa extensión de este concepto. Provenía del dibujo y la pintura y esto se evidenció en su creación tridimensional. La cerámica, con la que obtuvo importantes premios en salones y concursos, tanto nacionales como de otras latitudes, fue la manifestación más reconocida de su creación. En su personalidad se combinaban la intranquilidad del creador de formas con su introversión particular, el deseo de comunicar lo exteriorizó siempre desde sus piezas, donde quedó registrado lo esencial que quiso decirnos. Personaje relevante, a pesar de su forma intimista de ser, Velázquez Vigil podía conversar por horas, cuando se sentía a gusto, pero esa no era su vía preferida de comunicación. Su obra artística fue su legado y él la priorizó. El lirismo de sus piezas es fruto de su enorme talento. Velázquez Vigil buscó esa expansión del ser y la encontró en las piezas esmaltadas, en la arcilla trabajada en el torno, en sus dibujos y en las piezas volumétricas que son absolutamente conceptuales.

“…la idea de gestar este libro es muy valiosa, pues se trata de reunir en un mismo producto cultural lo mejor de la obra de uno de nuestros artistas más relevantes”. Imagen: Cortesía del autor

En su arte hay una combinación de muchos sentimientos humanos: cierto furor a la vez que calma; crudeza y violencia a la vez que ternura y ecuanimidad; la voluntad de fragmentar la realidad y reducirla a zonas del cuerpo humano, o a la inversa, ver al cuerpo humano como la gran metáfora del mundo, desde que el arte existe y es reconocido como tal. En resumen, ideas complejas tramitadas desde una formulación sencilla. Así fue fraguando un imaginario que no respondió a ninguna escuela o estilo específico, pero que se supo situar a una gran altura estética.

Su idea de la espacialidad estuvo dada, sobre todo, en sus piezas volumétricas, elaboradas con raciocinio y tacto, con inteligencia y frenesí creador. No hubo rigidez en su trabajo, más bien soltura y el libertinaje de las formas que brotan de lo onírico, así como de un surrealismo muy sutil, a veces candoroso, con un toque de erotismo muy peculiar que también caracterizó a su obra. En ese sentido, como todo buen creador, no se pareció a nadie, aunque después algunos hayan querido asumir códigos de su visualidad.

Como buen alfarero, tuvo en lo matérico un soporte que no le escondió sus secretos, todo lo contrario, descubrió los signos de la terracota, así como acentuó su atención en lo procesual de esos signos: el dinamismo del vuelo imaginativo o la quietud de la muerte. Los tonos cromáticos más utilizados no fueron excesivamente brillantes, prefirió colores mates y próximos a la expresividad de la piel humana. En la complejidad de su semántica visual, una vulva podía ser un corazón y viceversa, todo está en lo que el degustador desee asumir o aceptar. La pieza está ahí para que la observen una y mil veces y somos nosotros los que la dotamos de sentido.

“Tanto la muestra como el libro-catálogo son un gran homenaje al artista fallecido tempranamente hace veinticinco años”. Imagen: Iván Soca

¿Cómo pudo Velázquez Vigil tocar tantas aristas a la vez en su obra? Es una pregunta legítima que debiéramos hacernos todos los que trabajamos sobre arte. Desde huellas de la figuración de los aborígenes arahuacos hasta elaboraciones muy modernas se aprecian en su simbología, es como una vasta parábola del arte desde las primeras pintadas en cuevas y paredes hasta el arte más reciente. Hay presencia de símbolos de fertilidad como en las primeras expresiones artísticas conocidas, aquellas que hicieron a un sabio como George Bataille, escribir páginas extraordinarias. Dentro de esta significación podemos incluir la figura del pez, de mucha potencia sígnica y que tanta presencia tuvo en la obra de este artista.

En sus series Fósiles y Hallazgos, por solo citar a dos de ellas, está una buena parte de su obra más transida por el dolor y la angustia. Seres y entes inventados por su imaginación expresan un sufrimiento ancestral propio de los seres humanos. “Del dolor venimos y a él volvemos”, reza un breve poema de aliento íntimo y metafísico, que muy bien pudiera acompañar la obra absolutamente visceral de Velázquez Vigil.

Por estas razones pienso que la idea de gestar este libro es muy valiosa, pues se trata de reunir en un mismo producto cultural lo mejor de la obra de uno de nuestros artistas más relevantes, aunque ya sepamos que los ceramistas no son los privilegiados por el mercado del arte. Y hoy día precio y significación están mezclados y confundidos. Pero en su simbología y en su manera de crear tan personal reside una de las iconografías más peculiares y conspicuas del arte cubano de los últimos años.

“En su arte hay una combinación de muchos sentimientos humanos: cierto furor a la vez que calma; crudeza y violencia a la vez que ternura y ecuanimidad”. Imagen: Iván Soca

Su otro legado fue el familiar, la educación de sus hijos, hoy también artistas visuales.

En una ocasión, Velázquez Vigil me dijo una frase que, no por sabida, dicha por él cobraba una connotación diferente, especial: “el arte es algo misterioso por inapresable”. Viendo la muestra recién inaugurada, el libro y las palabras que se recogen en sus páginas, escritas por distintos críticos de relieve (María Elena Jubrías, Eusebio Leal, Toni Piñera, Jorge R. Bermúdez, Osvaldo Paneque, Manuel López Oliva y Alejandro G. Alonso, entre otros) sobre su persona y obra, uno se percata de la grandeza de un legado que se debe atender y cuidar por la institución del arte cubano, por todos.

Enhorabuena por Fernando Velázquez Vigil, un grande de nuestra creación visual.

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